LA ORACIÓN


Salmo 5

La Oración

Decía Juan Bunyan que “las mejores oraciones tienen muchas veces más gemidos que palabras”. Lastimosamente, lo cierto es que muchas veces la rutina carcome nuestras plegarias volviéndolas vacías en insípidas. Charles Spurgeon decía que “la oración es el pequeño nervio que mueve el músculo del Omnipotente”. Sabiendo esto, cómo podemos aburrir a Dios con letanías sin sentido en la cuales no ponemos nuestro corazón y de las cuales consciente o inconscientemente no esperamos realmente respuesta alguna.

Si, como dice Apocalipsis 8:1ss, Dios manda a callar todo el universo para escuchar nuestras plegarias, cómo podemos presentarnos ante el trono de Dios con oraciones que evidencian poco interés y casi ningún respeto por nuestro interlocutor.

Tan solo imaginemos a un gran soberano que es elogiado por todo su reino. En medio de la algarabía escucha que ha llegado un foráneo que para él es muy apreciado. Manda a callar a toda la gente deseando escuchar las palabras que su protegido tiene que decirle al gran soberano. El foráneo llega, sin saludar y menospreciando la grandeza del rey se acomoda para decir un par de frases mal memorizadas y con tal desgano que insultaría a cualquiera. ¿Qué actitud sería la más natural de parte del rey si recibiese semejante desprecio en frente de todos sus súbditos?

Cuando de mañana nos presentamos delante de nuestro rey, debemos recordar que es ante Él que vamos y no frente al genio de la lámpara de Aladino.

El salmista en este caso gesticula palabras delante de Dios, pero se da cuenta que las mismas no alcanzan para poder expresar lo más profundo de su ser en aquella oración así que gime delante de Dios anhelando ser escuchado. Finalmente, el salmista clama buscando en su interior las frases sonidos o movimientos que le permitan expresar a Dios lo que hay en él. Clamar es “quejarse, dar voces lastimosas, pidiendo favor o ayuda”. Es evidente que la queja es mala, sin embargo, cuando esta queja es sincera y humilde, y no el fruto de la altanería y la prepotencia, vale delante de Dios. El clamor es “como si estuviera diciéndole a Dios no puedo expresarme ni hacerme entender como quisiera; por tanto, oh Dios, entiende mis sentimientos mejor de lo que soy capaz de expresarlos con palabras”. (Martin Lutero)

Toda oración verdadera necesita de nuestra completa concentración en Dios. De nuestro profundo compromiso con lo que pediremos y de nuestra fe sincera en la respuesta. El hecho de que a la semana no sepamos acerca de lo que hemos pedido evidencia el fracaso absoluto en esta tarea de la oración. Si realmente nuestro corazón estuviese consagrado de lleno a la oración, esperaríamos como el salmista la respuesta del Señor. No una o dos horas, quizás años, pero nuestra persistencia demostraría que realmente creemos que Dios es real y que lo que pedimos recibirá respuesta del Señor.

No siendo creyente, Gandhi nos enseña acerca de la oración: La plegaria es la primera y la última lección para aprender el noble y bravío arte de sacrificar el ser en los variados senderos de la vida.

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