Hosanna en las alturas


El texto bíblico de Mateo 21:1-11 no muestra la entrada triunfal de Jesucristo a Jerusalén. La gente que se hallaba congregada con motivo de la fiesta de la pascua aclamaba a Jesús como Mesías y como rey. El verso nueve nos muestra con gran elocuencia la forma como recibió el pueblo a Jesús.

Y toda la gente, tanto la que iba delante de él como la que iba detrás, gritaba:
«¡Sálvanos, Mesías nuestro!
¡Bendito tú, que vienes en el nombre de Dios!
Por favor, ¡sálvanos, Dios altísimo!»
Quizás lo más sorprendente de este relato no sea el mismo hecho de que lo haya recibido como a un rey sino lo que sucedió un par de días más tarde: Aquel mismo pueblo que lo aclamaba como el Mesías gritaría poco después que lo crucifiquen.

Es sorprendente la manera cómo podemos cambiar de parecer en cuestión de un par de días. Es sorprendente cómo aquel pueblo que, sinceramente lo admiraba, se volcase contra él al llamado de sus dirigentes religiosos.Pero es aún más sorprendente cómo esto se vuelve a repetir vez tras vez a lo largo de la historia.

No seamos demasiado rápidos en señalar con el dedo a la gente Jerusalén. Hoy en día con igual facilidad podemos gritar un días “Hosanna en las alturas” y al siguiente “crucifíquenlo”. Aunque no lo hagamos necesariamente con las palabras, sí lo estamos haciendo con nuestras actitudes. El día domingo podemos cantar nuestro amor a Dios y nuestra inmensa gratitud por lo que él ha hecho en nuestras vidas y el día lunes, nuestras actitudes, contrarias a las enseñanzas de Jesucristo gritan: crucifíquenlo.

Podemos apelar a la manipulación de los medios, a la sociedad en la que nos hemos formados, a los padres que nos ha tocado, etc., sin embargo esto no nos exime de la culpa. Nos ha llamado Cristo a ser sus discípulos, es decir, sus seguidores, no su hinchada. Cuando los creyentes de Antioquía de Siria fueron llamados por primera vez “cristianos” fue a causa de su seguimiento y obediencia al maestro.

Lastimosamente hoy en día es cada vez más común ver que el ser cristianos se resume a llevar una camiseta que diga: “Adicto a Jesús” o la silueta de un pez en el auto. Muchos creen que por escuchar a Jesús Adrián Romero o a Marcos Witt ya pueden considerarse “cristianos”. Ser discípulos de Cristo significa, no sólo comprar un boleto de ida al cielo por medio de la oración de fe. Ser discípulos implica buscar la santificación de nuestra vida.

Cuando no santificamos nuestras vidas cada día estamos gritando en nuestros actos contra Cristo y es como si llevásemos en una mano la Biblia y en la otra una piedra. Con la una decimos Hosanna en las alturas y con la otra decimos crucifícalo.

Dios nos ha llamado, no sólo ha cantar alabanzas sino a ser alabanzas vivas a Dios.

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