LA SALUD EN LA BIBLIA

Hace varios años pasé por diversas adversidades que me llevaron finalmente al hospital Pasé cinco días interno. Fui operado. Hubo complicaciones pero, gracias a Dios, todo salió bien.

Desde que me detectaron el problema hasta que ingresé en el hospital y aún luego de que salí de él hubieron preguntas que algunas personas me hicieron y que me han motivado a preparar esta reflexión. Preguntas como las siguientes:

¿Si Cristo ya llevó consigo nuestras enfermedades y dolencias cómo puede un creyente enfermarse?

¿La enfermedad es fruto del pecado?

¿Por qué ir al médico? ¿Por qué no acudir a Dios directamente y pedirle sanidad divina?

Trataré de responder estas preguntas.

Antes, quisiera que analicen este mensaje que pude hallar en el Internet sobre el tema de la sanidad divina.

Yo creo con todo mi corazón que la voluntad de Dios es sanarnos de todas nuestras enfermedades graves y no graves.

“El es el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades”

Salmo 103:3

Si somos consistentes en nuestras creencias, si creemos en la primera parte de este versículo, debemos creer también en la segunda.

“Amado, ruego que seas prosperado en todo así como prospera tu alma, y que tengas    buena salud.”

3 Juan 1:2

Todos sabemos que el ruego o deseo del apóstol Juan es en realidad el deseo y el ruego del Espíritu Santo. Dios quiere que tengamos salud. En este versículo podemos ver que la prosperidad de nuestra alma siempre traerá prosperidad a nuestras vidas.

El propio sentido común nos dice que la sanidad es una bendición y que la enfermedad es una maldición, por supuesto que la Biblia también enseña esto muy claramente.

Por tanto ¿Por qué los creyentes NO reciben sanidad si la sanidad está garantizada en las Escrituras? . . .

…creo que “el factor fe” es vital si queremos recibir no solamente la sanidad sino cualquier otra cosa de parte de Dios.

Hoy en día nuestras congregaciones están llenas de “hombres de poca fe”, necesitamos meternos en la Palabra de Dios y abrir nuestro corazón para ver lo que enseña la Palabra de Dios.

Muchos cristianos predican en contra de la sanidad y hasta afirman que las enfermedades son una bendición de Dios, esto NO es bíblico y no debemos prestar atención a este tipo de enseñanzas.

Queridos hermanos y amigos,”Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto” (Stg. 1:17), la enfermedad NO es una buena dádiva, pero la sanidad SI es una buena dádiva.

Retomo la pregunta: ¿Por qué los creyentes no reciben la sanidad? . . . Porque no han desarrollado su fe para recibirla[1].

 

Una herejía es tal, no porque sea totalmente falsa, lo es porque es una verdad bíblica dicha a medias. Es esto exactamente lo que sucede con esta cita -un poco extensa- que hemos dado. Como se puede constatar, se cita textos bíblicos. Lo que nos dice en base a los mismos suena lógico. Sin embargo, no se considera otros textos de la Biblia en los cuales hay ciertas afirmaciones que contrapesan las aquí planteadas.

Por ejemplo en 2da de Corintios 12:7, se nos dice que Pablo pidió “en fe” sanidad para su cuerpo pero ésta le fue negada:

Y porque la grandeza de las revelaciones no me levante descomedidamente, me es dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera.

Por lo cual tres veces he rogado al Señor, que se quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis flaquezas, porque habite en mí la potencia de Cristo.

Y en Gálatas 4:13-15, Pablo parece esclarecernos algo el problema que padecía.

Como bien saben, la primera vez que les prediqué el evangelio fue debido a una   enfermedad, y aunque ésta fue una prueba para ustedes, no me trataron con desprecio ni desdén. Al contrario, me recibieron como a un ángel de Dios, como si se tratara de Cristo   Jesús. Pues bien, ¿qué pasó con todo ese entusiasmo? Me consta que, de haberles sido posible, se habrían sacado los ojos para dármelos. (NVI)

Pablo tenía un problema de salud y las oraciones que hizo no lo liberaron de su enfermedad. Por otro lado tenemos el caso de 1ra Timoteo 5:23 donde se nos evidencia que otro líder de la Iglesia primitiva, Timoteo sufría de frencuentes enfermedades:

No sigas bebiendo sólo agua;  toma también un poco de vino a causa de tu mal de estómago      y tus frecuentes enfermedades.

¿Por qué el apóstol Pablo le recomienda tomar vino -considerado en cierto modo medicinal en esos tiempos- en lugar de orar “en fe” o de exigirle que “ore en fe” o más aún, acusarlo de hombre de poca fe?

Quizás el texto que más problemas trae a las ideas planteadas por el texto antes mencionado sea el que se halla en el texto de Job 2:7-10

Entonces salió Satanás de la presencia de Jehová, e hirió a Job con una sarna maligna   desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza.

Y tomaba Job un tiesto para rascarse con él, y estaba sentado en medio de ceniza.

Entonces le dijo su mujer: ¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete.

Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios.

Esta enfermedad es enviada por Satanás, sin embargo no es dada por pecado alguno que haya cometido Job. Pero quizás lo más importante sea la actitud que tiene Job. Este ejemplo de fe, deposita su confianza en Dios en medio de su enfermedad. No está poniéndole a Dios como condicionante para su fe la sanidad. Llega a decir en Job 13:15: “aunque él me matare, en él esperaré”. Completamente paradójica la actitud de Job en comparación con quienes resienten a Dios  cuando no les da la sanidad que desean.

Las palabras del texto antes mencionado pone en juego nuestra fe. Si no tenemos la fe suficiente, no seremos sanados. Es decir por nuestro pecado de incredulidad no recibimos la sanidad anhelada. Esto se parece, más que a la sabiduría bíblica, a la insensatez que Job busca refutar en sus supuestos “amigos”. Ellos lo acusan y se empecinan en decir que si se halla enfermo es debido a que se halla en pecado. Lo que es peor, empiezan a inventar pecados contra Job por los cuales ellos suponen que se halla en tan grande mal. Así Elifaz le dice a Job:

¿Acaso te castiga,

 O viene a juicio contigo, a causa de tu piedad?

            Por cierto tu malicia es grande,

             Y tus maldades no tienen fin.

            Porque sacaste prenda a tus hermanos sin causa,

             Y despojaste de sus ropas a los desnudos.

            No diste de beber agua al cansado,

             Y detuviste el pan al hambriento.

            Pero el hombre pudiente tuvo la tierra,

             Y habitó en ella el distinguido.

            A las viudas enviaste vacías,

             Y los brazos de los huérfanos fueron quebrados.

            Por tanto, hay lazos alrededor de ti,

             Y te turba espanto repentino;

Sabemos que a la final Dios le dio la razón a Job y enmudeció a todos aquellos que decía que la desgracia de Job se debía al pecado. Como vemos, antes de lanzarnos a juicios ligeros debemos analizar y meditar pausadamente lo que nos declara la Biblia.

Partamos por el Antiguo Testamento. Lo que podemos constatar allí es a) hasta los tiempos de Job la enfermedad es vista como un fruto del pecado y b) acudir a los médicos es pecado.

Un ejemplo de esto lo hallamos en el caso del rey Uzías (2da Crónicas 26:16-19)

Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso.

Y entró tras él el sacerdote Azarías, y con él ochenta sacerdotes de Jehová, varones valientes.

Y se pusieron contra el rey Uzías, y le dijeron: No te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar incienso a Jehová, sino a los sacerdotes hijos de Aarón, que son consagrados para    quemarlo. Sal del santuario, porque has prevaricado, y no te será para gloria delante de Jehová Dios.

Entonces Uzías, teniendo en la mano un incensario para ofrecer incienso, se llenó de ira; y en su ira contra los sacerdotes, la lepra le brotó en la frente, delante de los sacerdotes en la casa de Jehová, junto al altar del incienso.

 

Como este tenemos varios ejemplos en el Antiguo Testamento. Por otro lado, el rechazo que hay hacia los médicos se puede apreciar en 2da Crónicas 16:12 donde se resiente la actitud del rey quien “enfermó gravemente de los pies, y en su enfermedad no buscó a Jehová, sino a los médicos”.

Debemos hacer una breve aclaración de todo esto. Por un lado, debemos recordar que en aquellos tiempos la medicina, como la conocemos hoy, no existía. Los médicos de ese entonces eran una especie de brujos que basaban sus curaciones en invocaciones y trueques con los espíritus para traer la salud a la gente. Como pueden constatar, los “médicos” de que se nos habla en este texto -y en muchos en los que se los menciona de modo despectivo- eran una especie de magos y charlatanes.

Quizás, antes de proseguir una precisión en el lenguaje nos sea útil. Cuál es la diferencia entre la magia y la religión. Esta última busca admirar y reverenciar a los dioses -no estoy hablando del cristianismo sino de las religiones en general-. La magia por su parte busca manipular a los dioses por medio de obsequios, amenazas o conjuros. Decía que esta precisión nos podría ser útil porque -al menos yo- puedo percibir una fuerte relación de los “movimientos de fe” con la magia antes que con las religiones. Creo que así, más molesto se sentiría Dios cuando acudimos a estos charlatanes que dicen sanar en nombres de Dios en lugar de acudir a él.

Las consecuencias de acudir a estos charlatanes se pudieron apreciar en esta semana cuando en Brasil ha empezado un juicio por lavado de dinero a una de las más importantes empresas de estas “de fe”: “La Iglesia Universal del Reino de Dios”. Se calcula la fortuna de Edir Macedo, el dueño de esta Iglesia, en 3000 millones de dólares. Todo fruto de gente que se dejo llevar por charlatanes en lugar de confiar en Dios.

Ahora, la medicina, tal como la conocemos en la actualidad fue desarrollándose en Grecia varios siglos más tarde. De todos modos se hallaba en un estado muy incipiente para los tiempos de Jesús incluso. Debemos recordar que la medicina recién empieza a surgir con fuerza unos dieciséis siglos después de la muerte de Cristo. Así que para aquellos tiempos los médicos, al estilo griego, apenas sabían nociones básicas sobre lo que debía hacerse con un enfermo. De allí que fuese natural que la mujer con flujo de sangre gastase todo su dinero en médicos sin lograr nada.

De todos modos, ya en el Nuevo Testamento la visión de los médicos ya no es tan despectiva como lo era en el Antiguo. De allí que Pablo en Colosenses 4:14 llame a Lucas, médico amado.

Para Pablo, no parece tan grave acudir al médico. Es más en sus viajes misioneros, Lucas, su médico de cabecera, lo acompaña a todos lados.

Con todo, queda latente un problema. ¿La enfermedad es fruto de algún pecado personal?

En el caso de Job, Pablo y Timoteo parece que no. Jesús cuando cura dice en ciertas ocasiones tus pecados te son perdonados, como si fuese sinónimo de estas sanado. Pero en Juan 9:1-3 Jesús refuta la idea de que siempre la enfermedad se fruto de un pecado personal.

 Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?

Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.

Nos invita el texto a la cautela frente al juicio rápido. No siempre la enfermedad es fruto del pecado personal aunque siempre es fruto del pecado.

Lucas 13:1ss nos da luz sobre esta última afirmación

 En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos.

Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas,  eran más pecadores que todos los galileos?

Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.

O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran  más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén?

Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.

Jesucristo nos saca de ese individualismo en el que en ocasiones nos metemos diciendo en cierto modo “este pecado es mío” y nos lleva a recordar que como humanos somos solidarios en el pecado. La enfermedad es fruto del pecado humano. Pablo lo dice así: Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron[2]. La enfermedad, que es parte de la muerte, ha pasado a todos nosotros y mientras vivamos en este mundo estaremos enfrentados a la enfermedad y a la muerte. La esperanza que tenemos es que ni la enfermedad ni la muerte tienen la victoria final asegurada sobre nosotros pues Cristo ha vencido sobre ellas y sea que vivamos o que muramos del Señor somos y por ello resucitaremos.

No negamos a Dios la posibilidad de sanarnos -incluso de sanarnos milagrosamente como muchas veces lo ha hecho- lo que sí rechazamos es la arrogancia con que muchos pretenden exigir a Dios su sanidad, poniendo por delante de Dios su propia fe. La fe no tiene que ver con gritar que Dios me puede sanar. La fe tiene que ver con la confianza de que aunque ande en [ese] valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Él estará conmigo.

Para finalizar quisiera hacer referencia a ese “…así como prospera tu alma…”. Si bien la salud física es buena y debemos cuidarla, la salud del alma es mucho más importante.

Mientras estuve hospitalizado estuve leyendo un libro que quizás hoy pienso no fue muy apropiado llevar. Se trata de “Los Diálogos” de Platón. Suponía yo que saldría a mas tardar al siguiente día del hospital por lo que pensé que con ese libro bastaría. De todos modos, aprendí un par de lecciones valiosas de aquel libro.

Alcance a leer el primer diálogo denominado Gorgias. Allí se habla de la retórica. Es escrito como si se tratase de una obra de teatro. Se hallan varios filósofos hablando -entre ellos Sócrates- acerca de la retórica de su uso y utilidad. Sócrates concluye que la retórica es similar a la labor que realiza el cocinero. Este último solamente se preocupa porque sus platos sean exquisitos y apetecibles para todos. De igual modo, dice Sócrates, la retórica sólo busca de los discursos sean agradables para el público. Si pones a un cocinero y a un médico a hablar con un grupo de niños. El cocinero les dirá:

-Niños pidan lo que quieran: Tortas, pasteles, dulces, etc. Lo que ustedes deseen se los prepararé.

El médico les dirá que no deben comer tantos dulces y que es mejor comer un poco de hortalizas como la alfalfa, el apio o la espinaca.

La pregunta de Sócrates es a quién creen que oirán con más atención los niños.

Así, dice el filósofo, sucede con la retórica. Muchas veces sólo escuchamos lo que queremos escuchar y no escuchamos lo que provechoso para nosotros.

Así como sabemos que los consejos del médico son buenos para nuestra salud aunque no siempre sus recomendaciones sean agradables, así deberíamos reconocer cuando un mensaje es hecho para endulzar nuestros oídos y cuándo es hecho para mantener saludable nuestra alma.

Hoy en día, ya en la radio, ya en la televisión -incluso cristianas- aparecen mensajes que sólo dicen lo que la gente quiere oír: Sanidad inmediata, Prosperidad automática, felicidad para toda la vida, éxito, etc. No seamos como niños que se emocionan por los dulces sin darse cuenta de las terribles consecuencias que nos pueden ocasionar. Así como cuidamos de la salud del cuerpo, cuidemos también y con mucho mayor celo aún la salud de nuestra alma.


[2]    Romanos 5:12

LAS EMOCIONES

Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte.

(2Co 7:10)

Rabia, alegría, tristeza, frustración, etc., todas estos son sentimientos que en algún momento del día podemos llegar a sentir. Evidentemente, hay una emoción que queremos sentir todos y es aquella que se relaciona con la alegría, el gozo, y la felicidad.

Hay quienes hacen de la búsqueda de esta felicidad la razón de su vida. Hay quienes piensan que esta es inalcanzable y simplemente bajan los brazos antes de luchar. No faltan tampoco quienes creen que la vida está sazonada con diversos matices y que lo mejor es aprovechar estos momentos de felicidad cuando los mismos llegan pero mejor no anhelarlos para evitar una frustración.

No obstante, sea cual fuere nuestra actitud frente a este tipo de emociones, no cabe duda de que también existen otras que por lo general no son muy queridas: La tristeza, el dolor, al angustia, la decepción, etc. Quizás el más opuesto al de la felicidad sea el de la tristeza. La ira, el rencor, y muchos más, suelen luchar por estar presentes en nuestro corazón algún momento.

Meditemos un poco acerca de las emociones a la luz de la Palabra de Dios. Son cinco las preguntas que buscaremos responder:

A)     ¿Qué son las emociones?

B)      ¿Son importantes para el desarrollo de mi vida espiritual?

C)      ¿Pueden ser manipuladas?

D)     ¿Qué nos dice la Biblia respecto de las Emociones?

E)      Una Parábola para terminar…

¿Qué son las emociones?

Quizás lo más importante sea diferenciarla de otra palabra que por lo general suele sea usada como sinónimo: Sentimiento. Es muy común creer que las palabras emociones y sentimientos son intercambiables. La verdad es que estos dos términos son muy distintos y expresan realidades muy contrarias.

El sentimiento. Básicamente diremos que el sentimiento es una sensación de moderada intensidad y que es perdurable en el tiempo. El amor, la felicidad y la simpatía serían  un par de ejemplos.

La emoción. Esta por el contrario, es una sensación de gran intensidad y corta en el tiempo.

De esta última dice el D.R.A.E.:

Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática.

Así pues, durante el día, podemos sentir una gran variedad de emociones que se suceden una a otra. O quizás una mezcla de emociones que muchas veces no sabemos describir. Despertarme tarde y recordar que tenía una cita importantísima y sentir rabia contra el despertador que no sonó. Salir apresurado y sentir rabia porque no pasa el bus que necesito. Sentir alegría al llegar al lugar y ver que nuestra cita llega justo después que nosotros. Sentir frustración en la noche porque nos informan que algo que habíamos planeado no logra concretarse. Así, frente a cada nueva circunstancia que vivimos nuestro ser puede experimentar una nueva emoción que nos altera por completo.

En definitiva, reaccionamos ante las circunstancias que debemos vivir a cada instante y lo hacemos por medio de las emociones. En determinados momentos nos pueden ayudar a salir de lugares peligrosos como cuando sentimos temor frente a un carro que se dirige contra nosotros.

¿Son importantes para el desarrollo de mi vida espiritual?

Las emociones pueden acercarnos o alejarnos de Dios. Frente a la frustración por una petición no contestada en nuestros términos por Dios, podemos decidir que no queremos estar con Dios. Frente a un momento de alegría y gozo por lo que Dios está haciendo en nuestras vidas, podemos decidir buscar más de Dios. La “emoción”  que sentimos frente a una alabanza puede hacernos decir que necesitamos de Dios en todo momento. La ira que sentimos frente a las actitudes poco cristianas de un hermano puede hacernos decir de qué sirve ser cristiano.

Así pues las mismas emociones que nos pueden llevar a buscar de Dios en un momento determinado, nos pueden llevar igualmente a renegar de Dios en otro momento.

¿Son importantes las emociones para el desarrollo de nuestra vida espiritual? La respuesta es sí, pero debemos ser cautelosos. Nuestras emociones pueden ayudarnos a buscar de Dios, pero el momento en que dependemos de ellas, estamos en graves aprietos.

Tal vez una de las razones por las cuales no debemos basar nuestra vida espiritual en nuestras emociones sea el hecho de que estas son por naturaleza pasajeras. Un día frente al obrar maravilloso de Dios puedo sentir que deseo servirlo toda mi vida, sin embargo, pasa esa emoción y con ella mis deseos de servirlo. Muchas veces pasa esto cuando en la adoración nos conmovemos con la música y las letras de los himnos y cantos que entonamos, sin embargo, el lunes, frente a mi jefe que me reclama de manera injusta, mis emociones no serán precisamente las mismas.

Hay algo más: en determinados casos, podríamos decir que las emociones pueden ser adictivas. Muchos anhelan la felicidad, decíamos al principio. No está mal desearla, sin embargo, cuando confundimos la felicidad -un sentimiento-, con la alegría -una emoción-, terminamos persiguiendo que una emoción pasajera se vuelva eterna. Comenzamos a perseguir esta emoción y estamos dispuestos a aceptar cualquier pensamiento o idea que nos permita llegar a este estado permanente de alegría. En unos casos, este camino es recorrido en dirección de las drogas. En otras pueden ser las sectas.

Debemos declarar esto puesto que como nunca antes en nuestros días, estos movimientos que tergiversan la Palabra se hallan como leones rugientes acechando a quienes no están cimentados en la Palabra sino que buscan en Dios una especie de analgésico para sus problemas. Sin compromiso real con Dios, no se puede estar firme en las convicciones personales. El resultado es que muchos se dejan llevar por estos movimientos porque sienten algo que antes no habían sentido. Algunos lo justifican llamándolo unción pero la unción nos acerca a Dios y nos permite vivir en libertad, estas supuestas unciones de las que muchos hablan los aleja de Dios y los vuelve esclavos del líder que tiene la unción y la da a su juicio.

Por todo esto necesitamos decir que si bien las emociones son buenas, es necesario ser cuidadosos y no cimentar nuestra fe en estas pues como las olas del mar vienen y van y así nuestra fe irá y vendrá.

¿Pueden ser manipuladas?

Es aquí donde llegamos a uno de los puntos más cruciales en lo referente a la relación entre las emociones y nuestra vida espiritual. A la respuesta anterior no podemos sino responder con ejemplos.

Adolf Hitler, se diga lo que se diga, es considerado uno de los más grandes oradores del siglo XX. Sus discursos eran capaces de levantar al más apático. Se dice que cuando preparaba sus discursos a la nación alemana, gritaba y vociferaba como si tuviese a todo su público en frente. Tenían tres dactilógrafas que redactaban sus discursos mientras él hablaba por si acaso una de ellas se perdía.

El secreto de sus grandes discursos, se dice, era su capacidad emotiva. Sabía cómo manipular a la gente… a decir verdad, supo cómo manipular a toda una nación.

Con un poco de esfuerzo, es fácil aprender a hablar de tal manera que uno sea capaz de convencer a un pueblo entero de algo sólo a base de las emociones. Esto es lo que reía Hitler, aquí unas palabras de él:

“…la fuerza que mueve avalanchas políticas y religiosas es el mágico poder de la palabra hablada y sólo eso. Las grandes masas de gente pueden ser movidas solamente por el poder de los discursos. Todos los grandes movimientos son movimientos populares, erupciones volcánicas de las pasiones y de los sentimientos emocionales humanos, fomentados bien por crueles dioses del dolor o por la antorcha de la palabra arrojada entre las masas, no por chorros de limonada de los estetas literarios y de los héroes de salón”[1]

Si a esto añadimos la labor realizada por Joseph Goebbels tenemos una nación asesinando a 50 millones de personas en una década, es decir 9 personas por minuto.

Goebbels era el ministro de propaganda. Estaba encargado de ensalzar los sentimientos de orgullo y promover el odio. Lo hacía muchas veces mintiendo y convenciendo de cosas muy alejadas de la realidad[2].

A este hombre se atribuye la célebre frase: Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad.

Como Hitler y Goebbels han existido y existen en la actualidad muchos hombres y mujeres que lo único que buscan es manipular nuestras emociones para que los sigamos ciegamente.

Lastimosamente, hoy en día no es tan difícil ser manipulados. La tecnología y los medios de comunicación, ayudan a que estos manipuladores lleguen hasta nuestros hogares todos los días y con mayor efectividad que como lo hacían Hitler y Goebbels.

Cuando no sabemos controlar nuestras emociones y ser dueños de ellas somos más vulnerables a estos medios de manipulación masiva. Con todo, no son sólo los medios de comunicación los únicos que saben cómo manipular. Aquellas sectas de las que hablábamos hace poco también buscan manipular las emociones de las personas, atrayéndolas hacia sí y haciéndolos dependientes de dichos movimientos antes que de Jesucristo. Reclamando la autoridad de los apóstoles esclavizan a quienes se dejan llevar por ellos. Con todo, no hay que extrañarse ante esto pues Jesús ya nos lo advirtió:

Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará

Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo[3].

Y en otra parte:

Entonces si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo; o, mirad, allí está, no le creáis. 

Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar, si fuese posible, aun a los escogidos.

Mas vosotros mirad; os lo he dicho todo antes[4].

 

¿Qué nos dice la Biblia respecto de las emociones?

Las emociones son tratadas en la Biblia como parte de un todo que las contiene así como a nuestros pensamientos y a nuestros sentimientos y que recibe el nombre de corazón. Sobre este nos dice la Biblia en el libro de los Proverbios 4:23: Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida.

Sabiendo Dios lo peligroso que es cuando nuestro corazón cae en malas manos, nos da este consejo. No obstante, lo más común es recalcarles este verso a los jóvenes en relación el enamoramiento.  Pero ellos no son los únicos cuyas emociones pueden dominarlos. Sin importar la edad que tengamos, podemos ser en un momento determinado esclavos de nuestras emociones –y estas no serán muchas veces el enamoramiento o la ilusión sino la rabia, la codicia, la envidia, o la lujuria-. Así pues, sobre toda osa guardada guardemos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, pero sobre todo, nuestras emociones.

Otro texto bíblico nos señala en el Nuevo Testamento la forma en que debe darse nuestro amor a Dios: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente[5].

La inclusión del corazón acá nos indica nuevamente que nuestras emociones deben estar presentes al igual que nuestra mente. Es triste ver que a veces optamos por dejar la mente fuera y alabar a Dios con todas nuestras emociones sin recapacitar y reflexionar en nuestra adoración. Esto es lo que ocasiona que a veces seamos víctimas de quienes tergiversan la Palabra de Dios. Nuestra adoración es con el corazón, pero también con la razón.

De allí podemos ir a otro texto de la Biblia que se halla en las cartas de Pablo, en 1 Corintios 14: 20 donde el apóstol nos dice: Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar. O como traduce otra versión: Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar

En la medida en que nos dejamos llevar por nuestras emociones no reflexionando y meditando en la voluntad de Dios, terminamos esclavos de las estratagemas de los hombres y veleros que se dejan llevar por cualquier viento de doctrina.

Finalmente pues llegamos al punto central de lo que dice la Palabra de Dios respecto de nuestras emociones. 2da de Timoteo 1:7 dice: Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.

No sólo somos conminados a controlar nuestras emociones por cuidado de nuestra salud espiritual sino porque el Espíritu Santo que habita en todo creyente nos da la fortaleza para dominar nuestras emociones, ya la ira, ya el temor, ya la angustia, ya la desesperanza, ya la alegría, ya la desdicha.