Mi razón de vivir es Cristo


Una breve reflexión acerca de eso que nos motiva a “seguir siguiendo”, como diría la cantante argentina: Soledad Pastorutti. Es una reflexión de lo que para el Apóstol Pablo fue su razón de vida: Cristo.

Para mí el vivir es Cristo y el morir ganancia

Pablo no teme a la muerte. Es algo muy provechoso cuando se es consciente de que posiblemente sea ejecutado en poco. Pero lo más interesante de lo que escribe en estas líneas es que no le tiene miedo tampoco a la vida. No tiene inconveniente en morir, pero tampoco tiene inconveniente en seguir viviendo. Cuando se oye de suicidios, por lo general es la pérdida de una razón para seguir viviendo lo que desencadenó el suceso. Ahora, bien, podemos suponer que una persona que ha decidido quitarse la vida ha perdido, hasta cierto punto, el miedo a la muerte. O quizás, sea mejor decir que dicha persona posee un temor que se ha vuelto aún mayor que el miedo a la muerte: el miedo a seguir viviendo, sin metas, sin futuro, sin ilusiones ni sueños que guíen su camino. Muchos son los casos que llegan a esta radical pérdida del sentido de la vida.

Anhelamos, que las cosas vayan bien, sin embargo, no siempre es así. Y cuando no nos va bien, optamos por evadir aquellas adversidades, sea ignorándolas por completo, o sea por medio del adormecimiento de nuestra conciencia. Para lo primero, basta un poco de cinismo. Para lo segundo hay múltiples posibilidades: anfetaminas, centros de diversión, Dios. Que no se me mal entienda al colocar a Dios al mismo nivel de las anfetaminas -como lo hizo Marx, dirán algunos-. El hecho es que para muchos, la religión es simplemente una manera de evadirse de los problemas, mas no de enfrentarlos.

El caso es que en Pablo hallamos un hombre que ha sabido vivir al máximo su vida, no porque siempre haya vivido al límite, sino porque supo vivir con un sentido y un propósito mucho mayor que él mismo. Es justamente un filósofo ateo, como Nietzsche quien nos recuerda que “aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los ‘cómos’”. No es el estilo de vida que vivimos lo que nos hace aprovechar nuestro corto espacio de tiempo, sino el saber darle un sentido a nuestra vida. Tener algo por lo cual vivir, algo que sea capaz de llenarnos de tal manera que con cierta facilidad pueda convertirse verdaderamente en algo por lo cual morir, eso es lo que marca un verdadero vivir. Pablo lo logró. Se halla preso y con una sentencia de muerte sobre él, sin embargo, vive a plenitud. Su vida tiene sentido. Y lo más asombroso aún: su muerte, para él, tiene sentido.

Vivir cristianamente no es vivir dogmáticamente. Vivir cristianamente es vivir siendo seducidos cada mañana por aquella pasión que llenó la mente y el corazón de Cristo, de los Apóstoles, de Pablo y de tantos otros que dieron hasta lo último de sí por aquel mensaje. No murieron sintiendo que habían arado en el mar o que habían desperdiciado su tiempo. Murieron sintiendo que su vida valió hasta el último minuto y más aún, sintiendo que su muerte era una semilla que traería en el futuro, más allá de sí mismos, mucho, mucho más fruto.

Vivir no es sobrevivir. “¿Por qué contentarnos con vivir a rastras cuando sentimos el anhelo de volar?” (Helen Adams Keller). Porque dejar que la rutina gane en nuestras vidas. Porque resumir las más de setecientas mil horas de vida que quizás viviremos realizando actos carentes de sentido y rutinarios.

La única manera de vivir a plenitud es dándole un sentido a nuestra vida, a nuestras acciones, a nuestros esfuerzos cotidianos. Hoy en día, cada vez más los esfuerzos cotidianos se resumen simplemente a conseguir dinero para farrear el fin de semana. Como un eterno-retorno, semana tras semana se trabaja y se da de sí con tal de conseguir dinero para las fiestas de fin de semana, para los paseos, para los tours. Eso es a lo que podemos llamar rutina postmoderna. El vivir de Pablo es un vivir con sentido y con un sentido que va más allá de esta vida. El vivir de Pablo lo impulsa a continuar hasta el final sea que pueda contar con abrigo y comida o sea que se lo arroje a una cárcel, escape de un naufragio o sea apedreado. De dónde sacaba este hombre tanta fuerza para seguir adelante. Quizás muchos de nosotros pensaríamos bien después de la primera mala pasada. Pablo no. Lucha, se aferra continua en medio de la adversidad, y desde la cárcel clama: para mí el vivir es Cristo. En nuestro términos diríamos: Lo que le da sentido a mi vida, a mis padecimientos y angustias es Cristo.

Hay razones por las cuales vivir, pero a la larga estas terminan defraudándonos. Hay una razón por la cual se puede luchar sin temor a ser defraudados: Cristo.

Es a ese sentido de vida que necesitamos apegarnos y en ese compromiso necesitamos persistir. Sólo siguiendo el camino de Cristo y su esperanza podremos vivir a plenitud.

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