El cristianismo entre el fundamentaslismo y el liberalismo. A propósito de la carta de Efesios


El extremismo islámico volvió a ser noticia el año pasado luego de que un esposo airado decidiera mutilar las orejas y la nariz de su esposa de 18 años. El hecho es narrado así por diario El Hoy del 4 de agosto del 2010:

Cerca de medianoche tocaron la puerta de la casa donde se escondía Aisha, una joven afgana de 18 años que había escapado de la casa de su esposo por los constantes maltratos de él y sus suegros. En la entrada estaba su esposo, quien la había estado buscando para castigarla. Su cuñado se aprestó a sostenerla, mientras con un cuchillo su cónyuge le mutiló las orejas y la nariz, después la abandonaron en las montañas de Oruzgan (centro de Afganistán).

Poco después, Aisha fue rescatada por la fundación Woman for Afghan Woman, que la encontró agonizando y desde ese día la ha amparado y protegido. La joven mutilada asegura que se casó a los 13 años como pago de un asesinato cometido por un primo de su papá y que desde entonces era maltratada por sus suegros y tratada como una esclava. Además, argumenta que si no hubiese escapado de seguro ya estaría muerta.

Este es uno de los ejemplos más polémicos del extremismo religioso. Una de las razones por las que muchos prefieren distanciarse y no tener nada que ver, no sólo con el Islam sino con cualquier religión.

El fundamentalismo islámico es algo muy distinto del cristianismo, sin embargo, debemos tener cuidado pues dentro del cristianismo también podemos encontrarnos con grupos fundamentalistas que, quizás, no mutilen a mujeres, pero que sí están dispuestos a respaldar económicamente para guerras que consideran santas. Así, por ejemplo, se hallan los movimientos sionistas cristianos que promueven la guerra en Palestina con el propósito de que el templo de Jerusalén se vuelva a levantar. Los hombres, mujeres y niños palestinos son irrelevantes frente a las ansias de entregar a Israel todo el territorio al sur del Tigris.

La razón es que, según malas interpretaciones del Apocalipsis, una vez que el Templo de Jerusalén vuelva a ser levantado, vendrá el fin del mundo.

No faltan quienes piensan que la verdadera manera de ser cristianos es por medio de la adopción de los ritos, palabras y jerga judía. Así por ejemplo, entre diversos predicadores judaizantes, vemos que la kipá judía se impone como moda. Algunos retoman el candelero de siete brazos, no como adorno, sino como parte central de la iglesia.

Otro tipo de fundamentalismo lo vemos en iglesias en las cuales la falda larga es obligatoria para las mujeres, así como el pelo largo y el rechazo de pinturas para la cara.

Un retroceso al Antiguo Testamento hace suponer a estos grupos fundamentalistas que la guerra se justifica en nombre de Dios; la vestimenta agrada al Creador siempre y cuando se la ocupe de acuerdo a ciertos parámetros pseudocristianos; el uso de ciertos ritos nos acerca más a Dios aunque ya el Nuevo Testamento los haya abolido.

Vez tras vez vemos como en nombre del dogma y la tradición se vuelve a sepultar al ser humano. Aunque Jesús ya dijo parafraseando que las tradiciones fueron creadas como una ayuda para el hombre y no el hombre para complacer a las tradiciones (Cf. Marcos 2:27).

Pero si por un lado nos hallamos con una serie de dogmatismos y tradicionalismos religiosos que matan la fe en lugar de ayudarla a crecer, por el otro lado nos encontramos con liberalismos, anomías (desinterés de las normas) y apatías morales que lo único que logran es dejar sin fundamento a muchos. Vivimos en una sociedad en la cual todos los principios universales parecen ser cuestionables. Al final, muchos quedan sin saber a dónde ir o qué hacer pues todo lo que hallamos en nuestro mundo es relativo. Es un principio propio de la psicología evolutiva del hombre que un niño necesita ciertos parámetros, ciertos absolutos en los cuales creer y que le permitan avanzar con seguridad. Cuando dejamos al joven sin un cierto conjunto de normas y principios directivos, el resultado es una juventud angustiada, desbocada y carente de sentidos de vida.

Si por un lado, somos oprimidos hasta ya no poder por estructuras religiosas falsas, por el otro lado somos asfixiados por vacíos existenciales abrumadores.

Cuenta una fábula de Borges que en cierta ocasión hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso.” Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed.

Esta hermosa fábula de Borges contrapone dos tipos de laberintos: el uno intrincado hasta la confusión y el otro vacío como la muerte. Allí están los dos caminos que hoy en día podemos ver en la sociedad contemporánea: el uno es el de los fundamentalismos, que nunca acaba de producir nuevas leyes religiosas para poder llegar a Dios y el otro es el del vacío y de la angustia ante la nada.

Una pregunta que podríamos hacernos ahora es ¿cuál de estos dos caminos nos plantea la Biblia? Quizás podríamos delimitar mejor nuestra pregunta y decir ¿cuál de estos dos caminos escogió Jesucristo? La respuesta, es evidente: ninguno de los dos.

Jesús no se propuso radicalizar el judaísmo como a veces se quiere desde comprensiones fundamentalistas que recortan el mensaje de Cristo a su conveniencia. Con todo, Jesús tampoco planteó en sus críticas un nihilismo (no creer en nada) total. Jesús se plantea algo más importante que el dogma. Jesús propone al prójimo y nuestra relación con él como fundamento de Reino de Dios. Sus parábolas, sus sermones y su ejemplo muestran que solamente encontrándonos con el prójimo y amándolo  hallaremos a Dios.

No es el único caso. El apóstol Pablo en su carta a los Efesios nos plantea algo muy parecido: sólo viviendo en el amor de Dios, es decir sólo alimentándonos de su amor y entregándolo a los demás, seremos capaces de romper con el dogmatismo y el nihilismo.

En Efesios vemos al autor haciendo lo posible y lo imposible por llevarnos a reflexionar sobre el amor de Dios para con nosotros. La ética que plantea entonces, es fruto de la comprensión de dicho amor, es decir, no hay comportamiento adecuado a los ojos de Dios a menos que seamos capaces de comprender y vivir aquel amor que nos fue manifestado en Jesucristo. Vivir el amor de Dios entendido en el sentido darlo a los demás y no tan solo en el sentido de experimentar cierta tranquilidad existencial en los momentos de adversidad.

Comprender el amor de Dios no nos vuelca al dogmatismo y menos aún al ateísmo, sino que nos vierte en el prójimo a quien vemos como un destello de Dios a quien amar, cuidar y fortalecer.

Efesios es una carta que nos invita a meditar en el amor de Dios y a brindar dicho amor a los demás. Reflexionemos en dicho mensaje y vivámoslo a plenitud.

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