MINISTERIOS EN LA IGLESIA

A continuación compartimos la primera parte de un taller para ministerios que fue dado en nuestra iglesia.

Existen dones diversos, pero un mismo Espíritu; existen ministerios diversos, pero un mismo Señor; existen actividades diversas, pero un mismo Dios que ejecuta todo en todos. A cada uno se le da una manifestación del Espíritu para el bien común.

(1Co 12:4-7 PER)

La Misión de la Iglesia

La Iglesia ha sido instaurada por Dios con el propósito de anunciar Su Reinado a las naciones y hacer discípulos de Jesucristo a su paso. Dice Mateo 28:18-20 acerca de la gran comisión:

Se acercó Jesús y les habló así: Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautícenlos para consagrárselos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enséñenles a guardar todo lo que les mandé; miren que yo estoy con ustedes cada día hasta el fin del mundo.

El discípulo es aquel que observa al maestro y aprende de él. Debemos, pues, enseñar a las personas a ser imitadoras de Cristo por medio de nuestro propio ejemplo.

Pablo nos enseña en varias ocasiones lo importante de la imitación en el aprendizaje de la vida cristiana. En Efesios 5:1-2, por ejemplo, nos dice: “Imitad a Dios como hijos queridos; proceded con amor, como el Mesías os amó hasta entregarse por vosotros a Dios como ofrenda y sacrificio de aroma agradable.” Y a los Corintios les decía: “Anunciando la Buena Noticia yo os engendré para el Mesías. Os recomiendo, pues, que me imitéis.” (1Co 4:16 PER). Sin embargo, cuando Pablo pide que lo imiten, está pensando en su propia responsabilidad de ser imitador de Cristo. En 1 Corintios 11:1 dice: “Imitadme a mí como yo imito al Mesías.” A los discípulos de Tesalónica, Pablo les dice: “vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, recibiendo el mensaje con el gozo del Espíritu Santo en medio de grave tribulación; hasta el punto de convertiros en modelo de todos los creyentes de Macedonia y Acaya” (1Th 1:6-7 PER). Al ser imitadores de Cristo nos volvemos modelo para otros creyentes de seguimiento de Cristo.

La labor de la iglesia es la de ser luz a las naciones, no tan solo indicando lo que se debería hacer, sino además siendo ejemplo de cambio para los demás por medio del seguimiento e imitación de Cristo.

Nuestra misión

Cada creyente es parte de esta gran comisión. Cada miembro de la congregación es responsable del cumplimiento del mandato de proclamar las buenas nuevas y de discipular a los nuevos creyentes.

Sin embargo, sólo en la medida en que sabemos trabajar en equipo, somos capaces de llevar el mensaje de Jesucristo a muchas más personas y con un mayor grado de efectividad de lo que podríamos hacerlo yendo de manera individual.

Entonces, si bien es necesario que cada uno sepa ser imitador de Cristo, es muy importante también que cada creyente aporte con los dones que Dios le ha dado para la expansión del Reino de Dios. Nuestra responsabilidad primordial entonces es servir en nuestro propio ministerio con excelencia, como para el Señor (Col 3:23; 1 Co 10:31).

Cada creyente ha recibido de Dios determinados dones y talentos que le permiten servir con amor y excelencia al Señor por medio de la Iglesia local. Estos dones que hemos recibido tienen como objetivo el crecimiento de toda la congregación. Efesios 4:16 dice: “Y por Cristo el cuerpo entero se ajusta y se liga bien mediante la unión de todas sus partes; y cuando cada parte funciona bien, todo el cuerpo va creciendo y edificándose en amor.”

El descubrimiento de nuestro don y el uso del mismo para la edificación de los hermanos, es nuestra primera responsabilidad.

El ejemplo de la Iglesia primitiva

Vemos en el libro de Hechos 6:1-7 el primer ejemplo de distribución de las labores de la iglesia entre los creyentes. Los apóstoles habían estado dedicándose a las tareas de la iglesia a tiempo completo. Es evidente que Pedro y los otros doce, con mucho amor, estuvieron dispuestos a servir en las labores administrativas de la congregación. Sin embargo, este no era su fuerte. Además, en la medida que la iglesia iba creciendo, se hacía cada vez mayor el trabajo administrativo lo cual dejaba muy poco tiempo para la predicación de la Palabra de Dios. Al cabo de varios meses, el cuadro era dramático:

  1. La predicación estaba siendo desatendida
  2. Los pobres de la iglesia estaban siendo mal atendidos.

Es por esta razón que ellos ven necesario buscar a otros creyentes que puedan hacerse cargo de aquellas labores con excelencia. Dicen los doce, reunidos en asamblea con la Iglesia: No está bien que nosotros desatendamos el mensaje de Dios por servir en la administración.

No estaban menospreciando las labores administrativas, sin embargo, nadie podía exponer mejor que ellos aquel mensaje acerca de Jesucristo pues lo conocían de primera mano. Era mejor permitir que quienes tuviesen el talento necesario se hicieran cargo de la labor de manera efectiva, mientras ellos se dedicaban a hacer lo que sabían hacer muy bien. Esto permitió que la iglesia pudiera fortalecerse y crecer.

Para nuestra reflexión:La turtuga y la liebre

Una tortuga y una liebre siempre discutían sobre quién era más rápida. Para dirimir el argumento, decidieron correr una carrera. Eligieron una ruta y comenzaron la competencia. La liebre largó a toda velocidad y corrió enérgicamente durante algún tiempo. Luego, al ver que llevaba mucha ventaja, decidió sentarse bajo un árbol para descansar un rato, recuperar fuerzas y luego continuar su marcha. Pero pronto se durmió. La tortuga, que andaba con paso lento, la alcanzó, la superó y terminó primera, declarándose vencedora indiscutible.

Moraleja: Los lentos y estables ganan la carrera.

Pero la historia no termina aquí…
La liebre, decepcionada tras haber perdido, hizo un examen de conciencia y reconoció sus errores. Descubrió que había perdido la carrera por ser presumida y descuidada. Si no hubiera dado tantas cosas por supuestas, nunca la hubiesen vencido. Entonces, desafió a la tortuga a una nueva competencia.
Esta vez, la liebre corrió de principio a fin y su triunfo fue evidente.

Moraleja: Los rápidos y tenaces vencen a los lentos y estables.

Pero la historia tampoco termina aquí…
Tras ser derrotada, la tortuga reflexionó detenidamente y llegó a la conclusión de que no había forma de ganarle a la liebre en velocidad. Como estaba planteada la carrera, ella siempre perdería. Por eso, desafió nuevamente a la liebre, pero propuso correr sobre una ruta ligeramente diferente. La liebre aceptó y corrió a toda velocidad, hasta que se encontró en su camino con un ancho río. Mientras la liebre, que no sabía nadar, se preguntaba “¿qué hago ahora?”, la tortuga nadó hasta la otra orilla, continuó a su paso y terminó en primer lugar.

Moraleja: Quienes identifican su ventaja competitiva (saber nadar) y cambian el entorno para aprovecharla, llegan primeros.

Pero la historia tampoco termina aquí…
El tiempo pasó y tanto compartieron la liebre y la tortuga, que terminaron haciéndose buenas amigas. Ambas reconocieron que eran buenas competidoras y decidieron repetir la última carrera, pero esta vez corriendo en equipo. En la primera parte, la liebre cargó a la tortuga hasta llegar al río. Allí, la tortuga atravesó el río con la liebre sobre su caparazón y, sobre la orilla de enfrente, la liebre cargó nuevamente a la tortuga hasta la meta. Como alcanzaron la línea de llegada en un tiempo récord, sintieron una mayor satisfacción de aquella que habían experimentado en sus logros individuales.

Moraleja: Es bueno ser individualmente brillante y tener fuertes capacidades personales.

Pero, a menos que seamos capaces de trabajar con otras personas y potenciar recíprocamente las habilidades de cada uno, no seremos completamente efectivos.

Preguntas para reflexionar

  1.  ¿Qué actitud está detrás del afán de la liebre por vencer a la tortuga?
  2.  ¿Qué actitudes fueron necesarias en la tortuga y en la liebre para que pudiesen trabajar en conjunto?
  3.  ¿Podrían encontrar algún ejemplo de este tipo de actitudes en la Biblia?
  4.  ¿Cómo podemos aplicar esta historia al trabajo de la iglesia?

Diversidad de ministerios

La Biblia nos menciona que cada persona ha recibido varios dones para provecho de la Iglesia. Es en esa área en la que mejor podemos aportar a la congregación. No aportar con nuestro talento al crecimiento de la Iglesia, sería casi como robarle a la congregación el regalo que Dios le dio a través de nosotros.

Además es nuestro deber ejercitar nuestro don de tal manera que cada vez podamos ser aún más efectivos en el trabajo que estamos desempeñando para bendición de la Iglesia

Supongamos que pudiésemos contabilizar la cantidad de efectividad que tenemos en cada don. El total de nuestra efectividad es 20. Sin embargo, esta se halla distribuida entre los varios dones que poseemos.

En el servicio: 8

En la evangelización: 2

En la generosidad: 4

En la enseñanza: 3

En el don de sabiduría: 3

Ahora, como somos conscientes de que aventajamos con mucho a nuestros hermanos en la fe en lo referente al servicio mientras que, en las otras áreas estamos muy por debajo de la mitad, decidimos enfocar todo nuestro esfuerzo en fortalecer aquellas áreas más débiles de nuestro ministerio. El resultado podría ser algo parecido a esto:

En el servicio: 4

En la evangelización: 4

En la generosidad: 4

En la enseñanza: 4

En el don de sabiduría: 4

Como nos hemos descuidado de nuestro don más importante, con el fin de fortalecer a los otros dones, este ha empezado a debilitarse. Ahora, nuestro servicio es mediocre en todos los aspectos.

Si por el contrario, buscamos fortalecer aquello en lo que somos mejores tal vez pase lo siguiente:

En el servicio: 10

En la evangelización: 2

En la generosidad:  3

En la enseñanza:  3

En el don de sabiduría:  3

Es muy probable que nuestras áreas más débiles se mantengan igual, sin embargo, podremos aportar a la iglesia con un don en el cual somos verdaderamente efectivos y en el cual nadie podrá hacerlo mejor que nosotros[1].
Actividad

Tome un conjunto de varios platos (5) e intente ponerlos a girar a todos a la vez.

Ahora busque a cuatro personas que le ayuden a poner a girar los platos.

  • ¿Cuál de los dos le resultó más fácil?
  • Quienes estuvieron observando al principio y luego participaron, ¿cuándo se sintieron más a gusto?
  • Mientras tu hacías todo el trabajo y los demás observaban, ¿cómo te sentiste?

En una iglesia en la cual todos trabajan en todo con todo los dones que tienen -y aun con los que no tienen-, tendremos que el nivel de efectividad de dicha iglesia no será mayor de 4 puntos, es decir su trabajo será mediocre en todos los aspectos. Será como cuando una sola persona trata de mantener girando diversos platillos a la vez. Hasta que logre poner a girar los últimos, los primeros ya estarán por caer. Cuando pone a girar los primeros, los últimos ya está perdiendo la viada. Es mejor enfocarse sólo una actividad y hacerla bien que hacer muchas mal hechas.

Por otra parte, una iglesia en la cual cada creyente trabaja en aquello en lo cual es efectivo, es decir en el uso de su don y se dedica a fortalecerlo, desarrollo un nivel de efectividad de 10, es decir realizará un trabajo excelente, suma de los trabajos efectivos de cada creyente.

Para nuestra reflexión:

Escribe una lista de todos los dones que aparecen en el Nuevo Testamento según los textos de: Romanos 12:4-8; 1 Corintios 12: 8-10, 28; Efesios 4:11; 1ra Pedro 4:10-11. Revisa cuáles se repiten y cuales no.


[1]    Tal vez sea necesario aclarar que aunque nuestra prioridad debe ser la de fortalecer nuestro don más importante, no obstante esto no significa que dejemos completamente de lado los demás dones y talentos y más aún cuando se trata de cualidades que se solicita a todos los creyentes como la generosidad o la hospitalidad.


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LA PREDICACIÓN

Al delimitar el tema de la predicación por medio de una definición podemos hallar diversos acercamientos, todos muy importantes y útiles. Aquí tenemos algunas definiciones dadas. La predicación es:

  • Una interpretación oral de la Palabra de Dios a su pueblo reunido a través de la cual habla y obra en sus vidas (E. Achtemeier)
  • Un mensaje cuya estructura y pensamiento derivan de un texto bíblico, que cubre el enlace del texto y que explica sus características y su contexto para revelar los principios duraderos para pensar, vivir y adorar con la fidelidad que el Espíritu, quien inspiró el texto, quiso comunicar. (B. Chapell)
  • La explicación autorizada del Espíritu y la proclamación del texto de la Palabra de Dios con la debida atención al significado histórico, contextual, gramatical y doctrinal del pasaje dado, con el objeto específico de invocar una respuesta transformadora de Cristo. (Stephen Olford)
  • Es explicar un pasaje de manera tal como para guiar a la congregación a una aplicación verdadera y práctica del mismo. (W. Liefeld)
  • Interpretación teológica de la vida, preferiblemente en el contexto del culto cristiano. (P. Jiménez)

Existe una más y que nosotros la acogeremos por considerar que es la que más se adapta a lo que hemos venido diciendo más arriba. Se trata de la definición de Orlando Costas quien dice que la predicación tiene que ver con “compartir a Cristo con otras personas y así introducirlas a una relación íntima con Dios”. El aporte que nos dan los planteamientos anteriores puede ser resumido con el contenido de la predicación y la importancia de nuestra fidelidad al mismo. Así también nos recuerda la importancia de reconocer el perceptor de nuestro mensaje, sus presupuestos e inquietudes. Quizás sea la última definición la que más difiere del resto. Se trata, para Pablo Jiménez de la interpretación, no del texto bíblico sino del texto de la vida creyente en base a la lente del texto sagrado. Se trata, como veremos más delante de un cambio o inversión que se ha venido gestando a lo largo del siglo XX en la reflexión teológica de la predicación.

La predicación debe llevarnos a un encuentro con Jesucristo. Para nosotros esta es la meta fundamental de la predicación cristiana. Evidentemente, la predicación posee elementos éticos pero estos, a su vez parten del encuentro con Jesucristo, no son previos al mismo.

Ahora bien, nuestro acercamiento a Jesucristo sólo es posible a partir de un acercamiento interpretativo al texto que nos habla de Él, es decir, la Biblia. Es por ello que no podemos predicar sin anclar nuestras reflexiones al texto bíblico. La labor de los predicadores se relaciona, entonces, con recorrer el camino de vuelta a Cristo, a través del texto, estableciendo un puente con otra cultura (la bíblica) y transmitiendo el mensaje cristocéntrico qe extraemos de allí a la gente de la actualidad en términos que sean comprensibles para ellos.

En el esquema que tenemos arriba podemos ver sucintamente expuesto el proceso que nos lleva del Texto a Jesucristo y de vuelta a la Congregación.

En este esquema encontramos dos círculos representando los dos contextos culturales que necesitamos conectar: El bíblico y el contemporáneo. Vemos que en el centro del primer círculo se halla Cristo. Esto es puesto que Cristo, al encarnarse se presentó en un contexto cultural específico y habló en medio de dicho contexto. Cuando los discípulos decidieron contar la historia de Jesús lo hicieron usando ese bagaje cultural que les daba el contexto histórico en el que vivieron. A su vez, cuando decidieron poner por escrito el mensaje bíblico, lo hicieron en términos de dicho contexto. Esto quiere decir que expresaron el mensaje de Jesucristo usando la cultura de su tiempo y esto incluye el lenguaje.

Ahora, cuando nosotros nos acercamos al texto bíblico lo hacemos desde nuestro propio contexto cultural del siglo XXI. Esto puede ser contraproducente pues podemos malentender o malinterpretar el texto bíblico pues no lo estamos leyendo a través de los lentes del contexto cultural que usaron quienes escribieron el texto.

Este problema se soluciona en parte por medio de una Análisis del contexto. Sea en la Biblia o sea fuera de ella buscamos elementos que nos permitan entender el contexto cultural de Jesucristo así como de los redactores del texto Bíblico.

Teniendo en cuenta este contexto cultural en mente hacemos un análisis del texto bíblico. Intentamos “ponernos en los zapatos” de los destinatarios del texto bíblico. Este acercamiento nos permite superar, en parte, la distancia cultural y llegar hasta el mensaje bíblico y, a través de él, a Cristo.

El siguiente paso podríamos decir que es el propiamente homilético. Llevamos aquel mensaje a la congregación a la que vamos a predicar. Evidentemente, la comunicación de dicho mensaje a la cultura contemporánea amerita que seamos también buenos exégetas de nuestra cultura de modo que aquel mensaje arcaico de hace dos mil años cobre vida en nuestra cultura.

Los tres pasos del Sermón

O. Costas considera al sermón como un discurso que tiene por objetivo persuadir. Esto lo introduce de lleno en la temática de la retórica. Ahora bien, dentro de esta rama, Cicerón distinguía tres momentos en la invención de todo discurso:

  1. Invención.- ¿Qué decir?
  2. Disposición.- ¿En qué orden decirlo?
  3. Elocución.- ¿Cómo decirlo?

La Invención

Efectivamente, encontrar y decidir lo que se ha de decir es sin duda importante y algo así como el alma del cuerpo” (Cicerón). La invención es el primer paso de toda disertación. En este paso, indagamos todo lo necesario referente al tema que debemos tratar. Debe conocer los puntos fundamentales referentes al tema que se halla analizando. De tratarse de un discurso clásico, deberá conocer los argumentos a favor y en contra de su propuesta. De este modo se podrá hacer una idea general del tema y, hasta cierto punto se volverá un experto en el tema que va a tratar1.

En el caso de la predicación, el tema general nos es dado de antemano (Cristo) aunque podemos variar en base a las posibilidades concretas de cada texto que seleccionemos.

Así, por ejemplo, si nos avocamos a tratar un texto como Romanos 13:1, un análisis completo del libro de Romanos nos permitirá encuadrar dicho texto dentro de su contexto y de este modo, nos permitirá constatar el papel que este tema (la autoridad) desempeña en el ámbito del seguimiento de Cristo. De todos modos, sin perder de vista el trasfondo cristológico del contexto, podemos centralizar nuestra reflexión en el tema de la autoridad como tal.

Quizás debamos aclarar que esto no implica que nuestra disertación pueda tomar el texto como pretexto para exponer nuestras propias convicciones respecto de la autoridad. Es aquello que el texto plantea sobre la autoridad lo que debe ser expuesto.

Si el texto es oscuro, o nos parece que se halla en conflicto con otros textos de la Biblia, es necesario hacer un análisis más amplio, considerando aquellos otros textos que tratan directa o indirectamente sobre nuestra temática.

Quizás el mayor problema se dé cuando finalicemos la tarea del análisis y nos dispongamos a llevar a nuestra congregación aquel alimento espiritual. Muchos podemos ser tentados de llevar al sermón todo lo que hemos descubierto en los análisis. Esto es contraproducente pues avasalla al auditorio de información que en menos de 24 horas habrá olvidado y le quita fuerza al tema central. Es mejor dar varios golpes a un solo clavo que dar un golpecito a cientos de clavos.

Es necesario seleccionar de entre el material que ha sido compilado aquello que es necesario y separarlo de aquello que nos es útil. Lo primero es aquello sin lo cual el objetivo central no puede ser logrado. Lo segundo son aquellos elementos útiles para el investigador bíblico para que pueda tener una mejor panorámica del tema.

Por otro lado, es necesario también ser muy meticulosos en la selección del texto bíblico que usemos para la predicación. En la selección del texto bíblico o de la temática a ser expuesta, el predicador debe ser consciente de las necesidades e inquietudes de la congregación. Debe reflexionar en las problemáticas que afectan a la población del sector. Debe conocer aquellos problemas que afectan a la congregación aunque esta no sea del todo consciente de ellos. En fin, debe tener en cuenta a su población objetivo el momento de seleccionar los textos bíblicos que usará para su predicación.

Valdría tan sólo añadir a esto que es adecuado preparar con antelación un programa de sermones que provea a la congregación de un alimento espiritual surtido y nutritivo para sus almas. Esto nos evita perder el tiempo pensando cada semana sobre qué predicar y a su vez nos ayuda a equilibrar nuestra predicación entre diversas temáticas.

La disposición

El buen orador, decía Ciceron, “una vez que haya encontrado lo que va a decir, ordenará estas ideas con gran diligencia” (Cicerón). Dentro de la predicación bíblica tenemos dos extremos en este ámbito. Hay quienes opinan que la disposición de los argumentos o ideas de un sermón deben ser en el mismo orden que el que se halla en el texto bíblico. Por otro lado hay quienes prefieren desentenderse por completo del orden de argumentación del texto bíblico.

Un vistazo al modo en que han sido ordenadas las ideas en el texto bíblico puede ser muy útil, no obstante, no debe volverse una camisa de fuerza. Debemos recordar que lo fundamental de nuestra exposición es el resultado final, la consecución del o los objetivos que se han propuesto en un inicio. Hay textos bíblicos –mayormente las cartas de Pablo- en los que el autor realiza una pormenorizada lista de argumentos a favor de su idea con el fin de persuadir a los oyentes de vivir de determinada manera. En muchas ocasiones, los argumentos que son dados, son pensados en función de la población objetivo a la que esta disertación se dirige. Sin embargo, nuestra población objetivo, no se halla agobiada por judaizantes, ni se halla afincada en los textos veterotestamentarios de tal modo que su única fuente de verdad sean los relatos que vienen de allí. Usar los mismos argumentos sería contraproducente si los usamos para hablar a personas que nunca han oído los relatos del Antiguo Testamento, por ejemplo. Es evidente, que en este caso, podría ser más importante descubrir el objetivo final del autor para, en base a él, desarrollar nuestra propia secuencia argumentativa.

La elocución

Después de la invención, la elocución es quizás el elemento más difícil de la predicación. Dice al respecto Lloyd Perry:

El primero y más urgente de los problemas de quien habla en público es el de hacer[se] entender. En el logro de esta meta de la comunicación oral a nivel público no hay elemento de la retórica más difícil de dominar que el estilo, con la salvedad de la invención. El presidente estadounidense Jefferson dijo una vez que, “aparte del bautismo del Espíritu Santo, el don más indispensable para todo predicador es el del dominio de su idioma. No debe retaceársele tiempo alguno al perfeccionamiento del estilo del predicador” (Perry, 1976: 51).

Si esto era cierto en los tiempos de Agustín, de Lutero o de Spurgeon, lo es aún más en nuestras tiempos. La sociedad contemporánea presente grandes desafíos para el predicador.

1 En el caso de la predicación el mayor problema es el tiempo pues se trata de preparar una exposición bíblica cada semana por lo que no se cuenta con el suficiente tiempo como para profundizar lo suficiente en el texto que se ha de predicar. De todos modos, la ventaja se halla en el hecho de que nuestro texto de base para todas nuestras disertaciones siempre será la Biblia por lo que podemos seguir especializando en ella a medida que seguimos predicando semana tras semana sobre la base de su contenido.

El Toque de Dios

Una de las tareas en que se enfocó David Wilkerson durante los últimos años de su vida fue la de llevar mensajes de desafío a los pastores de la iglesia de Cristo a nivel mundial

Si bien, como menciona en ensta conferencia, no le agradaba viajar, a causa de la situación preocupante que veía en la iglesia, decidió hacerlo. Dando click en el link de más abajo puedes escuchar una de aquellas conferencias que fue dada hace ya cinco años para un grupo de pastores de Madrid.

http://worldchallenge.edgeboss.net/download/worldchallenge/sermons/audio/0410_madrid_1_dw.mp3

Mi razón de vivir es Cristo

Una breve reflexión acerca de eso que nos motiva a “seguir siguiendo”, como diría la cantante argentina: Soledad Pastorutti. Es una reflexión de lo que para el Apóstol Pablo fue su razón de vida: Cristo.

Para mí el vivir es Cristo y el morir ganancia

Pablo no teme a la muerte. Es algo muy provechoso cuando se es consciente de que posiblemente sea ejecutado en poco. Pero lo más interesante de lo que escribe en estas líneas es que no le tiene miedo tampoco a la vida. No tiene inconveniente en morir, pero tampoco tiene inconveniente en seguir viviendo. Cuando se oye de suicidios, por lo general es la pérdida de una razón para seguir viviendo lo que desencadenó el suceso. Ahora, bien, podemos suponer que una persona que ha decidido quitarse la vida ha perdido, hasta cierto punto, el miedo a la muerte. O quizás, sea mejor decir que dicha persona posee un temor que se ha vuelto aún mayor que el miedo a la muerte: el miedo a seguir viviendo, sin metas, sin futuro, sin ilusiones ni sueños que guíen su camino. Muchos son los casos que llegan a esta radical pérdida del sentido de la vida.

Anhelamos, que las cosas vayan bien, sin embargo, no siempre es así. Y cuando no nos va bien, optamos por evadir aquellas adversidades, sea ignorándolas por completo, o sea por medio del adormecimiento de nuestra conciencia. Para lo primero, basta un poco de cinismo. Para lo segundo hay múltiples posibilidades: anfetaminas, centros de diversión, Dios. Que no se me mal entienda al colocar a Dios al mismo nivel de las anfetaminas -como lo hizo Marx, dirán algunos-. El hecho es que para muchos, la religión es simplemente una manera de evadirse de los problemas, mas no de enfrentarlos.

El caso es que en Pablo hallamos un hombre que ha sabido vivir al máximo su vida, no porque siempre haya vivido al límite, sino porque supo vivir con un sentido y un propósito mucho mayor que él mismo. Es justamente un filósofo ateo, como Nietzsche quien nos recuerda que “aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los ‘cómos’”. No es el estilo de vida que vivimos lo que nos hace aprovechar nuestro corto espacio de tiempo, sino el saber darle un sentido a nuestra vida. Tener algo por lo cual vivir, algo que sea capaz de llenarnos de tal manera que con cierta facilidad pueda convertirse verdaderamente en algo por lo cual morir, eso es lo que marca un verdadero vivir. Pablo lo logró. Se halla preso y con una sentencia de muerte sobre él, sin embargo, vive a plenitud. Su vida tiene sentido. Y lo más asombroso aún: su muerte, para él, tiene sentido.

Vivir cristianamente no es vivir dogmáticamente. Vivir cristianamente es vivir siendo seducidos cada mañana por aquella pasión que llenó la mente y el corazón de Cristo, de los Apóstoles, de Pablo y de tantos otros que dieron hasta lo último de sí por aquel mensaje. No murieron sintiendo que habían arado en el mar o que habían desperdiciado su tiempo. Murieron sintiendo que su vida valió hasta el último minuto y más aún, sintiendo que su muerte era una semilla que traería en el futuro, más allá de sí mismos, mucho, mucho más fruto.

Vivir no es sobrevivir. “¿Por qué contentarnos con vivir a rastras cuando sentimos el anhelo de volar?” (Helen Adams Keller). Porque dejar que la rutina gane en nuestras vidas. Porque resumir las más de setecientas mil horas de vida que quizás viviremos realizando actos carentes de sentido y rutinarios.

La única manera de vivir a plenitud es dándole un sentido a nuestra vida, a nuestras acciones, a nuestros esfuerzos cotidianos. Hoy en día, cada vez más los esfuerzos cotidianos se resumen simplemente a conseguir dinero para farrear el fin de semana. Como un eterno-retorno, semana tras semana se trabaja y se da de sí con tal de conseguir dinero para las fiestas de fin de semana, para los paseos, para los tours. Eso es a lo que podemos llamar rutina postmoderna. El vivir de Pablo es un vivir con sentido y con un sentido que va más allá de esta vida. El vivir de Pablo lo impulsa a continuar hasta el final sea que pueda contar con abrigo y comida o sea que se lo arroje a una cárcel, escape de un naufragio o sea apedreado. De dónde sacaba este hombre tanta fuerza para seguir adelante. Quizás muchos de nosotros pensaríamos bien después de la primera mala pasada. Pablo no. Lucha, se aferra continua en medio de la adversidad, y desde la cárcel clama: para mí el vivir es Cristo. En nuestro términos diríamos: Lo que le da sentido a mi vida, a mis padecimientos y angustias es Cristo.

Hay razones por las cuales vivir, pero a la larga estas terminan defraudándonos. Hay una razón por la cual se puede luchar sin temor a ser defraudados: Cristo.

Es a ese sentido de vida que necesitamos apegarnos y en ese compromiso necesitamos persistir. Sólo siguiendo el camino de Cristo y su esperanza podremos vivir a plenitud.