DE LA SOLEDAD A LA COMUNIDAD

Dijo asimismo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo: hagámosle ayuda y compañía semejante a él.

La frase que se menciona en este texto, no es bueno que el hombre esté solo, generalmente suele ser usada para hablar de las parejas. Son en especial los solteros ansiosos por hallar esa “ayuda idónea” quienes más se alegran con esta frase. Sin embargo, el texto parece hacer referencia a algo más amplio que la búsqueda de la pareja.

Adán se halla solo. No tiene con quién compartir sus experiencias. Ninguno de los animales creados por Dios es capaz de sentir y pensar como él. Puede entretenerse con aquellos seres y aún jugar con ellos, pero no puede compartir sus penas y sus alegrías con ellos. Hay una gran distancia entre ellos y el hombre. Puede, de igual modo entretenerse en las labores que le ha encomendado Dios, sin embargo, las frustraciones y aventuras propias de su labor no puede compartirlas con nadie. Adán se halla, en definitiva, solo. No es que le falte sólo una pareja, le falta todo tipo de contacto humano. Adán no tiene con quién relacionarse y esa es la gran preocupación de Dios.

La soledad es algo que buscamos eventualmente. Sin embargo, la soledad absoluta es algo que no podríamos soportar.

Hace poco empecé a ver una serie que salió en la década de los 60: La dimensión desconocida. El primer capítulo de la misma, titulado: “¿Dónde está todo el mundo?”, trata de un hombre que de pronto se halla en medio de una ciudad en la cual no hay absolutamente nadie. Al principio opta por divertirse. Se prepara un café en una cafetería abandonada, toma un helado a su gusto, en un bar próximo, mira una película en el cine de la ciudad, etc. De todos modos, conforme va pasando el tiempo, aquel hombre empieza a desesperarse. Anhela hallar alguien con quien conversar. Busca por todos lados. Lo único que desea es alguien como él. Tiene la posibilidad de ir a donde quiere, de entrar a donde se le antoje, sin embargo, sin importar donde vaya, simplemente no puede huir de la soledad.

Al final de la serie se descubre que se trataba de un experimento de la NASA orientado a preparar a un soldado para la soledad en el espacio. Hay que recordar que esta serie salió unos diez años antes de que se llegara a la luna. Aquel soldado, una vez rescatado de aquel lugar sólo atina a decir: No me gustaría volver allí… Una ciudad completamente desierta. No me gustaría volver allí…

La conclusión del experimento es sumamente interesante acerca de las posibilidades de nuestra sociedad contemporánea:

Podemos darle muchas cosas… Alimentos concentrados, libros, pasatiempos, diversiones de todas clases. Podemos proporcionarle oxígeno y muchas otras cosas. Pero hay una cosa que no podemos simular y que es básica para cualquier ser humano. Ningún hombre puede estar sin compañía. La barrera de la soledad… Eso es lo que no hemos podido vencer.

La soledad puede ser agradable por un breve lapso de tiempo, pero se volvería un verdadero suplicio si fuese absoluta. Un escritor francés, Víctor Hugo, decía: El infierno está todo en esta palabra: soledad.

Dios mismo es consciente de esto y declara enfáticamente: No es bueno que el hombre esté solo. Dios crea entonces a la mujer, crea a la sociedad y nos prepara para ser entes sociables. El anhelo de Dios es que podamos relacionarnos con otro ser igual a nosotros, con sentimientos, pensamientos y emociones parecidos a los nuestros. Dios desea que esta relación se desarrolle como la que se da entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es decir en amor. Sin embargo, apenas empieza a dar sus primeros pasos esta sociedad, infringe la ley y empieza a establecer categorías. No es bueno que el ser humano esté solo, decía Dios; sin embargo, como fruto de la desobediencia, el ser humano empieza a aislarse y alejarse de la soledad. El hombre ve en la mujer, no a una compañera sino a alguien sobre quien descargar su culpa. La acusa. Busca eximirse a sí mismo de su malestar. De igual manera la mujer.

Aquella sociedad que debía basarse en el amor, ahora se basa en el egoísmo. Un teólogo sentencia diciendo: “De hecho, [nuestras relaciones interpersonales] son impulsadas por la desconfianza, el egoísmo y el odio[1].

De todos modos, la necesidad del otro permanece en nosotros. Le tememos a la soledad absoluta y por ello nos unimos, buscamos la comunidad. Un autor decía de manera pesimista: “Lo que hace a los hombres sociables es su incapacidad de soportar la soledad…[2]. Quizás sea cierto. No obstante, esto no demuestra nuestra miseria humana sino nuestra grandeza pues Dios mismo nos ha creado para vivir en comunidad. Ese fue Su plan y aún sigue siéndolo.

El problema con el que nos enfrentamos ahora que hemos caído y que el pecado media nuestras relaciones sociales, es que muchas veces al buscar la comunidad, llevamos a ella nuestros pecados, nuestros egoísmos y nuestros resentimientos. Esto nos lleva a herir a quienes amamos porque aún el amor que deseamos proferir termina siendo manchado por el egoísmo.

En efecto, aún el amor puede ser egoísta y lo es. C. S. Lewis define así al amor egoísta:Llamamos egoísta a aquel género de amor humano que satisface sus necesidades a expensas de las del objeto amado. Así es el amor del padre que, incapaz de renunciar a su compañía, retiene a los hijos en casa, aun cuando, de pensar en su interés, debiera dejarlos salir de ella para que entraran en contacto con el mundo”[3].

El resultado es amistades resquebrajadas, matrimonios que terminan en fracaso, familias disueltas, etc. No queremos aceptar al otro por lo que es. Queremos que cambie y se adapte a nuestras exigencias.

El cuento tan conocido del ‘patito feo’ refleja con vehemencia esta realidad.

Como cada verano, a la Señora Pata le dio por empollar y todas sus amigas del corral estaban deseosas de ver a sus patitos, que siempre eran los más guapos de todos.

Llegó el día en que los patitos comenzaron a abrir los huevos poco a poco y todos se congregaron ante el nido para verles por primera vez.

Uno a uno fueron saliendo hasta seis preciosos patitos, cada uno acompañado por los gritos de alborozo de la Señora Pata y de sus amigas. Tan contentas estaban que tardaron un poco en darse cuenta de que un huevo, el más grande de los siete, aún no se había abierto.

Todos concentraron su atención en el huevo que permanecía intacto, incluso los patitos recién nacidos, esperando ver algún signo de movimiento.

Al poco, el huevo comenzó a romperse y de él salió un sonriente pato, más grande que sus hermanos, pero ¡oh, sorpresa!, muchísimo más feo y desgarbado que los otros seis…

La Señora Pata se moría de vergüenza por haber tenido un patito tan feísimo y le apartó con el ala mientras prestaba atención a los otros seis.

El patito se quedó tristísimo porque se empezó a dar cuenta de que allí no le querían…

Pasaron los días y su aspecto no mejoraba, al contrario, empeoraba, pues crecía muy rápido y era flacucho y desgarbado, además de bastante torpe.

Sus hermanos le jugaban pesadas bromas y se reían constantemente de él llamándole feo y torpe.

El patito decidió que debía buscar un lugar donde pudiese encontrar amigos que de verdad le quisieran a pesar de su desastroso aspecto y una mañana muy temprano, antes de que se levantase el granjero, huyó por un agujero del cercado.

Así llegó a otra granja, donde una vieja le recogió y el patito feo creyó que había encontrado un sitio donde por fin le querrían y cuidarían, pero se equivocó también, porque la vieja era mala y sólo quería que el pobre patito le sirviera de primer plato. También se fue de aquí corriendo.

Llegó el invierno y el patito feo casi se muere de hambre pues tuvo que buscar comida entre el hielo y la nieve y tuvo que huir de cazadores que pretendían dispararle.

Al fin llegó la primavera y el patito pasó por un estanque donde encontró las aves más bellas que jamás había visto hasta entonces. Eran elegantes, gráciles y se movían con tanta distinción que se sintió totalmente acomplejado porque él era muy torpe. De todas formas, como no tenía nada que perder se acercó a ellas y les preguntó si podía bañarse también.

Los cisnes, pues eran cisnes las aves que el patito vio en el estanque, le respondieron:

– ¡Claro que sí, eres uno de los nuestros!

A lo que el patito respondió:

-¡No os burléis de mí!. Ya sé que soy feo y desgarbado, pero no deberíais reír por eso…

– Mira tu reflejo en el estanque -le dijeron ellos- y verás cómo no te mentimos.

El patito se introdujo incrédulo en el agua transparente y lo que vio le dejó maravillado. ¡Durante el largo invierno se había transformado en un precioso cisne!. Aquel patito feo y desgarbado era ahora el cisne más blanco y elegante de todos cuantos había en el estanque.

Así fue como el patito feo se unió a los suyos y vivió feliz para siempre[4].

En este cuento constatamos que tanto los hermanos como luego la madre rechazan al patito por ser diferente de ellos. Tristemente debemos admitir que somos muy renuentes a mirar con amor a quien no se adapta a nuestros prejuicios. Hace poco me contaban que en una iglesia prepararon un drama y para el mismo disfrazaron a uno de los miembros de una célula de pordiosero. Lo hicieron lo mejor que pudieron. Aún el olor trataron de hacerlo verosímil. Cuando llegó el momento de la presentación, el hermano de la célula -que nunca antes había asistido al culto general de la iglesia- intentó ingresar pero los diáconos se lo impidieron. El pastor al darse cuenta, les dijo en tono molesto, pero en voz baja para que no se notase: ¡saquen a ese vago de aquí! La líder de la célula tuvo que acercarse al pastor a explicarle lo que pasaba para que le permitiesen entrar.

Cuando oímos la historia del patito feo, siempre nos identificamos con el personaje principal, sin embargo, muchas veces nos parecemos más a aquellos que lo discriminaron.

Notemos que una vez que el patito huye de la granja empieza a buscar algún lugar dónde pueda ser aceptado pero lo que encuentra es una mujer que quiere servirlo como plato principal al siguiente día. Ese es otro de los problemas que viene del hecho de hallarnos en un mundo caído y envuelto en el pecado. “En el síndrome de patito feo hay a veces una especie de patología. Uno sigue llamando a las puertas que no debe, a pesar de constarle que no tendría que hacerlo. Cuesta imaginar que una persona pueda saber qué puertas son las equivocadas cuando nunca ha sabido lo que era una puerta apropiada[5].

Si por un lado hallamos personas que lo único que buscan en el prójimo es complacer su propio egocentrismo, por otro lado, hay personas que están dispuestos a aceptar un amor egoísta sólo porque nunca supieron cómo es un amor desinteresado. En las visitas que he estado realizando a iglesias que trabajan con madres solteras, hallé un caso -en realidad muchos, pero este en particular me sobrecogió- que refleja esta realidad. Una chica de 15 años embarazada de cinco meses. Su padre era alcohólico. Golpeaba a su madre y a veces también a ella. Halló un enamorado. Este un par de años mayor que ella. Era delincuente. También era alcohólico. Aún siendo enamorados la maltrataba y la golpeaba. La dejó embarazada. Ella dejó a su familia y se fue a vivir con aquel chico. Varias veces se ha salvado de perder al bebe por las palizas que le propina su esposo, sin embargo ella sigue con él porque cree que eso está bien y que las cosas deben ser así. No es bueno que el ser humano esté solo, no obstante, hay ocasiones en que se evidencia con más fuerza que en otras el pecado que domina nuestras relaciones interpersonales. No estamos diciendo que haya más pecado en estas relaciones, decimos que simplemente en ellas se hace más evidente.

No es bueno que el ser humano esté solo, pero tampoco es bueno que el egoísmo, el odio y la desconfianza dominen nuestras relaciones.

Cuando Jesucristo viene a redimirnos, también busca liberarnos de aquella soledad en la que nos introduce el pecado. La parábola de las cien ovejas evidencia esto. En Lucas 15:4-6 Jesús nos dice: ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.”

Aquella oveja perdida se halla en soledad, respecto de las 99, Dios al perdonar su pecado y limpiarla de toda maldad quiere devolverla a la comunidad, pues sabe que no es bueno que estemos solos.

Aquella comunidad es -o debería ser- la Iglesia. De todos modos, el proceso hasta poder asimilar su nueva realidad es lento. Así como en el caso del patito feo quienes vuelven al rebaño, “después de su duro peregrinaje, consiguen cruzar la frontera y entrar en su territorio, pero a menudo tardan algún tiempo en darse cuenta de que las miradas de la gente ya no son despectivas y con frecuencia son neutrales cuando no admirativas y aprobatorias”[6].

Llegamos a la iglesia con heridas, con frustraciones y dolores. Tememos abrir nuestro corazón pues pensamos que nos van a volver a herir. En muchos casos incluso, preferimos seguir asistiendo a la iglesia sin abrir nuestro corazón a los demás.

El problema es que mientras permanezcamos en aquella  soledad que surge del hermetismo no podremos ser sanados del todo. Dios puede sanar nuestras heridas y cambiarnos ‘por arte de magia’, sin el embargo, en su infinita sabiduría Él ha preferido sanarnos por medio de la comunidad. Pablo dice en 2da de Corintios 1:4: el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Y en Efesios 4:16 nos dice: de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor. Alguien decía que en la soledad se pueden lograr muchas cosas menos forjar el carácter. Necesitamos de los demás para lograr esto.

De todos modos, para ello debemos abrirnos al prójimo. En la comunidad cristiana buscamos que el mediador de nuestras relaciones ya no sea más el pecado sino Jesucristo. Al ver al prójimo no veamos un pecador que no merece nuestra compasión sino a otro pecador como nosotros a quien Cristo también ha perdonado. No pongamos a la institución llamada iglesia por encima de los creyentes que a ella asisten.

Dios nos llama a amar al prójimo, no a la Iglesia. Dietrich Bonhoeffer decía que: “Aquel que ama la comunidad la destruye; el que ama a los hermanos es el que verdaderamente la construye”[7].

No es bueno que el ser humano esté solo. Sin embargo, cuando el pecado domina nuestro corazón, somos aislados por el mismo y en muchas ocasiones somos llevados a buscar sustitutos en lugares equivocados. El encuentro con Jesucristo nos abre la posibilidad de volver a la comunidad para ser sanados y reconocernos, ya no como patitos feos sino como verdaderos hijos de Dios.

Con todo, ese es el primer paso. Ahora nos es necesario empezar a formarnos en la comunidad por medio del reconocimiento del hermano, de aquel con quien nos identificamos así como de aquel con quien no nos sentimos augustos. Pronto veremos que “Conforme [vamos] eliminando máscaras y barreras y [vamos] siendo vulnerables, [descubrimos] que la comunidad es un lugar terrible porque es un ámbito de relaciones, porque revela nuestra afectividad herida, y lo difícil que puede llegar a ser vivir con los otros, especialmente con ciertas personas. Es mucho más fácil vivir con libros y objetos, con la televisión, con los perros o los gatos. Es mucho más fácil vivir solo y hacer cosas por los demás sólo cuando apetece”[8]

Conforme vamos siendo sinceros con los demás y con nosotros mismos, se vuelve más incómoda la comunidad, pero a su vez, es más factible lograr la sanidad de aquellas heridas que guardamos dentro y es posible formar nuestro carácter como el carácter de Cristo.


[1]    MILLAS, José (1989): Pecado y Existencia cristiana: Origen, desarrollo y función de la concepción del pecado en la teología de Rudolf Bultmann. Barcelona: Editorial Herder. Pág. 252

[2]    Arthur Schopenhauer

[3]    LEWIS, C. S. (2006): El problema del Dolor. Madrid: Ediciones RIALP. Pág. 56

[5]    PINKOLA, Clarissa (241): Mujeres que corren con lo lobos. Barcelona: Ediciones B. Pág. 255

[6]    PINKOLA, Clarissa (241): Mujeres que corren con lo lobos. Barcelona: Ediciones B. Pág. 266

[7]    JANIER, Jean (2000): La comunidad: lugar del perdón y de la fiesta. Madrid: Ediciones PPC. Pág. 31

[8]    JANIER, Jean (2000): La comunidad: lugar del perdón y de la fiesta. Madrid: Ediciones PPC. Pág. 36

Del egoísmo al servicio

Seguramente habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me fue dadapara con vosotros, pues por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente. Al leerlo podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo.

… fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la acción de su poder.

Efesios 3:2-4, 7

 Se cuenta que en medio de una batalla uno de los soldados que peleaba perdió de vista a toda su tropa. Desorientado y confundido se acercó al general y le preguntó con voz tímida dónde debería entrar. El general encolerizado le respondió: ¡nos hallamos en medio de una guerra, en todas partes necesitamos soldados que defiendan nuestra causa y usted pregunta dónde entrar! Entre dondequiera que por igual será muy útil.

Así como en los tiempos de guerra, un soldado es valioso por el sólo hecho de estar presente, en el caso del creyente, su sola presencia y disposición pueden marcar la diferencia respecto del futuro de la misión de Dios de transformar toda la creación.

Pablo era consciente de esto y su servicio y militancia fueron una de las armas más importantes del primer siglo para la causa del evangelio. No estamos hablando de un desocupado. Hablamos de un comerciante que vivía de la producción y venta de carpas. Sin embargo, este soldado de Cristo puso a disposición del evangelio sus conocimientos, sus habilidades su trabajo y su tiempo. Donde iba encontraba a sus proveedores y a sus compradores y a unos y otros hablaba de las buenas nuevas de Cristo. Cuando cayó preso no se amilanó. Él sabía muy bien que en una batalla el enemigo es capaz de hacer todo lo posible por ver caer a sus adversarios más peligrosos. Nuestro enemigo así lo hizo con este servidor de Cristo. Pero lejos de desanimarse, quedarse lamentando su situación o sentir que Dios se había olvidado de él, Pablo consideró esta circunstancia una nueva oportunidad para el evangelio. Desde la cárcel predicó por medio de cartas. Lideró y guió a su iglesia por medio de emisarios. Predicó el evangelio a sus captores. Y cuando se supo en presencia de la máxima autoridad de la región no perdió tiempo defendiéndose sino que aprovechó el momento para predicar de Cristo.

Un soldado de Cristo, sabe que donde Dios lo lleve es un buen lugar para predicar el evangelio. Un soldado de Cristo está demasiado ocupado siendo y dando testimonio como para preguntarse por el día de mañana. Sabe que su general está pendiente y cuida de él.

Sin embargo, hoy en día parece que nos enfrentamos a un enemigo muy poderoso y que sabe introducirse en las filas de la iglesia y atacar furtivamente a sus tropas. Delicadamente, sin mayor notoriedad se adhiere a los creyentes y los impulsa a condicionar su servicio a Dios a ciertas demandas previas. Pablo, dice en una ocasión nada exigí de ustedes aunque el obrero es digno de su salario. Hoy por hoy, tal vez muchos no exijan a Dios algo a cambio por su servicio, pero siendo conscientes de que no recibirán cierto tipo de beneficios por su labor, optan por excusarse. Este enemigo tan mortal para la iglesia se llama egoísmo. El escritor y humorista inglés Israel Zangwill decía: “El egoísmo es el único ateísmo verdadero y el desinterés, la única religión verdadera”. Una vez que el egoísmo se adhiere a un creyente, éste ha cambiado de religión aunque siga asistiendo a la misma iglesia hasta el final de sus días.

Pablo se nos presenta en los versículos 2 al 4 como un ejemplo para imitar si deseamos ser sanados del egoísmo que nos corrompe.

Para Pablo, el ministerio que ejerce es por gracia de Dios.

Lo primero que enseña Pablo a su iglesia es que el ministerio en que servimos es un don de Dios. La gracia del Señor no se manifiesta sólo en las respuestas afirmativas a nuestras oraciones sino también en los dones y talentos que nos ha dado y en la posibilidad de usarlos para la gloria de Dios. Cuando entramos a servir a Dios en algún ministerio la gracia de Dios empieza a operar en nuestra vida, en nuestra familia y a todo nuestro alrededor. Tal vez nos equivoquemos en principio acerca del ministerio que debemos realizar para el servicio de Dios. Pero de todos modos, mientras Dios nos va guiando hasta encontrar el ministerio que hemos recibido de Dios, su gracia sigue sobre nosotros. Sirviendo, pasamos a una dimensión de gracia diferente. Estamos recibiendo bendiciones que de otro modo no podríamos recibir. Estamos viendo a Dios de un modo que ni el mejor sermón podría explicar. Estamos en comunión con Dios de un modo que sólo es posible cuando con un corazón agradecido trabajamos para el Señor.

Si entendemos un ministerio como una obligación, como una simple responsabilidad o como un trabajo indeseado, lo más probable es que no descubramos esa dimensión de gracia por medio de la cual Dios nos quiere guiar. Si entendemos el ministerio, el servicio a Dios como una manifestación de la Gracia de Dios podremos ir viendo paulatinamente como Dios va obrando en gracia en nuestras vidas.

Pablo comprendió esto y una y otra vez va declarando que la labor que realiza es por la gracia de Dios. En ocasiones se fatiga pero en ese trabajo que realiza entre fatigas, Pablo halla la gracia divina.

Podemos evadir el cansancio, la fatiga y el desaliento que en ocasiones puede acompañar el ministerio, pero así mismo, estamos evadiendo la gracia, el amor y la misericordia que acompañan dicha labor.

Un jugador de fútbol puede evadir el trabajo físico extra y contentarse con lo que el grupo realiza. Puede evadir ciertos encuentros que considera muy duros y concentrarse en competir contra los equipos más fáciles de ganar. Sin embargo, al hacerlo, evadirá también la posibilidad de obtener una gran victoria, de llegar hasta una final, de conseguir un trofeo o una medalla. Así con el ministerio, podemos dejarlo de lado porque tenemos muchas responsabilidades, pero a su vez perdemos muchas bendiciones que acompañan al servicio a Dios.

Para Pablo, el ministerio que ejerce es compartir la Gracia de Dios.

Lo segundo que podemos ver en la forma de llevar el ministerio por parte de Pablo es que él considera que su trabajo es sencillamente compartir la gracia que Dios le ha dado.

En cada ministerio hay algo de verdad en esto. Cada ministerio, labor o función que desempeña un creyente para la gloria de Dios, puede ser un canal de bendición para los demás. Cuidar de los niños en la sala cuna permite que otros reciban el alimento espiritual. Dar clases a un grupo de pequeños permite que familias enteras sean bendecidas por medio de la Palabra que es transmitida por medio de aquellos pequeños. Aquel que limpia la iglesia para la gloria de Dios lo hace de tal modo que permite que seamos edificados en día domingo en medio de unas instalaciones bien arregladas.

La persona que nos recibe en la puerta, y aquello que lleva la contabilidad, quien se hace cargo de los niños y quien evangeliza en la calle, aquel que decide orar todos los días y quien desarrolla el ministerio de visitación, etc., todos ellos llevan gracia en su trabajo. Todos ellos reciben de Gracia para dar de Gracia.

Cuando dejamos de dar de gracia para dedicarnos solamente a recibir, el resultado es triste: la gracia en nuestro propio corazón empieza a secarse. Es por ello que se nos vuelve tan necesario dar de gracia.

Para Pablo, e ministerio que ejerce es por el poder de Dios.

Si sólo contásemos con nuestras fuerzas para cumplir con el ministerio que Dios nos ha encomendado, el resultado sería un terrible agotamiento físico y espiritual. Por el contrario, Pablo hallaba fuerzas sobre humanas para su labor en el poder de Dios. Toda labor o ministerio que Pablo lo realiza lo hace en función del poder que Dios le da. Las tempestades que podemos enfrentar sirviendo a Dios podemos sobrellevar cuando el poder de Dios está en nosotros. Es por ello que no debemos dejar de estar en comunión con Dios de tal manera que podamos realizar las labores que Dios nos encomienda fortalecidos con su poder. Moisés, no era un buen orador. Tenía muchos inconvenientes para la labor de líder. Pero ese no era el mayor problema. El pueblo que debía guiar era desordenado, quejumbroso, malagradecido, murmurador, entre un sinfín de peros. De todos modos, Moisés pudo guiarlos hasta la tierra prometida, no porque fuese un gran líder sino por la gracia de Dios y el poder de Dios que lo acompañaban. En ocasiones en ministerio nos puede enfrentar a situaciones muy difíciles de resolver, quizás imposibles. Pero el poder de Dios en nuestras vidas nos da las fuerzas para vencer cualquier adversidad que se presente en nuestro camino.

Para Pablo, el ministerio que ejerce tendrá su justa retribución.

Pablo dice algo más en 1ra Corintios 15:58: “manténganse firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el Señor no es en vano.

Pablo es consciente que cada labor que realizamos para el Señor tiene su retribución. No hay actividad en el reino de Dios que no sea compensada por la misericordia de Dios. No hay labor que realicemos en pro del progreso de la obra de Dios que no reciba su bendición.

Pablo dice esto no como hablando con gente que no conoce esto, les hablaba a personas que tuvieron la oportunidad de servir al Señor y recibieron de Él bendición tras bendición. Eran personas que conocían la retribución de Dios para aquellos que le servían. Es por ello que les anima a seguir creciendo en la obra del Señor. Trabajando más y más en sus ministerios siendo conscientes de que aquel trabajo no quedará sin recompensa.

Así pues, dejemos de lado el egoísmo y sirvamos a Dios con nuestros dones y talentos. Demos de Gracia aquello que hemos recibido de Gracia, sirvamos y seamos de bendición porque Dios no olvida la labor que realizamos para Él.

Orar con Sabiduría

“Oro para que te vaya bien en todos tus asuntos y goces de buena salud, así como prosperas espiritualmente”. (3ra de Juan 2)

Algo interesante en este verso es que nos llama a recordar que somos un todo. No somos solamente espíritu o sólo cuerpo. Somos ambos. Muchas veces en nuestras oraciones descuidamos lo uno por dar preferencia a lo otro. Por ejemplo, podemos estar tan preocupados por lo espiritual que nos olvidemos que también somos materiales y necesitamos alimentar nuestro cuerpo así como lo hacemos con nuestro espíritu. En ocasiones esto provoca un desequilibrio que a la larga termina trayendo afección a todo nuestro ser. Recordemos lo que decía el salmista: “Señor no me des demasiados bienes para que no termine olvidándome de ti, ni me des tampoco escasos bienes para que no reniegue de ti”. Cuando descuidamos en nuestro cuidado y en nuestras oraciones los anhelos metas y deseos que tenemos materialmente estos pueden revelarse finalmente contra nuestro crecimiento espiritual.

Sin embargo, queda el otro extremo, ¿qué, si en lugar de estar preocupados por lo espiritual sólo pensamos en lo material? El problema se agudiza pues nos preocupamos por hacer crecer las espinas en lugar de permitir crecer a la flor de la Palabra. El orar no siempre es sinónimo de preocupación espiritual. Puede ser que mis oraciones sean meras búsquedas mediadas de otros bienes que por naturaleza son materiales.

Cuando a la oración la tenemos a nuestro alcance únicamente para hacer peticiones del tipo: Señor, bendíceme con un auto; Señor, mira que necesitamos una casa; Padre, cuida mí trabajo; Señor, necesito comprar esto o aquello. En definitiva, sólo buscamos la oración como medio de “bendición”, y claro, siempre entendemos a la “bendición” en términos materiales. La oración ha de ser completa. En este sentido no hay mejor ejemplo que la oración que nos enseñó Jesucristo mismo. Primero que se haga la voluntad del Padre, segundo que pueda vivir para dar gloria a Dios, tercero que sean cumplidas nuestras peticiones materiales, cuarto que seamos limpios del pecado y de la maldad (el maligno) que busca aprisionarnos y por último que todo cuanto reciba en respuesta sea para glorificar su nombre. Cada cosa tiene su lugar y cada necesidad del ser humano su espacio.

Oremos por nuestra salud, por nuestro bien en la tierra, pero también por nuestro crecimiento espiritual, por nuestro desarrollo cristiano. Amén

MADURAR ES…

En algún libro que no recuerdo encontré alguna vez esta descripción de la madurez.

Madurez es la habilidad para llevar a cabo una labor, esté o no supervisado; terminar un trabajo una vez comenzado; llevar dinero sin gastarlo y ser capaz de afrontar una injusticia sin querer desquitarse.

Madurez es la habilidad de controlar la ira y arreglar las diferencias sin violencia.

Madurez es paciencia. Es estar dispuesto a posponer la gratificación inmediata a favor de una ganancia a largo plazo.

Madurez es perseverancia, la habilidad para sobrellevar un proyecto o situación, a pesar de fuertes oposiciones y obstáculos desalentadores.

Madurez es la capacidad de afrontar lo desagradable y las frustraciones, las aflicciones y el fracaso, sin quejarse ni desmoralizarse.

Madurez es humildad. Es ser suficientemente grande para decir: “Me equivoque”’

Y cuando tiene razón, la persona madura no necesita experimentar la satisfacción de decir: “Te lo había dicho”

Madurez es la habilidad de tomar una decisión y mantenerse firme en ella. Los inmaduros se pasan la vida explorando innumerables posibilidades para luego no hacer nada.

Madurez, significa responsabilidad, sostener la palabra dada, responder durante una crisis. Los inmaduros son maestros de las excusas. Son confusos y desorganizados, sus vidas son un laberinto de promesas no cumplidas, antiguos amigos, negociados inconclusos y buenas intenciones que de alguna manera nunca se materializan.

Madurez es el arte de vivir en paz con aquello que podemos, cambiar aquello que puede ser alterado y tener la sabiduría para apreciar la diferencia.

Las adversidades y el plan de Dios

Muchas personas desearían no tener que pasar por los problemas que se encuentran atravesando. Ojalá y todos aquellas adversidades se fueran con un chasquido de dedos. Sin embargo, allí están. Hay quienes buscan de Dios en estos momentos de adversidad con el único propósito de que los libere de todas esas angustias. Sin embargo, no es extraño que dichas adversidades continuen aún después de haber orado y pedido a Dios por aquellos problemas.

Alguien ha dicho que nuestra sociedad actual es la sociedad del analgésico. Esto es, deseamos que todo se resuleva con alguna pastilla. No deseamos pasar penas o dificultades, deseamos pasar siempre por encima de aquellas. Esto, lastimosamente nos ha vuelto insencibles al obrar de Dios por medio de la aflicción.

Uno de los ejemplos más importantes de la Biblia respecto del obrar de Dios en la aflicción es Job. Atribulado por los problemas que se amontonan uno tras otro, puede ver este hombre cómo Dios van obrando y moldeando a través de este tratar especial. Asimismo, vemos en el Nuevo Testamento un Pablo de Tarso que debe pasar tribulación tras tribulación siendo golpeado a cada momento por nuevas adversidades. De todos modos, este hombre, vez tras vez, dice gloriarse en sus tribulaciones.

La adversidad, comprende Pablo es un momento especial en el obrar de Dios. Los problemas nos ayudan a crecer. Las dificultades sacan a relucir aspectos de nuestra vida y de nuestra fe que de otro modo no conoceríamos. Decía un poeta latino de los tiempos de Jesucristo: “En los contratiempos, sobre todo, es en donde conocemos todos nuestros recursos, para hacer uso de ellos”.

No es sino en la adversidad donde podemos aprender a confiar en Dios. En otras circunstancias, Dios sigue siendo la salida de emergencia. En las dificultades, Dios termina siendo, muchas veces, la única salida. Allí en el desierto nuestro corazón no puede aferrarse a los títulos, al dinero, ni a las amistades. Allí en el desierto Dios habla a  nuestro corazón y nos dice: confía en mí yo te sacaré de aquí.

Las adversidades forman parte de la vida y debemos aprender a vivir con ellas. Es más, las adversidades formás parte del proceso de crecimiento espiritual que Dios quiere en nosotros y por ello debemos dejarlo trabajar en nosotros. Un predicador cristiano del siglo XVII decía: “No es bueno que todo suceda como deseamos. Cuando todo nos sonríe en el mundo, nos apegamos a éste muy fácilmente y el encanto es muy fuerte. Por eso, y porque Dios nos ama, no permite que durmamos mucho y muy cómodamente en este lugar de destierro”.

Este día dominago hablaremos un poco más a fondo sobre las adversidades en base a las palabras de Pablo en Efesios 3:1, “por esto yo, Pablo, estoy preso por Cristo Jesús para bien de vosotros, los paganos…” Los esperamos en cualquiera de los dos cultos.

Estudio del Apocalipsis: Las Siete trompetas

El capítulo seis nos muestra los sucesos que se van desarrollando en el mundo de los hombres a medida que, en el mundo de Dios se van desatando los sellos del rollo en la mano del Cordero (Jesucristo). El capítulo finalizaba con el sexto sello y una muestra del juicio contra la soberbia de los poderosos que, a pesar de la paciencia de Dios, no se habían arrepentido.

El capítulo siete nos da una muestra de la manera cómo Dios protege a su pueblo santo. Los sella para que el juicio previsto para los que confían en este mundo no toque a los escogidos.

Dicho capítulo finaliza con la adoración realizada por los santos en el cielo.

El Silencio en el cielo

En el capítulo 8 vemos por fin abrirse el séptimo sello y lo que sucede es contrario a lo que quizás podríamos habernos imaginado.

Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora. Luego vi los siete ángeles que estaban de pie ante Dios, y se les dieron siete trompetas. Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro que estaba delante del trono. El humo del incienso con las oraciones de los santos subió de la mano del ángel a la presencia de Dios. Y el ángel tomó el incensario, lo llenó del fuego del altar y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos, voces, relámpagos y un terremoto.

Sabiendo que se trata del último de los sellos, esperaríamos que sucediese algo grandioso, sin embargo, el texto nos dice que todo el cielo calló por media hora.

El centro del relato se halla ahora en el ángel que viene con un incensario y se para frente al altar de los sacrificios.

El incienso vuelve a ser relacionado con las oraciones. Este ángel se halla encargado de traer las oraciones de los santos en la tierra delante de Dios.

Esta es la razón por la cual el cielo guarda silencio: Dios acalla a su ejército de ángeles para escuchar nuestras oraciones.

A estas oraciones que trae el ángel se le añaden otras más. Se trata del clamor de los mártires que se hallan al pie del altar de los sacrificios.

En el templo de Jerusalén, el altar se hallaba justo frente al lugar santísimo. Es decir, cuando el sacerdote traía el incienso, este atravesaba la cortina y llegaba directamente a la presencia de Dios.

El comentarista William Barclay da la siguiente interpretación del texto que hemos visto:

Las oraciones de los santos están a punto de elevarse a Dios; y puede ser que la idea sea que todo en el Cielo se detiene para que se puedan oír las oraciones de los santos. Como lo expresa R. H. Charles: «Las necesidades de los santos son más importantes para Dios que todas las Salmodias del Cielo.» Hasta la música del Cielo y hasta el trueno de la Revelación callan para que el oído de Dios pueda captar la oración susurrada de los más humildes de los que confían en Él.

Es así como Dios toma nuestras oraciones. Una vez que nuestras oraciones han sido presentadas delante de Dios por el ángel, dice el relato que fue tomado fuego del altar para llenar el incensario y luego arrojarlo sobre la tierra. De este modo, se quiere expresar el cumplimiento de las oraciones de los creyentes. Aquellas oraciones que han subido como olor fragante delante de Dios, ahora vuelven a la tierra para cumplir su cometido.

Las trompetas que a continuación van a ser tocadas son, en parte resultado del clamor del pueblo de Dios. Como pasó en el capítulo 6:9-11, donde el clamor de los mártires puso en marcha el sexto sello, ahora, el clamor del pueblo de Dios en la tierra pone en marcha las siete trompetas…

Cristo en un cuadro de Chagall

En el período de entre guerras y cuando era inminente el triunfo del partido NAZI en Alemania el Pintor ruso radicado en Paris Marc Chagall pintó un cuadro denominado White Crucifixion. Embebido como estaba de las corrientes artísticas de su tiempo tales como el dadaísmo o el surrealismo, Chagall presentó en sus obras rasgos de esta influencia aunque no por ello dejó de lado su propia singularidad. Chagall siempre estuvo convencido de que el arte era una manera de buscar a Dios. Por esto, no resulta extraño que trate temas religiosos en algunos de sus cuadros. Sin embargo, el caso particular de la “crucifixión blanca” nos llama la atención por el hecho de que Chagall era judío. En el cuadro podemos descubrir diversos elementos propios de la tradición judía, sin embargo, el centro mismo de la obra se halla copado por la imagen del Cristo Crucificado. Los elementos retratados alrededor del Cristo nos hacen ver la situación política y social que se está viviendo durante aquel año de 1938. Vemos ejércitos enarbolando banderas rojas, sinagogas judías siendo destruidas y saqueadas. Ciudades incendiadas. Gente huyendo en barco. Judíos escapando en unos casos y como buscando algo en otros. Sin embargo, todos parecen estar dándole la espalda al Cristo que se halla en el centro. Es como si toda aquella humanidad por la cual Cristo había sido crucificado no se diera cuenta o no quisiera mirar hacia aquel que atraviesa nuestro mundo y nuestra historia. La sugerencia es muy fuerte: Tal vez, si volvemos nuestros ojos a Cristo obtendremos la paz que todos buscamos. Este cuadro describe magistralmente, pienso, lo que es el tema central de Efesios 2:11ss, es decir que “Cristo es nuestra paz”. No sólo la paz tan ansiada en el período de las dos guerras mundiales sino también la paz para con Dios. Hay una luz en el cuadro de Chagall que cae desde lo alto e ilumina a Cristo. Ahora, el crucificado parece abrirnos las puertas, no sólo hacia nuestro prójimo sino también hacia Dios mismo. Desperdigados por todos lados hallamos elementos propios de la tradición judía. Elementos religiosos que como cualesquiera otros carecen de sentido sin Cristo. No son los elementos religiosos los que nos encaminan a la paz –ni siquiera Cristo en tanto artilugio religioso-. Es sólo el volvernos hacia el Crucificado lo que consigue derribar el muro de enemistad que nos separaba. Volvamos, pues, nuestros ojos a Cristo.

Referencia:

http://www.revistabuenanueva.com/index.php?option=com_content&view=article&id=225:la-crucifixion-blanca&catid=41:arte&Itemid=72