La oración


Es la oración un grito que no ofende ni hiere los oídos; porque es un grito de la fe, un grito del alma que penetra en los cielos y sube hasta el trono de Dios, no con el esfuerzo de la voz sino con la virtud de la fe. Hilario de Poitiers

La oración aquieta nuestros sentidos y activa nuestra receptividad de lo sagrado. La oración canaliza nuestros sentires y nuestras aflicciones hacia Dios. No siempre podemos expresarlos, no siempre somos conscientes de ellos, pero en la oración nuestra alma eleva aquello que embarga todo nuestro ser. En la oracion, en la que surge sincera, descubrimos nuestro ser delante de Dios y de paso, nos lo descubrimos a nosotros mismos. Por medio de la oración conocemos algo más de nosotros mismos, algo que quizás no lo sabíamos de manera consciente, algo que quizás estaba incluso más allá del incosciente y que brota delicado en esos instantes de comunión con Dios. La oración no sólo es tiempo de plegarias, es decir, no es tan solo un tiempo para llevar nuestras inquietudes terrenales a los lugares celestiales, también es un tiempo para ascender nuestra alma desnuda de todo lo terreno a la presencia de Dios. Y tal vez, aquellos momentos en que nos despojamos de las listas interminables de peticiones y vamos indefensos, desprovistos de escudos ante Dios sean los momentos en que nuestro grito silencioso es más real y la virtud de nuestra fe se halla más aguda. Cuando reconocemos que nuestras peticiones son sólo escudos para no desnudar nuestra alma, hemos dado un paso más en el camino de la oración

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