DE LA SOLEDAD A LA COMUNIDAD


Dijo asimismo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo: hagámosle ayuda y compañía semejante a él.

La frase que se menciona en este texto, no es bueno que el hombre esté solo, generalmente suele ser usada para hablar de las parejas. Son en especial los solteros ansiosos por hallar esa “ayuda idónea” quienes más se alegran con esta frase. Sin embargo, el texto parece hacer referencia a algo más amplio que la búsqueda de la pareja.

Adán se halla solo. No tiene con quién compartir sus experiencias. Ninguno de los animales creados por Dios es capaz de sentir y pensar como él. Puede entretenerse con aquellos seres y aún jugar con ellos, pero no puede compartir sus penas y sus alegrías con ellos. Hay una gran distancia entre ellos y el hombre. Puede, de igual modo entretenerse en las labores que le ha encomendado Dios, sin embargo, las frustraciones y aventuras propias de su labor no puede compartirlas con nadie. Adán se halla, en definitiva, solo. No es que le falte sólo una pareja, le falta todo tipo de contacto humano. Adán no tiene con quién relacionarse y esa es la gran preocupación de Dios.

La soledad es algo que buscamos eventualmente. Sin embargo, la soledad absoluta es algo que no podríamos soportar.

Hace poco empecé a ver una serie que salió en la década de los 60: La dimensión desconocida. El primer capítulo de la misma, titulado: “¿Dónde está todo el mundo?”, trata de un hombre que de pronto se halla en medio de una ciudad en la cual no hay absolutamente nadie. Al principio opta por divertirse. Se prepara un café en una cafetería abandonada, toma un helado a su gusto, en un bar próximo, mira una película en el cine de la ciudad, etc. De todos modos, conforme va pasando el tiempo, aquel hombre empieza a desesperarse. Anhela hallar alguien con quien conversar. Busca por todos lados. Lo único que desea es alguien como él. Tiene la posibilidad de ir a donde quiere, de entrar a donde se le antoje, sin embargo, sin importar donde vaya, simplemente no puede huir de la soledad.

Al final de la serie se descubre que se trataba de un experimento de la NASA orientado a preparar a un soldado para la soledad en el espacio. Hay que recordar que esta serie salió unos diez años antes de que se llegara a la luna. Aquel soldado, una vez rescatado de aquel lugar sólo atina a decir: No me gustaría volver allí… Una ciudad completamente desierta. No me gustaría volver allí…

La conclusión del experimento es sumamente interesante acerca de las posibilidades de nuestra sociedad contemporánea:

Podemos darle muchas cosas… Alimentos concentrados, libros, pasatiempos, diversiones de todas clases. Podemos proporcionarle oxígeno y muchas otras cosas. Pero hay una cosa que no podemos simular y que es básica para cualquier ser humano. Ningún hombre puede estar sin compañía. La barrera de la soledad… Eso es lo que no hemos podido vencer.

La soledad puede ser agradable por un breve lapso de tiempo, pero se volvería un verdadero suplicio si fuese absoluta. Un escritor francés, Víctor Hugo, decía: El infierno está todo en esta palabra: soledad.

Dios mismo es consciente de esto y declara enfáticamente: No es bueno que el hombre esté solo. Dios crea entonces a la mujer, crea a la sociedad y nos prepara para ser entes sociables. El anhelo de Dios es que podamos relacionarnos con otro ser igual a nosotros, con sentimientos, pensamientos y emociones parecidos a los nuestros. Dios desea que esta relación se desarrolle como la que se da entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es decir en amor. Sin embargo, apenas empieza a dar sus primeros pasos esta sociedad, infringe la ley y empieza a establecer categorías. No es bueno que el ser humano esté solo, decía Dios; sin embargo, como fruto de la desobediencia, el ser humano empieza a aislarse y alejarse de la soledad. El hombre ve en la mujer, no a una compañera sino a alguien sobre quien descargar su culpa. La acusa. Busca eximirse a sí mismo de su malestar. De igual manera la mujer.

Aquella sociedad que debía basarse en el amor, ahora se basa en el egoísmo. Un teólogo sentencia diciendo: “De hecho, [nuestras relaciones interpersonales] son impulsadas por la desconfianza, el egoísmo y el odio[1].

De todos modos, la necesidad del otro permanece en nosotros. Le tememos a la soledad absoluta y por ello nos unimos, buscamos la comunidad. Un autor decía de manera pesimista: “Lo que hace a los hombres sociables es su incapacidad de soportar la soledad…[2]. Quizás sea cierto. No obstante, esto no demuestra nuestra miseria humana sino nuestra grandeza pues Dios mismo nos ha creado para vivir en comunidad. Ese fue Su plan y aún sigue siéndolo.

El problema con el que nos enfrentamos ahora que hemos caído y que el pecado media nuestras relaciones sociales, es que muchas veces al buscar la comunidad, llevamos a ella nuestros pecados, nuestros egoísmos y nuestros resentimientos. Esto nos lleva a herir a quienes amamos porque aún el amor que deseamos proferir termina siendo manchado por el egoísmo.

En efecto, aún el amor puede ser egoísta y lo es. C. S. Lewis define así al amor egoísta:Llamamos egoísta a aquel género de amor humano que satisface sus necesidades a expensas de las del objeto amado. Así es el amor del padre que, incapaz de renunciar a su compañía, retiene a los hijos en casa, aun cuando, de pensar en su interés, debiera dejarlos salir de ella para que entraran en contacto con el mundo”[3].

El resultado es amistades resquebrajadas, matrimonios que terminan en fracaso, familias disueltas, etc. No queremos aceptar al otro por lo que es. Queremos que cambie y se adapte a nuestras exigencias.

El cuento tan conocido del ‘patito feo’ refleja con vehemencia esta realidad.

Como cada verano, a la Señora Pata le dio por empollar y todas sus amigas del corral estaban deseosas de ver a sus patitos, que siempre eran los más guapos de todos.

Llegó el día en que los patitos comenzaron a abrir los huevos poco a poco y todos se congregaron ante el nido para verles por primera vez.

Uno a uno fueron saliendo hasta seis preciosos patitos, cada uno acompañado por los gritos de alborozo de la Señora Pata y de sus amigas. Tan contentas estaban que tardaron un poco en darse cuenta de que un huevo, el más grande de los siete, aún no se había abierto.

Todos concentraron su atención en el huevo que permanecía intacto, incluso los patitos recién nacidos, esperando ver algún signo de movimiento.

Al poco, el huevo comenzó a romperse y de él salió un sonriente pato, más grande que sus hermanos, pero ¡oh, sorpresa!, muchísimo más feo y desgarbado que los otros seis…

La Señora Pata se moría de vergüenza por haber tenido un patito tan feísimo y le apartó con el ala mientras prestaba atención a los otros seis.

El patito se quedó tristísimo porque se empezó a dar cuenta de que allí no le querían…

Pasaron los días y su aspecto no mejoraba, al contrario, empeoraba, pues crecía muy rápido y era flacucho y desgarbado, además de bastante torpe.

Sus hermanos le jugaban pesadas bromas y se reían constantemente de él llamándole feo y torpe.

El patito decidió que debía buscar un lugar donde pudiese encontrar amigos que de verdad le quisieran a pesar de su desastroso aspecto y una mañana muy temprano, antes de que se levantase el granjero, huyó por un agujero del cercado.

Así llegó a otra granja, donde una vieja le recogió y el patito feo creyó que había encontrado un sitio donde por fin le querrían y cuidarían, pero se equivocó también, porque la vieja era mala y sólo quería que el pobre patito le sirviera de primer plato. También se fue de aquí corriendo.

Llegó el invierno y el patito feo casi se muere de hambre pues tuvo que buscar comida entre el hielo y la nieve y tuvo que huir de cazadores que pretendían dispararle.

Al fin llegó la primavera y el patito pasó por un estanque donde encontró las aves más bellas que jamás había visto hasta entonces. Eran elegantes, gráciles y se movían con tanta distinción que se sintió totalmente acomplejado porque él era muy torpe. De todas formas, como no tenía nada que perder se acercó a ellas y les preguntó si podía bañarse también.

Los cisnes, pues eran cisnes las aves que el patito vio en el estanque, le respondieron:

– ¡Claro que sí, eres uno de los nuestros!

A lo que el patito respondió:

-¡No os burléis de mí!. Ya sé que soy feo y desgarbado, pero no deberíais reír por eso…

– Mira tu reflejo en el estanque -le dijeron ellos- y verás cómo no te mentimos.

El patito se introdujo incrédulo en el agua transparente y lo que vio le dejó maravillado. ¡Durante el largo invierno se había transformado en un precioso cisne!. Aquel patito feo y desgarbado era ahora el cisne más blanco y elegante de todos cuantos había en el estanque.

Así fue como el patito feo se unió a los suyos y vivió feliz para siempre[4].

En este cuento constatamos que tanto los hermanos como luego la madre rechazan al patito por ser diferente de ellos. Tristemente debemos admitir que somos muy renuentes a mirar con amor a quien no se adapta a nuestros prejuicios. Hace poco me contaban que en una iglesia prepararon un drama y para el mismo disfrazaron a uno de los miembros de una célula de pordiosero. Lo hicieron lo mejor que pudieron. Aún el olor trataron de hacerlo verosímil. Cuando llegó el momento de la presentación, el hermano de la célula -que nunca antes había asistido al culto general de la iglesia- intentó ingresar pero los diáconos se lo impidieron. El pastor al darse cuenta, les dijo en tono molesto, pero en voz baja para que no se notase: ¡saquen a ese vago de aquí! La líder de la célula tuvo que acercarse al pastor a explicarle lo que pasaba para que le permitiesen entrar.

Cuando oímos la historia del patito feo, siempre nos identificamos con el personaje principal, sin embargo, muchas veces nos parecemos más a aquellos que lo discriminaron.

Notemos que una vez que el patito huye de la granja empieza a buscar algún lugar dónde pueda ser aceptado pero lo que encuentra es una mujer que quiere servirlo como plato principal al siguiente día. Ese es otro de los problemas que viene del hecho de hallarnos en un mundo caído y envuelto en el pecado. “En el síndrome de patito feo hay a veces una especie de patología. Uno sigue llamando a las puertas que no debe, a pesar de constarle que no tendría que hacerlo. Cuesta imaginar que una persona pueda saber qué puertas son las equivocadas cuando nunca ha sabido lo que era una puerta apropiada[5].

Si por un lado hallamos personas que lo único que buscan en el prójimo es complacer su propio egocentrismo, por otro lado, hay personas que están dispuestos a aceptar un amor egoísta sólo porque nunca supieron cómo es un amor desinteresado. En las visitas que he estado realizando a iglesias que trabajan con madres solteras, hallé un caso -en realidad muchos, pero este en particular me sobrecogió- que refleja esta realidad. Una chica de 15 años embarazada de cinco meses. Su padre era alcohólico. Golpeaba a su madre y a veces también a ella. Halló un enamorado. Este un par de años mayor que ella. Era delincuente. También era alcohólico. Aún siendo enamorados la maltrataba y la golpeaba. La dejó embarazada. Ella dejó a su familia y se fue a vivir con aquel chico. Varias veces se ha salvado de perder al bebe por las palizas que le propina su esposo, sin embargo ella sigue con él porque cree que eso está bien y que las cosas deben ser así. No es bueno que el ser humano esté solo, no obstante, hay ocasiones en que se evidencia con más fuerza que en otras el pecado que domina nuestras relaciones interpersonales. No estamos diciendo que haya más pecado en estas relaciones, decimos que simplemente en ellas se hace más evidente.

No es bueno que el ser humano esté solo, pero tampoco es bueno que el egoísmo, el odio y la desconfianza dominen nuestras relaciones.

Cuando Jesucristo viene a redimirnos, también busca liberarnos de aquella soledad en la que nos introduce el pecado. La parábola de las cien ovejas evidencia esto. En Lucas 15:4-6 Jesús nos dice: ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.”

Aquella oveja perdida se halla en soledad, respecto de las 99, Dios al perdonar su pecado y limpiarla de toda maldad quiere devolverla a la comunidad, pues sabe que no es bueno que estemos solos.

Aquella comunidad es -o debería ser- la Iglesia. De todos modos, el proceso hasta poder asimilar su nueva realidad es lento. Así como en el caso del patito feo quienes vuelven al rebaño, “después de su duro peregrinaje, consiguen cruzar la frontera y entrar en su territorio, pero a menudo tardan algún tiempo en darse cuenta de que las miradas de la gente ya no son despectivas y con frecuencia son neutrales cuando no admirativas y aprobatorias”[6].

Llegamos a la iglesia con heridas, con frustraciones y dolores. Tememos abrir nuestro corazón pues pensamos que nos van a volver a herir. En muchos casos incluso, preferimos seguir asistiendo a la iglesia sin abrir nuestro corazón a los demás.

El problema es que mientras permanezcamos en aquella  soledad que surge del hermetismo no podremos ser sanados del todo. Dios puede sanar nuestras heridas y cambiarnos ‘por arte de magia’, sin el embargo, en su infinita sabiduría Él ha preferido sanarnos por medio de la comunidad. Pablo dice en 2da de Corintios 1:4: el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Y en Efesios 4:16 nos dice: de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor. Alguien decía que en la soledad se pueden lograr muchas cosas menos forjar el carácter. Necesitamos de los demás para lograr esto.

De todos modos, para ello debemos abrirnos al prójimo. En la comunidad cristiana buscamos que el mediador de nuestras relaciones ya no sea más el pecado sino Jesucristo. Al ver al prójimo no veamos un pecador que no merece nuestra compasión sino a otro pecador como nosotros a quien Cristo también ha perdonado. No pongamos a la institución llamada iglesia por encima de los creyentes que a ella asisten.

Dios nos llama a amar al prójimo, no a la Iglesia. Dietrich Bonhoeffer decía que: “Aquel que ama la comunidad la destruye; el que ama a los hermanos es el que verdaderamente la construye”[7].

No es bueno que el ser humano esté solo. Sin embargo, cuando el pecado domina nuestro corazón, somos aislados por el mismo y en muchas ocasiones somos llevados a buscar sustitutos en lugares equivocados. El encuentro con Jesucristo nos abre la posibilidad de volver a la comunidad para ser sanados y reconocernos, ya no como patitos feos sino como verdaderos hijos de Dios.

Con todo, ese es el primer paso. Ahora nos es necesario empezar a formarnos en la comunidad por medio del reconocimiento del hermano, de aquel con quien nos identificamos así como de aquel con quien no nos sentimos augustos. Pronto veremos que “Conforme [vamos] eliminando máscaras y barreras y [vamos] siendo vulnerables, [descubrimos] que la comunidad es un lugar terrible porque es un ámbito de relaciones, porque revela nuestra afectividad herida, y lo difícil que puede llegar a ser vivir con los otros, especialmente con ciertas personas. Es mucho más fácil vivir con libros y objetos, con la televisión, con los perros o los gatos. Es mucho más fácil vivir solo y hacer cosas por los demás sólo cuando apetece”[8]

Conforme vamos siendo sinceros con los demás y con nosotros mismos, se vuelve más incómoda la comunidad, pero a su vez, es más factible lograr la sanidad de aquellas heridas que guardamos dentro y es posible formar nuestro carácter como el carácter de Cristo.


[1]    MILLAS, José (1989): Pecado y Existencia cristiana: Origen, desarrollo y función de la concepción del pecado en la teología de Rudolf Bultmann. Barcelona: Editorial Herder. Pág. 252

[2]    Arthur Schopenhauer

[3]    LEWIS, C. S. (2006): El problema del Dolor. Madrid: Ediciones RIALP. Pág. 56

[5]    PINKOLA, Clarissa (241): Mujeres que corren con lo lobos. Barcelona: Ediciones B. Pág. 255

[6]    PINKOLA, Clarissa (241): Mujeres que corren con lo lobos. Barcelona: Ediciones B. Pág. 266

[7]    JANIER, Jean (2000): La comunidad: lugar del perdón y de la fiesta. Madrid: Ediciones PPC. Pág. 31

[8]    JANIER, Jean (2000): La comunidad: lugar del perdón y de la fiesta. Madrid: Ediciones PPC. Pág. 36

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