EL CULTO CRISTIANO


La presión que ejerce sobre los pastores la idea de que una iglesia saludable es una iglesia numerosa, hace que muchas veces aquellos vayan dejando de lado los elementos relevantes del culto: la santidad, la obediencia o la solemnidad por dar espacio a formas de culto que se adhieran de mejor manera al pueblo confesante. De igual manera, cultos fríos, insípidos y carentos de dirección doctrinal se justifican porque, según dicen, la reverencia a Dios es primero. No está más guardar la reverencia siempre que sea hecho en base a lineamientos bíblicos. No está mal tampoco compartir el gozo del Señor entre nosotros, sin embargo, muchas veces, aquel gozo -que no siempre viene de Dios- es lo único que se busca en los cultos.
“Cuántos están contentos de estar aquí” reza una frase muy conocida entre los creyentes. El estridente “amén” nos hace suponer que las cosas marchan bien. Pero ¿y si las personas hallan otro lugar donde pueden sentirse más contentos? Si cada domingo instamos a las personas a asisitir a nuestros cultos para que se sientan contentos, no deberíamos quejarnos si algún día llegan diciendo que ya no van más porque hallaron otro lugar donde se sienten más contentos.
El correcto desarrollo del culto, no sólo tiene que ver con la efervecencia que se muestra. El correcto desarrollo del culto tiene que ver más bien con la identificación del mismo con los cánones bíblicos. La doctrina cristiana no se muestra solamente durante el sermón, es el culto mismo un espacio fundamental para la exposición de la doctrina en que creemos. Si no planificamos doctrinalmente nuestros cultos, los mismos estarán proclamando una doctrina implícita que no necesariamente es bíblica.
Justo L. González, un importante teólogo e historiador de la iglesia, hace las siguientes refexiones acerca del buen desarrollo de un culto cristiano.
Probablemente uno de los puntos más débiles en la reflexión teológica contemporánea, sea la reflexión acerca de la adoración. Desafortunadamente, con demasiada frecuencia nos acercamos a la adoración como si poco o nada tuviera que ver con la doctrina y con la vida de la iglesia. Así, por ejemplo, pasamos largas horas discutiendo el sentido de la doctrina trinitaria, o de la presencia de Cristo en la comunión; pero no le prestamos igual atención al modo en que tales doctrinas se manifiestan en el culto. Si por ejemplo, sostenemos la doctrina de la Trinidad, ¿qué implica eso para el culto? Si sostenemos una posición cualquiera (sea la luterana, sea la reformada, o cualquier otra) acerca de la presencia de Cristo en la comunión, ¿cómo se refleja esto en el modo en que celebramos la comunión, y en el modo en que la relacionamos con el resto del culto? No se trata de preguntas ociosas. Como historiador de la doctrina cristiana, estoy consciente del viejo principio, lex orandi est lex credendi, que implica, en pocas palabras, que el modo en que la iglesia adora a la postre se vuelve lo que la iglesia cree.
Cada vez más nos percatamos de que el estudio del desarrollo de las doctrinas cristianas, requiere el estudio del desarrollo del culto. En consecuencia, la historia de la liturgia, que antaño fue un campo de estudio relativamente desconectado de la historia de las doctrinas, ahora se incorpora como campo necesario de estudio para quien desee comprender el modo en que el pensamiento cristiano ha evolucionado a través de los siglos. Es por ello que resulta tan trágico el hecho de que pastores y otros dirigentes eclesiásticos, al tiempo que se preocupan sobremanera por la ortodoxia teológica, le presten tan poca atención al culto y al modo en que refleja o no esa ortodoxia. Necesitamos prestarle mayor atención a la adoración, si hemos de evitar una iglesia, no sólo débil, sino hasta errada en su teología. Veamos algunos ejemplos.
Uno de los grandes peligros que acechan al cristianismo en estos días es el individualismo excesivo. Nos hacemos la idea de que la fe es cuestión individual, cuestión de mi relación con Dios. Esto se ve hasta en las imágenes populares del Reino de Dios, donde se pintan angelitos individuales, cada cual en su propia nube, sin que nadie les moleste o interrumpa. Pero se ve también en buena parte de nuestros cultos, donde se cantan casi exclusivamente himnos en la primera persona del singular: yo. Aun cuando es cierto que cada uno de nosotros tiene que hacer su decisión personal, también es cierto que esa decisión se hace en medio de una comunidad de fe, y que esa comunidad ha de nutrirla y de dirigirla. Empero en muchos de nuestros cultos esto no aparece por ninguna parte. A veces, al mirar los rostros de los congregados, se recibe la impresión de que cada uno de ellos busca una experiencia directa con Dios, y que el resto de las personas en torno suyo, nada tienen que ver con esa experiencia. En vista de tal situación, ¿qué hacemos para que nuestro culto le dé expresión al carácter comunitario de la fe? Si no nos ocupamos de ello, no nos sorprendamos de que el individualismo que parece dominar nuestra sociedad contemporánea, se posesione también de la iglesia.
Otro peligro que acecha a la iglesia de hoy es una concepción hedonista de la fe. Según esta opinión, el propósito de la fe cristiana es hacernos sentir bien. Las iglesias compiten entre sí a ver cuál de ellas les da más «gozo» a sus miembros. En esa competencia, con frecuencia se pierde el sentido del mysterium tremendum, del Dios cuya presencia es sobrecogedora, del Dios que requiere obediencia, del Señor que nos invita a entrar por la puerta angosta, a seguir el camino difícil, a tomar la cruz. Se predica, y en el culto se celebra, un evangelio sin ley, una gracia sin obediencia, un gozo sin responsabilidad. Cuando nuestra reflexión acerca del culto no nos lleva a buscar modos de contrarrestar tales tendencias, convertimos la fe en un producto más de consumo para el mercado, al punto que hay iglesias que confunden la evangelización con el empleo de técnicas de mercadeo.
El tercer peligro que es necesario mencionar es el de la falsa espiritualidad. A través de toda su historia, la iglesia cristiana ha visto su fe amenazada por quienes se imaginan que lo espiritual es lo opuesto de lo material. En los primeros siglos, esto resultó en doctrinas docetistas acerca de la persona de Jesucristo, doctrinas que presentaban un Jesús, puro espíritu, sin verdadera carne. Más tarde la misma tendencia llevó a un ascetismo que pensaba que la obediencia cristiana más elevada consistía en castigar el cuerpo sin otro propósito que el de domarlo, el de volverse más «espiritual». En otras ocasiones, también por las mismas razones, se ha pensado que la iglesia y los cristianos deben ocuparse únicamente por la salvación de las almas, y que los males que puedan aquejar los cuerpos de las gentes, no tienen mayor importancia. En el día de hoy, esta tendencia espiritualizante lleva a un tipo de fe en la que se puede ser cristiano convencido y consagrado, sin que ello en modo alguno afecte el modo en que se manejen las propiedades, los capitales, u otros recursos que se tengan. Cuando alguien se atreve a llamar a los cristianos a la obediencia, no sólo en cuestiones supuestamente «espirituales», sino también en cuanto al uso del dinero, del poder político y social, etc., se piensa que todo esto nada tiene que ver con la fe. Si esto no se corrige en el culto, ¿dónde se hará?
Por todo ello […] la reflexión teológica acerca del culto [es] de enorme importancia para la vida de la iglesia. La iglesia vive por su adoración. Quizás tal afirmación parezca exagerada, ya que la iglesia también vive por su misión, por su oración, etc. Empero no cabe duda de que la iglesia se nutre de su adoración, y que una iglesia que no adora, o cuya adoración no la nutre, resulta endeble y enferma… Mucho se escribe acerca de la evangelización, de la educación, de diversas doctrinas teológicas, etc. Pero con demasiada frecuencia descuidamos la adoración, como si no fuese un elemento fundamental en la vida de la iglesia…
Por otra parte al tratar acerca del culto tenemos que recordar que a fin de cuentas nada que hagamos o que seamos es en sí mismo necesariamente aceptable ante los ojos de Dios. Ese es el principio fundamental del evangelio, que la salvación es por gracia. Dios no nos acepta porque hagamos algo, o porque pensemos algo, ni siquiera porque creamos algo. Dios nos acepta por gracia, porque en su sorprendente amor, Dios ha decidido aceptarnos.
Lo mismo es cierto del culto. Aunque hay cultos mejores que otros (de igual modo que hay acciones mejores que otras), no hay culto tan perfecto, tan correcto, que por sí merezca el que Dios lo acepte. Dios acepta nuestro culto de igual modo que nos acepta a nosotros, por gracia.
Digámoslo de otro modo. Tomemos por ejemplo la cuestión de la música. En la iglesia contemporánea hay grandes debates acerca de cuál música es más apropiada para el culto á Dios. Algunos dicen que no hay música para adorar a Dios como la de Bach. Otros, al otro extremo, prefieren adorar con música «contemporánea», con instrumentos eléctricos, amplificadores, etc. Algunos prefieren la música suave; otros la prefieren sonora hasta tal punto que el edificio tiemble. Cada uno de nosotros tiene sus gustos. El mío se inclina hacia Bach, quien a mi parecer ha escrito música sublime. Pero con todo y eso, tengo que confesar que hasta la música de Bach, no es aceptable ante Dios sino por la gracia divina.
Dicho de otro modo, tengo la sospecha de que cuando tengamos la dicha de escuchar los coros celestiales, comparada con ella la mejor música de Bach no resultará sino una pobre cacofonía. He ahí en unas pocas palabras la gran paradoja que tenemos que sostener al acercarnos al tema del culto cristiano:
Por una parte el culto es fundamental para nuestro servicio a Dios, para nuestra ortodoxia, para toda nuestra vida cristiana. Por otra, el culto como todo lo que el ser humano puede hacer, nunca es tan perfecto, tan bueno, tan apropiado, que sea en sí mismo y por sus méritos aceptable ante Dios. Como nuestra vida toda, el culto es todo lo que tenemos. Y lo que tenemos lo ponemos al servicio de Dios, con el ruego de que el Dios que tomó y aceptó nuestras vidas, tome también y acepte nuestro culto. ¡Así sea!
Dr. Justo L. González,
Prólogo al libro “El Culto Cristiano” de Juan Varela (Clie, 2002)

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