Poder de lo alto


A lo largo del todo el Nuevo Testamento podemos ver cómo se va haciendo presente la idea de que Dios ha decidido utilizar a los hombres y mujeres que el mundo considera insignificantes para poder empezar su proyecto de renovación de todo lo creado. Aquel proyecto tiene como nombre Iglesia. Pablo es consciente de que dicha idea es una locura para cualquier persona que la analice. Aún hoy en día, parece una locura suponer que el plan de redención de todo lo creado pueda sostenerse sobre una base tan endeble como es aquella comunidad de creyentes muchas veces pusilánime e inconstante. Sin embargo, como decía Barclay, ese es el plan de Dios y no tiene un plan B.

La posibilidad de llevar acabo dicha labor por medio de nosotros los creyentes, de hecho, sería imposible, de no ser por la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. De hecho, la palabras que pronuncia Jesús al inicio del libro de los Hechos son axiomáticas: Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo y me seréis testigos… La condición para ser aquella dinamita (dynamis) que genere ese big-bang universal es la presencia del Espíritu Santo en cada creyente. Es ese poder el que nos hace ser verdaderos testigos de Cristo. Es ese poder el que derriba argumentos y lleva cautivo todo pensamiento a Cristo. Es ese poder el que nos da aliento cada día para poder vencer los obstáculos que se nos presentan.  Es ese poder el que nos permite considerar el milagro, no sólo como una posibilidad sino como una realidad continua en nuestras vidas. El poder de lo alto, es algo que nos dinamiza en el ministerio día a día.

Charles Finney, un predicador del siglo XIX nos habla de ese poder y de su presencia en el creyente en este pequeño escrito:

Los apóstoles y los hermanos recibieron un poderoso bautismo del Espíritu Santo el día de Pentecostés, un inmenso aumento de la iluminación divina. Este bautismo impartió una gran diversidad de dones que ellos utilizaron para concluir su labor. Estos dones se manifestaron en la siguiente forma: El poder para vivir una vida santa; el poder para vivir una vida de auto-sacrificio; el poder para vivir su vida llevando la cruz; el poder de una gran mansedumbre con el que el Espíritu los capacitó para demostrarlo en todo lugar. El poder de un amor entusiasta para proclamar el evangelio; el poder y la capacidad para enseñar; el poder de una fe viva y llena de amor; el don de lenguas; un incremento de poder para obrar milagros; el don de la inspiración o la revelación de muchas verdades antes desconocidas por ellos. El poder del valor moral para proclamar el evangelio y hacer la obra de  Cristo, sin importar el costo.

Bajo las circunstancias que los rodeaban, toda esta dotación fue esencia para su éxito; pero ni separados ni unidos constituían ellos ese poder de lo alto prometido por Cristo y recibido manifiestamente por ellos. Lo cual recibieron como la corona suprema y la más importante clave para el éxito, fue el poder de prevalecer juntos, Dios y el hombre, el poder de fijar impresiones salvadoras en las mentes de los hombres. Esto último fue indudablemente lo que ellos entendieron, como la promesa de Cristo. Él había comisionado a la iglesia a convertir el mundo hacia Él. Todo lo que enuncié anteriormente eran solo medios, que nunca podían asegurar el logro del fin, a menos que fueran vitalizados y hechos eficaces por el poder de Dios. Los apóstoles entendieron esto, y ofreciéndose a sí mismos y todo lo que tenían, en el altar divino sitiaron el trono de la gracia en el espíritu de una completa consagración a su labor.

De hecho ellos recibieron los dones mencionados anteriormente; pero principal y esencialmente recibieron este poder de impresionar para salvación a los hombres y mujeres de su época. Esto se manifestó de inmediato tan pronto ellos comenzaron a dirigirse a la multitud, y tres mil personas se convirtieron. Fue evidente que Dios estaba hablando en y a través de ellos. Este era un poder de lo alto para producir una impresión salvadora en la gente. 

Tomado del texto: “Charles Finney: El Poder Espiritual”. Compilado por Lance Wubbels.

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