EL QUINTO MANDAMIENTO



Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová, tu Dios, te da. Éxodo 20: 12

Este mandamiento nos invita inmediatamente a meditar sobre el tema de la autoridad, su razón de ser, sus límites pero principalmente la fuente de la cual se nutre. Los padres son el primer modelo de autoridad que tenemos pero luego vienen los maestros en la escuela y el colegio, las autoridades eclesiales y también las autoridades civiles. Veamos pues lo que significa la autoridad y cuáles son nuestras responsabilidades respecto a ellas a la luz de la Palabra.

Si nos preguntásemos cuál era la amplitud de la autoridad del padre sobre el hijo en los tiempos antiguos, quizá nos podría dar una cierta luz una carta escrita por un tal Hilario a su mujer Aris y fechada en el año 1 a.C. dice:

Saludos muy cordiales, también para mis queridos Bero y Apolinario. Sabe que continuamos hasta ahora en Alejandría. No te preocupes si me quedo aquí cuando todos los demás vuelvan. Te pido y te ruego que tengas cuidado del niño y, tan pronto como recibamos nuestra paga, te la mandaré. Si tienes suerte y lo que nace es un niño, que viva; si es niña tírala. Le dijiste a Afrodisias que me dijera “No te olvides de mí” ¿Cómo me voy a olvidar de ti? Por tanto, te pido no te preocupes.

A todas luces es chocante la amabilidad y la cordialidad con que habla de todos sus asuntos este hombre y la frialdad con la que trata el tema del hijo/a que está por nacer. Sin embargo, este solo es un ejemplo de la forma de ver las cosas que tenían los romanos en los tiempos de Jesucristo.

La patria potestas (poder del padre) era el elemento legal que permitía al padre de familia disponer aún de la vida de sus hijos. Esto, no sólo en el momento de nacer sino a lo largo de toda su vida. Sin importar el cargo o la dignidad que lograse el hijo, el padre podía mandarlo a matar el momento que quisiese. Ese era su derecho.

La sumisión del hijo al padre en aquellos tiempos no era para los romanos una cuestión de decisiones personales, era una cuestión de vida o muerte. Claro, si bien se gozaba de este derecho, no todos estaban dispuestos a usarlo.

En el caso de los judíos, la cuestión era algo similar. El padre tenía en la legislación mosaica algunas atribuciones que le permitían disponer de la vida de su hijo cuando este suponía malo el proceder de su hijo.

Si alguien tiene un hijo contumaz y rebelde, que no obedece a la voz de su padre ni a la voz de su madre, y que ni aun castigándolo los obedece, su padre y su madre lo tomarán y lo llevarán ante los ancianos de su ciudad, a la puerta del lugar donde viva, y dirán a los ancianos de la ciudad: “Este hijo nuestro es contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz; es glotón y borracho”. Entonces todos los hombres de su ciudad lo apedrearán, y morirá. Así extirparás el mal de en medio de ti, y cuando todo Israel lo sepa, temerá. (Deuteronomio 21:18-21)

Claro, a la luz de estos datos, suena diferente el mandato de honrar al padre y a la madre. Quien no lo hacía podía estar seguro de que no le iría bien ni tendría larga vida sobre la tierra. Las mismas autoridades del pueblo se encargarían de que así fuese. En aquellos tiempos, la autoridad del padre era absoluta.

Ahora bien, en el texto del Antiguo Testamento esta autoridad del padre sobre el hijo iba de la mano de otra cosa que era igual o quizá más importante que ella: la educación. Dice Deuteronomio 4: 8-9 ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta Ley que yo pongo hoy delante de vosotros? Por tanto, guárdate y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos y a los hijos de tus hijos.

Así pues a la pregunta que podría surgir hoy en día de para qué sirve o debiera servir la autoridad, la respuesta podría ser para la educación. La autoridad que recibía el padre venía acompañada de una responsabilidad explícita que era la de educarlo e instruirlo. Así pues, si por un lado la autoridad que podía ejercer el padre era absoluta, su responsabilidad por la enseñanza del hijo era igualmente inapelable.

Como veremos más adelante, mucho han cambiado las cosas en los tiempos actuales, pero lo que sigue siendo fundamental en el tema de la autoridad es la responsabilidad que conlleva la misma. Ya entre los griegos la autoridad se relacionaba con el hecho de motivar el crecimiento de la persona sometida y entre los romanos por su parte, la palabra autoridad hablaba de prohibir y permitir con el objetivo de hacer crecer. Es curioso, pero la palabra autoridad tiene en el latín la misma raíz que la palabra garante y esto es así porque para los romanos el principal garante de la buena educación y del buen comportamiento del hijo era única y exclusivamente el padre. Era él quien debía responder si el hijo no respondía como la población lo exigía.

Ahora bien, el mismo hecho de dar un objetivo a la autoridad, limita su poder. Pero podríamos preguntarnos, ¿existen otros límites que podamos dar a la autoridad? Jesús mismo limita los alcances de la autoridad paterna si bien la acredita con su predicación. Por un lado, frente a los fariseos que habían invalidado el mandamiento de honrar a padre y madre, Jesús dice:

Dios mandó diciendo: “Honra a tu padre y a tu madre”, y “El que maldiga al padre o a la madre, sea condenado a muerte”, pero vosotros decís: “Cualquiera que diga a su padre o a su madre: ‘Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte’, ya no ha de honrar a su padre o a su madre”. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición (Mateo 15:3-6).

Pero por otra parte, Jesús pone límites a esta obediencia al decir: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37)

El respeto y la obediencia a los padres son fundamentales según la predicación de Jesús, pero tienen su límite cuando aquella pretende forzarme contra Cristo.

Igual actitud tiene Jesús respecto a las autoridades civiles cuando le mencionan el deber de tributar a César. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, dice Jesús, poniendo así límites a la autoridad civil que por otro lado no niega sino que la afirma. ¿Debo someterme a las autoridades civiles? Sí, siempre que las mismas no me impongan leyes que se opongan a Cristo y su enseñanza. Ante situaciones límite en las cuales el Estado exige absoluta sumisión el razonamiento de Pedro frente a las autoridades de su tiempo es fundamental para todo cristiano: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a los hombres antes que a Dios”

El mismo apóstol Pablo pone límites a la autoridad (Romanos 13:1ss) cuando establece que la misma es dada por Dios y que sirve o debiera servir para animar al bueno y sancionar al malo. Cuando la autoridad distorsiona su sentido por favorecer al mal y deplorar el bien, pierde su legitimidad. Mi actitud ante esto no ha de ser tampoco la de la violencia como pretendieron hace ya varias décadas algunos propulsores de la llamada teología de la liberación. Como respeto y consideración a la autoridad, reconociendo su procedencia, he de saber declarar a la autoridad cuando esta está incumpliendo con su rol.

Es así que me parece importante animar a los más jóvenes en las iglesias para seguir el camino de la política pues sólo así podremos tener representantes que animen el recto cumplimiento de la ley. Donde la luz se esconde florecen las tinieblas y si Dios nos ha llamado a ser luz es importante serlo en aquellos lugares que se prestan a mayor manipulación por parte de los malos deseos de los hombres.

En este sentido es interesante ver la actitud que tiene Jesús frente a las autoridades, más concretamente frente a Pilato.

Entonces le dijo Pilato: — ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte y autoridad para soltarte? Respondió Jesús: — Ninguna autoridad tendrías contra mí si no te fuera dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor
pecado tiene.

Jesús concede a Pilato la importancia que tiene, pero le recuerda que su autoridad es de Dios y por tanto a él deberá dar cuentas de sus decisiones. Todo el que está en autoridad deberá dar cuentas delante del autor de toda autoridad: ¿He ayudado a crecer a mis subordinados o les he impedido su desarrollo social, espiritual, etc.?

Por otro lado, quién sino Jesús podía exigir obediencia al ser el enviado de Dios y por ende, la concentración máxima de la autoridad divina. Sin embargo, no lo hace, sino que espera a la libre voluntad de quienes deseen seguirlo. Mateo 21:23-27 dice:

Cuando llegó al Templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él mientras enseñaba, y le preguntaron: — ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esta autoridad? Respondiendo Jesús, les dijo: — Yo también os haré una pregunta, y si me la contestáis, también yo os diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo o de los hombres? Ellos entonces discutían entre sí, diciendo: — Si decimos, “del cielo”, nos dirá: “¿Por qué, pues, no le creísteis?”. Y si decimos, “de los hombres”, tememos
al pueblo, porque todos tienen a Juan por profeta.

Respondiendo a Jesús, dijeron: — No lo sabemos. Entonces él les dijo: — Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas. (Mateo 21:23-27)

¿Es pues mi deber obedecer ciegamente a las autoridades civiles? No. Por el contrario, mi responsabilidad es exigir del mismo la concordancia de su obrar con el fin último dado por Dios a sus funciones: el cuidado del prójimo, principalmente de quienes no pueden defenderse. Mateo 18:10-11 nos dice: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos, porque el Hijo del hombre ha venido para salvar lo que
se había perdido”.

La autoridad se fundamenta entonces en primer lugar en el cumplimiento de su fin último, permitir el desarrollo de una persona, una comunidad o una sociedad. Por otro lado, se fundamenta sobre la concordancia entre palabra y obra. Es en esto en lo
que Jesús fundamentaba su autoridad. No exigía ser obedecido por venir del Padre. La obediencia que recibía de sus discípulos se debía a la concordancia de su obrar con su hablar.

Es importante pues saber asumir la responsabilidad que conlleva el hecho de estar en autoridad. Claro, Siendo como somos nosotros –pecadores-, corremos el riesgo de fallar, sin embargo, esto no significa que debamos rechazar una responsabilidad ante esta posibilidad. No se nos llama a ser perfectos sino saber coordinar nuestro obrar y nuestro decir. Lo más seguro es que diariamente debamos ir acoplando nuestro obrar a
nuestro decir pero ese crecimiento es el que pide Dios de nosotros.

En el caso de los padres, son llamados a desarrollar al niño dándole confianza, amor y seguridad. Sólo con una adecuada imagen paterna, ellos serán capaces de tener una adecuada relación con sus autoridades futuras.

El padre debe ejercer autoridad, recordando que esta antes que represiva debe ser generativa, es decir buscando el desarrollo del niño. Esto sólo lo logramos estableciendo claramente un sistema de normas que permitan al niño crecer conociendo los límites ciertos con los que cuenta.

La autoridad no se ejerce con el fin de hacer al hijo dependiente del padre para toda la vida sino con el fin de que el hijo pueda tarde o temprano ser capaz de enfrentar la vida por sí mismo y en el caso del hijo cristiano con el fin de que pueda decidir personalmente seguir a Cristo. Esto quizá sea lo más difícil de la educación de los niños. No somos llamados a meter a nuestros hijos en un molde, aunque este molde sea bueno y aunque este molde sea cristiano. Somos llamados a darles las herramientas para que pueda ser libre de tomar sus propias decisiones.

El ejemplo más emblemático de esto es la creación. Adán y Eva son dejados en el Edén frente a la decisión de obedecer a Dios o seguir sus propios caminos. Dios no los programa para que no puedan decidir contra Dios. Les da la libertad de decidir por sí mismos. Las consecuencias de una mala decisión de parte de sus hijos, tendrá que pagarla Dios mismo muchos años después en una cruz. El amor de Dios se muestra pues también en la libertad que nos ha dado y como Padre que nos ha dado ejemplo nos exige guiar a nuestros hijos a la madurez, es decir a la independencia de nosotros.

Finalmente quisiera acotar algo sobre aquellos momentos difíciles en los cuales la relación del cristiano con las autoridades civiles es difícil y adverso. Esos momentos en los que por medio de dictaduras frontales o solapadas los dignatarios del Estado pretenden forzar cierto crecimiento social a costa de unos cuantos opositores quienes son por lo general eliminados al antojo de los líderes. Qué hacer ante estas circunstancias. Más aún qué hacer cuando los cristianos son perseguidos, metidos a la cárcel y asesinados por profesar su fe. En sus inicios, la iglesia tuvo que afrontar estas adversidades y dejó un hermoso legado para que meditáramos sobre nuestra manera de vivir en estas circunstancias. Leamos un pequeño extracto de ello:

“(Los cristianos) residen en sus propios países, pero sólo como transeúntes; comparten lo que les corresponde en todas las cosas como ciudadanos, y soportan todas las opresiones como los forasteros. Todo país extranjero les es patria, y toda patria les es extraña. Se casan como todos los demás hombres y engendran hijos; pero no se desembarazan de su descendencia (abortos). Celebran las comidas en común, pero cada uno tiene su esposa. Se hallan en la carne, y, con todo, no viven según la carne. Su existencia es en la tierra, pero su ciudadanía es en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y sobrepasan las leyes en sus propias vidas. Aman a todos los hombres, y son perseguidos por todos. No se hace caso de ellos, y, pese a todo, se les condena. Se les da muerte, y aun así están revestidos de vida. Piden limosna, y, con todo, hacen ricos a muchos. Se les deshonra, y, pese a todo, son glorificados en su deshonor. Se habla mal de ellos, y aún así son reivindicados. Son
escarnecidos, y ellos bendicen; son insultados, y ellos respetan. Al hacer lo bueno son castigados como malhechores; siendo castigados se regocijan, como si con ello se les reavivara. Los judíos hacen guerra contra ellos como extraños, y los griegos los persiguen, y, pese a todo, los que los aborrecen no pueden dar la razón de su hostilidad”.

En una palabra, concluye el autor de esta texto, lo que el alma es en un cuerpo, esto son los cristianos en el mundo. El testimonio y la oración son los elementos fundamentales del obrar cristiano y son además los elementos a través de los cuales la iglesia fue capaz de hacer sucumbir al imperio romano, al imperio más grande de la historia. Testimonio de vida y de fe. Oración de intercesión y de confianza. Y así, aunque en medio de este mundo seamos vistos o aún nos veamos a nosotros mismos como huesos secos y digamos: Nuestros huesos se secaron y pereció nuestra esperanza. ¡Estamos totalmente destruidos! Recordemos siempre que en el Señor está nuestra esperaza y que aunque el mundo nos desprecie Dios es capaz de encaminar sus malas acciones en el bien de nosotros y de muchos más (Génesis 50:20). Si somos sólo huesos secos, su Espíritu nos hará un ejército grande y temible delante de los hombres. Esa es su promesa y nuestra confianza. Amén.

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