El antes y después de todo creyente

La página web http://www.antesydespues.com.ar ofrece miles de ejemplos de actores y actrices que han metamorfoseado su imagen a lo largo de los años. Operaciones de nariz, de busto, etc., son presentados como muestra de aquello grandes cambios que ocurren en el mundo de la fama. Por otro lado, es posible encontrar en la televisión el ejemplo de un programa que se dedica a tomar mujeres de la calle y transformarlas completamente por medio de peinados, maquillaje, vestidos, etc. El resultado final es comparado con la presencia que tuvo la candidata al iniciar su proceso.

Estos esfuerzos por desarrollar cambios sorprendentes en las personas son muy cotizados, y más de uno emula estos cambios siguiendo los pasos que ven en la pantalla.

Este tipo de cambios, evidentemente, llaman la atención, seducen por el impacto que generan en los amigos, pero resultados positivos a largo plazo son prácticamente inexistentes.

El texto bíblico nos plante en Efesios 4: 17ss un cambio radical, una renovación completa, un antes y un después de la persona pero términos más bien integrales que meramente estéticos. La renovación a la cual es invitado todo ser humano no es tan sólo a cumplir ciertos caprichos cosméticos, sino a ver la vida de un modo diferente, a cambiar nuestros propósitos, a trascender nuestros anhelos cuando estos son insignificantes en comparación con los que nos propone Dios.

Lastimosamente, muchos creyentes se quedan con un llamado a formar parte de una iglesia, aprender un par de dogmas y sentirse eufóricos los fines de semana, sin lograr llegar a aquella trasformación que plantea Cristo.

Analicemos adecuadamente nuestra andar con Cristo y  veamos si realmente estamos permitiendo que Dios realice aquella transformación integral que Él desea o si sólo le permitimos, transformar ciertos hábitos de fin de semana y nada más.

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La Poderosa Mano de Dios

A continuación compartimos una reflexión del Pastor David Wilkerson. En esta meditación, el autor de “La Cruz y el Puñal”, nos invita a confiar en la provisión de Dios para nuestra lucha contra el pecado. Sin embarga pregunta fundamental: ¿Hay en tu corazón disposición para dejar de lado el pecado y vivir para Dios?

“Tu diestra, Jehová, ha magnificado su poder. Tu diestra, Jehová, ha aplastado al enemigo” (Éxodo 15:6).

Aunque algunos cristianos saben que han sido perdonados y salvos, les falta el contar con el poder para luchar contra la carne. No han llegado al conocimiento de “una completa liberación” de su naturaleza pecaminosa. Cristianos, por su sangre él nos hace salvos y con su poderosa mano rompe el poder del pecado sobre nosotros. Ciertamente el pecado todavía mora en nosotros, ¡pero éste no nos gobierna!

“Librados de la esclavitud por el poder de su mano.” ¡Qué palabra tan alentadora ante estos tiempos de desilusión y de esfuerzo sobre-humano para librarnos del poder del pecado! Sin embargo, aún somos tan reacios a reconocer la obra de la mano de Dios. Va en contra de nuestro orgullo, -nuestro sentido de justicia, nuestra teología- el aceptar la verdad de que nuestra liberación del dominio del pecado viene de un poder que ajeno a nosotros. Observemos como ejemplo a Israel: Israel salió armado, pero todas las batallas fueron del Señor. “Jehová no salva con espada ni con lanza, porque de Jehová es la batalla” (1 Samuel 17:47). Ha sido escrito en Éxodo que “…los hijos de Israel habían salido con mano poderosa” (14:8). Y cantaron alabanzas a Dios después de haber pasado a salvo por el Mar Rojo.

La sangre salvó a Israel del juicio divino, pero la mano poderosa de Dios los libró del poder de la carne. Ellos habían experimentado seguridad y se habían regocijado en ella. ¡Ahora ellos necesitaban poder! Poder para deshacerse de una vez por todas del enemigo de antaño y poder para armarse en contra de los nuevos enemigos que vendrían. Ese poder está en la mano poderosa y sublime del Señor.

Nos han sido dadas preciosas y grandes promesas las cuales han sobrepasado a aquellas que les fueron dadas a Israel. Dios ha prometido librarnos de toda maldad y sentarnos en lugares celestiales en Cristo Jesús, libres del dominio del pecado.

Sin embargo, primero debemos aprender a odiar el pecado – no hacer pactos ni compromiso con él. Mime a su pecado, juegue con él, deje que permanezca, rehúse demolerlo – y un día llegará a ser el objeto más doloroso en su vida.

No ore pidiendo victoria sobre los pecados de la carne hasta que usted haya cultivado un odio hacia ellos. Dios no tolera nuestras excusas ni nuestro apaciguamiento. ¿Está usted esclavizado por un pecado secreto que le causa angustia y agitación tanto física como espiritualmente? ¿Lo odia con pasión? ¿Siente la ira santa de Dios en contra del pecado?
Mientras usted no lo haga, la victoria nunca vendrá.

Tomado de: http://davidwilkersoninspanish.blogspot.com/2011/03/la-poderosa-mano-de-dios.html