Nuestra oración matutina

Nuestra fe se debilita, nuestros ánimos decaen, nuestra esperanza se desvanece. Todo esto sucede cada vez que abandonamos la oración. La oración no solo es una rutina o costumbre aburrida que realizamos por sentirnos bien con Dios y con nosotros mismos. Sólo por medio de la oración y la lectura constante de la Palabra de Dios nuestro espíritu se ve fortalecido de tal manera que es capaz de proyectarse a lo sobrenatural en lugar de permanecer anclado en las adversidades de este mundo. Solo cuando la oración se ha hecho carne en nosotros, y la mañana parece impensable sin la oración somos capaces de andar por fe y no por vista. Mientras la pereza, las actividades de este mundo, aún la familia o los amigos nos quitan tiempo para la oración lo más seguro es que nuestra fe se verá limitada paulatinamente. Nuestra convicción en el obrar de Dios y aún nuestros ojos espirituales se ven cegados por las adversidades. Como un colirio espiritual para el alma, como un energizante espiritual, como un suplemento vitamínico para nuestra alma son las oración que hacemos durante el día.

Dejarlas de lado es dejar de lado una de las partes más fascinantes de la fe cristiana. Dejarlas de lado nos hacen perder de vista la grandeza del plan de Dios para nuestras vidas para enfocarnos en los problemas del día a día. Dejarlas de lado nos lleva a la monotonía religiosa, al tradicionalismo y finalmente a la apatía. Nada hay más terrible que un cristiano apático. Es aquel que ha dejado de percibir el poder de Dios en su vida y que simplemente vive la vida cristiana como una forma de llenar un hueco en su horario semanal.

La oración nos vincula con el soberano del Universo y nos permite conocer su corazón, su deseo, su propósito para nuestra vida. Cada vez que nos encontramos en oración Dios por medio de su Espíritu va derramando su fortaleza y paz sobre nosotros.

Mientras unos avanzan a tientas, intentando lograr algo en su vida, otros se acomodan pensando que ya nada más pueden pedir de ella. En cambio, los que esperan en Jehová, es decir, los que toman en serio a la oración, renovarán cada mañana sus fuerzas, se elevarán por encima de sus problemas como las águilas. Avanzarán y no decaerán y cada paso que den lo darán en firme porque saben que Dios es su fortaleza.

La oración de cada día es importante pues cada mañana empieza una nueva batalla. Decía Jesús: basta para cada día su propio mal. Creer que el día de hoy no enfrentarás nuevas adversidades es engallarnos a nosotros mismos. Cada día nos depara dificultades, problemas, adversidades y decisiones y por ello, cada día necesita del poder que brota de la oración.

La oración matutina debe ser la llave que abre el día. Antes de presentarnos ante nadie, deberíamos presentarnos ante Dios. Como el salmista, antes de empezar el día tenemos la oportunidad de presentarnos delante de Dios y esperar de él su fortaleza para cada día.

La oración de la mañana debe ser en primer lugar de acción de gracias pues Dios ha guardado de nosotros durante la noche. Una oración antigua decía así: “Vengo ante ti a esta hora de la mañana para agradecerte humildemente porque durante esta noche has sido una defensa para mí y los míos, y otra vez me ha renovado tu bondad y fidelidad.

La gratitud que por la mañana levantamos a Dios nos recuerda siempre que no tenemos comprada la vida. Esta siempre está en manos de Dios. No importa cuantos mecanismos de seguridad pongamos “si Dios no vigila la ciudad, de nada sirve que se desvelen los vigilantes”. Demos siempre gracias a Dios porque pudimos despertar a un nuevo día.

En segundo lugar la oración matutina debe ser visionaria. Cada mañana necesitamos recordar el propósito que Dios tiene para nosotros. Cuál es el plan que Dios tiene para nosotros. En qué parte de ese plan estamos. Cuán nos falta para acabar la obra que nos ha sido encomendada. Si Dios te otorga una tarea, él te proveerá de todo lo que necesites para cumplirla. Sin embargo, a veces, el dejar de lado la oración nos hace que perdamos de vista el objetivo de Dios para nuestra vida. Olvidamos el proyecto, el propósito y la meta hacia la cual nos dirigimos. No hay cosa mejor para retomar nuestra dirección y el plan de Dios para nuestra vida que orar con visión. Esto es, orar con la meta que Dios tiene para nosotros en mente. Orar con visión es orar porque las actividades del día sirvan para cumplir el propósito que Dios tiene para nosotros.

Señor, que el día de hoy, aún el desayuno y la cena, el trabajo que realizo y los descansos que tomen me acerquen cada vez más al propósito que tienes para mi vida. Que nada me desvíe de tu dirección y que todo sea usado por tu gracia para mi crecimiento y para cumplir con tu plan en mi vida.

En tercer lugar nuestra oración debe pedir fortaleza. Hay dificultades de las cuales podemos escapar, pero hay otras de las que no. Si no nos es dado escapar de la adversidad, necesitamos de Dios la fortaleza para seguir adelante en medio de la aflicción. La mañana es el momento más indicado para orar pidiendo por fortaleza.

En cuarto lugar nuestra oración por la mañana debe ser en busca de sabiduría. Las aflicciones que pasamos y aún las oportunidades que se nos presentan en el día a día debe ser vistas a través de la sabiduría de Dios. Sólo él sabe la manera más adecuada de obrar. La oración no es un tiempo para pedir a Dios que decida por nosotros pero sí un tiempo para pedirle que nos dé sabiduría para tomar las decisiones correctas. La sabiduría de Dios, incluso nos ayuda a ver el plan de Dios en medio de las tribulaciones. Muchos, desde fuera pueden ver las aflicciones que pasamos con pena o lástima, pero en nosotros está el convertir esas espinas en rosales, esa lágrimas en risas, ese dolor en crecimiento. El dolor es inevitable, dice un dicho, el sufrimiento es opcional. Aún más, podemos decir nosotros, el dolor, los problemas, la aflicción de este mundo son inevitables, la posibilidad de convertir esas adversidades en bendición es nuestra opción como creyentes.

La oración por la mañana es el entrenamiento que necesitamos cada día para salir victoriosos en medio de la adversidad. Lutero decía: Debemos ver el rostro de Dios cada mañana antes de ver el rostro de los hombres. Si tienes tantas cosas que hacer que no te queda tiempo para orar, créeme, tienes más cosas de las que Dios desea que tengas. Lo primero y más importante es la oración, por ella Dios te dará las instrucción para la carrera que enfrentarás.

Bendiciendo los alimentos

Hay familias que tiene por costumbre orar por los alimentos. No es un hábito muy extendido, sin embargo, se puede ver con cierta frecuencia. Por lo general, la forma de aprender este hábito es por imitación. Alguna familia cristiana ha servido de ejemplo para otra y se ha seguido la costumbre más o menos mecánicamente.

Pocos libros hemos podido encontrar sobre el tema de la oración por los alimentos. De igual manera es pobre la cantidad de artículos que hemos podido encontrar en la web sobre esta costumbre. Es esto lo que nos ha motivado a escribir unas cuantas palabras sobre el tema.

La oración por los alimentos.

La mujer del cuadro que tenemos aquí se halla orando por sus alimentos. Al igual que Jesús, esta mujer bendice la cena frugal que va a servirse. La oración sin fin, como se ha llamado a este cuadro, nos hace ver nuestra constante dependencia de Dios frente a la más básica necesidad de todo ser humano: el alimento. Es en nuestra oración diaria por los alimentos donde expresamos a Dios que nuestra confianza está en él antes que en nuestras fuerzas, en nuestro trabajo o en nuestros recursos.

Orar por los alimentos es muestra de humildad. Es muy común caer en la idea de que el alimento que vamos a servirnos es fruto de nuestro esfuerzo únicamente. Sin embargo, la oración que hacemos antes de comer nos recuerda que toda buena dádiva y todo don perfecto viene de Dios (Santiago 1:17). Nuestro esfuerzo nos permite acceder a los recursos, sin embargo, la gracia de Dios es la que provee de dichos recursos a nuestras manos para que los aprovechemos. Nuestro trabajo ha permitido que nos proveamos de los recursos, sin embargo, es Dios quien nos da la salud o la fuerza para trabajar.

Orar por los alimentos produce contentamiento. Cuando dejamos de lado la oración por los alimentos, lo más probable es que sintamos incomodidad por la frugalidad de nuestra mesa. Aún si nuestra porción es abundante, es posible que la desdeñemos ambicionando más de lo que tenemos. Cuando oramos por nuestros alimentos, meditando adecuadamente en nuestra oración, la pobreza de nuestra mesa se ve desbordada por el contentamiento que viene de Dios. Sabemos que Dios cuida de nosotros y que nos provee de acuerdo a nuestras necesidades. No necesitamos más de lo que tenemos. Sabemos que si faltase, Dios proveería con más abundancia de acuerdo a lo que nuestra alma y nuestro cuerpo requiriesen.

Orar por los alimentos es útil para nuestra mesura. Nuestra oración, al considerar a aquellas personas que no tienen los recursos necesarios para vivir, nos hace ser más discretos en nuestros alimentos. La exuberancia de la mesa, puede ser en cierto punto muestra de egoísmo. La oración nos recuerda entonces que debemos compartir nuestros recursos con los que menos tienen.

Orar por los alimentos es muestra de gratitud. No hay actitud más importante para Dios que la gratitud. Vez tras vez se evidencia en la Biblia que esto es lo que distingue al creyente del incrédulo. No la pompa de sus alabanzas ni la fuerza de su oración, sino la gratitud que brota del corazón es lo que hace de un creyente acepto ante Dios. Evidentemente, si no somos gratos con los alimentos que consumimos a diario, menos aún, lo seremos con las demás dádivas de Dios.

Orar por los alimentos, es bendecir-nos a nosotros mismos. Cuando oramos en gratitud a Dios, bendiciendo los alimentos, estamos teniendo esa característica que hace que nuestra porción se multiplique. Por cuanto en lo poco me has sido fiel, sobre mucho te pondré, decía en una parábola el Señor. La gratitud por los pocos recursos que están dispuestos en nuestra mesa hace que eso poco se multiplique. Dios siempre se muestra más dispuesto a bendecir a quienes son gratos con él.

Cómo podemos orar por los alimentos.

Existen fórmulas específicas para orar por los alimentos. Incluso he podido escuchar canciones de gratitud por los alimentos. De todos modos, la forma no es lo primordial tanto como el significado que tiene esa oración para nosotros. Si es una costumbre vacía, de nada vale. Si la hacemos por rutina y con premura es inútil. La oración por los alimentos debe ser hecha meditando en lo que la misma significa. Debemos siempre tratar de recordar: la gratitud, el contentamiento, la humildad y la generosidad que la misma debe infundir en nosotros.

Aquí tenemos una lista de oraciones por los alimentos que podemos tomar como modelo. Es posible usarlas para orarlas cotidianamente, siempre y cuando no se vuelvan una rutina. Es más adecuado meditar en ellas y hacer nuestras propias oraciones de gratitud de cada día.

Señor: Da pan a los que tienen hambre y da hambre de ti a los que tienen pan Bendice hoy a nuestra familia Y bendice este alimento que viene de tu mano. Te damos gracias Señor, por estos alimentos que nos diste y por la alegría de esta hora, que este alimento nos ayude a servirte de todo corazón te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén. (Iglesia Discípulos de Cristo)

Tu das el pan al hambriento y sacias la sed del sediento, gracias por darnos el pan de cada día, te rogamos además por aquellos que no tienen hoy nada que llevarse a la boca, provéeles a ellos conforme a tus inmensas misericordias Señor. Amen. (Iglesia Luterana)

Danos corazones agradecidos, nuestro Padre, por todos tus beneficios, y haznos pensar en las necesidades de nuestros semejantes; mediante Jesucristo nuestro Señor. Amén. (Iglesia Anglicana)

Nuestra espiritualidad

Quedan pocos días para el inicio de nuestro taller de estudio bíblico sobre primera de Corintios. Los invitamos a inscribirse en cualquiera de los horarios.

Jueves: 19h00-20h00

Sábado: 18h00-19h00

Domingo: 09h45-10h45

El costo es de $10

Las inscripciones son en las oficinas de nuestra iglesia (Carcelén: Jaime Roldós y Liborio Madera, esquina) O llamando al 3441649

Las promesas de Dios y nuestras oraciones

“Por eso les digo: Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración, y lo obtendrán” Marcos 11:24

Dios ha hecho una serie de promesas a su pueblo en la Bibia. La oración es el modo de acceder a ellas. Sin embargo cometemos dos errores en la oración en lo concerniente a la oración por las promesas divinas. El primero es apropiarnos de promesas que no son para nosotros. Tomamos al azar frases de la Biblia y nos apropiamos de ellas sin considerar los condicionantes que hay alrededor o si dicha promesa ha sido hecha a alguien en particular. En muchos de los textos bíblicos donde se encuentra una promesa de Dios, esta se halla conectada con algún condicionante. Por ejemplo: “Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” es una promesa que lleva dos condicionante: “No se apartará de tu boca este libro de la ley”y “Esfuérzate y se valiente”.

Lo segundo es que debemos advertir que algunas de aquellas promesas son hechas para personas específicas de la historia. Así, la promesa de conquistar Canaan fue hecha a Israel en el siglo XII. Nosotros no podemos tomar esta promesa para nosotros. En ocasiones, Dios toma algunas promesas hechas en el pasado a personas distintas para aplicarlas a nuestras vidas. De todos modos, esto no es una regla y debemos estar alertas a no confiar en promesas que no nos han sido hechas para luego no sentir nuestro corazón desfallecer al ver que dichas promesas no se cumplen.

Es segundo error que podemos cometer ante las promesas bíblicas es no creerlas del todo. Por temor a equivocarnos preferimos no tomar aquellas promesas para nuestra vida. Esto nos hace perder dichas promesas. A continuación compartimos las Palabras de Charles Finney un gran evangelista del siglo XIX que nos exhorta a confiar en las promesas de Dios y pedirlas adecuadamente.

Sin duda la fe es una condición indispensable de la oración que prevalece. Hablo de la clase de  fe que asegura la bendición. Debemos creer que recibimos la bendición específica que pedimos. No debemos pensar que Dios es un ser que si le pedimos un pan nos dará una piedra o si le pedimos un pez nos dará una serpiente, según palabras de Jesús. En el relato de Marcos 11, los discípulos debían tener fe para un milagro, y es claro que se esperaba que creyeran que lo iban a recibir. Esa es la clase de fe que debían tener. Ahora bien, ¿qué deben creer los seres humanos en relación con otras bendiciones?  Es una cosa lógica pensar que si una persona ora por una bendición específica, Dios por algún misterio de su soberanía, le va a dar algo diferente, o se la da a otra persona, en otro lugar. Ese pensamiento no solo es tonto, sino deshonroso para Dios. Debemos creer que recibiremos las cosas que pedimos.
¿Cuando estamos obligados a hacer este tipo de oración? ¿Cuándo debemos creer que recibiremos las cosas que pedimos? Mi respuesta es: Cuando tengamos la evidencia de ello, y la fe siempre tiene esa evidencia. Una persona no puede creer una cosa, a menos que vea algo que considere evidencia. No está obligado a creer, y no tiene el derecho de creer que algo será hecho por alguien, a menos que tenga prueba de ello. La mayor expresión de fanatismo es creer sin tener prueba o evidencia.
Suponga que Dios ha prometido algo de manera especial. Por ejemplo: Él dice que está más listo a dar el Espíritu Santo a quienes se lo pidan, que los padres a dar pan a sus hijos. Aquí debemos creer que lo recibiremos cuando lo pidamos en oración. Usted no tiene del derecho de anteponer un si condicional y decir: “Señor, si es tu voluntad, dame el Espíritu Santo”. Esto es un insulto para Dios. Anteponer un si condicional a la promesa de Dios, donde Él no lo ha puesto, es equivalente a acusarlo de falta de sinceridad. Es como decir: “Señor, se has sido sincero al hacer esta promesa, concédeme la bendición que te estoy pidiendo.”

Padre, que cada vez que pida espere siempre Tu Voluntad, pero además, que el esperar Tu Voluntad no sea un escondite para ocultar mi falta de fe. Tus promesas son veraces y tu palabra se cumple en mi vida. Amén.

EN LA PRESENCIA DE DIOS

Estando allí, el ángel del Señor se le apareció entre las llamas de una zarza ardiente. Moisés notó que la zarza estaba envuelta en llamas, pero que no se consumía. Éxodo 3:2

Moisés lleva una vida relativamente tranquila en el desierto cuando Dios se le presenta para enviarlo como guía de Israel. Al enfrentarse con la zarza que arde y no se quema, Moisés se halla delante de Dios y recibe de él una comisión específica: sacar a su pueblo de Egipto. Un comentarista dice en relación con este evento: El llamamiento de Moisés es un llamamiento profético. En adelante, ya no toma la iniciativa, no se declara libertador, porque él lo recibe todo del Señor y tiene que estar enteramente a su disposición. Esta es la vocación y la misión de Moisés.

En ese momento, en ese mismo instante que Moisés se halla delante de la zarza ardiente, está justamente delante de la presencia del Señor. Como diríamos hoy está sintiendo la presencia de Dios en aquel monte. No hay música, no hay gente llorando -ni siquiera él lo hace- sino que se halla ante la presencia del Santo y siente temor por su vida.

Aquel momento es para Moisés el más importante de su vida. Y esto es lo que distingue el momento en que realmente se hace presente Dios en nuestras vidas de cualquier otro momento. Toda nuestra existencia tendrá un nuevo significado desde aquel momento. Siempre que Dios se manifiesta, toda nuestra vida cambia irrevocablemente. Fue el caso de Moisés, fue el caso de Isaías, fue el caso de Pablo y de Juan en Patmos.

Debemos aclara esto pues hoy en día cada semana Dios “se hace presente en nuestros cultos” sin embargo, cada semana los cristianos siguen siendo los mismos. Nada ha cambiado. Hemos llorado, hemos sentido algo especial durante la alabanza, pero no ha habido un cambio real en nuestras vidas.

La presencia de Dios puede ser un momento muy calmo y apacible como el de Elías, o muy estremecedor como el de Ezequiel, pero cuando Dios se manifiesta, las consecuencias hablan por sí mismas: hay un cambio radical en nuestras vidas.

Otra cosa que distingue al momento en que Moisés se halla delante de Dios es que aquel ya no vuelve semana tras semana al mismo monte esperando sentir lo mismo que aquella vez. Aquel llamado es más que suficiente para él. De aquí en adelante cumplirá con la misión que recibido. El llamado de Dios no siempre nos hace sentir bien, pero nos transforma por completo. En el caso de Ezequiel, el llamado de Dios es a comer el rollo de pergamino que se le presenta el cual tenía lamentaciones, gemidos y ayes. El llamado de Isaías al cual él responde heme aquí, envíame a mí, y que nosotros cantamos muy a menudo, es a fracasar en su misión. Dice Dios: Haz insensible el corazón de este pueblo; embota sus oídos y cierra sus ojos, no sea que vea con sus ojos, oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y sea sanado. (Is. 6:9b-10). Lo cierto es que aquel encuentro con Dios transformó la vida el profeta.

Estar en la presencia de Dios no siempre es agradable pero siembre es transformador. Obedecer la voluntad de Dios no siempre será de nuestro agrado pero siempre será un paso más en el camino de nuestro crecimiento.

Este día domingo estaremos meditando sobre el llamado de Dios para todo creyente a ser transformado por su presencia. No te pierdas.

Primer culto: 08h00 – 09h30

Segundo culto: 11h00 – 12h30

Dios quiere que alcances misericordia

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Mateo 5:7

Nos hallamos en esta bienaventuranza frente a dos circunstancias propias de todo ser humano: Por un lado la de un ser limitado que necesita la misericordia divina para poder seguir adelante y, por otro lado, la de un ser con posibilidades, aunque limitadas, para ayudar a otros de alguna manera. Esta última circunstancia enfrenta al hombre ante la decisión de ayudar o no hacerlo a otros hermanos.
La primera circunstancia, la de impotencia frente a las adversidades de la vida y que nos lleva a clamar por misericordia es la se halla plasmada al final de esta bienaventuranza como promesa a quienes son misericordiosos.
Vez tras vez, vemos que es utilizada esta palabra por quienes descubren en Jesucristo su esperanza.
Los dos ciegos que siguen a Jesús, empiezan a clamar: “Ten misericordia de nosotros” en Mateo 9:27. Uno más es recordado en Marcos 10:47 diciendo “Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí”. Aunque la gente quería acallar este clamor de quienes sentían que una posibilidad de salir de su situación se acercaba, ello no dejaban de gritar sino que con más fuerza decían: “Ten compasión de mí”.
También la mujer cananea que se siente angustiada pues su hija es atormentada por un demonio llega hasta Jesús clamando: “Señor, Hijo de David, Ten compasión de mí”.  (Mateo 15:22)
En otra región un hombre se postró delante de Jesucristo y le rogó por su hijo que era lunático. Le dijo: “Señor, ten misericordia de mi hijo” (Mateo 17:40)
Finalmente, en una parábola narrada por Jesús, un hombre que es llevado al Seol empieza a clamar por un bocado de agua diciendo: Padre Abraham, “Ten misericordia de mí” (Lucas 16:24)
En todas estas oraciones se usa la misma palabra que se usa en la bienaventuranza. Es un clamor que nace del corazón arrojando delante de Dios o de Jesucristo o, por último, de Abraham un clamor por una circunstancia insoportable.
En el Antiguo Testamento hallamos este mismo clamor en el Salmo 123
A ti alcé mis ojos,
a ti que habitas en los cielos.
Como los ojos de los siervos miran la mano de sus señores,
y como los ojos de la sierva, la mano de su señora,
así nuestros ojos miran a Jehová, nuestro Dios,
hasta que tenga misericordia de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Jehová, ten misericordia de nosotros,
porque estamos muy hastiados del menosprecio.
Hastiada está nuestra alma de la burla de los que están satisfechos,
y del menosprecio de los soberbios.
De igual manera el Salmo 86: 3 dice “Ten misericordia de mí, Jehová, porque a ti clamo todo el día”; y el Salmo 31:9 dice “Ten misericordia de mí, Jehová, porque estoy en angustia;  se han consumido de tristeza mis ojos, también mi alma y mi cuerpo.
Son muchas las circunstancias que pueden llevarnos a este tipo de angustia. Problemas con los hijos, problemas de salud, en el trabajo o con nuestra pareja. La lista puede seguir, pero lo cierto es que hay ocasiones en que nos sentimos completamente impotentes ante las adversidades. Es allí cuando nuestro clamor surge para tratar de desgarrar el cielo y llegar hasta la presencia de Dios con nuestro grito: Señor, ten misericordia de mí.
Cuando leemos esta quinta bienaventuranza nos damos cuenta de que es el auxilio a este tipo de circunstancias el que es ofrecido por Jesús. Es el hecho de que Dios proveerá para estos momentos de adversidad lo que nos es ofrecido por Jesús como un gran motivo de alegría y de dicha.
Sin embargo, hay un elemento que no debe ser descuidado al momento de asirnos a esta promesa: la primera parte de esta bienaventuranza nos indica que quienes van a recibir este socorro y auxilio son aquellos que han sido misericordiosos.
Pero qué es la misericordia, o más exactamente qué tipo de misericordia nos exige este texto. En muchos lugares habla la Biblia de la misericordia pero quizá el texto que evidencia con más claridad lo que significa la misericordia sea Hebreos 2:17. “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo”. El texto nos dice que la única manera en que Jesucristo podía llegar a ser completamente misericordioso con nosotros era que fuese en todo semejante a nosotros. La misericordia no sólo tiene que ver con cierta tristeza profunda que podamos sentir por los que están pasando por una situación adversa. Tiene que ver con empatizar con su realidad, identificarnos con su sufrimiento. Ser misericordiosos es dejar que «se conmuevan las entrañas» ante una situación de desgracia o de miseria, pero además, hacer algo por tratar de solucionar tal circunstancia.
La misericordia no sólo es un sentimiento, sino también una decisión pero además, una acción. Por mínima que esta sea, es mejor que el simple compungirse por la situación adversa del otro.
Pablo lo entiende así cuando pide una ofrenda a las iglesias del Asia menor para las iglesia hermanas de Palestina que se hallaban pasando por una terrible hambruna. Para él la misericordia no es tan solo algo emotivo, es una forma de obrar. En 2ra Corintios 8:10-12
En esto doy mi consejo, porque esto os conviene a vosotros, que comenzasteis antes, no solo a hacerlo, sino también a quererlo, desde el año pasado. Ahora, pues, llevad también a cabo el hacerlo, para que así como estuvisteis prontos a querer, también lo estéis a cumplir conforme a lo que tengáis, porque si primero está la voluntad dispuesta, será aceptado según lo que uno tiene, no según lo que no tiene.
Pablo les dice a los Corintios que el primer paso para la misericordia es el querer ayudar. Pero la misericordia no se halla completa hasta que se cumple conforme a lo que se pueda. Dios no se conforma tan sólo con las buenas intenciones. Los actos concretos de misericordia son los que el acepta.
La misericordia, entonces, más que un sentimiento o una decisión es un acto específico a favor del prójimo. Pero este acto se da en razón de dos circunstancias muy específicas:
1.    Perdonar
2.    Socorrer en tiempos de miseria
La primera circunstancia tiene que ver con aquellos hermanos que nos ofenden y a los cuales nos es impuesto por Dios el perdonarlos. Jesús muestra esto en Mateo 18:23-35
»Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Cuando comenzó a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A este, como no pudo pagar, ordenó su señor venderlo, junto con su mujer e hijos y todo lo que tenía, para que se le pagara la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba diciendo: “Señor, ten paciencia conmigo y yo te lo pagaré todo”. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, lo soltó y le perdonó la deuda.
»Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos que le debía cien denarios; y agarrándolo, lo ahogaba, diciendo: “Págame lo que me debes”. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y yo te lo pagaré todo”. Pero él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagara la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándolo su señor, le dijo: “Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?”. Entonces su señor, enojado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.
Mateo 18:23-35
En esta parábola vemos de hecho la fuente de nuestra misericordia: Que Dios ha sido misericordioso con nosotros. El siervo malvado le debía al rey 200 millones de dólares, mientras que el otro le debía a 2000 dólares. Y el verso 33 enfatiza ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Es decir que, al menos en teoría todo creyente debería ser misericordioso. Lo cierto es que, debemos suponer que muchos no son conscientes de toda la deuda que les ha sido perdonada y por ello no son capaces de perdonar a su prójimo.
Dios nos ha perdonado de nuestros pecados y esa es la más grande misericordia que jamás podamos haber recibido y es en base a esa misericordia que nosotros debemos actuar. Efesios 2:4-5 dice: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)”.
De hecho, la misericordia de Dios va más allá del perdón de pecados hasta la promesa de la vida eterna. 1ra de Pedro 1:3 considera que la misericordia de Dios se manifiesta en el hecho de que nos hizo renacer a una esperanza viva por medio de la resurrección de Jesús de entre los muertos. “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos”
Pero qué pasa si a pesar de esta gran misericordia de Dios nosotros nos obstinamos en no perdonar. Dice Marcos 11:26: “porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas”.
Y Santiago es aún más duro: respecto de este aspecto de la doctrina de Cristo. Dice en su carta: “Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; [mientras que] la misericordia triunfa sobre el juicio”. (Santiago 2:13)
Es una necesidad de todo creyente aprender a usar de misericordia con sus hermanos pues esto es lo que ha recibido y por lo que tiene salvación. Sus oraciones, sus alabanzas, sus lecturas bíblicas se vuelven insulsas si el creyente no sabe tener misericordia como Dios la ha tenido para con él.
Aprendamos, pues, a ser misericordiosos.

Caridad

La caridad no se practica solo con el dinero. Podéis visitar a un enfermo, hacerle un rato de compañía, prestarle algún servicio, arreglarle la cama, prepararle los remedios, consolarle en sus penas, leerle algún libro piadoso…

(Juan María Vianney)

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: