Dios quiere que alcances misericordia


Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Mateo 5:7

Nos hallamos en esta bienaventuranza frente a dos circunstancias propias de todo ser humano: Por un lado la de un ser limitado que necesita la misericordia divina para poder seguir adelante y, por otro lado, la de un ser con posibilidades, aunque limitadas, para ayudar a otros de alguna manera. Esta última circunstancia enfrenta al hombre ante la decisión de ayudar o no hacerlo a otros hermanos.
La primera circunstancia, la de impotencia frente a las adversidades de la vida y que nos lleva a clamar por misericordia es la se halla plasmada al final de esta bienaventuranza como promesa a quienes son misericordiosos.
Vez tras vez, vemos que es utilizada esta palabra por quienes descubren en Jesucristo su esperanza.
Los dos ciegos que siguen a Jesús, empiezan a clamar: “Ten misericordia de nosotros” en Mateo 9:27. Uno más es recordado en Marcos 10:47 diciendo “Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí”. Aunque la gente quería acallar este clamor de quienes sentían que una posibilidad de salir de su situación se acercaba, ello no dejaban de gritar sino que con más fuerza decían: “Ten compasión de mí”.
También la mujer cananea que se siente angustiada pues su hija es atormentada por un demonio llega hasta Jesús clamando: “Señor, Hijo de David, Ten compasión de mí”.  (Mateo 15:22)
En otra región un hombre se postró delante de Jesucristo y le rogó por su hijo que era lunático. Le dijo: “Señor, ten misericordia de mi hijo” (Mateo 17:40)
Finalmente, en una parábola narrada por Jesús, un hombre que es llevado al Seol empieza a clamar por un bocado de agua diciendo: Padre Abraham, “Ten misericordia de mí” (Lucas 16:24)
En todas estas oraciones se usa la misma palabra que se usa en la bienaventuranza. Es un clamor que nace del corazón arrojando delante de Dios o de Jesucristo o, por último, de Abraham un clamor por una circunstancia insoportable.
En el Antiguo Testamento hallamos este mismo clamor en el Salmo 123
A ti alcé mis ojos,
a ti que habitas en los cielos.
Como los ojos de los siervos miran la mano de sus señores,
y como los ojos de la sierva, la mano de su señora,
así nuestros ojos miran a Jehová, nuestro Dios,
hasta que tenga misericordia de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Jehová, ten misericordia de nosotros,
porque estamos muy hastiados del menosprecio.
Hastiada está nuestra alma de la burla de los que están satisfechos,
y del menosprecio de los soberbios.
De igual manera el Salmo 86: 3 dice “Ten misericordia de mí, Jehová, porque a ti clamo todo el día”; y el Salmo 31:9 dice “Ten misericordia de mí, Jehová, porque estoy en angustia;  se han consumido de tristeza mis ojos, también mi alma y mi cuerpo.
Son muchas las circunstancias que pueden llevarnos a este tipo de angustia. Problemas con los hijos, problemas de salud, en el trabajo o con nuestra pareja. La lista puede seguir, pero lo cierto es que hay ocasiones en que nos sentimos completamente impotentes ante las adversidades. Es allí cuando nuestro clamor surge para tratar de desgarrar el cielo y llegar hasta la presencia de Dios con nuestro grito: Señor, ten misericordia de mí.
Cuando leemos esta quinta bienaventuranza nos damos cuenta de que es el auxilio a este tipo de circunstancias el que es ofrecido por Jesús. Es el hecho de que Dios proveerá para estos momentos de adversidad lo que nos es ofrecido por Jesús como un gran motivo de alegría y de dicha.
Sin embargo, hay un elemento que no debe ser descuidado al momento de asirnos a esta promesa: la primera parte de esta bienaventuranza nos indica que quienes van a recibir este socorro y auxilio son aquellos que han sido misericordiosos.
Pero qué es la misericordia, o más exactamente qué tipo de misericordia nos exige este texto. En muchos lugares habla la Biblia de la misericordia pero quizá el texto que evidencia con más claridad lo que significa la misericordia sea Hebreos 2:17. “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo”. El texto nos dice que la única manera en que Jesucristo podía llegar a ser completamente misericordioso con nosotros era que fuese en todo semejante a nosotros. La misericordia no sólo tiene que ver con cierta tristeza profunda que podamos sentir por los que están pasando por una situación adversa. Tiene que ver con empatizar con su realidad, identificarnos con su sufrimiento. Ser misericordiosos es dejar que «se conmuevan las entrañas» ante una situación de desgracia o de miseria, pero además, hacer algo por tratar de solucionar tal circunstancia.
La misericordia no sólo es un sentimiento, sino también una decisión pero además, una acción. Por mínima que esta sea, es mejor que el simple compungirse por la situación adversa del otro.
Pablo lo entiende así cuando pide una ofrenda a las iglesias del Asia menor para las iglesia hermanas de Palestina que se hallaban pasando por una terrible hambruna. Para él la misericordia no es tan solo algo emotivo, es una forma de obrar. En 2ra Corintios 8:10-12
En esto doy mi consejo, porque esto os conviene a vosotros, que comenzasteis antes, no solo a hacerlo, sino también a quererlo, desde el año pasado. Ahora, pues, llevad también a cabo el hacerlo, para que así como estuvisteis prontos a querer, también lo estéis a cumplir conforme a lo que tengáis, porque si primero está la voluntad dispuesta, será aceptado según lo que uno tiene, no según lo que no tiene.
Pablo les dice a los Corintios que el primer paso para la misericordia es el querer ayudar. Pero la misericordia no se halla completa hasta que se cumple conforme a lo que se pueda. Dios no se conforma tan sólo con las buenas intenciones. Los actos concretos de misericordia son los que el acepta.
La misericordia, entonces, más que un sentimiento o una decisión es un acto específico a favor del prójimo. Pero este acto se da en razón de dos circunstancias muy específicas:
1.    Perdonar
2.    Socorrer en tiempos de miseria
La primera circunstancia tiene que ver con aquellos hermanos que nos ofenden y a los cuales nos es impuesto por Dios el perdonarlos. Jesús muestra esto en Mateo 18:23-35
»Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Cuando comenzó a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A este, como no pudo pagar, ordenó su señor venderlo, junto con su mujer e hijos y todo lo que tenía, para que se le pagara la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba diciendo: “Señor, ten paciencia conmigo y yo te lo pagaré todo”. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, lo soltó y le perdonó la deuda.
»Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos que le debía cien denarios; y agarrándolo, lo ahogaba, diciendo: “Págame lo que me debes”. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y yo te lo pagaré todo”. Pero él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagara la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándolo su señor, le dijo: “Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?”. Entonces su señor, enojado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.
Mateo 18:23-35
En esta parábola vemos de hecho la fuente de nuestra misericordia: Que Dios ha sido misericordioso con nosotros. El siervo malvado le debía al rey 200 millones de dólares, mientras que el otro le debía a 2000 dólares. Y el verso 33 enfatiza ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Es decir que, al menos en teoría todo creyente debería ser misericordioso. Lo cierto es que, debemos suponer que muchos no son conscientes de toda la deuda que les ha sido perdonada y por ello no son capaces de perdonar a su prójimo.
Dios nos ha perdonado de nuestros pecados y esa es la más grande misericordia que jamás podamos haber recibido y es en base a esa misericordia que nosotros debemos actuar. Efesios 2:4-5 dice: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)”.
De hecho, la misericordia de Dios va más allá del perdón de pecados hasta la promesa de la vida eterna. 1ra de Pedro 1:3 considera que la misericordia de Dios se manifiesta en el hecho de que nos hizo renacer a una esperanza viva por medio de la resurrección de Jesús de entre los muertos. “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos”
Pero qué pasa si a pesar de esta gran misericordia de Dios nosotros nos obstinamos en no perdonar. Dice Marcos 11:26: “porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas”.
Y Santiago es aún más duro: respecto de este aspecto de la doctrina de Cristo. Dice en su carta: “Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; [mientras que] la misericordia triunfa sobre el juicio”. (Santiago 2:13)
Es una necesidad de todo creyente aprender a usar de misericordia con sus hermanos pues esto es lo que ha recibido y por lo que tiene salvación. Sus oraciones, sus alabanzas, sus lecturas bíblicas se vuelven insulsas si el creyente no sabe tener misericordia como Dios la ha tenido para con él.
Aprendamos, pues, a ser misericordiosos.

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