TEMPLANZA


Hay una palabra en la Biblia, en la versión Reina Valera de 1960 que es muy poco conocida por muchos. Se trata de concupiscencia. Por lo general se cree que se trata de algún especie de pecado sexual, algo así como la lujuria.

Lo cierto es que la concupiscencia es un deseo desordenado de bienes terrenos o un apetito desenfrenado de placeres. Así pues, lo sexual no es el único ámbito en el que se manifiesta la concupiscencia sino que en todo espacio donde el hombre siente la atracción de satisfacer sus deseos puede surgir el desenfreno fruto de la concupiscencia.

Frente a esta manera de actuar, Pablo menciona entre los frutos del Espíritu al que sería justamente el extremo opuesto de la concupiscencia, esto es la templanza.

La templanza es la capacidad que tenemos de dominar nuestras pasiones y de evitar que ellas nos dominen. La templanza era una de las cuatro virtudes cardinales del pueblo griego. Las otras tres eran la fortaleza, la justicia y la prudencia. La Estas tres eran consideradas por este pueblo de la antigüedad como el fundamento del buen vivir en comunidad.

De la templanza, dijo Cicerón, es un gran capital. Y una frase del oráculo de Delfos resumía la esencia de la Templanza en estas palabras: nada en demasía. Confucio aseveraba que el ir un poco lejos es tan malo como no ir todo lo necesario. Y Lucio Apuleyo decía: El primer vaso corresponde a la sed; el segundo, a la alegría; el tercero, al placer; el cuarto, a la insensatez.

Muchos hombres a lo largo de la historia han advertido sobre el peligro de los excesos y las consecuencias de la falta de dominio propio.

La Palabra de Dios no queda exenta de estas advertencias y dice en Proverbios 25:28:Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda. Las pasiones son justamente como un caballo desbocado al cual le falta la rienda y que lleva al que lo monta por donde quiere sin que aquel pueda hacer nada para detenerlo. La templanza no significa ausencia de pasiones, pero sí control de las mismas. Los alimentos, la tristeza, el gozo, la ira, el deseo sexual, etc., son emociones que las llevamos en nuestro interior y que no podemos eliminarlas aunque sí podemos controlarlas. Alguien decía: Hasta las desdichas han de sentirse con moderación1.

El dominio propio es algo que se pide del creyente en varias ocasiones en el texto bíblico y que se lo relaciona con el poder del Espíritu, al menos en dos ocasiones. La primera en Gálatas 5:22-23, donde se lo presenta como fruto del Espíritu (Templanza) y en 2 Timoteo 1:7 donde nos advierte que el Espíritu de Dios no produce en nosotros temor sino que nos reviste de su poder, de su amor y de la capacidad de dominarnos a nosotros mismos.

La posibilidad de controlar nuestras emociones no implica ahogarlas del todo. Siendo parte de nuestra naturaleza, Dios no las desconoce, pero espera de nosotros que sepamos canalizarlas y no permitir que sean un mar embravecido que no podemos controlar.

En la actualidad no enfrentamos a una sociedad que en muchos aspectos desdeña el dominio propio en pro de la libertad. Lo cierto es que la persona que se deja llevar por sus pasiones no es dueña de sí, no hace “lo que le da la gana”, hace lo que las pasiones le ordenan que haga. A medida que dejamos que ellas ganen terreno en nuestra vida se vuelve más y más difícil ser dueños de nosotros mismos. Terminamos siendo esclavos de nuestras pasiones.

Pero no es de hoy que los hombres le temen al dominio propio. En los tiempos de Pablo, este se vio callado por un gobernador cuando empezó a hablar sobre el dominio propio:

Pero cuando Pablo le habló de una vida de rectitud, del dominio propio y del juicio futuro, Félix se asustó y le dijo: —Vete ahora. Te volveré a llamar cuando tenga tiempo.

De todas formas, es un hecho que aquellas personas que no han sabido dominar sus pasiones nunca han llegado demasiado lejos. Alejandro el Grande luego de conquistar un basto imperio no pudo disfrutar del mismo debido a que no fue capaz de conquistar sus propias pasiones. Así pues, es muy cierto lo que dice Proverbios 16:32 Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte, el que domina su espíritu que el conquistador de una ciudad.

Por el contrario, los trescientos espartanos que junto a Leonidas contuvieron al ejército persa conformado por más de 200000 hombres no se dejaron dominar por sus pasiones y ese fue el secreto de su victoria. Los espartanos tenían por costumbre relajarse y sacar de sí todo la ira y el resentimiento que podrían descontrolarlos durante la batalla. Una vez se hallaban con la cabeza fría iban al combate.

Las pasiones desbocadas no son buenas consejaras, no son buenas capitaneando el destino de nuestras vidas. Lo más adecuado y lo que la Biblia nos aconseja es controlar nuestras pasiones cada día no permitiendo que las mismas nos dominen y decidan nuestro futuro.

1Eurípides.

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