FIDELIDAD


Una de las virtudes que se pide que todo creyente desarrolle por medio del poder del Espíritu Santo es la fidelidad (del griego: pistis). La fidelidad es la cualidad que hace de cada hijo de Dios una persona de fiar. El creyente debe ser alguien con quien no sean necesarios los documentos escritos pues con su palabra basta.

En este mismo sentido va la recomendación de Jesús acerca de los juramentos en Mateo 5: 33-37

Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos.

Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.

Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello.

Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.

No es una amenaza contra los que usa palabras relacionadas con el juramento sino una advertencia para aquellos cuyo hablar y su obrar son tan divergentes que se les hace necesario el juramento y otras cosas para ganarse la confianza de los demás.

El creyente debe ser una persona que sabe cumplir con sus promesas y sus compromisos. Es alguien que no se detiene en el cumplimiento de los mismos por el hecho de que tarde se da cuenta de que el pacto le perjudica. Quienes llevan el fruto de Espíritu Santo en su corazón deben manifestarlo cumpliendo todos sus compromisos: con la iglesia, con la familia, con los amigos y aún con el Estado. El hecho de ser nuevas personas es algo que debe salir a relucir, no solamente en la congregación sino aún en nuestros negocios.

Es  evidente, pues, que un requisito para que seamos capaces de cumplir con nuestros compromisos es que seamos sabios al momento de adquirirlos. Una persona que no es guiada por el Espíritu de Dios, actúa atolondradamente. Se hace de compromisos sin considerar si será capaz de cumplirlos. El hecho de que los compromisos sean hechos con la iglesia, no quita el hecho de que la persona no ha actuado con sabiduría si no ha calculado bien si será capaz de cumplir con su compromiso.

Antes de tomar un compromiso, sea en la iglesia, en los negocios o, incluso en lo emocional, meditemos bien y con cabeza fría si seremos capaces de cumplir con nuestros compromisos.

Muchos matrimonios fracasan por falta de fidelidad (y no sólo en el sentido del adulterio) por cuanto no han sido capaces de cumplir con las promesas que se hicieron mutuamente ante el altar. Es allí, en las relaciones de pareja donde podemos descubrir el carácter creativo de la fidelidad. No se trata simplemente de aguantar hasta que la muerte nos separe, sino de recrear, renovar y edificar la relación cada día. Así, pues, en ocasiones, la separación evidencia un poco de flojera por parte de ambos al momento de renovar el lazo conyugal. Se espera que la corriente lleve la barca nupcial. Sin embargo, sucede muy a menudo, que la corriente, o para decirlo más enfáticamente, la costumbre, lleva al matrimonio al fracaso.

Seamos fieles, cumplamos con nuestro compromiso de amar para toda la vida a nuestra pareja. Cumplamos con nuestros compromisos con nuestros hijos. Aprendamos a dar valor a nuestra palabra. Seamos hombres y mujeres que evidencian el fruto del espíritu en su fidelidad.

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