El matrimonio en nuestros tiempos modernos


Los tiempos han cambiado pero en ocasiones pareciera que los matrimonios no nos preparamos para los nuevos tiempos que nos toca enfrentar. No me refiero a que desarrollemos habilidades para utilizar las nuevas tecnologías. Tarde o temprano todos terminamos accediendo a ellas y adaptándonos a su uso. Sin embargo, poco analizamos las consecuencias que dichas “novedades” de la sociedad actual pueden traer sobre nosotros, nuestras relaciones y familias. Saber manejar el computador, el celular o la Tablet es relativamente fácil. A decir verdad, a veces sólo hace falta un par de horas para saberlos usar de manera básica.

Con todo, las tecnologías no es lo único que paulatinamente va cambiando en nuestras sociedades. Los hábitos, las costumbres y las tradiciones también se van transformando. Evidentemente, no podemos volver al pasado y vivir en los tiempos previos al teléfono en los que la vida parecía menos acelerada. Es este siglo XXI el que nos ha tocado vivir y al cual debemos hacer frente. Lo primordial es que sepamos hacerle frente y asumir aquello que es bueno y rechazar aquello que no podemos compartir.

Los hábitos, costumbres y tradiciones que paulatinamente van cambiando son justamente, en muchos de los casos, los que sirven luego de base para nuestra forma de entender la moral. Es así como, poco a poco, aquello que antaño era pecado ahora se ha vuelto normal. Aquello ante lo cual anteriormente nos indignábamos ahora lo vivimos con indiferencia. No solamente que en la actualidad mucho de lo que solía ser visto como pecaminoso hoy no lo es sino que además, el hecho de que alguien lo considere pecado hace que los demás lo discriminen como un retrógrado y fanático religioso.

No podemos suponer que todo era perfección hace unas generaciones. De hecho, podemos ver que había ciertos problemas y pecados de los cuales hoy nos indignamos. La intolerancia, por ejemplo, la violencia intrafamiliar si queremos ir más allá. Sin embargo, hemos pretendido eliminar el problema eliminando también la fortaleza. Así, a la intolerancia la eliminamos borrando de un soplo con ella a las convicciones firmes. A la violencia intrafamiliar la hemos tratado de destruir haciendo del matrimonio un contrato poco duradero y que exige poco sacrificio de ambas partes.

Ser familias cristianas en la sociedad contemporánea, a veces pareciera significar simplemente asistir a las iglesias pero sin que el contacto con la Palabra de Dios afecte y transforme nuestra manera de ver la vida.

Evidentemente, si la iglesia no marca la manera en que actuamos alguien más lo hace y ese alguien más resulta ser esa sociedad no cristiana que paulatinamente se va quitando de encima toda la ética bíblica con la que pretendió vivir durante los últimos siglos. Vivir en un mundo en proceso de descristianización implica vivir fuertemente afincados a la Palabra de Dios pues de no hacerlo pronto veremos cómo vamos dejando los preceptos bíblicos por aferrarnos a aquellos que nos marca la sociedad sin Dios en la que vivimos.

No son solamente nuestros hijos los que se ven seriamente presionados a abandonar la fe y la moral bíblicas, sino que cada creyente vive, a diario, una batalla librada por el mundo para arrebatarlo de sus convicciones cristianas y hacerlo vivir con una fe nominal, es decir, vacía.

Si Pablo les advirtió a los Corintios del primer siglo de nuestra era que tuvieran cuidado a pesar de que se hallasen firmemente aferrados a la fe, con cuánta mayor razón nosotros deberíamos ser cautelosos de observar que no caigamos de nuestra posición en Cristo.

El objetivo detrás de cada desliz que hace la sociedad en contra de la moral es un premeditado esfuerzo por hacernos ampliar las posibilidades de nuestro obrar en el ámbito del pecado. Si antes para los matrimonios dormir en camas separadas era algo escandaloso, en la actualidad ser sexualmente promiscuo es tolerable siempre que ambos estén de acuerdo. ¿Cómo llegamos a esto? No de golpe. Poco a poco, tratando de ser permisivos y aceptando como normal lo que la sociedad nos va planteando como tal.

No permitamos que nuestros matrimonios se basen sobre la endeble base de unos criterios morales que ven bien la infidelidad, aceptable el egoísmo y totalmente plausible el divorcio ante el menor inconveniente.

Sometamos nuestros criterios a la Palabra de Dios y dejemos que ella determine lo que es más adecuado para nuestra vida y la de nuestro matrimonio.

 

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