Nuestro trabajo honra a Dios…


Contrario a lo que en ocasiones se escucha, el trabajo es una bendición de Dios. Es el medio principal escogido por Dios para que cada ser humano obtenga lo necesario para su vida. El trabajo representa en primer lugar aquello que nos asemeja a nuestro creador, pues en la Biblia, la primera imagen que tenemos de Dios lo representa trabajando. En segundo lugar podemos ver que cuando el hombre es creado por Dios, lo pone en el huerto de Edén para que lo labre. Es muy interesante el relato. En el verso cinco nos dice que en la tierra no había ni árboles ni plantas debido a que, en primer lugar, Dios no había hecho que llueva sobre la tierra (su trabajo) y, en segundo lugar, a que no había nadie que la cultivara. En el verso cinco, Dios hace su trabajo y pone al hombre para que haga el suyo.

Cabe advertir que todo esto sucede aún antes de que el hombre pecase. Es decir, en el plan de Dios el trabajo no está proyectado como un castigo contra el hombre sino como parte de la imagen y semejanza con que lo ha creado.

A lo largo del Antiguo Testamento vemos vez tras vez cómo Dios nos llama a trabajar su creación (hacer nuestra parte del trabajo) mientras el hace descender la lluvia sobre la tierra (su parte del trabajo).

La prosperidad mencionada muchas veces en el libro de los proverbios no es un llamado a dejar de lado el trabajo para esperar que Dios haga llover dólares sobre nosotros. De hecho los textos bíblicos que hablan sobre la prosperidad plantean que Dios bendecirá nuestro trabajo y no que nos bendecirá a pesar de que no trabajemos.

Hay muchos creyentes que piensan que basta con orar o diezmar para ser bendecidos/prosperados por Dios. No hace falta trabajar duro, sólo dar a la iglesia en grandes cantidades y vivir en santidad para que seamos prosperados. Nada de esto dice la Biblia. Dios ha establecido un camino para nuestra prosperidad y ese es el trabajo, no hay sustitutos por más espirituales que parezcan. Es importante diezmar y orar, pero esto no nos exime de trabajar. De hecho, tanto como honramos a Dios con nuestros diezmos y oraciones lo hacemos con nuestro trabajo diligente y es por esto que nuestro trabajo debe formar parte de nuestras disciplinas espirituales.

En el Nuevo Testamento el apóstol Pablo advierte a la iglesia de Tesalónica que debe reprender a los que no quieren hacer nada (1 Tesalonicenses 5:14) y además les dice: “Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma”(2 Tesalonicenses 3:9).

Es pues el trabajo un mandato por medio del cual damos testimonio a los no creyentes de nuestro compromiso con el Señor. Y es la pereza una una actitud que puede traer sobre nosotros la ruina. Como dice Eclesiastés 10:18 Por causa del ocio se viene abajo el techo, y por la pereza se desploma la casa.

De hecho, si bien es cierto que el amor al dinero es la raíz de todo mal (1 Timoteo 6:10), el amor al trabajo es una de las características del hombre transformado por el Espíritu Santo. Dice Efesios 4:28 “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad”.

Pablo también da su ejemplo de esto a los tesalonicenses y se los recuerda en su carta: “no comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros; no porque no tuviésemos derecho, sino por daros nosotros mismos un ejemplo para que nos imitaseis” (2 Tesalonicenses 3:8).

Así pues, sin dejar de orar, ayunar u ofrendar, como muchos hacen, debemos poner también diligencia en el trabajar para la gloria de Dios, como dice Colosenses 3:23 “Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo”.

 Para reflexionar 

  • ¿Estamos haciendo un trabajo que honre a Dios? Si la respuesta es no, ¿qué haré de aquí en adelante para cumplir con este mandato?
  • ¿Somos diligentes en las actividades que nos encomiendan? ¿Qué me impide serlo? ¿De qué manera puedo cambiar esta circunstancia?

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