La manipulación de los falsos apóstoles

false_teacher3El apóstol Pablo en 2 de Corintios 10-12 habla de manera muy enfática sobre la desviación que la iglesia parece pasar en ese momento gracias a una serie de predicadores que se encuentran hospedándose en la iglesia y cuya predicación anuncia un Jesús diferente, un Espíritu diferente y un Evangelio diferente. Lo doctrinal, para Pablo no es secundario o accesorio como hoy algunos pretenden hacerlo ver. Lo doctrinal es la base sobre la cual acentuar nuestro accionar en fe.

Los predicadores que empiezan a seducir a los creyentes tienen una habilidad especial: su calidad oratoria. Por las veces que debe enfatizar, podemos notar que la iglesia relaciona buen discurso con buen mensaje. Pablo les advierte que la calidad de la exposición no vale de nada si lo que se dice no tiene nada que ver con el evangelio de Jesucristo.

Así pues, en el verso 20 del capítulo 11 nos da Pablo una especie de escalera de descenso hacia la manipulación religiosa por parte de estos pseudo-apóstoles. Son cinco pasos los que se dan y que amenazan llevar a la iglesia de la libertad en Cristo a la opresión de dichos líderes.

Predicadores legalistas (Si alguno os esclaviza)

Pablo da como primer paso hacia la opresión espiritual el estar dispuestos a aceptar predicadores que enfatizan el sometimiento a su autoridad por encima de cualquier cosa. Predicadores cuya exposición se enfoca casi exclusivamente en amenazas contra aquellos que se revelen contra su autoridad. Cada predicación guarda relación con la advertencia de que sólo a través de dicho predicador se puede encontrar la verdadera y pura revelación de Dios. Podemos hablar de dos tipos de amenaza:

  1. Lo que pasaría si los creyentes contradicen al líder

  2. Lo que pasaría si los creyentes se alejan del líder.

En el un caso, la amenaza es para obedecer todo lo que el pastor, profeta o apóstol determine que es lo cierto. El mero cuestionamiento recibe la condenación del mismo y la amenaza incluso del fuego eterno por su osadía.

wolf-in-sheeps-clothingEn el segundo caso, la amenaza va en el sentido del abandono de la iglesia. El creyente es forzado al convencimiento de que sólo en ese lugar puede hallar la verdad. La amenaza de maldiciones a quienes salen de la congregación hace más difícil dejar al grupo.

Frente a esto, no podemos dejar de recordar que Jesús mismo enfatizó: conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. Además, el apóstol Pablo en la carta a los Gálatas advierte: a libertad habéis sido llamados, sólo que no uséis la libertad como ocasión para el pecado. En ambos casos, y en la práctica del mismo apóstol Pablo, vemos que la libertad del creyente es valiosa. Pablo al hablar a los corintios, no se impone sino que poco a poco va dando más libertad a las iglesias para que se autogobiernen, cosa que los pseudoapóstoles no querían permitir.

Predicadores ambiciosos (si alguno os devora)

El segundo paso que se da en el descenso hacia la esclavitud lo caracteriza Pablo con la palabra katedsio que es precisamente la misma que usan los evangelios cuando Jesús habla de los escribas que devoran las casas de las viudas (Marcos 12:40). Estos falsos apóstoles buscaban obtener la mayor cantidad posible de dinero de sus feligreses. Su objetivo no es espiritual. Se valen de lo espiritual para extraer a los creyentes sus casas y todas sus pertenencias. Los creyentes que ya han considerado más relevante la palabra del falso apóstol de Cristo que la misma palabra de Cristo, se dejan convencer por sus timos. Creen en sus engaños y entregan sus posesiones a los astutos predicadores fraudulentos. Es muy fácil usar la Biblia y recortar trozos de la misma como argumento para persuadir a los creyentes de la necesidad de despojarse de sus bienes materiales para dejarlos al predicador que en ese momento, gracias a su crecimiento espiritual, está en capacidad de ejercer una sabia mayordomía de todo lo que los creyentes entregan. Con esta y muchas otras sutilezas engañan a los creyentes para devorar sus bienes. Si ya estamos en este escalón, es mejor salir huyendo antes que terminemos completamente timados por los ministros de Satanás que se han disfrazado de ministros de justicia (2 Cor 11:15).

EvangelioProsperidad

Predicadores manipuladores (si alguno se aprovecha de ustedes)

El tercer paso lo relaciona Pablo con la simple generalidad de ocasiones que toman los falsos apóstoles para aprovecharse de los creyentes. Desde trabajos mal remunerados, favores forzosos, ofrendas exageradas e incluso favores sexuales pueden llegar a incluirse en este ámbito. Pablo habla de aprovecharse de la docilidad de los discípulos que están dispuestos a obedecer por temor a represalias. En la medida en que los creyentes han ido descendiendo por esta escalera de sometimiento, cada vez más su voluntad se ido desintegrando hasta quedar a merced del falso maestro. El límite del abuso, no es ya marcado por el creyente sino por los apetitos del falso maestro. Es necesario caer en la cuenta de que todo esto nada tiene que ver con Jesucristo. Se trata simplemente de servidores del pecado que buscan personas oprimidas por su culpa o incapaces indagar en la Palabra de Dios para irlos ‘domesticando’ paulatinamente.

Predicadores con contacto directo con Dios (Si alguno se enaltece)

Los falsos predicadores tienden a considerarse exclusivos en su trato con Dios. Desde su manera de hablar (el Señor me dijo…, estaba hablando el otro día con Dios…, muchas de las cosas que Dios me ha dicho no están escritas en la Biblia) hasta la manera de actuar, los falsos apóstoles pretenden ser superiores a todos los demás creyentes y líderes eclesiales. En el caso de Corinto, los falsos apóstoles que se encuentran engañando a la iglesia se presentan como superiores al apóstol Pablo. La iglesia les debe un respeto mayor por tratarse de iluminados de orden superior en la escala apostólica.

El único objetivo de esta estrategia es eliminar a los rivales. Los falsos apóstoles, al presentarse como superiores a los demás logran que los creyentes consideren que nada de lo que otros ministros del Señor puedan decir sea aceptado pues el superapóstol que los dirige es muy superior a los demás. Así el lazo está casi completamente cerrado. Los creyentes no pueden dudar del falso maestro porque este es único y lo que otros digan por los mismos creyentes será rechazado. Es así como llegan a volverse esclavos de la herejía.

Contrario a esto, nuevamente, Jesús, nos llama a la libertad y no a la esclavitud. Pablo, al ver que hay disputas entre los cristianos gentiles y los cristianos judíos, no toma una decisión arbitraria, negando autoridad a los doce (que están a favor de los cristianos judíos) sino que realiza una reunión con ellos para llegar a acuerdos. Esto diferencia a los verdaderos apóstoles de los falsos. Los primeros buscan consensos y se disponen a servir mientras los segundos oprimen a los creyentes y sólo buscan ser servidos.

Predicadores que hacen uso de la violencia (si alguno os da de bofetadas)

El último paso que menciona Pablo es el de la violencia física y verbal. Los creyentes, incapaces ya de cuestionar a sus líderes, aceptan que los falsos apóstoles actúen con violencia contra ellos, tanto de manera física como verbal. La prepotencia y arrogancia de los falsos apóstoles se muestra en todo su esplendor mientras humillan y denigran a sus seguidores. Desde el desprecio de sus ofrendas, los gritos y los golpes pueden ser vistos entre quienes han llegado a este límite de opresión espiritual.

A lo largo de toda esta escalera es posible salir de esta falsa religiosidad que, de hecho, se convierte en idolatría del falso maestro. En todo momento podemos liberarnos de estas ataduras. Todas aquella maldiciones con que los creyentes son amenazados son meros ardides puestos para manipular. No permitamos que los ministros de Satanás tomen el lugar de Jesucristo y nos terminen llevando hacia un camino de dolor y falsedad. Salgamos en cuanto podamos y volvamos nuestros ojos al Dios único y verdadero, el Dios de amor y de libertad.   

La oración que honra a Dios

La oración que nos enseñó Jesús es un modelo que debe ser aplicado no sólo a nuestras oraciones cotidianas sino que además debe ser meditado y vivido cada día de nuestras vidas. Jesús en esta oración compendia, de hecho, el mensaje del Reino de Dios. El nos muestro que desear, a qué aspirar y sobre qué cimentar nuestro crecimiento espiritual. La oración del Padre Nuestro no sólo nos invita a la repetición sin reflexión sino a la meditación profunda de cada una de las ideas allí presentes.

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Podemos ver que la introducción tiene ya algunas ideas relevantes acerca de cómo debemos orar. Así por ejemplo, nos plantea la necesidad de despojarnos de todo tipo de egoísmo al momento de acercarnos a Dios en oración. Es, de hecho, una contradicción de términos pretender humillarnos a Dios como nuestro Señor y dador de todo y a la vez centrar la oración en nosotros mismos. Hacemos de Dios un mero instrumento para la satisfacción de nuestros deseos.

La oración tiene como objetivo primordial ayudarnos a recordar nuestra dependencia de Dios. Más importante que la consecución de aquello que pidamos, es que aprendamos a vivir en dependencia de Dios y que por medio de ello reconozcamos nuestra debilidad y su amor.

La oración centrada en pedir, o peor aún, en declarar, reclamar o exigir a Dios algo, adolece de arrogancia y prepotencia ante Dios. No logra lo más valioso de la oración, de hecho, usa un instrumento de Dios para llevarnos al pecado. Como en su tiempo la ley fue usada por el pecado para llevarnos a pecar aún más, en el caso de la oración, si esta es controlada por el egoísmo y la ambición, es hacer uso de la bendición y la gracia para el pecado.

El fariseo al que menciona Jesús en su ejemplificación, no le importa tanto fortalecer su relación con Dios como el recibir la alabanza de sus hermanos. Cuando la oración se la vincula con las “bendiciones” materiales, conseguimos caer en el juego del fariseo. Anhelamos orar y deseamos perseverar en la oración, no tanto por establecer nuestra comunión con Dios tanto como por el deseo de conseguir bienes o bendiciones con los cuales alardear ante nuestros hermanos.

La misma preocupación muestra la segunda parte de la introducción al Padre Nuestro. Jesús habla de aquellos que hacen vanas repeticiones pensando que así conseguirán el favor de Dios. Hoy en día se ve personas que, quizás no hagan repeticiones, pero que lloran, gritan u ofrendan con el objetivo de persuadir a Dios de que ellos son más merecedores de la “bendición”. Jesús es drástico en este aspecto: así oran los idólatras. Lastimosamente, la iglesia de Cristo, cuando en sus oraciones añade elementos que tienen como único objetivo “torcer el brazo” a Dios, están cayendo en la misma idolatría que Jesús condenaba.

Clamor

La oración no es tanto para pedir, pues, Dios ya sabe de qué tenemos necesidad antes de que se lo pidamos. La oración tiene por propósito acercarnos más a Dios y desprendernos del egoísmo y la ambición. La oración efectiva no es tanto aquella que consigue algo de Dios como aquella que me une más a Él. Oremos sin cesar a Dios y, en nuestras oraciones, busquemos que nuestro corazón se rinda cada vez más a Dios.

El Sembrador y la semilla

–Oíd: El sembrador salió a sembrar; y, al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y se la comieron. Otra parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra, y brotó pronto, porque la tierra no era profunda; pero cuando salió el sol se quemó, y como no tenía raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó, creció y produjo a treinta, a sesenta y a ciento por uno. Entonces añadió: –El que tiene oídos para oir, oiga.

Lo que más nos llama la atención de la parábola es la manera tan desmedida en que el sembrador deja caer la semilla. No pareciera importarle el desperdicio que pueda suponer que su semilla caiga entre espinos, sobre la piedra o en el camino. Lo que habitualmente puede ser entendido como una falta de optimización de los recursos, tratándose de la semilla del Reino de Dios, es en realidad su más valioso aprovechamiento. El interés del sembrador, que en este caso es Jesucristo mismo, no es que la semilla caiga únicamente en la tierra buena. Es consciente de que su labor es lograr que la semilla del Reino de Dios llegue a todos los campos y sea regada en todos los suelos posibles. No está en ese momento tan interesado en ver qué terreno es bueno y cual no lo es. Sólo está interesado en que la semilla llegue a todos los que se pueda.

De hecho en su mismo ministerio Jesús nos muestra esta actitud pues no le importó visitar a publicanos, predicar a leprosos (que eran considerados inmundos y pecadores) ni ser considerado amigo de publicanos y pecadores con tal de sembrar la semilla. Cuando tuvo oportunidad sembró también la semilla entre escribas y fariseos.

Sembrador y la semilla

Al discípulo de Cristo le queda la misma responsabilidad. No escatimar la semilla a los que suponemos indignos de ella o a incapaces de aceptarla. Simplemente debemos seguir compartiéndola como hizo el maestro a todos cuantos podamos darla.

Paulatinamente vamos viendo que el centro de la parábola se halla justamente en la semilla más que en los terrenos. Si bien es cierto que un terreno preparado para la semilla es valioso para que la semilla pueda crecer, si nos enfocamos en aquellos campos que suponemos más dispuestos a la escucha de la Palabra lo más probable es que desaprovechemos muchas oportunidades de llegar a terrenos fértiles para la Palabra que en apariencia no lo estaban.

La semilla es justamente el anuncio del Reino de Dios. Es aquella semilla que es tan pequeña pero que una vez se siembra llega a ser uno de los árboles más grandes, capaz de dar sombra a muchos. Esa semilla por ser tal no sólo que es capaz de dar dicho fruto, sino que incluso es capaz de transformar los terrenos áridos u agrestes en terrenos fértiles. De hecho la iglesia primitiva lo entendía así. Juan Crisóstomo un predicador del siglo tercero lo dice de este modo:

Pero no se pierde la mayor parte de la semilla por causa del que siembra, sino de la tierra que la recibe, esto es, del hombre que la oye. Ciertamente que sería culpable el labrador que procediera así, no ignorando lo que es piedra, camino, espinas y tierra fértil; pero no es lo mismo en lo tocante al espíritu, porque de la piedra puede hacerse tierra fértil, y puede conservarse el camino y destruirse las espinas. Si así no fuera, no hubiera sembrado allí, y haciéndolo nos da la esperanza del arrepentimiento.”Y decíales: Quien tiene oídos para oír escuche”. (Juan Crisóstomo)

De hecho, es algo que nos lleva a reflexionar sobre la necesidad de insistir en sembrar la semilla en esos terrenos aparentemente baldíos y que recurrentemente han demostrado ser inútiles para permitir que el fruto del evangelio germine. Que no haya dado fruto no significa que deba dejar de sembrar la semilla del evangelio. Nuestra labor, como sembradores, es seguir sembrándola aún cuando dicha semilla no dé insistentemente frutos visibles. No sabemos si a lo mejor en lo oculto, la semilla está perforando la piedra y preparando el terreno para crecer.

A parte de esto, Jesús nos hace ver con su parábola la serie de dificultades que debe soportar la semilla antes de germinar. Tanto las aves que se la llevan como el pedregal y los espinos son esos múltiples obstáculos que debe afrontar la semilla antes de encontrar el terreno propicio para la siembra. De hecho, las tres cuartas partes de la semilla han sido “aparentemente” desperdiciadas antes de llegar al terreno fértil. No obstante, no supone el texto que sea una pérdida pues cuando por fin alcanza un terreno fértil, su fruto compensa abundantemente la pérdida anterior. Si por cada semilla que dio fruto hemos desperdiciado otras tres en malos terrenos, la semilla que dio con buen terreno ha dado, no sólo el triple de fruto sino treinta veces más, sesenta veces más y aún cien veces más. La pequeña semilla del Reino produce en tan grande abundancia que amerita probarla en todos los suelos posibles.

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Lo siguiente que vemos es que el sembrador ninguna angustia manifiesta por la semilla que no ha dado fruto. Reconoce que su labor es la de esparcir la semilla, no la de hacerla crecer ¿Esto significa que no debo discipular sino sólo evangelizar? No, significa que debo compartir el evangelio más no afanarme porque la semilla crezca en el terreno de mi elección. A su tiempo y conforme a la fuerza misma de la semilla, esta dará fruto. Cuando lo haga, deberé volver empezar a cuidar de aquel fruto.

De hecho, sólo un par de versículos más adelante Jesús hace otra comparación entre el Reino de Dios y la semilla (Mar 4: 26-29). Cuando se la echa, dice Jesús, no importa si el sembrador está atento o no, si duerme o hace vigilia por ella, la semilla de sí mismo crece y se fortalece. Cuando es el tiempo, el sembrador sólo tiene que recoger el fruto de la siembra. Es por ello que Pablo podrá decir luego que no depende del que siembra ni del que riega sino de Dios que da el crecimiento.

Así pues, la labor a la que nos encontramos comprometidos con nuestro maestro, no es la de persuadir a la gente para que ingrese a la iglesia, sino la de compartir de Cristo a todos los más que podamos. Dar nuestro testimonio de vida o anunciar directamente el mensaje de salvación a todos cuantos podamos. Ante la pregunta y ¿qué si ya he compartido y no la han recibido? No importa. Debo seguir sembrando. Es curioso ver que el relato alude que el sembrador vez tras vez hace lo mismo. Sale a sembrar y esparce la semilla por donde va. Nos hace incluso atrevernos a suponer que el sembrador está convencido que algún momento la piedra puede volverse tierra fértil, el camino hacerse campo de arado y los espinos secarse para dar lugar a la semilla. No importa cuántas veces hayamos compartido ya la Palabra. Debo seguir compartiéndola.

Evidentemente, no es lo mismo lanzar la semilla que intentar picar la piedra para tratar de incrustarla. No podemos ni debemos forzar a las personas hasta el punto de hastiarlos ante la Palabra. Pero sí podemos y debemos seguir dando testimonio, compartiendo lo que Dios sigue haciendo en nosotros y de ser posible, compartiendo un estudio bíblico con quienes se muestran abiertos.

La semilla, esa Palabra de Dios que no vuelve vacía, aún cuando no lo veamos, sigue haciendo su trabajo en el corazón de los hombres. Algún día, cuando menos lo esperemos, veremos el fruto de esa semilla germinar para sorpresa nuestra y para regocijo del cielo.