El Sembrador y la semilla


–Oíd: El sembrador salió a sembrar; y, al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y se la comieron. Otra parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra, y brotó pronto, porque la tierra no era profunda; pero cuando salió el sol se quemó, y como no tenía raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó, creció y produjo a treinta, a sesenta y a ciento por uno. Entonces añadió: –El que tiene oídos para oir, oiga.

Lo que más nos llama la atención de la parábola es la manera tan desmedida en que el sembrador deja caer la semilla. No pareciera importarle el desperdicio que pueda suponer que su semilla caiga entre espinos, sobre la piedra o en el camino. Lo que habitualmente puede ser entendido como una falta de optimización de los recursos, tratándose de la semilla del Reino de Dios, es en realidad su más valioso aprovechamiento. El interés del sembrador, que en este caso es Jesucristo mismo, no es que la semilla caiga únicamente en la tierra buena. Es consciente de que su labor es lograr que la semilla del Reino de Dios llegue a todos los campos y sea regada en todos los suelos posibles. No está en ese momento tan interesado en ver qué terreno es bueno y cual no lo es. Sólo está interesado en que la semilla llegue a todos los que se pueda.

De hecho en su mismo ministerio Jesús nos muestra esta actitud pues no le importó visitar a publicanos, predicar a leprosos (que eran considerados inmundos y pecadores) ni ser considerado amigo de publicanos y pecadores con tal de sembrar la semilla. Cuando tuvo oportunidad sembró también la semilla entre escribas y fariseos.

Sembrador y la semilla

Al discípulo de Cristo le queda la misma responsabilidad. No escatimar la semilla a los que suponemos indignos de ella o a incapaces de aceptarla. Simplemente debemos seguir compartiéndola como hizo el maestro a todos cuantos podamos darla.

Paulatinamente vamos viendo que el centro de la parábola se halla justamente en la semilla más que en los terrenos. Si bien es cierto que un terreno preparado para la semilla es valioso para que la semilla pueda crecer, si nos enfocamos en aquellos campos que suponemos más dispuestos a la escucha de la Palabra lo más probable es que desaprovechemos muchas oportunidades de llegar a terrenos fértiles para la Palabra que en apariencia no lo estaban.

La semilla es justamente el anuncio del Reino de Dios. Es aquella semilla que es tan pequeña pero que una vez se siembra llega a ser uno de los árboles más grandes, capaz de dar sombra a muchos. Esa semilla por ser tal no sólo que es capaz de dar dicho fruto, sino que incluso es capaz de transformar los terrenos áridos u agrestes en terrenos fértiles. De hecho la iglesia primitiva lo entendía así. Juan Crisóstomo un predicador del siglo tercero lo dice de este modo:

Pero no se pierde la mayor parte de la semilla por causa del que siembra, sino de la tierra que la recibe, esto es, del hombre que la oye. Ciertamente que sería culpable el labrador que procediera así, no ignorando lo que es piedra, camino, espinas y tierra fértil; pero no es lo mismo en lo tocante al espíritu, porque de la piedra puede hacerse tierra fértil, y puede conservarse el camino y destruirse las espinas. Si así no fuera, no hubiera sembrado allí, y haciéndolo nos da la esperanza del arrepentimiento.”Y decíales: Quien tiene oídos para oír escuche”. (Juan Crisóstomo)

De hecho, es algo que nos lleva a reflexionar sobre la necesidad de insistir en sembrar la semilla en esos terrenos aparentemente baldíos y que recurrentemente han demostrado ser inútiles para permitir que el fruto del evangelio germine. Que no haya dado fruto no significa que deba dejar de sembrar la semilla del evangelio. Nuestra labor, como sembradores, es seguir sembrándola aún cuando dicha semilla no dé insistentemente frutos visibles. No sabemos si a lo mejor en lo oculto, la semilla está perforando la piedra y preparando el terreno para crecer.

A parte de esto, Jesús nos hace ver con su parábola la serie de dificultades que debe soportar la semilla antes de germinar. Tanto las aves que se la llevan como el pedregal y los espinos son esos múltiples obstáculos que debe afrontar la semilla antes de encontrar el terreno propicio para la siembra. De hecho, las tres cuartas partes de la semilla han sido “aparentemente” desperdiciadas antes de llegar al terreno fértil. No obstante, no supone el texto que sea una pérdida pues cuando por fin alcanza un terreno fértil, su fruto compensa abundantemente la pérdida anterior. Si por cada semilla que dio fruto hemos desperdiciado otras tres en malos terrenos, la semilla que dio con buen terreno ha dado, no sólo el triple de fruto sino treinta veces más, sesenta veces más y aún cien veces más. La pequeña semilla del Reino produce en tan grande abundancia que amerita probarla en todos los suelos posibles.

Sembrador_

Lo siguiente que vemos es que el sembrador ninguna angustia manifiesta por la semilla que no ha dado fruto. Reconoce que su labor es la de esparcir la semilla, no la de hacerla crecer ¿Esto significa que no debo discipular sino sólo evangelizar? No, significa que debo compartir el evangelio más no afanarme porque la semilla crezca en el terreno de mi elección. A su tiempo y conforme a la fuerza misma de la semilla, esta dará fruto. Cuando lo haga, deberé volver empezar a cuidar de aquel fruto.

De hecho, sólo un par de versículos más adelante Jesús hace otra comparación entre el Reino de Dios y la semilla (Mar 4: 26-29). Cuando se la echa, dice Jesús, no importa si el sembrador está atento o no, si duerme o hace vigilia por ella, la semilla de sí mismo crece y se fortalece. Cuando es el tiempo, el sembrador sólo tiene que recoger el fruto de la siembra. Es por ello que Pablo podrá decir luego que no depende del que siembra ni del que riega sino de Dios que da el crecimiento.

Así pues, la labor a la que nos encontramos comprometidos con nuestro maestro, no es la de persuadir a la gente para que ingrese a la iglesia, sino la de compartir de Cristo a todos los más que podamos. Dar nuestro testimonio de vida o anunciar directamente el mensaje de salvación a todos cuantos podamos. Ante la pregunta y ¿qué si ya he compartido y no la han recibido? No importa. Debo seguir sembrando. Es curioso ver que el relato alude que el sembrador vez tras vez hace lo mismo. Sale a sembrar y esparce la semilla por donde va. Nos hace incluso atrevernos a suponer que el sembrador está convencido que algún momento la piedra puede volverse tierra fértil, el camino hacerse campo de arado y los espinos secarse para dar lugar a la semilla. No importa cuántas veces hayamos compartido ya la Palabra. Debo seguir compartiéndola.

Evidentemente, no es lo mismo lanzar la semilla que intentar picar la piedra para tratar de incrustarla. No podemos ni debemos forzar a las personas hasta el punto de hastiarlos ante la Palabra. Pero sí podemos y debemos seguir dando testimonio, compartiendo lo que Dios sigue haciendo en nosotros y de ser posible, compartiendo un estudio bíblico con quienes se muestran abiertos.

La semilla, esa Palabra de Dios que no vuelve vacía, aún cuando no lo veamos, sigue haciendo su trabajo en el corazón de los hombres. Algún día, cuando menos lo esperemos, veremos el fruto de esa semilla germinar para sorpresa nuestra y para regocijo del cielo.

Un comentario en “El Sembrador y la semilla

  1. la Palabra de Dios nos habla justo en los momentos en q necesitamos de ella! gracias a Dios por esta reflexión que hoy mismo me sirvió de mucho

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s