Liderazgo de servicio

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El valor del liderazgo ha sido insistentemente recalcado por diversos escritores de corte motivacional. La idea central es aprender a ser un buen líder para de esta manera lograr el mejor impacto para la organización que se dirige.

Muy a menudo, el liderazgo ha sido definido como la capacidad de influir sobre los demás. De allí, muchas de las herramientas que se suelen aprovechar para el liderazgo tienen que ver mucho con la manipulación. Las habilidades de hacer que las personas hagan lo que no quieren hacer por medio de coerciones de diversos tipos.

A menudo el liderazgo, visto desde esta perspectiva, está relacionado con el modelo carismático, es decir con cierto tipo de cualidades que se vuelven atractivas a las personas desde el primer momento en que se las conoce. El líder carismático parece imponerse a los demás desde su entrada en cualquier salón. Una sonrisa, una voz gruesa y un par de palabras dichas con mucha confianza parecen describir al líder carismático.

Lo cierto es que en general, el líder carismático, al decir de Jim Collins, se fundamenta generalmente “en un ego de proporciones colosales”. Es precisamente su ego el que hace que la organización pierda relevancia en las prioridades que tiene a largo plazo. La organización ha de crecer sólo en la medida en que lo haga lucir, y cuando la misma se vuelva un obstáculo, deberá mermar en función de sus propios intereses.

Al tipo de líderes centrados en sí mismos y que buscan solamente el estrellato Robert Greenleaf contrapone el servidor líder, aquel que está más enfocado entender el liderazgo como un servicio hacia la organización. De hecho establece una muestra de la efectividad de este tipo de liderazgo en los siguientes parámetros: “¿Están aquellos a quienes servimos creciendo como personas; están haciéndose más saludables, más sabios, más libres, más independientes; están más cerca de convertirse ellos mismos en servidores?”

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El liderazgo que parte del servicio y que entiende su labor como una responsabilidad a ser evaluada constantemente por aquellos a quienes se dirige entra en el ámbito de “una extraordinaria humildad personal y una firme voluntad profesional” que destaca Collins en los líderes de nivel cinco (los que él considera del máximo nivel de liderazgo).

El liderazgo lejos de ser entendido como la capacidad de acumular poder a 360 grados y ejercerlo sobre nuestros subalternos y demás personal, es la capacidad de poner al servicio de la organización todas nuestras capacidades de dirección e impulso y aun entonces considerar sinceramente que sólo estamos haciendo nuestro trabajo.

De hecho, este es el tipo de liderazgo que el texto bíblico enseña. El que quiera ser el primero en medio de vosotros tiene que ser como el que sirve, decía Jesús. El mismo apóstol Pablo es consciente de que la carga por todas las iglesias de Cristo se agolpa sobre él y sin embargo, se considera como un aborto de apóstol, como la escoria del mundo en tanto ejecutor de sus responsabilidades.

Si algo vemos en la iglesia en la actualidad es que el modelo de liderazgo enfocado en el ego de las personas se ha introducido en muchas congregaciones y en muchas denominaciones. Se ve el pastorado como una labor enfocada en la captación de poder y se busca ejercer dicho poder sobre los feligreses. Los nuevos modelos apostólicos se sustentan, de igual manera, en la idea de captación de poder. Grandes pirámides de autoridad y poder que exaltan el ego de quienes se dejan seducir por ellas.

De todos modos, queda latente la advertencia de Robert Greenleaf al final de su libro. El problema no está en aquellos líderes no-servidores, egocéntricos sino en que quienes pudiesen ser líderes-servidores no están asumiendo su responsabilidad.

“Demasiadas personas se contentan con ser críticos y expertos. Hay demasiado movimiento circular de parte de los intelectuales, demasiado retirarse dentro la ‘investigación’, demasiada poca preparación para y disposición de acometer la dura y arriesgada faena de construir mejores instituciones en un mundo imperfecto…”

Muchos de quienes poseen las cualidades adecuadas para un liderazgo de servicio se alejan a los ámbitos intelectuales en lugar de acometer con humildad y decisión la tarea de guiar adecuadamente a la organización.

“En conclusión, los enemigos son aquellos fuertes servidores naturales que tienen el potencial necesario para guiar, pero que se niegan a hacerlo”. A manera de ejemplo nos recuerda el autor que un organismo sano, no lo es aquel que recibe mayores cantidades de antivirales sino aquel que ha logrado desarrollar adecuadas fuerzas internas constructoras de salud desde el interior. Una generación de líderes-servidores es necesaria en la hora actual de la iglesia.

Bibliografía

GREENLEAF, Robert. El Servidor como líder. Newton Centre: The Robert K Greenleaf Center. 1988.

COLLINS, Jim. Empresas que sobresalen. Bogotá: Editorial Norma. 2001

Tres hábitos que pueden mejorar nuestro matrimonio

Muy a menudo las discusiones en el matrimonio terminan en terribles conflictos que no parecen tener fin. Quienes hablan, lo hacen desde sus propias necesidades y preocupaciones pero por lo general parecen sentir que no están siendo escuchados, que están “hablando con las paredes” o que simplemente se encuentran con seres tan egoístas que no son capaces de ver más allá de sus propios intereses.

Todas estas maneras de ver la situación parten de un paulatino alejamiento de los cónyuges desde una cercanía absoluta en su noviazgo hasta un aislamiento radical que impide todo tipo de diálogo.

Si bien es cierto que una relación no puede construirse con una sola persona, es decir, que toda relación de pareja requiere del esfuerzo de ambos para poder desarrollar un vínculo saludable, también lo es el hecho de que cada miembro de la pareja puede aportar de su parte para la resolución de los conflictos sin esperar que el otro dé el primer paso.

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Hay tres aspectos que deben considerarse para poder llevar adelante una adecuada conversación, e incluso un sana discusión. Estos elementos son:

  1. Escuchar con atención. Muy a menudo el diálogo en la pareja se corta debido a que ninguno de los dos está dispuesto a escuchar al otro. Ambos están buscando en las palabras e ideas de la pareja aquellas que puedan ser útiles para refutar lo que está diciendo. A la larga, la discusión no soluciona los problemas sino que los agrava pues, al que los reunió para el conflicto se añaden nuevos problemas fruto de la mala comprensión del otro. Escuchar con atención es evitar buscar el error en lo que la otra persona está diciendo, es decir, con una buena escucha evitamos estar pensando en cómo refutaremos a nuestra pareja mientras ella está todavía hablando. Tal vez la conversación se ralentice debido a que cada uno escucha primero para luego analizar lo dicho y entonces hablar luego, pero aquella conversación será más fructífera. Una manera muy adecuada de escuchar con atención es realizar una retroalimentación de lo escuchado cada cierto tiempo. Con frases como: “lo que tú estás queriendo decir es…” o “lo que entiendo de lo que me has dicho es…” con este tipo de frases y la exposición en nuestras palabras de lo que hemos comprendido de nuestra pareja podremos entender de mejor manera lo que nos está exponiendo.
  2. Hablar con precisión. Es muy frecuente que en el momento de la rabia y la indignación empecemos a hablar sin razonar adecuadamente las palabras que decimos. Esto hace que nuestras frases suenen incoherente y confusas. Si el problema de por sí era delicado, la rabia con que son dichas cosas sin sentido añade más leña al fuego. Cuando vayas a discutir, lo más adecuado es dejar de la ira para poder coordinar adecuadamente las ideas que queremos exponer a nuestra pareja. De este modo podremos ser mejor comprendidos y evitaremos el rechazo que viene de la frustración de no entender lo que estamos diciendo.
  3. Evitar las presuposiciones. En ocasiones nos enojamos como producto de lo que nos imaginamos que nuestra pareja hará o dejará de hacer. No sabemos si se cumplirá nuestra predicción, pero por si acaso, nos enojamos. En ocasiones incluso el problema va más allá pues, podemos suponer que nuestra pareja se enojará y ante el hecho de que no se enoje, buscamos la manera de que se enoje para entonces decir: Allí está, tal como me lo imaginé. Debemos librar nuestra mente de ese tipo de presuposiciones y con sabiduría tratar los problemas reales, no los que nos imaginamos; las actitudes negativas que tenemos, no las que suponemos que podrían existir.

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Con estas tres recomendaciones poniéndolas en práctica en nuestras conversaciones y discusiones podemos lograr que las mismas sean más fructíferas trayendo el resultado del mejoramiento de nuestra relación matrimonial y nuestro estilo de vida.

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