El ataque al Capitolio y la iglesia evangélica


Desde las elecciones del año pasado en Estados Unidos se viene dando un conflicto político bastante intenso alrededor de los resultados que daban como ganador al demócrata Joe Biden. A través de redes sociales y por medio de demandas judiciales el presidente saliente ha insistido en que ha habido fraude en las elecciones.

Uno tras otro los reclamos del círculo íntimo de Trump han sido desvirtuados y de manera insistente se ha alegado que no hay evidencias del manejo fraudulento que alega Trump. En el seno del partido Republicano las voces se dividen entre quienes defienden los postulados del presidente y quienes lo rechazan.

En América Latina, donde estamos acostumbrados a este tipo de alegatos, quizás nos sorprenda algo en particular: quien alega fraude es el mismo presidente cuando en nuestras naciones siempre es la oposición la que aduce haber encontrado pruebas de la trampa existente en las elecciones.

La razón de esta diferencia se da básicamente debido a la independencia de poderes existente en el sistema de gobierno norteamericano. Si bien el presidente de turno puede -como efectivamente lo ha hecho Trump- colocar coidearios en los diferentes estamentos de gobierno, el sistema político se encarga de minimizar el impacto que estos tienen en la toma de decisiones de cada sector.

No debería extrañarnos, pues, que el presidente Donald Trump tenga que imponer demandas legales a quienes considera no hicieron bien su trabajo cuando en nuestros países, los gobernantes de turno a menudo simplemente despiden o “mandan a despedir” a los rebeldes que no cumplen con su voluntad.

Pero todo este dilema político ¿de qué manera afecta a la iglesia evangélica?  

La iglesia evangélica no ha tenido mayor presencia política en la historia norteamericana hasta finales de los años 70’s. La razón de esto es que la iglesia que surge en Norteamérica es el resultado de creyentes que huyen de las persecuciones que se dan en Inglaterra producto de la unión entre el Estado y la Iglesia. Valga recordar que la Iglesia Anglicana tiene como cabeza al rey de Inglaterra. A lo largo de los siglos, las disputas en el palacio de gobierno trajeron como resultado persecuciones a los creyentes, sean católicos o protestantes, dependiendo de quién se encontraba en el gobierno.

Al huir hacia Norteamérica los primeros peregrinos quieren que esta nueva tierra sea una donde cada uno tenga libertad de expresar sus convicciones religiosas sin ser coaccionados por el gobierno. Es así como las iglesias, lejos de instruir a los feligreses acerca de quien debe o no debe ser presidente, les enseñan a ser buenos ciudadanos.

A inicios del siglo XX se empieza a desarrollar una corriente del protestantismo que se autodefine como fundamentalismo debido a que considera que hay fundamentos inapelables de la fe cristiana, los mismos que deben ser defendidos a capa y espada. Esto se da debido a la creciente inserción de ideas científicas que parecen contradecir a la Biblia en las escuelas norteamericanas -como por ejemplo el caso Scopes, juicio en el que un profesor escolar enseñó aspectos de la teoría de la evolución a sus alumnos y fue llevado a juicio por la liga antievolucionismo-.

La derecha cristiana (nombre que se da al sector político del fundamentalismo) se ira fortaleciendo a lo largo de las décadas hasta que, a finales de los setenta se consolida en un brazo fuerte del partido republicano y pocos años más tarde lleva a la casa blanca a Ronald Reagan.

A partir de este momento, la inserción de los evangélicos en la política no hará sino crecer con cada elección. Cabe reconocer que antes de este conflicto muchos protestantes eran demócratas en su visión política pues no hallaban contradicción entre los planteamientos políticos de este partido y su fe. La clave estaba en la idea fundamental que definía las relaciones entre Iglesia y Estado en su visión del mundo.

La elección de Donald Trump tiene como eje de campaña las demandas de la derecha cristiana y es esta la que lo lleva al poder. Su discurso enardecido contra las políticas demócratas y sus invectivas contra la izquierda hacen que gane el respaldo popular.

Aun cuando su estilo de vida no tiene relación con la fe que dice profesar, la derecha cristiana le da todo su respaldo durante todo su mandato. En cierto modo, era mayor el temor a la izquierda que la realidad de las políticas que desarrollaba. Evidentemente, cumplió con algunas de sus propuestas de campaña y eso le atrajo mayor fidelidad de parte de sus seguidores, no obstante, la polarización política se va agrandando con el tiempo como fruto de su discurso enardecido.

La iglesia evangélica vuelve a darle su voto en las elecciones de 2020 considerando el peligro de la izquierda atea y comunista, tal como la derecha la visualiza a menudo. De todos modos, de acuerdo con los datos oficiales, los demócratas se hacen con las elecciones. El presidente declara fraude y sus seguidores lo apoyan y entre ellos muchos evangélicos.

El momento de quiebre se da días atrás cuando un grupo de simpatizantes de Trump ingresa al capitolio de manera fraudulenta. Los mensajes de Trump dados por la mañana son considerados responsables de este ingreso y debe emitir un comunicado solicitando mesura a sus seguidores. Frente a este evento muchos líderes evangélicos toman distancia de quien por mucho tiempo apoyaron y se sienten perplejos de lo que consideran ajeno a lo que era sus intenciones.

La democracia se sostiene sobre la base del respeto a que piensa diferente y la disposición a ceder cuando se ha perdido justamente en la palestra. Sin embargo, desde sus inicios en Grecia se sabe que la democracia puede pervertirse y convertirse en un espacio de manipulaciones y juegos abusivos de poder. La principal enfermedad de la democracia es la demagogia que se manifiesta como la búsqueda del poder a través de mentiras, incitación al odio y aprovechamiento de los miedos populares. Cuando un demagogo aparece, las polarizaciones son evidentes, los miedos son agudizados y las mentiras o fake news son pan de cada día.

La demagogia puede presentarse tanto en la derecha como en la izquierda, pero ambos casos, su surgimiento da como resultado el envenenamiento de la política e incluso la destrucción de la democracia.

La iglesia evangélica ha entrado hace algún tiempo en los problemas de la política y se ha adherido en múltiples ocasiones a demagogos que la usan como una plataforma desde la cual atraer seguidores. Las consecuencias siempre han sido funestas. Ahora no ha sido la excepción. Trump ha usado a la iglesia evangélica para sus propios intereses y le ha devuelto en pago algunas de las normas que la iglesia quería sólo con miras a la reelección, no obstante, ahora se hace evidente las consecuencias de esta asociación en la vinculación a una serie de actos contrarios al evangelio.

La iglesia protestante de Norteamérica supo por décadas mantener su independencia de la política y supo denunciar apropiadamente las políticas contrarias a su fe desde su distanciamiento político. Esto le atrajo respetabilidad y relevancia en las discusiones de su contexto social. Hoy, cuando un demagogo cae irremediablemente, con él va cayendo también la iglesia. Es necesario que la iglesia reconozca que su labor es profética y no monárquica. Su responsabilidad es la de anunciar el evangelio del Reino de Dios y con este anuncio denunciar los pecados de la humanidad. Su responsabilidad no es cogobernar con los poderes de este mundo, sean estos de derecha o de izquierda de centro o anárquicos. La iglesia anuncia a Jesucristo y en él denuncia la impiedad de este mundo. Jesucristo no vino como emperador a imponer la ética del reino, vino como pregonero y heraldo a anunciar esta ética y dejar que quienes quieran seguirlo lo hagan. Es a este modelo a donde debemos volver.

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