El creyente frente a las protestas sociales


Un panorama de la situación

Se cumple ya una semana del inicio de las protestas de diferentes sectores populares pero cuyo grupo más representativo es la CONAIE. Cuando miramos las noticias o si vemos los reportes que se transmiten por redes sociales vemos como la protesta va escalando paulatinamente en niveles de violencia y agresividad. Esto produce en la mayoría de los ecuatorianos inquietud y zozobra.

Las inquietudes presentadas por los dirigentes indígenas al gobierno están resumidas en 10 puntos específicos que buscan expresar el descontento con la situación económica que se vive en el país. Por su parte, el gobierno ha llamado insistentemente al diálogo a los dirigentes de la CONAIE sin obtener resultados positivos. De parte del dirigente principal de las nacionalidades indígenas la premisa es una: que se acepte los diez puntos propuestos o el paro continua.

Del lado del gobierno se han presentado algunas propuestas de ayuda a los más necesitados con el fin de expresarse abierto y sensible a la situación económica que se está viviendo, pero este esfuerzo no ha tenido ningún éxito.

En ciertos comunicados y diálogos que se puede escuchar en las redes sociales, se ve que la intención final de la protesta social es derrocar al presidente. Si bien esto es algo que se dice puertas adentro y no se lo proclama abiertamente, la negativa a sentarse a la mesa de diálogo parece confirmar estas ideas.

Las denuncias de actos vandálicos siguen aumentando, los videos de actos delincuenciales se mezclan con el avance de la protesta social llegando a momentos a ser indefinible la línea divisoria. De igual manera, los reclamos y denuncias por abuso de autoridad por parte de las fuerzas policiales o el uso excesivo de la fuerza contra el pueblo que protesta pacíficamente siguen aumentando.

No cabe duda por todo lo que se ha podido observar, que la protesta no es pacifica en general ni es del todo trasparente. Se ha visto que hay intereses políticos de por medio de parte de quienes intentan aprovechar la protesta para sus propios fines. La presencia de dirigentes vinculados al correísmo entre los dirigentes indígenas o la confesión de parte de algunos entes políticos de haber aportado económicamente para dar impulso a la marcha hacen suponer que hay intereses que tratan de manipular la agenda de la protesta social y los intereses populares en favor de determinados grupos.

Por su parte, el gobierno se ha mostrado débil para afrontar algunos de los problemas más graves que afectan al país. Quizás el más evidente sea el poco o nulo éxito en la lucha contra la delincuencia o la impotencia para controlar las cárceles del país. De igual manera, el área de la salud no hace sino ir de tumbo en tumbo, haciéndose cada vez más evidente la incompetencia de las autoridades asignadas por el gobierno para el manejo de esta área.

La Asamblea Nacional tampoco ha sido un apoyo real para el presidente o para una política en favor del país, sino que más bien se ha constituido en su principal saboteador. Esto dificulta aún más buscar caminos para salir de la crisis. Si bien esto puede ser un atenuante, no se puede dejar de reconocer que el presidente sabía a lo que se metía cuando se postuló para la presidencia.

Es un hecho, pues, que nuestro país se encuentra en medio de una lucha política en la que pugnan por el poder diversos grupos que sólo están velando por sus propios intereses. Más allá de las banderas de izquierda y derecha, son los intereses personales y de grupo los que parecen aflorar en estos momentos. Y en medio de esta pugna se encuentra el pueblo ecuatoriano.

Una reflexión de la situación a la luz de la Palabra

Frente a este escenario, nuestra fe en Cristo Jesús nos demanda una respuesta sobre las acciones que deberíamos ejercer como creyentes.

La respuesta más rápida es someternos a nuestras autoridades como reza Romanos 13. Sin embargo, esto es descuidar el hecho de que el texto bíblico es más amplio que ese capítulo y que, además, aquellas palabras deben ser leídas en base al contexto en el que habla Pablo.

Una de las razones por las cuales la iglesia ha sido un títere útil en manos de diferentes movimientos políticos ha sido por el hecho de que a menudo la iglesia busca acciones simples sin mucha reflexión. Así pues, en su tiempo el nazismo embrujó a las iglesias católica y protestante con un discurso apropiado para ellas. Fue muy tarde cuando la iglesia comprendió que estaba siendo usada por aquel dictador. Sólo algunos teólogos y pastores que se unieron alrededor del sínodo de Barmen supieron mantener una postura distante de lo que era discurso absolutista. De igual manera, podemos recordar la manera en que el dictador evangélico Efraín Ríos Montt en Guatemala supo usar su fachada de “evangélico” para poder masacrar a la población. En el 2013 se le hizo un juicio por delitos de genocidio contra la población Ixil y crímenes de lesa humanidad. La iglesia, nuevamente, no supo lo que estaba pasando hasta mucho tiempo después.

La agenda de la iglesia, que a menudo consiste en dos puntos: rechazo del aborto y de la unión homosexual, termina siendo bastante conocida por los políticos como para usarla como anzuelo para las iglesias.

 Ahora pues, no es cuestión de simplemente decir que debemos someternos a las autoridades y callar los actos de negligencia que se pueden apreciar por parte del gobierno. Hace falta tener una mirada crítica respecto del gobierno. No se requiere ser subversivo para poder ser críticos ante el gobierno. Es simplemente saber cuestionar, examinar y juzgar las acciones que realizan nuestros gobernantes.

El mejor ejemplo de esta actitud la tenemos en los profetas del Antiguo Testamento, quienes supieron confrontar a sus gobernantes debido a sus pecados. Elías, por ejemplo, no fue sumiso delante de Acab, el rey de Israel, cuando este quiso hacer uso de su poder para quedarse con el terreno de uno de sus súbditos. Jeremías no fue sumiso cuando confrontó al rey Salum con estas palabras: “¡Ay del que edifica su casa sin justicia, y sus salas sin equidad, sirviéndose de su prójimo de balde, y no dándole el salario de su trabajo!”. De igual manera no vemos que haya habido sumisión de parte de Moisés al Faraón cuando decide ir a decirle que va a llevarse al pueblo de Israel de sus tierras.

Cuando el profeta Ezequiel denuncia el trato de los pastores sobre el pueblo, su mensaje es una denuncia del mal uso del poder que estaban teniendo los reyes con el pueblo de Israel. Pues, a pesar de la idea que muchos tienen, el texto de Ezequiel 34 no se refiere a los pastores de las iglesias sino a los reyes de Israel.

Finalmente, las palabras del profeta Amós cuando dice: “Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo” (Amos 5:24) son un llamado de atención a poner por encima de todo la justicia y el derecho. No podemos avalar un gobierno sólo por el hecho de que haya sido “puesto por Dios”. La denuncia de sus malos actos va de la mano con la responsabilidad del hijo de Dios con respecto a la justicia y el derecho.

Sin embargo, tampoco podemos correr ciegamente a los brazos de cualquier grupo subversivo para oponernos a los dictámenes del Estado. El creyente no está para instaurar un nuevo sistema de gobierno, sea de derecha o de izquierda. El creyente está para ser la voz que clama en el desierto: enderezad vuestras veredas.

El creyente no está para tomar partido por unos y en contra de otros. El creyente está para tomar partido por la justicia y con ella juzgar a ambos bandos. Es creyente está para mirar a través del lente del derecho bíblico y evaluar las propuestas de todos los contrincantes políticos.

El creyente no puede mirar para otro lado cuando el gobierno actúa injustamente pero tampoco puede cerrar los ojos ante los actos de injusticia que cometen los representantes de los diferentes grupos sociales en nombre del pueblo.

El creyente está llamado a tomar una cierta distancia de todos los actores sociales en nombre de la justicia de Dios para desde allí alzar la voz contra el mal que observa.

Finalmente, el creyente no debe creerse inmune a los actos de injusticia. El creyente también debe saberse presa de lo actos de injusticia en su propia vida. El creyente se debe a su comunidad para que esta le descubra sus propios pecados y se debe a Dios para que Él, por medio de Su Palabra, examine su corazón.

No somos llamados, en el prosente, a ser vistos como partidarios de Lasso o de Iza o de Correa. Nuestro corazón del pertenece a Dios y a partir de Él debemos juzgar las acciones políticas de todos los actores de la tarima pública.

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