La oración que honra a Dios

La oración que nos enseñó Jesús es un modelo que debe ser aplicado no sólo a nuestras oraciones cotidianas sino que además debe ser meditado y vivido cada día de nuestras vidas. Jesús en esta oración compendia, de hecho, el mensaje del Reino de Dios. El nos muestro que desear, a qué aspirar y sobre qué cimentar nuestro crecimiento espiritual. La oración del Padre Nuestro no sólo nos invita a la repetición sin reflexión sino a la meditación profunda de cada una de las ideas allí presentes.

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Podemos ver que la introducción tiene ya algunas ideas relevantes acerca de cómo debemos orar. Así por ejemplo, nos plantea la necesidad de despojarnos de todo tipo de egoísmo al momento de acercarnos a Dios en oración. Es, de hecho, una contradicción de términos pretender humillarnos a Dios como nuestro Señor y dador de todo y a la vez centrar la oración en nosotros mismos. Hacemos de Dios un mero instrumento para la satisfacción de nuestros deseos.

La oración tiene como objetivo primordial ayudarnos a recordar nuestra dependencia de Dios. Más importante que la consecución de aquello que pidamos, es que aprendamos a vivir en dependencia de Dios y que por medio de ello reconozcamos nuestra debilidad y su amor.

La oración centrada en pedir, o peor aún, en declarar, reclamar o exigir a Dios algo, adolece de arrogancia y prepotencia ante Dios. No logra lo más valioso de la oración, de hecho, usa un instrumento de Dios para llevarnos al pecado. Como en su tiempo la ley fue usada por el pecado para llevarnos a pecar aún más, en el caso de la oración, si esta es controlada por el egoísmo y la ambición, es hacer uso de la bendición y la gracia para el pecado.

El fariseo al que menciona Jesús en su ejemplificación, no le importa tanto fortalecer su relación con Dios como el recibir la alabanza de sus hermanos. Cuando la oración se la vincula con las “bendiciones” materiales, conseguimos caer en el juego del fariseo. Anhelamos orar y deseamos perseverar en la oración, no tanto por establecer nuestra comunión con Dios tanto como por el deseo de conseguir bienes o bendiciones con los cuales alardear ante nuestros hermanos.

La misma preocupación muestra la segunda parte de la introducción al Padre Nuestro. Jesús habla de aquellos que hacen vanas repeticiones pensando que así conseguirán el favor de Dios. Hoy en día se ve personas que, quizás no hagan repeticiones, pero que lloran, gritan u ofrendan con el objetivo de persuadir a Dios de que ellos son más merecedores de la “bendición”. Jesús es drástico en este aspecto: así oran los idólatras. Lastimosamente, la iglesia de Cristo, cuando en sus oraciones añade elementos que tienen como único objetivo “torcer el brazo” a Dios, están cayendo en la misma idolatría que Jesús condenaba.

Clamor

La oración no es tanto para pedir, pues, Dios ya sabe de qué tenemos necesidad antes de que se lo pidamos. La oración tiene por propósito acercarnos más a Dios y desprendernos del egoísmo y la ambición. La oración efectiva no es tanto aquella que consigue algo de Dios como aquella que me une más a Él. Oremos sin cesar a Dios y, en nuestras oraciones, busquemos que nuestro corazón se rinda cada vez más a Dios.

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El Sembrador y la semilla

–Oíd: El sembrador salió a sembrar; y, al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y se la comieron. Otra parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra, y brotó pronto, porque la tierra no era profunda; pero cuando salió el sol se quemó, y como no tenía raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó, creció y produjo a treinta, a sesenta y a ciento por uno. Entonces añadió: –El que tiene oídos para oir, oiga.

Lo que más nos llama la atención de la parábola es la manera tan desmedida en que el sembrador deja caer la semilla. No pareciera importarle el desperdicio que pueda suponer que su semilla caiga entre espinos, sobre la piedra o en el camino. Lo que habitualmente puede ser entendido como una falta de optimización de los recursos, tratándose de la semilla del Reino de Dios, es en realidad su más valioso aprovechamiento. El interés del sembrador, que en este caso es Jesucristo mismo, no es que la semilla caiga únicamente en la tierra buena. Es consciente de que su labor es lograr que la semilla del Reino de Dios llegue a todos los campos y sea regada en todos los suelos posibles. No está en ese momento tan interesado en ver qué terreno es bueno y cual no lo es. Sólo está interesado en que la semilla llegue a todos los que se pueda.

De hecho en su mismo ministerio Jesús nos muestra esta actitud pues no le importó visitar a publicanos, predicar a leprosos (que eran considerados inmundos y pecadores) ni ser considerado amigo de publicanos y pecadores con tal de sembrar la semilla. Cuando tuvo oportunidad sembró también la semilla entre escribas y fariseos.

Sembrador y la semilla

Al discípulo de Cristo le queda la misma responsabilidad. No escatimar la semilla a los que suponemos indignos de ella o a incapaces de aceptarla. Simplemente debemos seguir compartiéndola como hizo el maestro a todos cuantos podamos darla.

Paulatinamente vamos viendo que el centro de la parábola se halla justamente en la semilla más que en los terrenos. Si bien es cierto que un terreno preparado para la semilla es valioso para que la semilla pueda crecer, si nos enfocamos en aquellos campos que suponemos más dispuestos a la escucha de la Palabra lo más probable es que desaprovechemos muchas oportunidades de llegar a terrenos fértiles para la Palabra que en apariencia no lo estaban.

La semilla es justamente el anuncio del Reino de Dios. Es aquella semilla que es tan pequeña pero que una vez se siembra llega a ser uno de los árboles más grandes, capaz de dar sombra a muchos. Esa semilla por ser tal no sólo que es capaz de dar dicho fruto, sino que incluso es capaz de transformar los terrenos áridos u agrestes en terrenos fértiles. De hecho la iglesia primitiva lo entendía así. Juan Crisóstomo un predicador del siglo tercero lo dice de este modo:

Pero no se pierde la mayor parte de la semilla por causa del que siembra, sino de la tierra que la recibe, esto es, del hombre que la oye. Ciertamente que sería culpable el labrador que procediera así, no ignorando lo que es piedra, camino, espinas y tierra fértil; pero no es lo mismo en lo tocante al espíritu, porque de la piedra puede hacerse tierra fértil, y puede conservarse el camino y destruirse las espinas. Si así no fuera, no hubiera sembrado allí, y haciéndolo nos da la esperanza del arrepentimiento.”Y decíales: Quien tiene oídos para oír escuche”. (Juan Crisóstomo)

De hecho, es algo que nos lleva a reflexionar sobre la necesidad de insistir en sembrar la semilla en esos terrenos aparentemente baldíos y que recurrentemente han demostrado ser inútiles para permitir que el fruto del evangelio germine. Que no haya dado fruto no significa que deba dejar de sembrar la semilla del evangelio. Nuestra labor, como sembradores, es seguir sembrándola aún cuando dicha semilla no dé insistentemente frutos visibles. No sabemos si a lo mejor en lo oculto, la semilla está perforando la piedra y preparando el terreno para crecer.

A parte de esto, Jesús nos hace ver con su parábola la serie de dificultades que debe soportar la semilla antes de germinar. Tanto las aves que se la llevan como el pedregal y los espinos son esos múltiples obstáculos que debe afrontar la semilla antes de encontrar el terreno propicio para la siembra. De hecho, las tres cuartas partes de la semilla han sido “aparentemente” desperdiciadas antes de llegar al terreno fértil. No obstante, no supone el texto que sea una pérdida pues cuando por fin alcanza un terreno fértil, su fruto compensa abundantemente la pérdida anterior. Si por cada semilla que dio fruto hemos desperdiciado otras tres en malos terrenos, la semilla que dio con buen terreno ha dado, no sólo el triple de fruto sino treinta veces más, sesenta veces más y aún cien veces más. La pequeña semilla del Reino produce en tan grande abundancia que amerita probarla en todos los suelos posibles.

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Lo siguiente que vemos es que el sembrador ninguna angustia manifiesta por la semilla que no ha dado fruto. Reconoce que su labor es la de esparcir la semilla, no la de hacerla crecer ¿Esto significa que no debo discipular sino sólo evangelizar? No, significa que debo compartir el evangelio más no afanarme porque la semilla crezca en el terreno de mi elección. A su tiempo y conforme a la fuerza misma de la semilla, esta dará fruto. Cuando lo haga, deberé volver empezar a cuidar de aquel fruto.

De hecho, sólo un par de versículos más adelante Jesús hace otra comparación entre el Reino de Dios y la semilla (Mar 4: 26-29). Cuando se la echa, dice Jesús, no importa si el sembrador está atento o no, si duerme o hace vigilia por ella, la semilla de sí mismo crece y se fortalece. Cuando es el tiempo, el sembrador sólo tiene que recoger el fruto de la siembra. Es por ello que Pablo podrá decir luego que no depende del que siembra ni del que riega sino de Dios que da el crecimiento.

Así pues, la labor a la que nos encontramos comprometidos con nuestro maestro, no es la de persuadir a la gente para que ingrese a la iglesia, sino la de compartir de Cristo a todos los más que podamos. Dar nuestro testimonio de vida o anunciar directamente el mensaje de salvación a todos cuantos podamos. Ante la pregunta y ¿qué si ya he compartido y no la han recibido? No importa. Debo seguir sembrando. Es curioso ver que el relato alude que el sembrador vez tras vez hace lo mismo. Sale a sembrar y esparce la semilla por donde va. Nos hace incluso atrevernos a suponer que el sembrador está convencido que algún momento la piedra puede volverse tierra fértil, el camino hacerse campo de arado y los espinos secarse para dar lugar a la semilla. No importa cuántas veces hayamos compartido ya la Palabra. Debo seguir compartiéndola.

Evidentemente, no es lo mismo lanzar la semilla que intentar picar la piedra para tratar de incrustarla. No podemos ni debemos forzar a las personas hasta el punto de hastiarlos ante la Palabra. Pero sí podemos y debemos seguir dando testimonio, compartiendo lo que Dios sigue haciendo en nosotros y de ser posible, compartiendo un estudio bíblico con quienes se muestran abiertos.

La semilla, esa Palabra de Dios que no vuelve vacía, aún cuando no lo veamos, sigue haciendo su trabajo en el corazón de los hombres. Algún día, cuando menos lo esperemos, veremos el fruto de esa semilla germinar para sorpresa nuestra y para regocijo del cielo.

Deseos y decisiones para el nuevo año

propositosEl final del año generalmente es el espacio que dedicamos a realizar una serie de promesas y establecer algunos proyectos que anhelamos cumplir el siguiente año. Muchos de aquellos planes que nos habíamos propuesto el año anterior se quedaron en el camino no llegando a ser más que anhelos bondadosos o deseos piadosos que duraron muy poco.

Para muchos la frustración por los planes propuestos y la facilidad con que los mismos se deshacen, los lleva a cierto cinismo o incredulidad antes la propuesta de nuevos planes para el año que empieza. Hay quienes suponen que el próximo año será igual y que nosotros no cambiaremos en nada, por lo cual afanarnos en hacer una lista de promesas y deseos para el próximo año parece hasta un poco tonto.

Otros cuantos, no obstante no pierden las esperanzas y deciden volver a realizar su serie de promesas y proyectos para el año nuevo. Son muchas las cosas negativas que se quiere dejar del año que acaba y son muchas las metas que se pretende alcanzar en el año que empieza. Sin embargo, hay algo que es importante advertir si realmente queremos que nuestros proyectos para el nuevo año se cumplan. Es sobre aquello que necesitamos para cumplir con nuestros proyectos del nuevo año sobre lo que queremos reflexionar en este momento.

Lo cierto es que las lecciones que saquemos del texto bíblico respecto de la implementación de nuestros proyectos para el nuevo año, sirven, como podremos ir viendo paulatinamente, para cualquier proyecto que nos propongamos.

Para poder reflexionar sobre la manera de poner en marchas nuestros planes y propósitos podemos dar una breve lectura del texto de Daniel 1:1-21. En dicho texto encontramos la puesta marcha de un plan que el personaje principal junto con sus tres amigos.

Se trata de cuatro jóvenes israelitas que van a parar, luego de la destrucción de su ciudad, a la corte del reino enemigo. Allí, se les ubica con otros tantos cautivos y se les dispone a realizar una especie de inducción, es decir, un proceso de asimilación de la cultura y costumbres del pueblo conquistador. Es justamente en este proceso que surge el propósito que tienen los jóvenes, Daniel 1:8 dice: Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey…

Frente a las circunstancias que se hallan afrontando los cuatro jóvenes, Daniel como líder toma la decisión y marca el objetivo del grupo: Mantenerse apartados de las comilonas del rey y sus súbditos. Es allí donde ya Daniel nos da una lección: marcar el objetivo.

Primer paso: Marcar el objetivo

?????????????????La razón por la cual muchos de nuestros planes fracasan es porque primeramente no tenemos claro el objetivo que nos proponemos realizar. Hay quienes se casan y como pareja no tienen claro el objetivo de su matrimonio. Hay quienes ingresan a la universidad sin saber exactamente por qué o para qué. Otro error que podemos cometer es no mantener en nuestra mente y en nuestro corazón el propósito que nos habíamos planteado. Al cabo de uno o dos meses de encontrarnos realizando una determinada actividad, olvidamos el porqué de tal tarea. Nos entretenemos en otras labores o responsabilidad que medianamente se relacionan con lo que nos habíamos propuestos, pero que poco a poco nos van alejando de nuestro objetivo. Necesitamos tener claro nuestro objetivo, y recordarlo constantemente para que nuestro proyecto se llegue a realizar.

Segundo paso: Honrar con nuestros propósitos a Dios

Una segunda cosa que podemos apreciar en este versículo y que es de mucho valor para nosotros es que el objetivo que se plantea Daniel tiene como propósito honrar a Dios. Muchos son los planes que nos proyectamos realizar y que terminan en fracaso simplemente porque los mismos no buscaban honrar a Dios sino traer fama sobre nuestras capacidades, acumular riquezas, quedar bien con los demás o cualquier otra razón menos la gloria de Dios. Antes de poner en marcha cualquier proyecto, hagámonos la pregunta de si lo que nos estamos proponiendo honra efectivamente a Dios. De no ser así, busquemos poner en marcho algún otro proyecto que tenga a nuestro Padre celestial como el centro del mismo. Si nuestros planes nos desvían de Dios, no podemos esperar de Él ayuda para su realización. Por el contrario, Dios velará por el fracaso de nuestros planes pues estos nos alejan de su misericordia.

En varias partes del texto bíblico vemos lo importante que es dar prioridad a Dios en nuestros planes y proyectos, sin embargo, quizás el más importante de ellos sea 1 Corintios 10:31 donde dice que si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.

Antes de ilusionarnos con uno u otro plan pongamos en oración nuestros planes y propósitos y digamos: si Tú así lo quieres Señor, que así sea.

Evidentemente, esperar en la voluntad de Dios no significa atarse de pies y manos y permanecer sin hacer nada hasta que creamos haber visto en algún lado una señal de que avancemos. Debemos poner en manos de Dios nuestros planes y proyectos, y eso significa que hemos estado trabajando arduo en la preparación de aquello que traemos delante de Dios. Con ideas clara y el corazón volcado hacia Dios esperamos su aprobación.

Tercer paso: No decidir en base a nuestras emociones

Lo tercero que podemos apreciar es que el propósito de Daniel no es fruto de la emoción. Daniel ha meditado muy bien en las consecuencias así como en sus propias responsabilidades como parte del pueblo de Dios. En función de todo ello toma una determinación y la pone en marcha. En muchas ocasiones cuando nos proponemos una u otra cosa en nuestra vida, no lo hacemos meditadamente sino que muy a menudo dejamos que las emociones determinen nuestros propósitos. Ya sea la algarabía de un nuevo año, el júbilo del sueldo adquirido o incluso el temor ante lo que pudiera ser. Sea una u otra, las consecuencias de decisiones tomadas sólo en función de nuestras emociones suele ser muy comúnmente catastrófica.

Dice la Palabra de Dios que no debemos apresurarnos a hacer promesas a Dios, no sea que no podamos cumplirlas (Eclesiastes 5:4-5). El texto no tiene la intención de que nosotros, como creyentes, no hagamos promesas a Dios sino que busca que seamos sabios el momento de hacer estas promesas. Que midamos nuestras posibilidades antes de hacer nuestra promesa. De hecho, el texto no puede oponerse al compromiso pues sabemos que Dios honra a aquellos que cumplen con sus compromisos con Él. Sólo es cuestión de saber hasta qué punto debe llegar nuestro compromiso y esto lo hacemos, no con nuestras emociones sino con nuestra razón cuando es guiada por el Espíritu Santo.

Cuarto paso: Elaborar un plan

planificacionLo cuarto que vemos en Daniel es que él no simplemente ha tomado una decisión y ha esperado a ver qué sucede, Daniel ha elaborado un plan, una estrategia. Su plan consta de dos partes. La primera es persuadir al eunuco de que le permita hacer algo diferente de lo que está establecido. Sabe Daniel que esto no es tarea fácil así que le propone un tiempo de prueba para que él mismo se persuada.

La segunda parte del plan tiene que ver con la aplicación de su propósito a lo largo de los tres años que el rey a determinado para Daniel y sus amigos.

Cuando nos proponemos un propósito o cuando hacemos una promesa ante Dios, debemos analizar cuál es la manera en la que nos proponemos poner en práctica dicho proyecto. Las cosas no suceden por arte de magia. Necesitamos avanzar paulatinamente dando pasos pequeños para hacer nuestros logros grandes. Lo más seguro es que si tan sólo nos fijamos una meta a largo plazo y luego esperamos que esta se dé, con el tiempo nuestro entusiasmo se irá agotando y con él nuestros propósitos.

Cuando nuestro proyecto es establecido de tal modo que podamos cumplir con pequeñas tareas a corto plazo, como hizo Daniel quien puso su primer objetivo a 10 días, será para nosotros más fácil cumplir con dichos proyectos.

Quinto paso: Buscar apoyo

Lo quinto que vemos en Daniel es que él sostiene su plan en el apoyo de personas estratégicas que pueden ayudarlo. En este caso es el eunuco a quien Daniel hace “complice”, por decirlo de algún modo, de su plan. El eunuco ni siquiera cree en Dios, sin embargo, se halla en una posición que es muy útil para el propósito de Daniel y por ello, busca la manera de incorporarlo a su plan. Ahora, evidentemente el eunuco, por su propia vida, se opone a la realización del plan, sin embargo, Daniel busca una manera de persuadirlo de unirse a su propósito. Le ofrece algo en lo cual él no puede perder. Diez días, comparados con los tres años al cabo de los cuales el rey hará la evaluación, no son nada. De este modo, el eunuco se convence de apoyar a Daniel.

Hay muchas ocasiones en las cuales necesitaremos del apoyo de otras personas para poder poner en marcha un proyecto, y en esas circunstancias debemos buscar la manera de persuadir a cuantos sea necesario para poner en marcha nuestro proyecto.

Para poder incluir a otros en el cumplimiento de nuestros objetivos debemos buscar la manera de que ellos también ganen o, por lo menos, no pierdan. Evidentemente si conseguimos que aquellos a quienes incluimos ganen con el apoyo que nos brindan, se sentirán mucho más motivados de darnos su ayuda. En el caso del eunuco, ganaba al final al poder presentar a un grupo de siervos diez veces mejores que todos los sabios del reino. El eunuco ganaba en simpatía ante el rey.

Sexto paso: Ser perseverantes.

perseveranciaDaniel fue perseverante. Aún cuando sólo fueron diez días, es muy probable que aquellos diez primeros días estuvieron llenos de tentaciones para los cuatro del equipo, sin embargo, ellos fueron constantes y llegaron a los diez días manteniéndose en su propósito. Esto les dio la primera victoria. De todos modos, esta perseverancia tenía que darse por los próximos tres años para lograr su acometido. Así también, en nuestro caso, es muy probable que nuestros propósitos requieren de persistencia a largo plazo y por ello debemos buscar la manera de mantener el ritmo sin desfallecer.

La mejor manera para poder lograrlo, se ha podido ver en la práctica, es centrar nuestra atención en el día a día y no tanto en las dimensiones del proyecto entero. Es más fácil cumplir un día con nuestro propósito que un mes o un año. Así pues, enfoquémonos en que en el día a día cumplamos con la pequeña porción que nos hemos planteado para el cumplimiento de nuestro proyecto.

Finalmente: Dios honra a los que le honran.

Dios bendice a los que lo honran con sus planes y propósitos y así lo hizo con los cuatro muchachos que lo honraron con su decisión de abstenerse de toda comida contaminada. Los cuatro muchachos obtuvieron inteligencia, fortaleza, y buenos puestos en el Estado, sin embargo, esto no era lo que ellos se proponían, esto sólo fue la manera en que Dios decidió honrar a aquellos que lo honraron con sus propósitos.

Conclusión

No importa si los planes que tenemos en mente son para un año o para más. Pongamos en práctica estos seis pasos y podremos ver cómo el fin al que llegamos es tan honroso como lo fue para Daniel y sus compañeros.

Bendiciones.

Nuestro trabajo honra a Dios…

Contrario a lo que en ocasiones se escucha, el trabajo es una bendición de Dios. Es el medio principal escogido por Dios para que cada ser humano obtenga lo necesario para su vida. El trabajo representa en primer lugar aquello que nos asemeja a nuestro creador, pues en la Biblia, la primera imagen que tenemos de Dios lo representa trabajando. En segundo lugar podemos ver que cuando el hombre es creado por Dios, lo pone en el huerto de Edén para que lo labre. Es muy interesante el relato. En el verso cinco nos dice que en la tierra no había ni árboles ni plantas debido a que, en primer lugar, Dios no había hecho que llueva sobre la tierra (su trabajo) y, en segundo lugar, a que no había nadie que la cultivara. En el verso cinco, Dios hace su trabajo y pone al hombre para que haga el suyo.

Cabe advertir que todo esto sucede aún antes de que el hombre pecase. Es decir, en el plan de Dios el trabajo no está proyectado como un castigo contra el hombre sino como parte de la imagen y semejanza con que lo ha creado.

A lo largo del Antiguo Testamento vemos vez tras vez cómo Dios nos llama a trabajar su creación (hacer nuestra parte del trabajo) mientras el hace descender la lluvia sobre la tierra (su parte del trabajo).

La prosperidad mencionada muchas veces en el libro de los proverbios no es un llamado a dejar de lado el trabajo para esperar que Dios haga llover dólares sobre nosotros. De hecho los textos bíblicos que hablan sobre la prosperidad plantean que Dios bendecirá nuestro trabajo y no que nos bendecirá a pesar de que no trabajemos.

Hay muchos creyentes que piensan que basta con orar o diezmar para ser bendecidos/prosperados por Dios. No hace falta trabajar duro, sólo dar a la iglesia en grandes cantidades y vivir en santidad para que seamos prosperados. Nada de esto dice la Biblia. Dios ha establecido un camino para nuestra prosperidad y ese es el trabajo, no hay sustitutos por más espirituales que parezcan. Es importante diezmar y orar, pero esto no nos exime de trabajar. De hecho, tanto como honramos a Dios con nuestros diezmos y oraciones lo hacemos con nuestro trabajo diligente y es por esto que nuestro trabajo debe formar parte de nuestras disciplinas espirituales.

En el Nuevo Testamento el apóstol Pablo advierte a la iglesia de Tesalónica que debe reprender a los que no quieren hacer nada (1 Tesalonicenses 5:14) y además les dice: “Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma”(2 Tesalonicenses 3:9).

Es pues el trabajo un mandato por medio del cual damos testimonio a los no creyentes de nuestro compromiso con el Señor. Y es la pereza una una actitud que puede traer sobre nosotros la ruina. Como dice Eclesiastés 10:18 Por causa del ocio se viene abajo el techo, y por la pereza se desploma la casa.

De hecho, si bien es cierto que el amor al dinero es la raíz de todo mal (1 Timoteo 6:10), el amor al trabajo es una de las características del hombre transformado por el Espíritu Santo. Dice Efesios 4:28 “El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad”.

Pablo también da su ejemplo de esto a los tesalonicenses y se los recuerda en su carta: “no comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros; no porque no tuviésemos derecho, sino por daros nosotros mismos un ejemplo para que nos imitaseis” (2 Tesalonicenses 3:8).

Así pues, sin dejar de orar, ayunar u ofrendar, como muchos hacen, debemos poner también diligencia en el trabajar para la gloria de Dios, como dice Colosenses 3:23 “Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo”.

 Para reflexionar 

  • ¿Estamos haciendo un trabajo que honre a Dios? Si la respuesta es no, ¿qué haré de aquí en adelante para cumplir con este mandato?
  • ¿Somos diligentes en las actividades que nos encomiendan? ¿Qué me impide serlo? ¿De qué manera puedo cambiar esta circunstancia?

La Mayordomía

Como un cuarto desordenado donde no se puede encontrar nada y donde vivir parece arriesgado es la vida de una persona que no sabe administrar correctamente los dones que Dios le ha encargado. Cabe advertir al respecto que cada uno de nosotros somos llamados a realizar una adecuada administración de los bienes recibidos.

De Dios, nuestro Padre, no sólo recibimos la vida o la salud. De Él también vienen el tiempo que tenemos, las habilidades y talentos que nos caracterizan y el dinero de que disponemos. De cada uno de ellos deberemos dar cuentas a Dios respecto de la manera cómo los administramos. Uno de los texto más importantes al respecto en la Biblia es este:

Respondió el Señor: —¿Dónde se halla un mayordomo fiel y prudente a quien su señor deja encargado de los siervos para repartirles la comida a su debido tiempo? Dichoso el siervo cuyo señor, al regresar, lo encuentra cumpliendo con su deber.

Les aseguro que lo pondrá a cargo de todos sus bienes. Pero ¡qué tal si ese siervo se pone a pensar: “Mi señor tarda en volver”, y luego comienza a golpear a los criados y a las criadas, y a comer y beber y emborracharse!

El señor de ese siervo volverá el día en que el siervo menos lo espere y a la hora menos pensada. Entonces lo castigará severamente y le impondrá la condena que reciben los incrédulos.

(Luc 12:42-46)

Analicemos por ahora dos de estos elementos: la administración del tiempo y la administración de los dones recibidos.

1. Administración del tiempo

El tiempo de vida que tenemos, sea corto o largo nos ha sido establecido por el Señor. A cada uno de nosotros nos espera el tiempo que Él en su infinita bondad, considera es el más adecuado. No obstante, cada uno de nosotros, como mayordomos del tiempo recibido, daremos cuenta de lo que hemos hecho con el tiempo que nos fue dado en esta tierra. Es por esta razón que se vuelve importante saber administrar adecuadamente esta área de nuestra vida.

No es cuestión de pasar todo el tiempo en la iglesia o en actividades “espirituales”. De lo que se trata es de saber distribuir adecuadamente nuestro tiempo entre las distintas responsabilidades que tenemos, dándoles prioridad a aquellas que tienen más importancia como son:

  • Nuestro crecimiento espiritual.
  • Nuestra familia.
  • Nuestro trabajo.

Cada uno de nosotros puede añadir unos u otros, pero lo importante es que sepamos distribuir nuestro tiempo de manera óptima entre todas las actividades que debemos realizar. Lo grave es la pérdida de tiempo. Dice un pensador: pierde una hora en la mañana y estarás buscándola todo el día.

2. Administración de nuestros recursos

Por recursos hacemos referencia a las habilidades y talentos que cada uno de nosotros poseemos. Estas habilidades deben ser motivo de gratitud de nuestra parte y, además, motivo de preocupación en el sentido de “cómo estoy aprovechando y administrando mis habilidades”.

En la parábola de los talentos vemos que el Señor exige de cada uno de aquellos a los que les fue dado una determinada cantidad de dinero que le sea devuelto lo que ha dado más alguna ganancia. El primero y el segundo dan el doble de lo que han recibido mientras que el tercero da exactamente lo que ha recibido. Así como podemos aplicar esta parábola para la manera cómo invertimos nuestro tiempo, también podemos usarla para meditar en la manera cómo estamos sacándole provecho a nuestras habilidades.

Cada persona tiene una habilidad, pero estas no son nada si no las sabemos desarrollar y maximizar. Esto sólo lo podemos lograr si aplicamos tres cosas:

Preparación

Es decir, dar a nuestras habilidades las herramientas que provienen de una carrera o de una capacitación específica. Hoy en día, más que nunca, las habilidades no son suficientes pues hay millones de personas que pueden poseer las mismas habilidades que nosotros. Lo que nos hace valiosos es la preparación que le demos a nuestra habilidad por medio de la educación. Decía Benjamin Disraelí: El secreto del éxito en la vida de un hombre está en prepararse para aprovechar la ocasión cuando se presente.

Capacitación

No basta con haberse preparado en el pasado, en el colegio o en la universidad. En un mundo en el cual la tecnología avanza a pasos agigantados, dejar de capacitarse es anularse inmediatamente. Entregar réditos por las habilidades que hemos recibido, en ocasiones también implica seguirse capacitando de manera continua. Dice Edward benjamin: Aprender es como remar contra corriente: en cuanto se deja, se retrocede.

Esfuerzo

La habilidad no hace nada por sí misma. Nosotros, con esfuerzo le sacamos el máximo potencial. Es notable que en el texto de Josué 1:9 Dios mande a Josué a esforzarse para poder cumplir con la tarea que Dios le ha encomendado. Muchas veces nos enfocamos sólo en la última parte de este versículo: yo estaré contigo dondequiera que tú vayas. Esto último es cierto, pero también lo es el llamamiento a esforzarnos. Sólo es cuestión de voluntad. Decía al respecto Albert Einstein: Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad

Preguntas para reflexionar

Haciendo un análisis apropiado, ¿cuántas horas al día pierdo en actividades irrelevantes?

Si reviso mi actual manera de distribuir el tiempo ¿Qué es lo más importante para mí, es decir, a qué le dedico más tiempo?

¿He considerado capacitarme?

¿Qué me ha impedido?

¿Qué pienso hacer para cambiar esta situación?

Judas Tadeo y el problema de la mala fama

Judas Tadeo ha pasado muy desapercibido en nuestras meditaciones de la Palabra de Dios. Es que su presencia en los evangelios es muy eventual. De hecho, sólo lo vemos en tres ocasiones.

  1. Cuando es elegido entre los doce. Lucas 6:16

  2. Cuando pregunta por la revelación del Hijo. Juan 14:22

  3. Cuando vemos a la iglesia primitiva en oración. Hechos 1:13

De todos modos, ha pasado a formar parte de las tradiciones populares de la fe como el santo patrono de las causas difíciles o desesperadas. Muchos creyentes católicos apelan a él en oración en fusca de algún favor divino. Evidentemente, no podemos compartir esto, sin embargo, qué sabemos y qué podemos aprender del apóstol Judas Tadeo.

El mismo nombre de este apóstol fue para él una carga muy pesada. Llevar el mismo nombre que aquel que llegaría a ser célebre por haber traicionado al maestro era un problema muy molesto. De hecho, a pesar de que su nombre tenía un significado muy hermoso, para él debió haber sido una carga después de la crucifixión. Judas significa: alabanzas sean dadas a Jehová.

Como en el caso de este apóstol, nosotros podemos llegar a enfrentar ciertas circunstancias que nos llegan, que nos afectan desde afuera y que pueden ser cargas difíciles de sobrellevar. Qué vamos a hacer frente a dichas circunstancias, es una pregunta muy apropiada.

  1. Dejarnos llevar. Resignarnos a ello. Cruzarnos de brazos y dejar que las circunstancias pasen por encima nuestro

  2. Hacerles frente. Cambiar nuestras circunstancias. Hacer que las circunstancias trabajen a nuestro favor.

De hecho, Judas, no dejó que su nombre lo amilanara. Vemos que hasta el final asume ese nombre tan cargado de amenazas, cuando en la carta que escribe a la iglesia en general, se presenta como Judas y no de otra manera. De hecho, ustedes pueden ver cómo otro de los discípulos siente cierto recelo de llamarlo por su nombre de pila y prefiere llamarlo Lebeo, al parecer, su segundo nombre en Mateo 10:3

Es muy común, por ejemplo frente a la mala fama que tiene cierto grupo social, cierta institución educativa o incluso nuestro propio país, que optemos por hacernos al grupo y dejarnos llevar por él. Los ecuatorianos son… y empieza una serie de adjetivos que tratan de describirnos y ante los que asentimos como si su descripción fuera la nuestra. De todos modos, no debería ser así. Al igual que Judas, nuestro afán debería estar puesto en demostrar que por el hecho de que llevemos un nombre que está asociado a la traición, el engaño y las mentiras, no significa que nosotros seamos así. La fama que tienes por lo que otros antes que tú han hecho, no debería ser la que determina tu futuro. Hay quienes determinan cómo debe ser una persona en función de lo que sus padres fueron. No estamos determinados de esta manera. Hay diferencias y nosotros podemos gobernar dichas diferencias. Si nos han heredado una mala fama busquemos sembrar para los demás una buena fama.

Lo segundo que nos llama la atención de este apóstol es la pregunta que hace al maestro según el testimonio que nos queda en el evangelio de Juan.

Judas muestra preocupación por aquellos que no hayan de creer al testimonio de los discípulos acerca de la resurrección. Judas es un tanto práctico y su planteamiento es que Jesucristo se dé a conocer a todo el mundo de tal manera que a nadie le quepa duda alguna de que Jesús realmente resucitó.

Así, Judas, de sobrenombre Lebeo muestra lo amplio de su corazón. Anhela que todos puedan seguir a Cristo de manera incuestionable. Sin embargo, Jesús lo enfrenta, y a nosotros con él, al tema de la fe. Los ojos de la fe se abren por medio de la obediencia y no de la imposición. El Padre de todo lo creado quiere que se lo siga, no por miedo o intimidación sino por amor y en libertad.

Lo que Cristo le dice a Judas Tadeo es que el conocimiento de Dios no es meramente intelectual, sino relacional, vivencial. Es un amor que surge, no de las evidencias empíricas, de los datos comprobables, de las ciencias exactas, sino del corazón que se entrega en amor.

Jecuscristo le plantea a Judas que la relación con Dios parte del amor y de este, surge la obediencia y donde hay obediencia está Dios. Así pues, lo que nos dice Jesucristo es un tanto diferente a una frase que se suele decir con mucha frecuencia: “Donde hay fe hay amor, donde hay amor hay paz, donde hay paz esta Dios y donde está Dios no falta nada.” De hecho, el orden sería donde hay amor, hay obediencia y donde hay obediencia habita Dios y donde habita Dios hay libertad…

De Judas, pues, podemos aprender a no permitir que la mala fama que otros han dejado sobre nosotros no nos afecte. Pero también que no hay otra manera de conocer a Dios que por medio de la fe y esta se manifiesta en la obediencia.

¡Y las finanzas!

Compartimos con uds. una breve reflexión del Pastor Vicente Vieira acerca de las deudas, el consumo y el presupuesto. Cada vez con mayor desmedida compramos y nos endeudamos pensando que mañana ya tendremos para pagar. ¿Es esto sabio? ¿Hay alguna manera de cambiarlo?

 

¿A quién le sobra dinero?. A nadie, se responde. Sin embargo, en un paìs de 14 millones de habitantes alrededor de medio millón de familias no sólo que han gastado, sino que se han sobre endeudado. Las autoridades financieras afirman que se comprometen hasta el 130% de los ingresos para pagar sus deudas. Una señora de clase media confiesa que su constante y ascendente consumo, con 13 tarjetas de crédito, lo llevó a excederse tanto que tiene que vivir para pagar los créditos durante dos años seguidos. Esta fiebre de obtener créditos fácilmente para consumos, lleva a màs que desencuentros familiares.

Dios que da la vida, las fuerzas para trabajar, las capacitaciones, las fuentes de trabajo, pide  administrar los recursos con responsabilidad y gratitud a El. Desde el inicio de la humanidad el Creador estableciò a los humanos como administradores  “señoreando sobre todo lo creado”, Génesis 1:28-30. Es decir, las cosas, los recursos, el dinero deben estar al servicio del hombre y no éste esclavo de aquellos. Tener para vivir, no vivir para tener.

Y lejos de una vida con ansias de tener y siempre tener más, sino para vivir con dignidad y en paz con Dios y con la familia, el Señor se compromete a no faltar con lo necesario, como da fe un viejo experimentado en creerle a Dios “fui joven y estoy viejo, y en todos mis años jamás vi que el Señor abandonara al hombre que lo ama; tampoco he visto a los hijos de los justos pasar hambre”, Salmo 37:25.

A su vez, el poco o mucho ingreso es mejor administrado haciendo un presupuesto. Juntos la pareja uniendo todos los ingresos, es pràctico y eficiente hacer una lista de gastos permanentes y ocasionales. ajustando los egresos a los ingresos. Y asignando a cada cónyuge las partidas que ha de manejar. Habiendo dos rubros, para ahorros y para compartir con un necesitado acorde a los valores bíblicos de austeridad y de compartir. Llevar una vida sencilla y preocupada por el necesitado, gratifica un dìa a dìa satisfactorio. El lujo derrochador y el egoìsmo, a la final carcomen la existencia.

A cumplir con lo presupuestado, dando gracias a Dios dador de toda buena dàdiva, para que los ingresos familiares sean de bendiciòn y contentamiento y no de peleas y maldiciòn.

Vicente Vieira A., Quito, Ecuador.