Robar a Dios…

El último tema a ser tratado en nuestra serie de reflexiones acerca del robo se relaciona con nuestras responsabilidades para con Dios. La frase “robar a Dios” para muchos puede sonar muy fuerte. Muchos prefieren no considerar que puedan estar haciendo esto aunque el texto bíblico explícitamente llama robo al descuido en las cuestiones referentes al cuidado de su obra.

Aún cuando muchos de nosotros somos conscientes de esto, en ocasiones obviamos esta verdad. Saltamos esto y suponemos que el camino a la santificación no pasa por el bolsillo. Lo cierto es que en más de una ocasión se nos advierte sobre los peligros del excesivo deseo de riquezas. No es necesario poseer muchas cosas para caer en manos de la avaricia. Esta afecta al pobre y al rico, al “santo” y al pecador.

En el Antiguo Testamento podemos ver un ejemplo muy gráfico de la manera en que la obsesión por poseer más de lo necesario destruye todo lo que tenemos.

Cuando los israelitas estaban pasando por el desierto se preocuparon porque no tenían para comer. Dios, entonces, los alimentó con el maná. Esta bendición de Dios era para que puedan vivir, sin embargo, el corazón del hombre se desvía fácilmente. Algunos recogieron más de lo que necesitaban. Exódo 16:20 nos dice lo que sucedió: “Algunos dejaron parte del maná para la mañana siguiente, pero crió gusanos y se pudrió…” No era gran cosa lo que poseían pero la avaricia fue mayor que la obediencia y Dios hizo criar gusanos sobre aquella riqueza que no era sino un robo a Dios.

Tal vez podamos suponer que no siempre es la avaricia la que nos mueve a fallar a Dios en los diezmos y las ofrendas. En ocasiones es el desconocimiento. El texto bíblico nos habla acerca de la responsabilidad del sostenimiento de la obra en varias parte del texto.

Así por ejemplo, en Génesis 28:22 vemos a Jacob ofreciendo a Dios la décima parte de lo que obtenga como fruto de su trabajo. El propósito de esta ofrenda es el sostenimiento del templo que piensa construir en aquel lugar donde ha visto ángeles subir y bajar a lo largo de una escalera.

En otro texto vemos que la responsabilidad del cuidado de los levitas queda en el pueblo por medio del diezmo (Números 18:23-24).

De igual manera, en Hageo 1:8 vemos el reclamo que lanza el profeta contra un pueblo que vela por sus propios interesas mientras descuida el sostenimiento del templo:

Ustedes esperan mucho, pero cosechan poco; lo que almacenan en su casa, yo lo disipo de un soplo. ¿Por qué? ¡Porque mi casa está en ruinas, mientras ustedes sólo se ocupan de la suya! — afirma el Señor Todopoderoso —. Hageo 1: 9

A pesar de esto, de diversas maneras podemos optar por evadir esta responsabilidad. Veamos a continuación algunas de las razones que pueden darse para descuidar el sostenimiento de la iglesia, es decir, en término del profeta Malaquías: las razones que damos para robar a Dios.

Excusas

    1. No robo a Dios sólo que pienso que puedo hacer uso de mi diezmo de manera más efectiva apoyando actividades benéficas…

Hay ocasiones en que he escuchado que la razón por la cual no se separa para los diezmos es porque se ve más adecuado apoyar obras de caridad. La iglesia, dicen algunos, está bien y no necesita más dinero, mejor uso mi diezmo para ayudar a los que no tienen. De hecho, el Antiguo Testamento habla de un segundo diezmo que debía ser recaudado cada tres años y puesto en graneros específicos a lo largo de todo el país para ayudar a los pobres. Deuteronomio 14: 28-29.

La iglesia del Nuevo Testamento no recoge un diezmo extra para los pobres, pero de los recursos que recolecta separa una parte para los mismos. Vemos esto en el caso de Hechos 6 con el caso de las viudas. En 1 Timoteo 5:3ss vemos que la iglesia tenía una lista de viudas a las cuales ayudaba regularmente con sus ingresos.

En ocasiones las iglesias primitivas piden contribuciones extraordinarias como cuando se da la sequía de Palestina que deja sin alimentos a todos los cristianos de esa región. En 2da Corintios 8:1 vemos la generosidad con la que los creyentes aportan para socorrer a los necesitados. La iglesia no se olvida y no debe olvidarse de los pobres. Su presupuesto anual debe incluir un rubro específico para ayudar a los que no tienen.

Si deseamos apoyar el trabajo con los pobres, esto no debe afectar nuestros diezmos. Debemos destinar un rubro extra para tal efecto.

Lo que sí podemos hacer es solicitar a la junta de nuestra congregación o directamente a la asamblea de la misma que se destine un rubro específico para la ayuda de los necesitados.

    1. No es que robe a Dios, es sólo que 10% me parece mucho dinero…

Es evidente que para muchos parecerá una cantidad desmedida en especial cuando hacen cuentas. Si ganas unos $300, el diezmo representaría unos $360 al año con lo cual te podrías comprar un Iphone. Si ganas unos $2000 mensuales, estarías hablando de unos $2400 que podrían alcanzarte para un LCD de 32 pulgadas de alta fidelidad o para un par de cursos de actualización para nuestra carrera…

De todos modos, el problema es que nuestro punto de partida es el inadecuado. Lo que hemos dicho en el párrafo anterior parte del supuesto de que el dinero que tenemos es nuestro y el diezmo que entregamos es un gasto que estamos haciendo. Suponemos que el dinero que estamos entregando a la iglesia depende de los beneficios que obtenemos de la misma. Como si de una tienda se tratara y como si el Pastor fuera el vendedor y el evangelio el producto entregado.

Lo que dice la Biblia es muy diferente. Todo cuanto poseemos le pertenece. Dice salmo 24:1 “De Jehová es la tierra y cuanto hay en ella. El mundo, y los que en él habitan”. Y Deuteronomio 8:18 dice respecto de nuestras ganancias y el esfuerzo que hemos puesto en ganarnoslo: “Acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día.”

Nosotros sólo somos administradores de los vienes que de Él recibimos. Cuando Él nos entrega los recursos necesarios para vivir, nos da también ciertas disposiciones respecto a cómo utilizarlo. Cuando un gobernante es electo, recibe el poder de decidir en qué utilizar los recursos del pueblo. Si dicho gobernante lo utiliza para beneficiarse o hace un mal manejo de dichos recursos, todos conocemos la palabra que se usa para describirlo: corrupto. Cuando nosotros recibimos de Dios los recursos que Él nos entrega y no lo usamos de acuerdo a su voluntad, podemos estar seguros que en el cielo estamos siendo considerados corruptos y malversadores de fondos.

    1. No pretendo robar a Dios lo que pasa es que no me alcanza lo que gano…

Partamos diciendo que la falta de dinero en nuestro hogar no es culpa de Dios. Como hemos visto en otra ocasión, puede ser fruto de: (a) nuestra falta de preocupación por ahorrar en los tiempos de vacas gordas para los tiempos de vacas flacas; (b) habernos endeudado hasta el punto de no poder pagar nuestras deudas cuando vienen situaciones que no nos esperábamos; (c) gastar pródigamente nuestros recursos para mantener un estilo de vida que nos haga sentir mejor; (d) la negligencia en el trabajo que realizamos que cierra las posibilidades de conseguir un trabajo mejor, un ascenso o un mejor salario. Lo adecuado es ahorrar, no endeudarnos, adecuarnos a un estilo de vida frugal (sencillo) y ser diligentes en nuestro trabajo. Los problemas financieros van y vienen. Los caprichos del mercado son impredecibles. Los caprichos de los jefes son insondables. Pero cuando hemos vivido de acuerdo a los parámetros bíblicos, Dios respalda nuestro trabajo y guarda nuestros recursos. Cuando vienen las adversidades, si hemos sabido llevar el estilo de vida bíblico, sabremos sobreponernos. Recordemos lo que dice Proverbios 22:29: ¿Has visto a alguien diligente en su trabajo? Se codeará con reyes, y nunca será un Don Nadie.

Así que la escasez no es un motivo para dejar de diezmar es un llamado a organizar nuestra administración de los recursos que el Señor nos provee.

    1. A Jesús le da asco el pastor que se hace rico con la fe…

A los que proponen esta excusa podemos llamarlos Arjonianos porque le creen más a Ricardo Arjona que a la Palabra de Dios. Suponer que no hay personas que se enriquecen engañando a los creyentes en las iglesias sería una ingenuidad. En cualquier parte nos podemos encontrar personas avariciosas. Hace poco se pudo conocer de la investigación que hacía el congreso de los Estados Unidos a cinco evangelistas acusados de enriquecimiento ilícito y evasión de impuestos. En Costa Rica un Pastor es perseguido por estafar a miles de personas convenciéndoles de invertir en una urbanización para cristianos. En Brasil Edir Macedo de la Iglesia Universal del Reino de Dios (“Pare de Sufrir”) es investigado por fraude, lavado de dinero y evasión de impuestos. Su fortuna pasó de un par de miles de dólares al iniciar su iglesia a cerca de dos mil millones de dólares en la actualidad.

Es un hecho que hay personas sin escrúpulos que hacen de la fe un negocio. En el Antiguo Testamento podemos ver que esto también se daba en aquellos tiempos. Los hijos de Elí aprovechan su situación privilegiada como sacerdotes para dar rienda suelta a su avaricia1. Los hijos de Samuel hacen los mismo2. En Jeremías 8:10 el profeta denuncia a la ciudad de Jerusalén en la cual desde el más pequeño hasta el más grande son avaros, desde el profeta hasta el sacerdotes aman el engaño.

De todos modos, todos estos textos finalizan hablando del castigo de Dios sobre los que, aprovechando su posición, intentan enriquecerse a costa de la fe del pueblo. En ninguna parte, en estos párrafos mencionados dice Dios: por cuanto hay gente que se aprovecha, ya no diezmen.

Tengamos cuidado y busquemos siempre ser prudentes con el manejo de los diezmos del Señor, pero no creamos que porque escuchamos de alguna persona que estafa aprovechándose de los diezmos estamos exentos de nuestras responsabilidades con Dios.

Seamos vigilantes en nuestras iglesias respecto del correcto manejo de las finanzas. Cuidémonos, en especial de iglesias en las cuales el liderazgo (pastor, junta, consejo de ancianos, etc.) no tiene que dar cuentas a nadie de los manejos económicos de la iglesia.

Las iglesias requieren de recursos económicos para pagar sueldos, cubrir gastos básicos (agua, luz, teléfono, arriendo o impuesto predial, etc.), desarrollar nuevos ministerios, mantener las instalaciones de la iglesia, ayudar a los pobres, etc. El modelo que planteó Dios para cubrir este tipo de gastos es el diezmo y las ofrendas. Recordemos que en el Antiguo Testamento se separa una tribu (la de los levitas) para dedicarse exclusivamente a los trabajos del templo (desde la alabanza hasta la limpieza) sostenidos exclusivamente en base a los diezmos. De no haber dicha contribución, los levitas hubiesen tenido que abandonar su misión delante de Dios para dedicarse a otros asuntos con el fin de conseguir recursos para sus familias. De hecho, esto sucedió en los tiempos de Nehemías. Dice su escrito en el capítulo 13: 10-12:

También descubrí que las porciones de los Levitas no se les habían dado, por lo que los Levitas y los cantores que hacían el servicio se habían ido, cada uno a su campo. Por tanto, reprendí a los oficiales, y les dije: “¿Por qué está la casa de Dios abandonada?” Entonces reuní a los Levitas y los restablecí en sus puestos. Entonces todo Judá trajo el diezmo del cereal, del vino nuevo y del aceite a los almacenes.

De igual manera, en nuestro tiempos, la falta de responsabilidad con el sostenimiento de la obra puede llevar -y de hecho lo ha hecho en muchos casos- a la quiebra económica de las iglesias o a que el pastor tenga que buscar un trabajo extra para sostenerse a sí mismo y, en algunos casos, aún para sostener a la iglesia.

Así pues, Dios ha puesto en nuestras manos el sostenimiento de su obra, y aún la expansión de su mensaje. Nuestra responsabilidad no acaba cuando damos un par de horas del fin de semana a los ministerios de la iglesia, sino que necesariamente se extiende al sostenimiento financiero de la obra. En la medida en que hemos sido prosperados, seamos de apoyo para la obra3.

Malos hábitos

En lo referente a los diezmos y ofrendas hay ciertos hábitos que paulatinamente vamos tomando en la vida cristiana y que no son agradables ante Dios. Veamos algunos de ellos:

  1. Cuando la iglesia necesita apoyo yo ayudo en lo que se requiera, de esa manera compenso mi falta en lo referente al diezmo.

Es bueno ayudar a la iglesia cuando hay necesidades imprevistas y tenemos la posibilidad de suplirlas. De todos modos, esto no nos exime de nuestra responsabilidad financiera cotidiana. Actuamos de manera similar a cuando vemos que el matrimonio está siendo amenazado y decidimos de improviso retomar nuestro romanticismo. Esto no salva al matrimonio. De igual manera, este tipo de actitudes, no compensan nuestra falta de compromiso financiero. Debemos empezar a ser fieles en lo económico de la misma manera en la que lo somos en otras áreas de nuestras vidas.

  1. Primero calculo lo que necesito para el mes y de allí veo cuánto me queda para la iglesia.

En libros referentes al tema de las finanzas personales se maneja un concepto muy interesante al respecto. Mira en qué es en lo que más gastas y sabrás qué es lo que más amas. Si hemos puesto la determinación de nuestros diezmos como la última rueda del coche, no hace falta ningún otro test de crecimiento espiritual, a Dios lo hemos puesto al final de nuestras prioridades.

  1. Los domingos llevo algo extra para la iglesia. Si el sermón estuvo bueno saco el billete grande, si el sermón estuvo medio bueno saco el billete chico y si el sermón no me gustó saco las monedas…

El error aquí es que pensamos que el diezmo y la ofrenda son una forma de evaluar al predicador cuando en realidad son nuestra expresión de gratitud a Dios por todo lo que él ha hecho en nuestras vidas. Él se dio al cien por ciento por nosotros, es una mínima parte lo que se nos demanda al serle fieles en ese 10%.

  1. Separo para la iglesia pero cuando surge alguna necesidad saco de allí para cualquier cosa y después devuelvo… si me acuerdo (!)

Este es un hábito en el cual muchos hemos caído, pero al hacerlo estamos aprendiendo hábitos fácilmente contagiosos. Un día es el diezmo, al otro son nuestros pagos del SRI (servicio de rentas internas) o la cuota para el colegio de nuestros hijos. Dejemos de lado esos hábitos que no nos permiten algo tan básico como un crecimiento económico y peor aún un desarrollo espiritual.

Empecemos a ser fieles a Dios en lo económico así como lo somos en lo religioso pues Dios nos salvó integralmente y no por partes.

1     1ra samuel 2:12ss

2     1ra Samuel 8:1ss

3     Si bien hay pastores que se hacen ricos con la fe, también los hay quienes por la negligencia de ciertos grupos de poder en las iglesias no reciben un salario básico. No se les brinda ningún sistema de seguridad social. En estos casos, de no mediar la ley, los pastores siguen en condiciones de supervivencia y explotación laboral. No permitamos que el mensaje del evangelio sea deshonrado por este tipo de testimonios.

Cómo robamos al prójimo, a Dios y a nosotros mismos

Aquí compartimos la presentación de la reflexión del día 2 de octubre de 2011 acerca de la administración de nuestros recursos.

 

Bendiciones

Una meditación sobre el diezmo

Compartimos a continuación una reflexión del Pastor Pablo Jiménez de la Iglesia “Discípulos de Cristo”, acerca del diezmo.

Cuando llegué a la fe, aprendí muchos conceptos y disciplinas nuevas. El concepto “fe” era nuevo para mi, que no practicaba religión alguna. La “oración” y el “estudio bíblico” fueron disciplinas que aprendí temprano en mi vida cristiana. Otra disciplina peculiar que aprendí cuando comencé a visitar la Iglesia regularmente fue el diezmo. Mi pastor me enseñó que “diezmar” significa separar, dedicar, y presentar a Dios como una ofrenda el 10 por ciento de nuestro ingreso económico neto. Puesto que toda ofrenda es una expresión de adoración, el diezmo es también una forma de honrar y de adorar a Dios. Claro está, el diezmo es entregado a la congregación a la cual uno pertenece, y debe ser usado solamente para propósitos religiosos, tales como el avance de la misión cristiana y el sostén de los programas de la congregación. “Diezmar” es sólo una de las muchas maneras de ofrendar. Aprendí que uno puede dar cualquier cantidad de dinero como ofrenda; que uno puede comprometerse a dar una cantidad de dinero dentro de un período de tiempo dado; y que uno hasta puede donar a la congregación artículos para el uso o la venta. A pesar de mi ingreso limitado, decidí practicar la disciplina del diezmo. Mi decisión se fortaleció cuando encontré que la práctica del diezmo tiene raíces bíblicas. Pronto encontré una referencia al diezmo en Génesis 14:17-20, la historia donde Abraham presenta diezmos a un sacerdote llamado Melquisedec. Esta fue sólo una de las muchas referencias al diezmo en las Escrituras. Me fascinó el hecho de que el diezmo era un complejo sistema por medio del cual las distintas tribus de Israel sostenían al sacerdocio (Lv. 27.30; Dt. 14:22-23), ¡quien a su vez diezmaba del diezmo (Nm. 18:21-28)! En el Nuevo Testamento, hay muchas referencias a la ofrenda, pero pocas al diezmo. Jesús nunca criticó la práctica de diezmar, aunque sí criticó a los líderes religiosos y cívicos que daban diezmos en público, aunque practicaban la injusticia en privado (Mt. 23.23; Lc. 11.42). Jesús también criticó a los que daban como ofrenda el dinero que debía ser usado para sostener a sus padres (Mr. 7.9-13). Diezmar es una práctica muy importante en las congregaciones hispanas y bilingües. Para muchos Hispanos, diezmar es una señal de madurez en la fe. Algunas congregaciones hasta designan el “diezmo del diezmo” para el Fondo Básico Misionero, Reconciliación, la Semana de la Compasión, y otras expresiones regionales o generales de nuestra Iglesia. Vamos, pues, a “traer los diezmos al alfolí” (Mal. 3:10) como nos enseña la Palabra de Dios.

Tomado de http://www.drpablojimenez.com/ser_diezmo.htm

 

Los principios de la Prosperidad

El texto bíblico plantea ciertos principios importantes para poder desarrollar nuestras finanzas. El texto bíblico no se opone a la prosperidad, sin embargo, muchos han usado de mala manera el texto bíblico con el propósito de enriquecerse a costa de la fe de los creyentes. No obstante, la oposición que se ha hecho de los temas relacionados con la prosperidad han hecho que muchos vayan al extremo opuesto: suponer que la pobreza es una virtud bíblica. Adrian Rogers, un pastor muy conocido por su predicación centrada en la Biblia nos da algunas ideas para la administración de nuestras finanzas.

¿Es pecado ahorrar? ¿Es falta de confianza en Dios? ¿La prosperidad depende solamente de nuestros diezmos? ¿Qué dice la Biblia respecto del trabajo? Fondos de inversión, fondos mutuales, ¿debe un creyente saber acerca de estos temas?

A preguntas como estás da respuesta el Pastor Rogers en esta reflexión.

¿CÓMO ADMINISTRAR NUESTRO DINERO?

Preguntado el predicador inglés Juan Wesley acerca del correcto uso del dinero escribió y predicó el sermón que presentamos a continuación. En tres secciones, Wesley enfatiza que el interés por ganar dinero no es malo. De igual manera, nos recuerda la importancia del ahorro. Sin embargo su mayor énfasis recae sobre nuestra responsabilidad con los que no tienen y con el Señor. En síntesis: Gana todo lo que puedas, ahorra todo lo que puedas y da todo lo que puedas…

Y yo os digo: Haceos amigos de las riquezas de maldad, para que cuando faltareis, os reciban en las moradas eternas (Lucas 16:9).

1.          Habiendo concluido nuestro Señor la hermosa parábola del hijo pródigo, que dirigió especialmente a los que estaban murmurando porque recibía a los publicanos y a los pecadores, pasa a hablar de otro asunto que atañe con particularidad a los hijos de Dios. Y “también a sus discípulos,” no tanto a los escribas y fariseos a quienes había estado hablando. “Había un hombre rico, el cual tenía un mayordomo, y éste fue acusado delante de él como disipador de sus bienes. Y le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo de ti Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo” (vrs. 1-2).

Después de relatar el método que el mayordomo usó de proveerse para el día de la necesidad, añade nuestro Salvador: “Y alabó el señor al mayordomo malo,” es decir, por su discreción tan oportuna, y añade esta sabia reflexión: “Los hijos de este siglo son en su generación más sagaces que los hijos de luz” (v. 8). Los que no buscan otra cosa sino los bienes temporales, son “más sagaces,” no en la acepción completa de la palabra, puesto que todos y cada uno de ellos son los locos más acabados que hay en la tierra, sino “en su generación,” en su modo de ser-son más consecuentes consigo mismos; están más firmes en los principios que afirman; tratan de conseguir su fin con mayor ahínco “que los hijos de luz,” que aquellos que ven “el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.”

Luego siguen las palabras del texto: “Y yo”-el Hijo unigénito de Dios, el Creador, Señor y Dueño de los cielos y de la tierra y de todas las cosas que hay en ellos, el Juez de todos los que habéis de dar cuenta de vuestra mayordomía, cuando ya no podréis ser mayordomos-“yo os digo,” aprended en este respecto del mayordomo, “haceos amigos de las riquezas de maldad,” sed sagaces, tomad a tiempo vuestras precauciones. “Las riquezas de maldad” significan tesoros, dinero. Se llaman “de maldad” por la frecuencia de los medios ilícitos para obtenerlas, y del mal uso que se hace aun del dinero bien ganado. “Haceos amigos” de estas riquezas, haciendo todo el bien posible, especialmente a los hijos de Dios, “para que cuando faltareis,” cuando volváis al polvo, cuando ya no veáis más la luz del sol, aquellos que se han ido antes de vosotros “os reciban,” os den la bienvenida, “en las moradas eternas.”

2.          Inculca nuestro Señor en estas palabras una excelente enseñanza del cristianismo, a saber: el buen uso del dinero. Este es un asunto muy debatido por los hombres del mundo, según su modo de pensar, pero no por aquellos a quienes Dios ha llamado de entre el mundo. Por lo general, estos no estudian la manera de usar bien el dinero como lo requiere la importancia del asunto, ni saben emplearlo de modo que produzca mayor provecho. La introducción de este conocimiento en el mundo es una muestra admirable de la providencia sabia y misericordiosa de Dios. Los poetas, oradores y filósofos de todas las naciones, han acostumbrado perorar en contra del dinero, llamándole el gran corruptor del mundo, la ruina de la virtud, la peste de la sociedad humana. Con frecuencia se oyen aquellas palabras:

Ferrum, ferroque nocentius aurum:

“El oro hace más daño que el acero más afilado.”

Y aquella queja lamentable:

Effodiuntur opes, irritamenta malorum:

“Se ha encontrado el oro, fuente de todo mal.”

Un famoso escritor exhorta con toda seriedad a sus paisanos a que arrojen todo su dinero al mar, si quieren desterrar el vicio para siempre:

In mare proximum,

Surnmi materiem mali.

Empero, ¿no es éste el lenguaje de energúmenos ¿Tienen acaso la menor razón en lo que dicen De ninguna manera, porque por muy corrompido que esté el mundo, no podemos decir que el oro o la plata tengan la culpa. “El amor del dinero es la raíz de todos los males”-no el dinero. El dinero no tiene la culpa, sino los que no lo usan bien. Se puede usar mal, lo mismo que cualquiera otra cosa. El dinero se puede usar con los mejores fines, y también con los peores que puedan darse. Es de gran utilidad a todas las naciones civilizadas en los pormenores de la vida diaria. Es el instrumento más simple para la transacción de toda clase de negocios y, si lo usamos según la sabiduría cristiana, para hacer toda clase de bien.

Es muy cierto que si el hombre estuviese en el estado de inocencia, si todos los hombres estuvieran llenos del Espíritu Santo, de forma que, semejantes a los miembros de la iglesia naciente de Jerusalén, ninguno dijera ser suyo nada de lo que poseyera sino que todo fuese “repartido a cada uno según que hubiere menester,” dejaríamos de necesitar del dinero, puesto que no podemos concebir la necesidad de usarlo entre los ángeles. En el estado actual del género humano, es un don excelente de Dios que sirve a los fines más nobles. Conviértese en manos de sus hijos, en pan para el hambriento, bebida para el sediento, vestido para el desnudo, posada para el forastero y el peregrino. Con él podemos, hasta cierto punto, suplir la falta que hace el esposo a la viuda; el padre a los huérfanos. Podemos defender a los oprimidos, aliviar a los enfermos, socorrer a los afligidos. Puede ser como vista a los ciegos y pies a los cojos, y como la mano que levanta al que yace a la orilla del sepulcro.

3.          Es de la mayor importancia, por consiguiente, que todos los que temen a Dios sepan emplear este talento; que se les instruya en la manera de llenar estos fines gloriosos, y esto en grado supremo. Pueden reducirse a tres regias claras todas las instrucciones sobre el asunto. Al observarlas al pie de la letra nos convertiremos en mayordomos fieles “de las riquezas de maldad.”

I.          1. La primera regla es: “gana todo lo que puedas.” El que tenga oídos para oír, oiga. Hablamos como hablan los hijos del mundo, estamos en su terreno, como quien dice. Es nuestro deber sagrado ganar todo lo que podamos, sin que esto quiera decir que hemos de comprar oro demasiado caro, pagando más de lo que vale. No debemos ganar dinero a costa de nuestra vida, o lo que es lo mismo, a costa de la salud.

Por consiguiente, por mucho que sea lo que se nos ofrezca, no debemos aceptar ningún empleo ni continuar en destino alguno que lastime nuestra constitución por lo fuerte o las muchas horas de trabajo. Ni debemos seguir en ninguna empresa o negocio que no nos permita tomar nuestros alimentos a sus horas, o dormir lo suficiente. Hay una gran diferencia de empleos: algunos son entera y completamente perjudiciales a la salud, como, por ejemplo, los que obligan a uno a usar mucho arsénico o cualquier otro mineral nocivo, o a respirar el aire cargado de vapor que contiene partículas de plomo derretido, que tarde o temprano tienen que destruir las constituciones más fuertes. Otros sólo lastiman a las personas de una constitución débil, como, por ejemplo, en los que se tiene que escribir muchas horas seguidas, especialmente si el escribiente se encorva mucho o se sienta en una postura incómoda. Sea lo que fuere, si la razón y la experiencia nos dicen que ese empleo destruye la salud o siquiera debilita las fuerzas, no debemos someternos a él. La vida es más que la comida, y el cuerpo es más que el vestido, y si ya estamos en uno de esos empleos, debemos separarnos luego y buscar otro en el que, si bien ganemos menos, no perjudiquemos nuestra salud.

2.          En segundo lugar, debemos ganar lo más que podamos sin lastimar nuestras mentes. Ante todo, tenemos la obligación de conservar el espíritu de una mente sana. Por consiguiente, no debemos emprender un comercio que nos haga pecar, ni permanecer si ya estamos en él. No debemos hacer nada que sea contrario a las leyes de Dios y de la patria.

Hay negocios que defraudan y roban al rey de los derechos legales de aduana. Tan pecaminoso es defraudar al rey como robar a cualquier otro prójimo. El rey tiene tanto derecho a las contribuciones como nosotros a nuestras casas y a nuestros bienes. Hay otros negocios que, si bien son inocentes en sí mismos, no se pueden hacer limpiamente en nuestros días, al menos en Inglaterra. Tales son, por ejemplo, aquellos que no producen lo suficiente para la subsistencia a no ser que uno haga trampas y diga mentiras, o que siga alguna costumbre inconsecuente con una buena conciencia. No se deben buscar estos empleos, por buenas que sean las ganancias, si tenemos que seguir las trácalas del ramo-no debemos perder nuestras almas por ganar dinero.

Hay negocios que muchos hombres pueden hacer sin lastimar sus cuerpos ni sus mentes, y que tal vez tú no puedas hacer. Puede ser que te rodeen de personas cuya amistad arruine tu alma; a pesar de haber hecho la prueba varias veces, no se puede hacer ese negocio sin tratar con ciertos individuos. O quizá haya en ti alguna idiosincrasia, alguna índole del temperamento o carácter de tu alma, como las que hay en la constitución física de muchos, por razón de la cual ese negocio que otra persona puede hacer sin correr el menor peligro, sea mortífero para ti. Después de haber hecho la prueba infinidad de veces, estoy convencido de que no puedo estudiar con alguna profundidad las matemáticas sin correr el peligro de volverme un deísta, si no es que ateo. Y sin embargo, hay otros que pueden estudiarlas sin el menor riesgo. Nadie puede decidir lo que le conviene o no le conviene a otro individuo. Cada hombre debe juzgar por sí mismo, y abstenerse de lo que sea nocivo a su alma en particular.

3.          En tercer lugar, debemos ganar lo más que podamos sin perjudicar a nuestro prójimo. Naturalmente que si amamos a nuestros prójimos como a nosotros mismos, no les haremos ningún mal; no podremos robarles el fruto de sus tierras, ni sus casas ni terrenos en el juego, ni con cuentas exorbitantes, ya sea por servicios como médico, abogado o cualquier otro, tomando o exigiendo réditos prohibidos por la ley del país. Los empeños de prendas, por ejemplo, no deberían existir, puesto que si hacen algún bien, es mucho mayor el mal que causan. No podemos ser consecuentes con el amor fraternal y al mismo tiempo vender nuestros efectos a un precio más bajo que el del mercado. No es justo arruinar el comercio de nuestro prójimo por tal de mejorar el nuestro. Mucho menos debemos sonsacar a los empleados o sirvientes que necesita. Nada se puede ganar con robar el sustento del prójimo, fuera de la condenación eterna.

4.          No es justo ganar perjudicando la salud del prójimo. No debemos venderle nada que le haga daño-ese líquido lleno de fuego, por ejemplo, que se llama bebida o licor espirituoso. Es muy cierto que algunas veces hay que tomarlo como medicina; que sirve para curar ciertos males del cuerpo, si bien esto sucede rara vez y quizás debido a la impericia de ciertos curanderos. Por consiguiente, tranquilicen su conciencia los que preparan y venden licores con este fin. Empero, ¿dónde están ¿Quiénes son los que preparan licores sólo para remedio ¿Conocéis siquiera a diez en toda Inglaterra Si los conocéis, decidles que son excepciones a la regla. Todos los demás, todos los que venden licores a cualquiera persona que quiera comprar, son envenenadores; están matando, sin piedad ni remordimiento, a multitudes de los súbditos de su majestad; los están arreando al infierno como a otras tantas ovejas. Y ¿qué ganan La sangre de estas víctimas. ¿Quién envidiará sus grandes posesiones y suntuosos palacios La maldición de Dios mora en medio de ellos. La maldición de Dios está en las piedras de sus paredes, en las vigas de sus techos, en sus muebles, en sus jardines, en sus veredas, en sus bosques. Esa maldición es un fuego que quema desde lo más profundo del infierno. ¡Sangre, sangre! Los cimientos, los pisos, las paredes, el techo, están manchados de sangre. ¿Y crees, oh hombre sanguinario que estás vestido de “púrpura y lino fino,” y que haces “banquete cada día,” que dejarás en herencia a la tercera generación estos campos de sangre Ciertamente que no, porque hay un Dios en los cielos. Por consiguiente, tu nombre será desarraigado y, semejante a los que has destruido en cuerpo y alma “tu memoria perecerá contigo.”

5.          ¿No son igualmente culpables, si bien en menor grado, los cirujanos, boticarios y médicos que juegan con la salud y la vida de los hombres a fin de aumentar sus ganancias; quienes a propósito alargan la enfermedad que pudieran cortar luego, a fin de robarle su dinero, cobrándole más de lo que deberían ¿Tendrá Dios por inocente a un hombre que no acorta cualquier desorden lo más pronto y cura la enfermedad luego que puede No lo tendrá Dios por inocente, puesto que nada es tan claro como que ese hombre no “ama a su prójimo como a sí mismo;” que no hace a los otros como quisiera que los otros hicieran con él.

6.          Caro cuesta esta ganancia, lo mismo que todo aquello que se obtiene haciendo mal a las almas de los prójimos; sirviendo bien directa o indirectamente a su lujuria o a su intemperancia-lo que ciertamente ninguno que tenga el amor de Dios, o que sienta verdaderos deseos de agradarle, puede hacer. Esto atañe muy especialmente a los que tienen tabernas, fondas, teatros, casas de juego o lugares públicos de diversión. Si en vuestras casas aprovechan las almas de los hombres, limpios estáis; vuestro negocio es bueno, e inocente vuestra ganancia; mas si son pecaminosos en sí mismos o conducen a pecados de varias clases, mucho me temo entonces que tengáis que dar una cuenta terrible. Mirad, no sea que Dios diga en aquel día: Estos han muerto “por su maldad, mas su sangre demandaré de tu mano.”

7.          Es deber de todos los que estén interesados en negocios temporales, seguir esta primera gran regla de la sabiduría cristiana: “Gana todo lo que puedas”-con tal que no se olviden de estas advertencias y observaciones. Ganad lo más que podáis por medio de vuestra industria honrada. Sed diligentes en vuestras vocaciones. No perdáis el tiempo. Si comprendéis vuestros deberes para con Dios y para con los hombres, sabéis que no hay tiempo que desperdiciar; si sabéis desempeñar vuestro trabajo como debéis, no tendréis lugar de estar ociosos. Todas las vocaciones de la vida dan suficiente trabajo para estar uno ocupado todos los días y a todas horas. Donde quiera que os encontréis, si cumplís con vuestro deber no tendréis tiempo que desperdiciar en diversiones tontas o sin provecho. Siempre tendréis algo mejor que hacer; alguna cosa que os aprovechará poco más o menos, y “todo lo que te viniere a la mano por hacer, hazlo según tus fuerzas.” Hazlo luego que puedas sin demora alguna; no lo dejes para el día de mañana, ni para otra hora. Nunca dejes para mañana lo que puedas hacer hoy mismo. Y hazlo lo mejor que puedas. No te duermas ni estés bostezando al trabajar. Pon tus cinco sentidos en lo que haces. No ahorres las molestias, ni hagas nada a medias o con indiferencia. No dejes nada por hacer en tus negocios, si se puede conseguir con trabajo y paciencia.

8.          Gana todo lo que puedas usando en tus negocios tu sentido común y toda la inteligencia que Dios te ha dado. Causa verdadera sorpresa ver cuán pocos son los que hacen esto-cómo siguen los hombres en la rutina de sus antepasados. Empero sea cual fuere la conducta de los hombres que no conocen a Dios, no es regla que debéis seguir. Es una vergüenza que los cristianos no adelanten en la manera de desempeñar el trabajo. Debes procurar aprender de la experiencia de otros o de la tuya propia, en los libros que lees y en tus meditaciones, a hacer las cosas hoy día mejor de lo que las hiciste ayer. Mira que practiques lo que hayas aprendido, que hagas las cosas lo mejor que puedas.

II.         1. Habiendo ganado lo más que puedas por medio de tu honradez, juicio e incansable diligencia, sigue la segunda regla: “Guarda todo lo que puedas.” No eches al mar el metal más valioso; deja que los filósofos paganos cometan esa tontera. No lo tires en gastos inútiles, que es lo mismo que si lo arrojases al mar. No gastes nada solamente por satisfacer los apetitos de la carne, los deseos de la vista o la soberbia de la vida.

2.          No desperdicies nada de tu dinero sólo por satisfacer los deseos materiales, en procurarte los placeres de los sentidos, cualesquiera que sean, especialmente el sentido del gusto. No quiero decir que cortes sólo la glotonería y la borrachera-un pagano honrado condenaría estos vicios-sino esa sensualidad bien querida en la sociedad, ese epicureismo elegante que no causa ningún desarreglo del estómago, al menos no inmediatamente, ni debilita la inteligencia, pero que no puede sostenerse sin hacer gastos muy considerables. Reduce estos gastos. Desdeña los platillos delicados y variados, y conténtate con el alimento sencillo que pide la naturaleza.

3.          No desperdicies nada de tus haberes en satisfacer los deseos de los ojos, en vestidos superfluos y costosos, en adornos que no necesitas. No desperdicies nada en comprar curiosidades; en muebles caros y superfluos; en cuadros costosos, en pinturas, en adornos dorados, en libros, en jardines más bien de gusto que de utilidad. Deja que lo hagan tus vecinos que no tienen la luz que tú tienes. “Deja que los muertos entierren a sus muertos.” Pero “¿qué se te da a ti” dice el Señor, “Sígueme tú.” ¿Estás listo Entonces podrás seguirle.

4.          No gastes nada en satisfacer la soberbia de la vida, la admiración o alabanza de los hombres. Este es el motivo que los impulsa muy a menudo a desperdiciar su dinero de los modos descritos en los dos párrafos anteriores. Gastan demasiado en su mesa, en su vestido, o en amueblar su casa, no sólo por satisfacer el apetito, la vista o la imaginación, sino también su vanidad. Mientras te des buen trato, los hombres hablarán bien de ti. Mientras te vistas de púrpura y lino fino, y hagas banquete cada día, indudablemente que aplaudirán tu elegancia, buen gusto, generosidad y hospitalidad. No compres aplausos tan caros, conténtate más bien con la honra que viene de Dios.

5.          ¿Quién querrá gastar en satisfacer estos deseos si reflexiona que al hacerlo, los aguza Y sin embargo, no hay nada más evidente que esto. La experiencia diaria nos enseña que mientras más los satisfacemos, más aumentan. Por consiguiente, siempre que gastas en satisfacer tu gusto o cualquier otro sentido, compras más sensualidad. Al gastar en satisfacer la vista, compras curiosidad-un apego mayor a esas cosas que perecen en el uso. Al gastar en cualquiera cosa que las gentes acostumbran aplaudir, compras más vanidad. ¿Qué ¿No tienes bastante curiosidad, sensualidad y vanidad ¿Necesitas todavía más ¿Y quieres comprarla ¿Qué clase de sabiduría es esta ¿No sería menos malo y perjudicial que materialmente tomases tu dinero y lo echases en la mar

6.          ¿Y qué razón hay para que desperdicies el dinero en alimentos delicados, vestidos elegantes y costosos, en cosas superficiales para tus hijos ¿Será justo que les compres más soberbia, lujuria, vanidad, deseos torpes y nocivos No necesitan más, ya tienen de sobra. La naturaleza les ha dado bastante. ¿Qué necesidad hay de que gastes más en aumentar sus tentaciones, multiplicar los ardides y traspasar sus corazones con más dolores

7.          Empero no se los dejes para que lo tiren. Si tienes buenas razones para creer que desperdiciarían lo que ahora tienes, en satisfacer, y, por consiguiente, en aumentar, los deseos de la carne, de la vista o la soberbia de la vida poniendo en peligro sus almas y la tuya, no les prepares esa red. No ofrezcas tus hijos a Belial ni a Moloc. Apiádate de ellos y quítales del camino todo lo que creas que ha de coadyuvar a multiplicar sus pecados, y a echarlos, por consiguiente, en la perdición eterna. ¡Qué torpeza tan grande la de aquellos padres que nunca creen bastante lo que dejan para sus hijos! ¿Qué ¿No les dejáis bastantes chispas de fuego que pueden destruirlos, bastante soberbia, lujuria, ambición, vanidad, quemazón eterna ¡Desgraciado! Temes lo que no deberías temer. Puedes estar seguro de que tanto tú como ellos, cuando estéis en el infierno, sentiréis “el gusano que no muere,” y “el fuego que nunca se apaga.”

8.          “¿Qué haría usted si estuviera en mi lugar, si tuviese una fortuna considerable que dejar” No sé si lo haría o no, pero sé muy bien lo que debería hacer, y de ello no me cabe la menor duda. Si uno de mis hijos, ya fuera el mayor o uno de los menores, supiese apreciar el dinero y hacer buen uso de él, creería yo de mi deber absoluto e indispensable dejarle la mayor parte de mi fortuna, y a los demás les daría yo para vivir como están acostumbrados. “Pero, ¿qué haría usted si ninguno de sus hijos supiera apreciar el dinero en su debido valor” Entonces sólo les daría yo lo necesario para vivir, por muy duro que parezca esto. Lo demás lo daría como creyese yo más conducente a la gloria de Dios.

III.        1. Que ninguno se figure que con ganar y guardar todo lo que pueda, lo ha hecho todo. De nada vale esto, si no se va más adelante, si no persigue otro fin. A la verdad que amontonar dinero no es ahorrar en la verdadera acepción de la palabra. Mejor sería arrojar el dinero al mar que enterrarlo; y depositarlo en un baúl o en el Banco de Inglaterra, es tanto como enterrarlo. Si efectivamente queréis haceros “amigos de las riquezas de maldad,” añadid a las dos reglas anteriores esta tercera: Después de ganar y guardar todo lo que puedas, “da todo lo que puedas.”

2.          A fin de apreciar debidamente la justicia de esta regla, reflexiona que cuando te creó el Señor de los cielos y de la tierra, te puso en el mundo no como un propietario, sino como mayordomo. Como tal, te encargó por un tiempo de varios bienes, mas la propiedad de dichos bienes es suya y nadie podrá jamás disputársela. Así como tú mismo no te perteneces, sino que eres de El, así todas las cosas que tienes son suyas. Tu alma y tu cuerpo no son tuyos, sino de Dios, y lo mismo se puede decir de tus propiedades. Te ha dicho de la manera más clara y en los términos más explícitos, el modo de usar esa propiedad para que sea un sacrificio santo y aceptable por medio de Jesucristo. Ha prometido premiar este servicio fácil y ligero con la gloria eterna.

3.          Pueden compendiarse en las sentencias siguientes las direcciones que el Señor nos da respecto del uso de nuestros bienes. Si quieres ser un mayordomo fiel y prudente de los bienes que el Señor te ha puesto en sus manos, pero que son suyos y que, por consiguiente, puede reclamarlos a cualquiera hora, provee primeramente a todas tus necesidades: qué comer, qué vestir, todo lo necesario para preservar el cuerpo bueno y sano. En segundo lugar, provee para tu mujer, tus hijos, tus criados y todos los que viven contigo. Si después de hacer esto sobra algo, haz bien a aquellos que son de la casa de la fe. Si todavía queda alguna cosa, haz bien a todos los hombres, según se presente la oportunidad. Al hacerlo así, das lo más que puedes, y, en cierto sentido, todo lo que tienes, puesto que todo lo que se usa de este modo verdaderamente se da a Dios. Das “a Dios lo que es de Dios,” no sólo al dar a los pobres, sino al proveer lo necesario para ti y para tu familia.

4.          Si alguna vez tienes dudas respecto de si haces bien o no en comprar tal o cual cosa para ti y para tu familia, hay una manera muy fácil de resolverlas. Pregúntate con toda calma y seriedad: (1) Al comprar esto, ¿obro como debería, no como propietario, sino como mayordomo de los bienes del Señor (2) ¿Hago esto por obedecer su palabra o ¿en qué parte de la Escritura me pide que lo haga (3) ¿Puedo ofrecer este gasto, esta acción, como un sacrificio a Dios por medio de Jesucristo (4) ¿Me asiste alguna razón para creer que esta acción me atraerá un premio en la resurrección de los justos Rara vez necesitarás más para resolver cualquiera duda que se presente sobre el particular, y al meditar sobre estos cuatro puntos, recibirás abundante luz en el camino por donde debes ir.

5.          Si después de esto quedase aun la menor duda, ora y medita sobre esos cuatro puntos. Prueba a ver si puedes en conciencia decir a Aquel que escudriña los corazones: “Señor, ves que voy a gastar este dinero en alimentos, ropa y muebles. Sabes que lo hago con sencillez, como mayordomo que soy de tus bienes, y que tomo una parte de ellos para llenar el fin que te propusiste al confiármelos. Sabes que lo hago en obediencia de tu santa Palabra, como tú lo mandas, y porque tú lo mandas. Recibe esto, te lo ruego, como un sacrificio aceptable por medio de Jesucristo, y dame la conciencia, el testimonio interior, de que en pago de esta obra recibiré una recompensa cuando des a cada uno conforme a sus obras.” Si tu conciencia y el testimonio del Espíritu Santo te dicen que esta oración es agradable a Dios, no dudes de que ese gasto está bien hecho y será provechoso; que jamás te avergonzarás de haber incurrido en él.

6.          Ya veis, pues, lo que quiere decir “haceos amigos de las riquezas de maldad,” y los medios de conseguir que “cuando faltareis os reciban en las moradas eternas.” Ya veis en qué consiste y hasta dónde llega la prudencia verdaderamente cristiana en lo que se refiere al uso de ese gran medio, el dinero. Ganad todo lo que podáis sin hacer mal a vuestros prójimos ni a vosotros mismos, en cuerpo o alma, usando toda diligencia y el entendimiento que os ha dado Dios. Ahorrad todo lo que podáis, evitando todo gasto que sólo tienda a satisfacer deseos torpes: los deseos de la carne o de la vista, y la soberbia de la vida. No desperdiciéis nada en vida o en muerte, en pecado o en torpeza, bien para vosotros o bien para vuestros hijos. Dad a Dios todo lo que podáis, o en otras palabras, todo lo que tenéis. No os privéis de lo necesario semejantes a un judío avaro más bien que a un cristiano. Dad a Dios no un diezmo, ni la tercera parte, ni la mitad, sino todo lo que es de Dios, ni más ni menos. Y dádselo gastando en vuestras personas, en vuestras familias, en los que son de la casa de la fe y en todo el mundo, de tal manera que rindáis cuentas como buenos mayordomos, cuando ya no podáis más ser mayordomos. Dad como mandan los Oráculos de Dios directa e indirectamente, de manera que lo que hagáis sea “sacrificio a Dios en olor suave,” para que todas vuestras acciones reciban su recompensa en aquel día cuando Dios ha de venir con todos sus santos.

7.          ¿Podremos acaso, hermanos, ser mayordomos prudentes y fieles si manejamos de otra manera los bienes del Señor Ciertamente que no, si hemos de guiamos por lo que nos dicen los Oráculos de Dios y nuestras conciencias. ¿Por qué demoramos, pues ¿Qué necesidad hay de consultar con carne y sangre, con los hombres del mundo Nuestro reino, nuestra prudencia, no son de este mundo. Nada tenemos que ver con las costumbres paganas. No seguimos a los hombres que no siguen a Cristo. Escuchadle ahora mismo, hoy día, mientras que es de día. Oíd y obedeced su voz. ¡En este momento y desde este instante haced su voluntad, cumplid su palabra en esta y en todas las cosas! Os ruego en el nombre del Señor Jesús, obrad como conviene a la dignidad de vuestro llamamiento. Ya no más pereza. Todo lo que tu mano encuentre por hacer, hazlo con todas tus fuerzas. Ya no desperdicies nada. Suprime todo gasto que exijan el lujo, el capricho o la vanidad. ¡Que se acabe la avaricia! Usa todo lo que Dios te haya dado en hacer bien, haz todo el bien que puedas, de toda clase y grado, a los que son de la casa de la fe, a todos los hombres. Esta es parte, y no pequeña, de la “sabiduría de los justos.” Dad todo lo que tengáis, daos a vosotros mismos como un sacrificio espiritual a Aquel que no se negó a dar por vosotros a su Hijo, su unigénito Hijo, “atesorando para sí buen fundamento para lo por venir,” echad mano a la vida eterna.