El consumismo

La democracia nos plantea -al menos en teoría- la posibilidad de tomar decisiones como sociedad respecto del futuro que queremos para nosotros. Rousseau, al plantearse la posibilidad de dicho sistema de gobierno, también presentó la necesidad de educar adecuadamente a la sociedad. De este modo, las decisiones que tomase cada individuo serían en base a un escrupuloso análisis de las opciones presentadas.

Qué pasa cuando no hay dicha educación. La sociedad empieza a decidir en base a sus emotividades y no en base a un análisis. “Me siento bien con…” “me agrada…” “es simpático…” “me cae mal…” etc.

Cuando esto sucede, es fácil aprovechar las circunstancias para atraer la decisión del ciudadano en base a dichas emotividades por medio de la publicidad. La lógica o la verdad son sepultadas bajo el peso de la simpatía o la empatía con el cliente. Tanto en las decisiones políticas como en la vida diaria, nos volvemos todos clientes a ser conquistados a partir de gustos que deben ser consentidos.

La democracia es, en ese momento, una democracia del consumo. Empezamos a dejar de lado la posibilidad de decidir sobre las cuestiones fundamentales de la sociedad y empezamos decidir solamente en cuestiones referentes al consumo: qué carro comprar, que vestido usar, qué celular va con mi personalidad, etc. De igual manera, qué candidato tiene mejor presencia en los medios, no quien esboza un plan coherente de gobierno.

El consumismo puede infiltrarse en los hogares y llevarnos a entender nuestras relaciones personales como relaciones de costo-beneficio en las que el corte de la relación depende del cese de mi satisfacción  en la misma.

Es necesario ser cuidadoso con nuestra manera de pensar, más cuando las propagandas y el modelo consumista de vida nos empujan a volvernos esclavos de un determinado estereotipo –los hombres de éxito usan este perfume, las mujeres más hermosas llevan estos trajes- y presos de las emotividades caprichosas.

Aquí unas reflexiones de  Víctor Rey acerca del consumismo:

En estos días he estado hojeando dos libros que he leído hace algún tiempo, escritos en dos países diferentes y con un tema común de actualidad.  Los dos autores tienen una formación diferente y su concepción del mundo también lo es, pero el diagnóstico que hacen del tema es coincidente.  Me refiero primeramente al libro, “La Ciudad” del francés Jacques Ellul y a “El Consumo me Consume” del chileno Tomás Moulian.  A partir de estos dos autores quiero esbozar una reflexión sobre el tema del consumo.

Hoy constatamos el crecimiento acelerado del tipo de sociedad de consumo, la cual se inicia en el siglo XVIII.

El fenómeno de las migraciones internas es cómplice del aumento vertiginoso, en todo el mundo, de una civilización urbana cuyo rasgo sobresaliente es la absolutización de los productos de la tecnología.

Prácticamente toda la humanidad hoy participa en la vida de la ciudad.  Como lo ha señalado Jacques Ellul: “Estamos en la ciudad, aunque vivamos en el campo, puesto que hoy el campo es solo un anexo de la ciudad”. (Pág. 147  La Ciudad.  Editorial La Aurora, Buenos Aires. 1972).

Su afirmación percibe el carácter global de la “mentalidad de consumo” que caracteriza a la sociedad urbana, tanto en los países desarrollados como en países subdesarrollados.

La sociedad de consumo es un engendro de la técnica y el capitalismo.  Los medios de comunicación masivos juegan un rol importante en esta situación, ya que son utilizados para condicionar a los consumidores a un estilo de vida en que se trabaja para ganar, se gana para comprar y se compra para valer.  Como vuelve a decir Jacques Ellul, “el estilo de vida es formado por la publicidad”.

La publicidad está controlada por gente cuyos intereses económicos están ligados a aumento de la producción y este a su vez depende de un consumo que solo es posible en una sociedad en la cual vivir es poseer.  La técnica se pone así al servicio del capital para imponer la ideología del consumo.  Esta al servicio del capital, no al servicio de los hombres y las mujeres.

En consecuencia, los hombres y mujeres se convierten en seres unidimensionales- un tornillo de una gran maquinaria que funciona según las leyes de la oferta y la demanda-, es la causa principal de la contaminación ambiental y crea una inmensa brecha entre los que tienen y los que no tienen a nivel nacional y entre los países ricos y los países pobres a nivel internacional.  Esta brecha continúa creciendo.  Pese a los avances tecnológicos y una expansión industrial que no tiene precedentes en la historia humana.  Hoy el mundo subdesarrollado está más lejos que nunca de la solución a sus problemas.

La sociedad de consumo ha impuesto un estilo de vida que hace de la propiedad privada un derecho absoluto y coloca el dinero por encima de los hombres y las mujeres y la producción por encima de la naturaleza.  Esta es la forma que hoy toma donde el sistema en el cual la vida humana ha sido organizada por los poderes de destrucción.  El peligro de la mundanalidad es este: el peligro de un acomodamiento a las formas de este mundo malo con todo su materialismo, su obsesión por el éxito individual, su egoísmo enceguecedor.

Aquí vale la advertencia del apóstol Pablo en Romanos 12:2, “No vivan ya de acuerdo con los reglas de este mundo, al contrario, cambien de pensamientos para que así cambie toda su vida.  Así llegaran a saber cual es la voluntad de Dios, es decir lo que es bueno, lo que le agrada, y lo que es perfecto”.

Tomado de: http://nacionjuvenil.blogspot.com/2011/05/la-sociedad-de-consumo-por-victor-rey.html

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