Decisiones que tomar

Cada día tenemos una serie de decisiones que debemos tomar. Son decisiones tan sencillas como que ropa podemos usar o que desayunaremos hasta decisiones complejas como si comprar un carro, una casa o invertir en un negocio.

Desde nuestra juventud empieza la toma de decisiones. A medida que nos vamos desvinculando de nuestros padres y vamos aprendiendo a tomar decisiones por nosotros mismos establecemos nuestro camino por medio de las decisiones correctas o incorrectas que tomamos. Decisiones como estudiar o no hacerlo. Seguir la universidad o empezar a trabajar inmediatamente acabada la educación secundaria. Escoger si nos casaremos pronto o esperaremos algún tiempo antes de hacerlo. Decidir con quién casarnos. Decidir cuántos hijos tener o decidir si dejaremos eso a la suerte.

Cada momento nos enfrentamos a una gran cantidad de opciones. Cuando vamos a un supermercado podemos encontrarnos con una cantidad increíble de opciones para un mismo producto y de entre todos ellos debemos escoger uno. Cuando decidimos salir a comer fuera debemos optar por las cientos de posibilidades que nos presenta la ciudad. Alguna eventualidad puede enfrentarnos a la decisión de quedarnos con un dinero o una pertenencia ajena cuando nadie sabrá que cayó en nuestras manos. Otras circunstancias nos pueden invitar a la mentira como modo de evadir una responsabilidad.

Muchos frente a este tipo de incertidumbres sienten la premura de decidir adecuadamente. En ocasiones, el temor de Dios nos lleva a buscar alguna manera de asegurar divinamente nuestras decisiones. Alguna señal, alguna corazonada o algún sentimiento o algún supuesto “oráculo cristiano” que nos diga que estamos haciendo lo correcto y que debamos seguir por allí.

Las decisiones entre los cristianos suelen hacer uso de ciertas estrategias que en ocasiones rayan con la adivinanza o la magia. Tomar un versículo bíblico al azar, soltar la biblia para que se abra en alguna parte que nos ilumine sobre nuestra decisión, esperar que alguien adivine nuestra situación y que emita un oráculo misterioso que se convierte en la respuesta del Señor para nuestras vidas. De igual manera hay muchos líderes cristianos que se prestan a estos juegos usando frases estereotipadas como: Es Señor conoce tu aflicción y te dice ve, porque su diestra de poder te acompañará.

Otras ocasiones las decisiones se toman en base a emociones. Tal es el caso de aquellos que deciden en función de si sienten o no sienten “paz en el corazón”. Esto se asemeja mucho a las prácticas ancestrales de abrir un animal para escudriñar el hígado del mismo pues este era el centro de las emociones. Las decisiones no se toman en base a una adecuada reflexión sino en base a las sensaciones que se tiene en el momento. Debemos recordar cuán frecuente es encontrarnos con creyentes que han sido descubiertos en pecado y que frente a su falta “sienten paz en su corazón”.

Tomar decisiones en base a corazonadas, oráculos pseudo-divinos o versículos sueltos de la Biblia es precisamente a lo que la Biblia define como vivir como necios. Por el contrario, la palabra de Dios nos llama a vivir sabiamente.

La sabiduría, en la Biblia tiene que ver con la capacidad de tomar decisiones adecuadamente. Una persona sabia es aquella que evalúa correctamente las opciones y, en base a la Palabra de Dios, decide por la opción más adecuada. La Biblia nos permite tomar buenas decisiones, pero estas no son el fruto de la selección azarosa de algunos textos bíblicos sino la reflexión y conocimiento adecuado de la voluntad de Dios expresada en la totalidad de la misma.

Tomar decisiones correctamente es algo que aprendemos a hacer en función de las decisiones que tomamos (correctas o incorrectas) y la reflexión que hacemos de las mismas en función de la Palabra de Dios.

Si en algún texto dice algo que medio se acerca a nuestra situación y, por ello decidimos tomar el camino que parece estar definido allí es un error. Lo correcto es comprender los principios bíblicos y en base a ellos dirigir nuestra vida. Aquellos principios no nos permitirán robar, o mentir o cometer adulterio o alejarnos de Dios. Cosa que sí ha pasado en ocasiones con quienes deciden en base a emociones o lecturas sueltas de la Palabra. Luego, cuando alguien les inquiere el porqué de su alejamiento de Dios, aducen que fue la voluntad divina abandonar tal o cual iglesia y empezar ellos mismos a estudiar por su cuenta la Palabra o incluso iniciar un nuevo movimiento religioso. Quien guía estos pensamientos no es Dios sino Satanás que es el más interesado en dividir y desvirtuar a la Iglesia de Cristo.

Si hay divisiones en nuestras iglesia, muchas veces es simplemente el desconocimiento de la Palabra de Dios lo que los genera.

Aprendamos a dirigir nuestro caminar en función de la sabiduría divina, esto nos permitirá tomar decisiones adecuadas en todo momento.

Este día domingo seguiremos profundizando sobre este tema de las decisiones, el propósito de Dios y la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas. No te lo pierdas.

Domingo 4 de Febrero de 2012

08h00 – 0930

11h00 – 12h30

 

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Buenos imitadores

El arte de la imitación

La Pantomima es un estilo de arte que ha existido desde los tiempo de la Grecia clásica. El objetivo de mimo es el de darse a entender si la necesidad de sonidos o palabras. Los gestos y expresiones por medio de los cuales se quiere dar a entender deben ser imitaciones que perciban hasta el más mínimo detalle de la expresión imitada de tal modo que sea inconfundible la idea que se quiere expresar.

La palabra “pantomima”, de igual manera viene del griego “pantomimos” que quiere decir “que todo lo imita”. En la actualidad, este estilo de arte se ha popularizado en las avenidas y plazas de las grandes capitales. Con su singular vestimenta y su maquillaje blanco en todo el rostro, muchos mimos callejeros se instalan en alguna intersección para imitar espontáneamente a los transeúntes.

De todos modos, los grandes mimos como Marcel Marceau siguen siendo el referente obligado de la pantomima y del mimo corporal en tanto arte escénico.

Es imposible lograr una buena imitación, y con ello, la risa del público, si no se tiene la capacidad de advertir todos los detalles del caminar, del vestir, del modo de mirar, etc., de la persona imitada. El mimo que logra descubrir esos detalles y enfatizarlos adecuadamente logra que los espectadores pongan su atención no sólo en su imitación sino en la persona imitada para descubrir en ella las facciones que, cotidianamente, pasan inadvertidas.

Así, el mimo debe combinar en sí la habilidad de observar detenidamente así como la de copiar creativamente los rasgos observados. Falencias en cualquiera de estas dos características pueden hacer fracasar una imitación.

Algo más que es importante advertir. El mimo es consciente de que su obra magna es la imitación de otro. Sabe que su éxito consiste en su capacidad de imitar. No se engaña creyendo que son suyas aquellas expresiones que ha tomado de otros. Mientras mayor es su capacidad para imitar creativamente, mayor es su éxito.

El arte de la imitación en la Biblia (?)

Si bien es cierto, la imitación es algo propio del arte, al parecer, en algunas ocasiones, esta parece introducirse en el texto bíblico como una de las piedras fundamentales de la ética cristiana. En varios textos (1 Corintios 4:16; 1Corintios 11:1; Efesios 5:1; 1 Tesalonicenses 1:6; 1 Tesalonicenses 2:14) el apóstol Pablo nos anima a ser imitadores suyos, como él lo es de Cristo; ser imitadores de Dios, como hijos amados; o ser imitadores de Cristo directamente. En otra ocasión, se nos pide que seamos imitadores de aquellos creyentes ejemplares de otras épocas que han sabido vivir en obediencia a Cristo (Hebreos 6:12). En otro pasaje, finalmente nos dice, según una versión “¿Quién les hará daño si ustedes llegan a ser imitadores de Aquel que es Bueno?” (1 Pedro 3:13). En todos estos casos, el énfasis está en saber imitar y además, en saber a quién imitar.

En lo referente a saber a quién imitar, el centro se halla finalmente en Dios Padre y en Aquel que nos lo revela: el Hijo. Todos se vuelven dignos de imitar sólo en la medida en que nos llevan a Cristo.

En lo referente a saberlo imitar, debemos señalar una diferencia con el arte de la pantomima. Aquí el objetivo final no está en la jocosidad de los aspectos imitados cuanto en la posibilidad de resaltar los aspectos más importantes del personaje imitado, es decir Dios. En todo lo demás podemos seguir sus reglas.

  1. Conocer los rasgos característicos que hemos de imitar del Padre. Debemos descubrir, qué es lo que se nos invita a imitar. Debemos identificar adecuadamente los elementos imitables del Padre por el ser humano. Debemos precavernos de reconocer bien dichos elementos de modo que no seamos una burda copia del original sino una elegante imitación que resalta siempre la dignidad del original.
  2. Aprender a imitarlos de tal modo que reflejemos esos rasgos característicos de Dios. Si somos capaces de imitar a Dios adecuadamente seremos capaces de mostrar al mundo lo a que Dios es según su Palabra, llegando nosotros mismos a ser Biblias humanas que manifiestas la Palabra de Dios en sus vidas. Debemos recordar que algo importante de la pantomima es la creatividad en el imitación. Esto es importante por cuanto no somos iguales los unos a los otros y nuestra manera de expresar nuestra imitación de Cristo será muy diferente en unos y en otros. Seamos creativos al imitar a Dios, pero no olvidemos que somos imitadores de Dios.
  3. Recordar que sólo somos imitadores del Maestro. La obra maestra de nuestra vida es, a decir verdad, una imitación de lo que es Dios en sí mismo. No somos originales en esto. Sólo seguimos las pisadas de Jesús. Seremos grandes en el reino en la medida en que seamos capaces de seguir las pisadas del maestro a la perfección.

El arte de la imitación es difícil. Más cuando el personaje al que debemos imitar es Dios mismo. Sin embargo, nada nos pide el Padre que no seamos capaces de cumplir. Seamos imitadores del Maestro y seámoslo con excelencia. Es es ser un verdadero cristiano, es decir, un verdadero seguidor de Cristo.

Este día domingo (04/12/2011) estaremos meditando en nuestros dos cultos acerca de ser buenos imitadores del Padre, como nos lo pide nuestro texto de Efesios 5:1

Bendiciones


¿Estamos utilizando nuestro tiempo adecuadamente?

Saber administrar el tiempo no era algo que preocupaba en gran medida a las sociedades antiguas. Es cierto que se debía evitar la pereza que mina el tiempo que puede ser invertido en el trabajo como advierte el libro de los proverbios: “Perezoso, ¿hasta cuándo has de dormir? ¿Cuándo te levantarás del sueño? Un poco de sueño, dormitar otro poco, y otro poco descansar mano sobre mano: así te llegará la miseria como un vagabundo, la pobreza como un hombre armado.” (Pro. 6:9-11). Pero una advertencia clara a la correcta administración del tiempo en los quehaceres diarios no la hallamos en el texto bíblico.

Evidentemente, alguien podría recordar lo que dice Efesios 5:16 “Aprovechando bien el tiempo…” y hacer de ello una teología de la administración del tiempo. Lo cierto es que dicho texto no tiene la intención de advertirnos acerca del buen uso que hacemos de las horas en el día a día. Ya la versión Dios Habla Hoy nos da una luz acerca del correcto entender de este pasaje cuando traduce la misma frase como: “Aprovechen bien este momento decisivo…” El peso de dicho texto recae sobre la oportunidad que nos ha dado Dios al ser hechos hijos suyos1.

Hoy en día, las cosas avanzan a una celeridad tal que se ha vuelto cada vez más imperioso saber administrar el tiempo. Un día, una hora o un minuto desperdiciado puede implicar un gran inconveniente para nuestro trabajo, nuestros estudios o nuestra familia. El uso excesivo del tiempo invertido en el trabajo puede cobrarnos a la larga por medio de una crisis en nuestra familia. El exceso de tiempo invertido en las distracciones puede ocasionar serias pérdidas financieras para el hogar y consecuentemente, continuas peleas matrimoniales2.

No podemos alargar las horas del día para darnos abasto con todas las obligaciones tanto laborales como familiares y de otra índole que tenemos, pero sí podemos aprender a administrar correctamente nuestro tiempo.

Una mala administración del tiempo es, en muchos casos, el fruto de un descuidado uso de este bien. No saber en qué nos hallamos gastando nuestro tiempo nos lleva a usar más de lo necesario en tareas sin importancia. De cuánto tiempo disponemos y en qué lo vamos a invertir son dos buenas preguntas.

Basta que analicemos cuánto cuesta nuestra hora de trabajo para que veamos lo importante de un adecuado uso del tiempo. Una hora de trabajo cuesta, de acuerdo al Salario Mínimo Vital (Ecuador) al rededor de $2. Ahora bien, cada hora que la pasamos en un entretenimiento improductivo nos cuesta $2. Cada hora bien aprovechada es una inversión de $2.

Pensemos, por ejemplo en la televisión. Según las encuestas, el promedio de horas invertidas en ese aparato fluctúan entre las 4 y las 6 horas. Es decir, al año hemos invertido -sin considerar el costo del aparato y la luz eléctrica- casi $ 3.000 en sentarnos frente a dicho aparato. El beneficio que produce dicho producto es nulo por lo cual podemos decir que anualmente botamos 3000 a la basura. Al cabo de 60 años una persona promedio habría despilfarrado cerca de $175.000. Quizás seamos un poco duros. No podemos dejar de considerar que necesitamos un cierto tiempo de distracción, sin embargo, cuatro horas diarias excede con creces dicho objetivo. 

Por otro lado, siendo conscientes de la importancia que tiene el ser parte de una familia, las fuerzas que infunde el estar en un hogar estable y la serie de aflicciones que implican una separación, la inversión para dicho bien debería ser mucho mayor que el que ponemos en la televisión. Lo cierto es que según las estadísticas el tiempo utilizado en la familia es de 22 minutos diarios, esto es casi 300 dólares al año. No es de extrañar el aumento de divorcios en la actualidad. Al parecer, no es debido a la crisis de la institución matrimonial tanto cuanto al poco tiempo que le dedicamos a su crecimiento. Bastaría imaginarnos una empresa que con 22 minutos al día genere ingresos suficientes para vivir. Esto realmente es imposible. Necesitamos canalizar más tiempo hacia esta área.

Otro elemento que debemos considerar es el crecimiento personal. Nosotros necesitamos crecer en aquello en lo que somos buenos. Podemos ser hábiles en alguna cosa, sin embargo, entre 5 mil millones de personas al rededor del mundo, seguro que la cantidad de trabajadores hábiles en esa misma área es cada vez mayor. Eso hace que nuestro producto -nuestra habilidad- sea cada vez menos valioso. Esto se traduce en una reducción de los ingresos o en una mayor dificultad para conseguir un empleo. Si nos quedamos con la habilidad innata, los más probable es que al cabo de unos años el valor de nuestra hora de trabajo termine siendo mucho menor del que es actualmente. Si nos esforzamos por darle capacitación a nuestras habilidades, lo más probable es que a la larga tengamos una habilidad con un plus de capacitaciones que harán nuestra hora de trabajo más valiosa. ¿Cuánto tiempo le dedicamos a nuestra capacitación? En muchos casos, el tiempo de dedicado a la capacitación es solamente aquel que nos brinda la empresa.

Si dedicamos una hora al día a una capacitación cuyo costo es de $600 el semestre, podríamos decir que nuestro gasto final sería de $840 incluidas las 120 horas invertidas en dicha capacitación. Suponiendo un incremento del 25% de nuestro salario como fruto de dicha capacitación, en menos de un año recupero la inversión y el resto serían ganancias.

Lastimosamente, muchas veces vivimos con la idea en nuestra mente de que ya no estamos para cursos, pero esto no es más que una excusa que nos mantiene estancados. Una adecuada inversión de tiempo siempre es una capacitación.

Finalmente, nuestro tiempo dedicado a Dios, por lo general suele ser el que más sufre de nuestra inadecuada administración del tiempo. Por lo general dedicamos entre 80 y 140 horas al año a Dios. El primer caso (80) es el de quienes únicamente asisten a la iglesia. El segundo caso (140) es el de aquellos que asisten y dedican de cinco a diez minutos diarios a la oración. Estos tiempos equivalen a menos del 4% del tiempo libre con que contamos. Sobre el tema del valor de esta inversión, quizás sea suficiente con mencionar las palabras de Jesús al respecto: De nada sirve que una persona gane en este mundo todo lo que quiera, si al fin de cuentas pierde su vida.

Quizás se trate de la más grande inversión de todas. Esta equivale al crecimiento total de nuestra persona, al fortalecimiento de nuestra familia y al sustento en tiempos de bonanza y en tiempos de crisis. Aunque sólo a algunos pide Dios que abandonen los asuntos de este mundo y se dediquen de lleno a su obra, todos podemos ser beneficiados con el tiempo que entregamos al Señor. Evidentemente, esto no quiere decir que abandonemos nuestros trabajos por dedicarnos al ministerio -a menos que hayamos recibido de Dios dicho llamado- pero sí que sepamos aprovechar nuestro tiempo en este crecimiento total de nuestra vida que implican la lectura de su palabra, la oración y el discipulado.

1La palabra que se utiliza en este pasaje en griego es kairos (que vendría a ser algo así como “tiempo oportuno” y que por lo general se halla relacionado en el Nuevo Testamento con el tiempo de la redención de Dios) y no chronos que tiene que ver con el día a día.

2Se ha hecho varias investigaciones en las que se podido constatar que una de las razones más comunes de discusiones conyugales es el aspecto económico.

El ciclo de la amargura

Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería, maledicencia y toda malicia. (Efesios 4:32)

La Amargura es el primer paso para una vida infeliz. Se trata de un veneno que carcome por dentro. Al igual que el cáncer en los órganos internos, va matando todo lo que hay de vida en el interior, aunque dejando en el exterior una apariencia de que todo está bien.

La persona que sabe amargarse la vida busca:

  1. Imaginarse los peores futuros para su vida (Si despiden a alguien, seguro que me despiden a mí primero; el índice de divorcios aumenta, ¿Cuándo me dejará mi esposo/a)
  2. Suponer las peores intenciones de los demás (No se toma tantas molestias en vano, algo debe querer de mí…)
  3. Encontrar el lado malo de todo.(Si llueve me mojo; si hace sol me quemo)
  4. Recordar que -según él/ella- todas las cosas han sido hechas para su mal.
  5. Cumplir todas las profecías negativas que contra él se dicen (Seguro que te va mal; seguro que no lo logras; esa persona no te conviene; ese trabajo va a fracasar, etc.).
  6. Establecer metas inalcanzables para descubrir en su incumplimiento nuevas justificaciones a su continua amargura.

Es evidente en todo esto, que el problema de la persona amargada no es el mundo que le rodea sino la óptica desde la cual mira ese mundo. Es por esta razón que el primer paso que debemos dar como creyentes es cambiar nuestra manera de pensar (Romanos 12:2).

La amargura contamina todo lo que hacemos y las relaciones sociales en las que interactuamos. Afecta nuestra relación con Dios y aún nuestra relación con nosotros mismos. Es por esto que se vuelve necesario aprender a controlar y evitar la amargura.

Este día domingo (20/11/2011) estaremos hablando acerca de la amargura y los escalones que siguen a la misma: el enojo, la gritería, los insultos, y la maldad generalizada. Te esperamos en cualquiera de nuestros dos cultos: 08h00 y 11h00.

Bendiciones.

La Palabra oportuna

La semana pasada estuvo compartiendo con nosotros la reflexión, mi esposa. Las palabras que usamos pueden ser para edificar a las personas o para destruirlas. El texto de Efesios 4:28 nos anima a usar palabras que sean para dar vida a las relaciones y a las personas. Evitemos los chismes, las calumnias y todo tipo de palabras y comentarios que denigran a las personas y que no las edifican.

A continuación la presentación que utilizó para su exposición Nelly:

Bendiciones.

Robar a Dios…

El último tema a ser tratado en nuestra serie de reflexiones acerca del robo se relaciona con nuestras responsabilidades para con Dios. La frase “robar a Dios” para muchos puede sonar muy fuerte. Muchos prefieren no considerar que puedan estar haciendo esto aunque el texto bíblico explícitamente llama robo al descuido en las cuestiones referentes al cuidado de su obra.

Aún cuando muchos de nosotros somos conscientes de esto, en ocasiones obviamos esta verdad. Saltamos esto y suponemos que el camino a la santificación no pasa por el bolsillo. Lo cierto es que en más de una ocasión se nos advierte sobre los peligros del excesivo deseo de riquezas. No es necesario poseer muchas cosas para caer en manos de la avaricia. Esta afecta al pobre y al rico, al “santo” y al pecador.

En el Antiguo Testamento podemos ver un ejemplo muy gráfico de la manera en que la obsesión por poseer más de lo necesario destruye todo lo que tenemos.

Cuando los israelitas estaban pasando por el desierto se preocuparon porque no tenían para comer. Dios, entonces, los alimentó con el maná. Esta bendición de Dios era para que puedan vivir, sin embargo, el corazón del hombre se desvía fácilmente. Algunos recogieron más de lo que necesitaban. Exódo 16:20 nos dice lo que sucedió: “Algunos dejaron parte del maná para la mañana siguiente, pero crió gusanos y se pudrió…” No era gran cosa lo que poseían pero la avaricia fue mayor que la obediencia y Dios hizo criar gusanos sobre aquella riqueza que no era sino un robo a Dios.

Tal vez podamos suponer que no siempre es la avaricia la que nos mueve a fallar a Dios en los diezmos y las ofrendas. En ocasiones es el desconocimiento. El texto bíblico nos habla acerca de la responsabilidad del sostenimiento de la obra en varias parte del texto.

Así por ejemplo, en Génesis 28:22 vemos a Jacob ofreciendo a Dios la décima parte de lo que obtenga como fruto de su trabajo. El propósito de esta ofrenda es el sostenimiento del templo que piensa construir en aquel lugar donde ha visto ángeles subir y bajar a lo largo de una escalera.

En otro texto vemos que la responsabilidad del cuidado de los levitas queda en el pueblo por medio del diezmo (Números 18:23-24).

De igual manera, en Hageo 1:8 vemos el reclamo que lanza el profeta contra un pueblo que vela por sus propios interesas mientras descuida el sostenimiento del templo:

Ustedes esperan mucho, pero cosechan poco; lo que almacenan en su casa, yo lo disipo de un soplo. ¿Por qué? ¡Porque mi casa está en ruinas, mientras ustedes sólo se ocupan de la suya! — afirma el Señor Todopoderoso —. Hageo 1: 9

A pesar de esto, de diversas maneras podemos optar por evadir esta responsabilidad. Veamos a continuación algunas de las razones que pueden darse para descuidar el sostenimiento de la iglesia, es decir, en término del profeta Malaquías: las razones que damos para robar a Dios.

Excusas

    1. No robo a Dios sólo que pienso que puedo hacer uso de mi diezmo de manera más efectiva apoyando actividades benéficas…

Hay ocasiones en que he escuchado que la razón por la cual no se separa para los diezmos es porque se ve más adecuado apoyar obras de caridad. La iglesia, dicen algunos, está bien y no necesita más dinero, mejor uso mi diezmo para ayudar a los que no tienen. De hecho, el Antiguo Testamento habla de un segundo diezmo que debía ser recaudado cada tres años y puesto en graneros específicos a lo largo de todo el país para ayudar a los pobres. Deuteronomio 14: 28-29.

La iglesia del Nuevo Testamento no recoge un diezmo extra para los pobres, pero de los recursos que recolecta separa una parte para los mismos. Vemos esto en el caso de Hechos 6 con el caso de las viudas. En 1 Timoteo 5:3ss vemos que la iglesia tenía una lista de viudas a las cuales ayudaba regularmente con sus ingresos.

En ocasiones las iglesias primitivas piden contribuciones extraordinarias como cuando se da la sequía de Palestina que deja sin alimentos a todos los cristianos de esa región. En 2da Corintios 8:1 vemos la generosidad con la que los creyentes aportan para socorrer a los necesitados. La iglesia no se olvida y no debe olvidarse de los pobres. Su presupuesto anual debe incluir un rubro específico para ayudar a los que no tienen.

Si deseamos apoyar el trabajo con los pobres, esto no debe afectar nuestros diezmos. Debemos destinar un rubro extra para tal efecto.

Lo que sí podemos hacer es solicitar a la junta de nuestra congregación o directamente a la asamblea de la misma que se destine un rubro específico para la ayuda de los necesitados.

    1. No es que robe a Dios, es sólo que 10% me parece mucho dinero…

Es evidente que para muchos parecerá una cantidad desmedida en especial cuando hacen cuentas. Si ganas unos $300, el diezmo representaría unos $360 al año con lo cual te podrías comprar un Iphone. Si ganas unos $2000 mensuales, estarías hablando de unos $2400 que podrían alcanzarte para un LCD de 32 pulgadas de alta fidelidad o para un par de cursos de actualización para nuestra carrera…

De todos modos, el problema es que nuestro punto de partida es el inadecuado. Lo que hemos dicho en el párrafo anterior parte del supuesto de que el dinero que tenemos es nuestro y el diezmo que entregamos es un gasto que estamos haciendo. Suponemos que el dinero que estamos entregando a la iglesia depende de los beneficios que obtenemos de la misma. Como si de una tienda se tratara y como si el Pastor fuera el vendedor y el evangelio el producto entregado.

Lo que dice la Biblia es muy diferente. Todo cuanto poseemos le pertenece. Dice salmo 24:1 “De Jehová es la tierra y cuanto hay en ella. El mundo, y los que en él habitan”. Y Deuteronomio 8:18 dice respecto de nuestras ganancias y el esfuerzo que hemos puesto en ganarnoslo: “Acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día.”

Nosotros sólo somos administradores de los vienes que de Él recibimos. Cuando Él nos entrega los recursos necesarios para vivir, nos da también ciertas disposiciones respecto a cómo utilizarlo. Cuando un gobernante es electo, recibe el poder de decidir en qué utilizar los recursos del pueblo. Si dicho gobernante lo utiliza para beneficiarse o hace un mal manejo de dichos recursos, todos conocemos la palabra que se usa para describirlo: corrupto. Cuando nosotros recibimos de Dios los recursos que Él nos entrega y no lo usamos de acuerdo a su voluntad, podemos estar seguros que en el cielo estamos siendo considerados corruptos y malversadores de fondos.

    1. No pretendo robar a Dios lo que pasa es que no me alcanza lo que gano…

Partamos diciendo que la falta de dinero en nuestro hogar no es culpa de Dios. Como hemos visto en otra ocasión, puede ser fruto de: (a) nuestra falta de preocupación por ahorrar en los tiempos de vacas gordas para los tiempos de vacas flacas; (b) habernos endeudado hasta el punto de no poder pagar nuestras deudas cuando vienen situaciones que no nos esperábamos; (c) gastar pródigamente nuestros recursos para mantener un estilo de vida que nos haga sentir mejor; (d) la negligencia en el trabajo que realizamos que cierra las posibilidades de conseguir un trabajo mejor, un ascenso o un mejor salario. Lo adecuado es ahorrar, no endeudarnos, adecuarnos a un estilo de vida frugal (sencillo) y ser diligentes en nuestro trabajo. Los problemas financieros van y vienen. Los caprichos del mercado son impredecibles. Los caprichos de los jefes son insondables. Pero cuando hemos vivido de acuerdo a los parámetros bíblicos, Dios respalda nuestro trabajo y guarda nuestros recursos. Cuando vienen las adversidades, si hemos sabido llevar el estilo de vida bíblico, sabremos sobreponernos. Recordemos lo que dice Proverbios 22:29: ¿Has visto a alguien diligente en su trabajo? Se codeará con reyes, y nunca será un Don Nadie.

Así que la escasez no es un motivo para dejar de diezmar es un llamado a organizar nuestra administración de los recursos que el Señor nos provee.

    1. A Jesús le da asco el pastor que se hace rico con la fe…

A los que proponen esta excusa podemos llamarlos Arjonianos porque le creen más a Ricardo Arjona que a la Palabra de Dios. Suponer que no hay personas que se enriquecen engañando a los creyentes en las iglesias sería una ingenuidad. En cualquier parte nos podemos encontrar personas avariciosas. Hace poco se pudo conocer de la investigación que hacía el congreso de los Estados Unidos a cinco evangelistas acusados de enriquecimiento ilícito y evasión de impuestos. En Costa Rica un Pastor es perseguido por estafar a miles de personas convenciéndoles de invertir en una urbanización para cristianos. En Brasil Edir Macedo de la Iglesia Universal del Reino de Dios (“Pare de Sufrir”) es investigado por fraude, lavado de dinero y evasión de impuestos. Su fortuna pasó de un par de miles de dólares al iniciar su iglesia a cerca de dos mil millones de dólares en la actualidad.

Es un hecho que hay personas sin escrúpulos que hacen de la fe un negocio. En el Antiguo Testamento podemos ver que esto también se daba en aquellos tiempos. Los hijos de Elí aprovechan su situación privilegiada como sacerdotes para dar rienda suelta a su avaricia1. Los hijos de Samuel hacen los mismo2. En Jeremías 8:10 el profeta denuncia a la ciudad de Jerusalén en la cual desde el más pequeño hasta el más grande son avaros, desde el profeta hasta el sacerdotes aman el engaño.

De todos modos, todos estos textos finalizan hablando del castigo de Dios sobre los que, aprovechando su posición, intentan enriquecerse a costa de la fe del pueblo. En ninguna parte, en estos párrafos mencionados dice Dios: por cuanto hay gente que se aprovecha, ya no diezmen.

Tengamos cuidado y busquemos siempre ser prudentes con el manejo de los diezmos del Señor, pero no creamos que porque escuchamos de alguna persona que estafa aprovechándose de los diezmos estamos exentos de nuestras responsabilidades con Dios.

Seamos vigilantes en nuestras iglesias respecto del correcto manejo de las finanzas. Cuidémonos, en especial de iglesias en las cuales el liderazgo (pastor, junta, consejo de ancianos, etc.) no tiene que dar cuentas a nadie de los manejos económicos de la iglesia.

Las iglesias requieren de recursos económicos para pagar sueldos, cubrir gastos básicos (agua, luz, teléfono, arriendo o impuesto predial, etc.), desarrollar nuevos ministerios, mantener las instalaciones de la iglesia, ayudar a los pobres, etc. El modelo que planteó Dios para cubrir este tipo de gastos es el diezmo y las ofrendas. Recordemos que en el Antiguo Testamento se separa una tribu (la de los levitas) para dedicarse exclusivamente a los trabajos del templo (desde la alabanza hasta la limpieza) sostenidos exclusivamente en base a los diezmos. De no haber dicha contribución, los levitas hubiesen tenido que abandonar su misión delante de Dios para dedicarse a otros asuntos con el fin de conseguir recursos para sus familias. De hecho, esto sucedió en los tiempos de Nehemías. Dice su escrito en el capítulo 13: 10-12:

También descubrí que las porciones de los Levitas no se les habían dado, por lo que los Levitas y los cantores que hacían el servicio se habían ido, cada uno a su campo. Por tanto, reprendí a los oficiales, y les dije: “¿Por qué está la casa de Dios abandonada?” Entonces reuní a los Levitas y los restablecí en sus puestos. Entonces todo Judá trajo el diezmo del cereal, del vino nuevo y del aceite a los almacenes.

De igual manera, en nuestro tiempos, la falta de responsabilidad con el sostenimiento de la obra puede llevar -y de hecho lo ha hecho en muchos casos- a la quiebra económica de las iglesias o a que el pastor tenga que buscar un trabajo extra para sostenerse a sí mismo y, en algunos casos, aún para sostener a la iglesia.

Así pues, Dios ha puesto en nuestras manos el sostenimiento de su obra, y aún la expansión de su mensaje. Nuestra responsabilidad no acaba cuando damos un par de horas del fin de semana a los ministerios de la iglesia, sino que necesariamente se extiende al sostenimiento financiero de la obra. En la medida en que hemos sido prosperados, seamos de apoyo para la obra3.

Malos hábitos

En lo referente a los diezmos y ofrendas hay ciertos hábitos que paulatinamente vamos tomando en la vida cristiana y que no son agradables ante Dios. Veamos algunos de ellos:

  1. Cuando la iglesia necesita apoyo yo ayudo en lo que se requiera, de esa manera compenso mi falta en lo referente al diezmo.

Es bueno ayudar a la iglesia cuando hay necesidades imprevistas y tenemos la posibilidad de suplirlas. De todos modos, esto no nos exime de nuestra responsabilidad financiera cotidiana. Actuamos de manera similar a cuando vemos que el matrimonio está siendo amenazado y decidimos de improviso retomar nuestro romanticismo. Esto no salva al matrimonio. De igual manera, este tipo de actitudes, no compensan nuestra falta de compromiso financiero. Debemos empezar a ser fieles en lo económico de la misma manera en la que lo somos en otras áreas de nuestras vidas.

  1. Primero calculo lo que necesito para el mes y de allí veo cuánto me queda para la iglesia.

En libros referentes al tema de las finanzas personales se maneja un concepto muy interesante al respecto. Mira en qué es en lo que más gastas y sabrás qué es lo que más amas. Si hemos puesto la determinación de nuestros diezmos como la última rueda del coche, no hace falta ningún otro test de crecimiento espiritual, a Dios lo hemos puesto al final de nuestras prioridades.

  1. Los domingos llevo algo extra para la iglesia. Si el sermón estuvo bueno saco el billete grande, si el sermón estuvo medio bueno saco el billete chico y si el sermón no me gustó saco las monedas…

El error aquí es que pensamos que el diezmo y la ofrenda son una forma de evaluar al predicador cuando en realidad son nuestra expresión de gratitud a Dios por todo lo que él ha hecho en nuestras vidas. Él se dio al cien por ciento por nosotros, es una mínima parte lo que se nos demanda al serle fieles en ese 10%.

  1. Separo para la iglesia pero cuando surge alguna necesidad saco de allí para cualquier cosa y después devuelvo… si me acuerdo (!)

Este es un hábito en el cual muchos hemos caído, pero al hacerlo estamos aprendiendo hábitos fácilmente contagiosos. Un día es el diezmo, al otro son nuestros pagos del SRI (servicio de rentas internas) o la cuota para el colegio de nuestros hijos. Dejemos de lado esos hábitos que no nos permiten algo tan básico como un crecimiento económico y peor aún un desarrollo espiritual.

Empecemos a ser fieles a Dios en lo económico así como lo somos en lo religioso pues Dios nos salvó integralmente y no por partes.

1     1ra samuel 2:12ss

2     1ra Samuel 8:1ss

3     Si bien hay pastores que se hacen ricos con la fe, también los hay quienes por la negligencia de ciertos grupos de poder en las iglesias no reciben un salario básico. No se les brinda ningún sistema de seguridad social. En estos casos, de no mediar la ley, los pastores siguen en condiciones de supervivencia y explotación laboral. No permitamos que el mensaje del evangelio sea deshonrado por este tipo de testimonios.