LO GRANDIOSO DE LO PEQUEÑO

Así es que Jesús les dijo:

-¿A qué se parece el Reino de Dios, y con qué lo compararía Yo? Es como una semillita de mostaza, que uno coge y la siembra en su huerto, y se pone a crecer y a crecer hasta que se hace tan grande como un árbol, y los pájaros vienen a hacer el nido en sus ramas.

Jesús les dijo otra vez:

-¿Con qué compararía Yo el Reino de Dios? Es algo así como la levadura, que coge una mujer y la mete bien dentro entre tres medidas de harina hasta que toda la masa queda fermentada. Lucas 13:18-21

Pequeñas acciones que producen efectos gigantes. Estas cortas parábolas encierran una gran verdad acerca del Reino de Dios. Contrario a los valores actuales de este mundo basados en la idea de grandeza como éxito, fama, poder y dinero, el Reino de Dios puede ser de apariencia insignificante y silencioso, pero sus resultados son de una trascendencia cósmica, incluso inimaginables a nuestra mente.

Estas dos parábolas nos muestran un inicio casi insignificante, un crecimiento silencioso que en secreto va transformándose internamente hasta llegar a transformar todo su entorno.

Semilla de mostaza

El Reino de Dios es similar, su accionar en cada vida puede parecer imperceptible a nuestros sentidos, más como la levadura leuda toda la masa y la semilla de mostaza crece silenciosa y constante hasta ser capaz de dar fruto y albergar vida. El accionar del Reino de Dios en nosotros tiene alcances ilimitados.

Podemos pues, en estas parábolas rescatar al menos tres principios para la vida cristiana.

  1. Dios obra de manera silenciosa, pero con resultados admirables y extraordinarios en nuestra vida.
  2. Si queremos entender el obrar de Dios en nosotros, debemos prestar atención a los detalles en cada momento de nuestra vida.
  3. Cuando el Reino de Dios llega a nuestra vida, no mejora nuestra apariencia, transforma nuestra esencia.

Dios obra de manera silenciosa, pero con resultados admirables y extraordinarios en nuestra vida.

Jesús inicia su ministerio con pocos hombres. Tres años duró su ministerio público. No invirtió grandes recursos económicos. Sin embargo, su impacto fue tan grande que cambió la historia de la humanidad dando inicio a una nueva era.

La venida de Cristo es el Reino de Dios, el Rey Jesús nace en un pesebre, humilde sin pomposidad, sin comodidad alguna, en su ministerio predica el evangelio a los pobres, en cada encuentro con la gente los transforma, sana, libera, da vida, pero no busca el éxito, antes camina hacia la cruz, buscando la voluntad del Padre.

silencio-y-oracion

Que el Reino de los cielos venga a nuestra vida involucra rendir nuestra voluntad al Rey de Reyes, al Señor de Señores. Es aquí donde ser cristiano no es fácil, es luchar contra nuestro orgullo, contra nuestro deseo de hacer nuestra voluntad, contra nuestra autosuficiencia y egoísmo para reconocer el obrar de Dios en todo cuanto tenemos, hacemos y somos.

Jesús dice antes de ir a la cruz este es mi deseo, mas, “hágase Tu voluntad, no la mía”. Ser capaces de actuar de esta forma, esto es encontrar nuestra seguridad en Dios y no en nosotros mismos, no en nuestro trabajo, no en nuestro conocimiento, no en nuestros bienes materiales, etc.

Cada decisión de la vida cotidiana debe ser sometida a la voluntad de Dios, nuestro carácter, temores, trabajo, relaciones familiares, etc., todo lo que puede parecer pequeño e insignificante a ser topado por Dios tendrá resultados trascendentales que cambien tu vida, tu familia y hasta tu entorno social.

Antes de tomar una decisión, pongámosla en manos de Dios, antes de empezar a resolver un conflicto, oremos y pidamos sabiduría a Dios, antes de angustiarnos por un problema, llevemos nuestra carga ante nuestro Padre Celestial, pues como Padre amoroso nos sostendrá.

Si queremos entender el obrar de Dios en nosotros, debemos prestar atención a los detalles en cada momento de nuestra vida.

¡Qué rápido crecen los hijos!, una frase muy escuchada, pues en lo cotidiano de la vida no percibimos a cantidad de cambios que a nivel fisiológico, mental y emocional se produce a cada segundo en un niño, pero de repente caemos en la cuenta de cuánto han cambiado, de cuánto han avanzado. Prestar atención a esto nos mueve a disfrutar más el tiempo con ellos.

Detalles

Algo similar pasa en la vida cristiana. Son procesos constantes y silenciosos, que pasan casi desapercibidos como la levadura en la masa, si no hacemos un alto y prestamos atención a los detalles, no entenderemos lo que está pasando. Dios está actuando en nuestra vida a cada instante, pero estamos muy ocupados para notarlo.

Si estamos atentos al obrar de Dios en nuestra vida percibiremos en los pequeños detalles como Dios está haciendo una obra de arte encada uno de nosotros. Para percibirlos debemos agradecer cada día lo que tenemos, leer la Palabra, recordar cuantas veces Dios nos ha guardado e incluso pensar cómo estuvo actuando Dios en nuestro carácter en medio de una situación desagradable a nosotros.

Recuerda que “las cosas más grandes de la vida crecen en silencio y despacio”

Cuando el Reino de Dios llega a nuestra vida, no mejora nuestra apariencia, transforma nuestra esencia.

Lo que vale es la esencia mas no las apariencias. Vivimos en un mundo que vive de apariencias, la imagen que damos es importante a la hora de buscar trabajo, vender un producto o establecer relaciones laborales o personales. Al contrario, el Reino de Dios no es apariencia, es esencia.

Podemos alardear de espiritualidad, siempre decir “Dios te Bendiga”, llevar una gran Biblia, o incluso hacer buenas obras, pero si nuestra esencia no ha sido tocada por el Espíritu de Dios en vano es todo este esfuerzo. Para Dios cuenta lo que somos, no que hacemos.

Los fariseos se jactaban de espiritualidad, orando en las plazas, dando limosna a los pobres, y con muchas tantas leyes y tradiciones, sin embargo, su corazón estaba lejos de Dios. Jesús los pone en evidencia con su enseñanza. Sobre la limosna dice “Hazlo en secreto, y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu recompensa.” Mateo 6:4; sobre la oración igualmente: “Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora en secreto a tu Padre. Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu recompensa.” Mateo 6:6.

Al igual que la higuera infértil, la religiosidad farisaica que se había vuelto estricta y legalista, olvidó el amor al prójimo, la misericordia y la justicia. Al contrario que los reinos de este mundo, el Reino de Dios no busca seducirnos o conquistarnos, no ofrece comodidad, dinero o éxito; pero su llegada, transforma nuestra vida, nos libera, nos da vida en abundancia.

No existe la posibilidad de estar en “unión libre” con Cristo, o crecemos y damos fruto o no lo tenemos. Ser parte del Reino de Dios es una vida de compromiso con Cristo, no apariencia, sino entrega total y completa de nuestra vida en Cristo.

Reflexión realizada por: Nelly Ávila