Las promesas de Dios y nuestras oraciones

“Por eso les digo: Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración, y lo obtendrán” Marcos 11:24

Dios ha hecho una serie de promesas a su pueblo en la Bibia. La oración es el modo de acceder a ellas. Sin embargo cometemos dos errores en la oración en lo concerniente a la oración por las promesas divinas. El primero es apropiarnos de promesas que no son para nosotros. Tomamos al azar frases de la Biblia y nos apropiamos de ellas sin considerar los condicionantes que hay alrededor o si dicha promesa ha sido hecha a alguien en particular. En muchos de los textos bíblicos donde se encuentra una promesa de Dios, esta se halla conectada con algún condicionante. Por ejemplo: “Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” es una promesa que lleva dos condicionante: “No se apartará de tu boca este libro de la ley”y “Esfuérzate y se valiente”.

Lo segundo es que debemos advertir que algunas de aquellas promesas son hechas para personas específicas de la historia. Así, la promesa de conquistar Canaan fue hecha a Israel en el siglo XII. Nosotros no podemos tomar esta promesa para nosotros. En ocasiones, Dios toma algunas promesas hechas en el pasado a personas distintas para aplicarlas a nuestras vidas. De todos modos, esto no es una regla y debemos estar alertas a no confiar en promesas que no nos han sido hechas para luego no sentir nuestro corazón desfallecer al ver que dichas promesas no se cumplen.

Es segundo error que podemos cometer ante las promesas bíblicas es no creerlas del todo. Por temor a equivocarnos preferimos no tomar aquellas promesas para nuestra vida. Esto nos hace perder dichas promesas. A continuación compartimos las Palabras de Charles Finney un gran evangelista del siglo XIX que nos exhorta a confiar en las promesas de Dios y pedirlas adecuadamente.

Sin duda la fe es una condición indispensable de la oración que prevalece. Hablo de la clase de  fe que asegura la bendición. Debemos creer que recibimos la bendición específica que pedimos. No debemos pensar que Dios es un ser que si le pedimos un pan nos dará una piedra o si le pedimos un pez nos dará una serpiente, según palabras de Jesús. En el relato de Marcos 11, los discípulos debían tener fe para un milagro, y es claro que se esperaba que creyeran que lo iban a recibir. Esa es la clase de fe que debían tener. Ahora bien, ¿qué deben creer los seres humanos en relación con otras bendiciones?  Es una cosa lógica pensar que si una persona ora por una bendición específica, Dios por algún misterio de su soberanía, le va a dar algo diferente, o se la da a otra persona, en otro lugar. Ese pensamiento no solo es tonto, sino deshonroso para Dios. Debemos creer que recibiremos las cosas que pedimos.
¿Cuando estamos obligados a hacer este tipo de oración? ¿Cuándo debemos creer que recibiremos las cosas que pedimos? Mi respuesta es: Cuando tengamos la evidencia de ello, y la fe siempre tiene esa evidencia. Una persona no puede creer una cosa, a menos que vea algo que considere evidencia. No está obligado a creer, y no tiene el derecho de creer que algo será hecho por alguien, a menos que tenga prueba de ello. La mayor expresión de fanatismo es creer sin tener prueba o evidencia.
Suponga que Dios ha prometido algo de manera especial. Por ejemplo: Él dice que está más listo a dar el Espíritu Santo a quienes se lo pidan, que los padres a dar pan a sus hijos. Aquí debemos creer que lo recibiremos cuando lo pidamos en oración. Usted no tiene del derecho de anteponer un si condicional y decir: “Señor, si es tu voluntad, dame el Espíritu Santo”. Esto es un insulto para Dios. Anteponer un si condicional a la promesa de Dios, donde Él no lo ha puesto, es equivalente a acusarlo de falta de sinceridad. Es como decir: “Señor, se has sido sincero al hacer esta promesa, concédeme la bendición que te estoy pidiendo.”

Padre, que cada vez que pida espere siempre Tu Voluntad, pero además, que el esperar Tu Voluntad no sea un escondite para ocultar mi falta de fe. Tus promesas son veraces y tu palabra se cumple en mi vida. Amén.

Ser protestantes: Seis afirmaciones principales

Las iglesias evangélicas somos descendientes de la reforma protestante que se desarrolló a lo largo de la primera mitad del siglo XVI. Como rechazo a los excesos producidos por el papado (Simonia) durante ese tiempo Martín Lutero y luego Zwinglio y Calvino, modelaron los cimientos de la reforma de la iglesia. Los principios fundamentales de las iglesias reformadas (sus distintivos) han quedado descritos en la actualidad en la declaración siguiente:

A parte de las convicciones comunes entre todos los creyentes y que pueden ser halladas en los credos de la iglesia primitiva, los protestantes… se reconocen en las seis afirmaciones siguientes:

Sólo a Dios sea la gloria. Los protestantes afirman que nada es sagrado, divino o absoluto sino Dios. Por esto son vigilantes acerca de cualquier partido político, valor, ideología o empresa humana que pretenda revestirse de un carácter absoluto, intangible o universal. Puesto que Dios es un Dios de libertad que llama a una libre respuesta de parte del ser humano, los protestantes son favorables a un sistema social que respete la pluralidad y la libertad de conciencia.

La Sola gracia. Los protestantes afirman que el valor de una persona no depende ni de sus cualidades ni de sus méritos ni de su estatus social, sino del gratuito amor de Dios que le confiere a cada ser humano un precio inestimable. El hombre, por tanto, no puede merecer su salvación por medio de sus esfuerzos por agradar a Dios. Dios le ha dado de su gracia sin condiciones. Este amor gratuito de Dios, a su vez, hace al hombre capaz de amar a sus semejantes gratuitamente.

Lo esencial es la fe. La fe nace del encuentro personal con Dios. Este encuentro puede surgir abruptamente en la vida de un individuo. Lo más común es que este encuentro sea el resultado de un largo recorrido lleno de dudas e interrogaciones. De todos modos, la fe es dada por Dios sin condiciones. Todos los seres humanos son llamados a recibirla en libertad. Ella es la respuesta humana a la declaración de amor hecha por Dios en los textos bíblicos y en Jesucristo.

La sola Biblia. Los cristianos protestantes no reconocen sino la sola autoridad de la Biblia. Por sí sola ella puede nutrir su fe; ella es la referencia última en las cuestiones teológicas, éticas e institucionales. A través de los testimonios humanos que ella nos transmite, la Biblia es la Palabra de Dios. Los textos bíblicos delinean principios generales a partir de los cuales cada protestante, en todo aquello que le concierne, y cada iglesia, colegialmente, trazan el espacio de su fidelidad.

Siempre reformándose. Las iglesias reúnen en una misma fe y esperanza a todos aquellos, hombres, mujeres y niños, que confiesan explícitamente al Dios de Jesucristo como aquel que da sentido a sus vidas. Las instituciones eclesiásticas son realidades humanas. “Ellas pueden equivocarse”, decía Lutero. Tomando como referencia al evangelio, la iglesias deben sin cesar mantener una mirada crítica e inquisitiva respecto de su propio funcionamiento. Cada uno debe asumir aquí su parte de responsabilidad y ser testimonio de la fidelidad a la palabra divina.

El Sacerdocio Universal. Entre los principios más innovadores de la reforma, el sacerdocio universal de los creyentes instaura un lugar idéntico, en el seno de la iglesia, a cada bautizado. Pastores y laico comparten el gobierno de la iglesia. Los pastores no tienen un estatus aparte en la iglesia. Ellos ejercen en su interior una función particular a la cual los estudios universitarios de teología les han conducido. En un espíritu de unidad ellos aseguran, en particular, el servicio de la predicación y de los sacramentos, la animación de la comunidad, en el seno de la cual ellos ejercen su ministerio, el acompañamiento, la escucha y la formación teológica de sus miembros.

Tomado de: http://erf.diois.free.fr/protestant.htm

Orar con Sabiduría

“Oro para que te vaya bien en todos tus asuntos y goces de buena salud, así como prosperas espiritualmente”. (3ra de Juan 2)

Algo interesante en este verso es que nos llama a recordar que somos un todo. No somos solamente espíritu o sólo cuerpo. Somos ambos. Muchas veces en nuestras oraciones descuidamos lo uno por dar preferencia a lo otro. Por ejemplo, podemos estar tan preocupados por lo espiritual que nos olvidemos que también somos materiales y necesitamos alimentar nuestro cuerpo así como lo hacemos con nuestro espíritu. En ocasiones esto provoca un desequilibrio que a la larga termina trayendo afección a todo nuestro ser. Recordemos lo que decía el salmista: “Señor no me des demasiados bienes para que no termine olvidándome de ti, ni me des tampoco escasos bienes para que no reniegue de ti”. Cuando descuidamos en nuestro cuidado y en nuestras oraciones los anhelos metas y deseos que tenemos materialmente estos pueden revelarse finalmente contra nuestro crecimiento espiritual.

Sin embargo, queda el otro extremo, ¿qué, si en lugar de estar preocupados por lo espiritual sólo pensamos en lo material? El problema se agudiza pues nos preocupamos por hacer crecer las espinas en lugar de permitir crecer a la flor de la Palabra. El orar no siempre es sinónimo de preocupación espiritual. Puede ser que mis oraciones sean meras búsquedas mediadas de otros bienes que por naturaleza son materiales.

Cuando a la oración la tenemos a nuestro alcance únicamente para hacer peticiones del tipo: Señor, bendíceme con un auto; Señor, mira que necesitamos una casa; Padre, cuida mí trabajo; Señor, necesito comprar esto o aquello. En definitiva, sólo buscamos la oración como medio de “bendición”, y claro, siempre entendemos a la “bendición” en términos materiales. La oración ha de ser completa. En este sentido no hay mejor ejemplo que la oración que nos enseñó Jesucristo mismo. Primero que se haga la voluntad del Padre, segundo que pueda vivir para dar gloria a Dios, tercero que sean cumplidas nuestras peticiones materiales, cuarto que seamos limpios del pecado y de la maldad (el maligno) que busca aprisionarnos y por último que todo cuanto reciba en respuesta sea para glorificar su nombre. Cada cosa tiene su lugar y cada necesidad del ser humano su espacio.

Oremos por nuestra salud, por nuestro bien en la tierra, pero también por nuestro crecimiento espiritual, por nuestro desarrollo cristiano. Amén

La fe en busca de felicidad

Es muy habitual escuchar decir en algunas congregaciones: ¡Cuántos esta alegres de estar aquí! Lo cual suele ser seguido por la respuesta estremecedora de los asistentes que exclama: ¡Amén! Se da por sentado, entonces que quienes están allí son felices y quienes no están allí no lo son. Se llega incluso a suponer que en las iglesias donde no se hace dicha pregunta o no se recibe la antes mencionada respuesta, se trata de una “iglesia muerta”

¿Ser cristianos, significa ser felices? o quizás con un poco más de precisión: cuando asistimos a un culto eufórico ¿nos sentiremos más dichosos que cuando no? Un sociólogo de la Universidad de Edimburgo decidió no quedarse en meras suposiciones o con respuestas fáciles e hizo un estudio acerca de la relación entre religión y felicidad.

Jan Eichhorn, la persona que dirigía la investigación, concluyó luego de los análisis que  las personas religiosas pueden tener un mayor grado de felicidad que las personas no religiosas “pero sólo en aquellos casos en los que el grado de religiosidad individual se ajusta al grado de religiosidad de la sociedad“. Esto significa que en aquellas sociedades en las que el grado de religiosidad es bajo, un alto grado de religiosidad personal no necesariamente generará un igual grado de felicidad. El investigador relaciona este hecho con la necesidad humana aceptación y con el deseo de sentirse identificados con grupos que comparten su misma cosmovisión.

De hecho,  los estudios de Jan Eichhorn constan que “la religiosidad personal parece estar asociada con mayores niveles de satisfacción con la vida sólo en las sociedades donde la religiosidad es también mayor en promedio”. De esto se concluye que la felicidad se deriva no tanto de la fuerza intrínseca de la religión tanto como de los mecanismos de conformidad social.

Estas conclusiones, dice la revista “Protestante Digital”, no hacen referencia a nuestra relación personal con Dios, lo cual es cierto. Con todo es un hecho que la sociología no podría inmiscuirse en estos asuntos, en función de los límites de las ciencias. Tal vez un estudio psicológico nos podría dar una visión más exacta del grado de satisfacción con la vida desde una perspectiva más personal.

De todos modos, el informe de la investigación sociológica nos deja algunos elementos para trabajar.

  1. La creación de espacios que faciliten el crecimiento personal integral es importante. Una persona puede no sentirse a gusto en un determinado espacio religioso. Esto no implica rechazo de Dios. Es muy probable que en algunos casos una persona o una familia deban buscar un grupo con el cual puedan compartir sus intereses y en el cual se sientan integrados. Esto, posiblemente implique el traslado a otra iglesia. O si no, tal vez, integrarse a un grupo pequeño. Es muy posible que en esto jueguen un papel importante los grupos de hogar. De todos modos, estos no deben ser simplemente espacios dedicados a atraer nuevos creyentes, sino lugares que permitan a los participantes interactuar, compartir e integrarse de mejor manera. En algunos grupos de hogar he podido constatar el estrés al que se ven sometidos sus integrantes debido a la presión externa que ejercen los líderes en el afán de hacer crecer la célula.  Sin dejar de lado la evangelización, es necesario promover la interacción y el crecimiento personal.
  2. La satisfacción personal a veces es un talón de Aquiles en las iglesias. Entre los movimientos más conservadores se suele enfatizar que no se va a la iglesia a sentirse bien sino a alabar a Dios. Hasta cierto punto, esto es real, pero también lo es que entre los elementos que más promueven el crecimiento integral de los creyentes se encuentran tanto los cultos inspiradores, es decir, que animan a la gente y la hacen salir motivada así como las relaciones significativas dentro de la iglesia. Christian Schwarz analizó y constató este hecho luego de estudiar miles de iglesias alrededor del mundo. No podemos seguir dejando de lado estos elementos porque, o tendremos continuamente gente saliendo de las iglesias o tendremos gente insatisfecha personalmente y malhumorada de manera general.
  3. La relación con Dios es muy importante, pero la relación con los demás también lo es. Es necesario dejar de dicotomizar las prioridades de la iglesia. Suponer que orar es más espiritual que compartir con un grupo de amigos es polarizar la cuestión. Tanto lo uno como lo otro es relevante. Tanto lo uno como lo otro nos ayuda a crecer. Así como se crean espacios para la oración, generemos espacios para la interacción.
  4. Queda pendiente un estudio que analice el grado de satisfacción personal, no tanto en función de la interacción social cuanto en función de la espiritualidad en sí misma. Hace falta trabajar con este tipo de preguntas sin temor a las respuestas. Hace falta cuestionarnos sobre ciertas prácticas que consideramos sagradas pero que ni lo son ni son edificantes para los creyentes. Es necesario promover los estudios teológicos serios en nuestra América Latina.

Referencias:

Oxford Journals: http://esr.oxfordjournals.org/content/early/2011/04/20/esr.jcr027

Ephifenom: The science of religion and non-belief: http://epiphenom.fieldofscience.com/2011/05/religion-only-makes-for-happy-people-if.html

Tendencias 21: http://www.tendencias21.net/La-religion-genera-felicidad-gracias-a-ciertos-factores-sociales_a6549.html

Protestante Digital: http://www.protestantedigital.com/ES/Sociedad/articulo/12846/Las-personas-ue-practican-una-religion-tienden-a