La oración que honra a Dios

La oración que nos enseñó Jesús es un modelo que debe ser aplicado no sólo a nuestras oraciones cotidianas sino que además debe ser meditado y vivido cada día de nuestras vidas. Jesús en esta oración compendia, de hecho, el mensaje del Reino de Dios. El nos muestro que desear, a qué aspirar y sobre qué cimentar nuestro crecimiento espiritual. La oración del Padre Nuestro no sólo nos invita a la repetición sin reflexión sino a la meditación profunda de cada una de las ideas allí presentes.

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Podemos ver que la introducción tiene ya algunas ideas relevantes acerca de cómo debemos orar. Así por ejemplo, nos plantea la necesidad de despojarnos de todo tipo de egoísmo al momento de acercarnos a Dios en oración. Es, de hecho, una contradicción de términos pretender humillarnos a Dios como nuestro Señor y dador de todo y a la vez centrar la oración en nosotros mismos. Hacemos de Dios un mero instrumento para la satisfacción de nuestros deseos.

La oración tiene como objetivo primordial ayudarnos a recordar nuestra dependencia de Dios. Más importante que la consecución de aquello que pidamos, es que aprendamos a vivir en dependencia de Dios y que por medio de ello reconozcamos nuestra debilidad y su amor.

La oración centrada en pedir, o peor aún, en declarar, reclamar o exigir a Dios algo, adolece de arrogancia y prepotencia ante Dios. No logra lo más valioso de la oración, de hecho, usa un instrumento de Dios para llevarnos al pecado. Como en su tiempo la ley fue usada por el pecado para llevarnos a pecar aún más, en el caso de la oración, si esta es controlada por el egoísmo y la ambición, es hacer uso de la bendición y la gracia para el pecado.

El fariseo al que menciona Jesús en su ejemplificación, no le importa tanto fortalecer su relación con Dios como el recibir la alabanza de sus hermanos. Cuando la oración se la vincula con las “bendiciones” materiales, conseguimos caer en el juego del fariseo. Anhelamos orar y deseamos perseverar en la oración, no tanto por establecer nuestra comunión con Dios tanto como por el deseo de conseguir bienes o bendiciones con los cuales alardear ante nuestros hermanos.

La misma preocupación muestra la segunda parte de la introducción al Padre Nuestro. Jesús habla de aquellos que hacen vanas repeticiones pensando que así conseguirán el favor de Dios. Hoy en día se ve personas que, quizás no hagan repeticiones, pero que lloran, gritan u ofrendan con el objetivo de persuadir a Dios de que ellos son más merecedores de la “bendición”. Jesús es drástico en este aspecto: así oran los idólatras. Lastimosamente, la iglesia de Cristo, cuando en sus oraciones añade elementos que tienen como único objetivo “torcer el brazo” a Dios, están cayendo en la misma idolatría que Jesús condenaba.

Clamor

La oración no es tanto para pedir, pues, Dios ya sabe de qué tenemos necesidad antes de que se lo pidamos. La oración tiene por propósito acercarnos más a Dios y desprendernos del egoísmo y la ambición. La oración efectiva no es tanto aquella que consigue algo de Dios como aquella que me une más a Él. Oremos sin cesar a Dios y, en nuestras oraciones, busquemos que nuestro corazón se rinda cada vez más a Dios.

Nuestra espiritualidad debe ser luz para los demás

Cuando era joven y decidí seguir la pastoral, una de las razones que entonces fue para mí una justificación para hacerlo fue el suponer que siendo pastor y rodeado de creyentes sería más fácil ser cristiano. Cuando sea pastor, pensaba en ocasiones, podré ser un buen cristiano porque las tentaciones estarán muy lejanas.

En las iglesias muchas veces hay quienes tienen una forma de pensar muy similar. Creen que mientras más grande sea su círculo de amigos cristianos y más espirituales serán. En ocasiones, al cabo de unos pocos años todas sus amistades no cristianas son relegadas por amistades creyentes. En vista de que este cambio de relaciones y de actividades relacionadas cambian, muchos ya dan por sentado que su espiritualidad se a enriquecido. Concierto cristianos, reuniones de célula, cultos de oración, etc., son los que ocupan ahora el lugar que antes ocupaban las discotecas, los bares y otro tipo de encuentros. El viejo hombre, piensan, está muriendo en mí.

Estas actitudes, en lugar de fortalecer nuestra espiritualidad lo que hace es darle una hálito eclesial a nuestro pecado. La mentira, el robo, la lujuria, la hipocresía o la avaricia se mantienen en nuestro corazón sólo que ahora tienen otra apariencia.

No es alejándonos del mundo como logramos ser más espirituales. De hecho, se puede ver gente que en medio de grupos de no creyentes son capaces de hacer crecer su fe y su devoción por Dios. La manera como muchas veces el contexto supuestamente espiritual no logra hacer crecer nuestra fe mientras que los espacios supuestamente paganos sí lo logran lo pude ver cuando seguí el seminario a la par de la universidad. Mientras en el seminario, la reflexión y la crítica a que eran sometidas nuestras doctrinas más preciadas me hacían sentir poco valor por la espiritualidad o por los mandamientos bíblicos, por otro lado, los continuos cuestionamientos y críticas que recibía en la universidad (en Sociología) me hacían sentir más anhelos de fortalecer mi fe y mi relación con Dios.

En el caso bíblico hay muchos ejemplos, pero el que quisiéramos mencionar es el de la iglesia de Corinto. La ciudad en la que se hallaba aquella iglesia era uno de los más paganos del mundo antiguo. Tal vez Pablo hubiese podido buscar otro lugar más espiritual para fundar una iglesia, sin embargo, es en medio de una ciudad llena de pecado donde funda una iglesia. De igual manera, los Corintios cristianos hubiesen podido apartarse de la ciudad al ver que los templos idolátricos se hallaban por todos lados y que, de hecho, en el centro de la ciudad se hallaba uno de los más importantes prostíbulos del Imperio Romano. Lo cierto es que no lo hicieron. Buscaron ser creyentes fieles a Jesucristo en ese lugar. Tuvieron muchos errores y aún en ocasiones el pecado entró en la iglesia, pero persistieron en ser una iglesia de Cristo en un jugar adverso.

No es, pues, el apartarnos de la sociedad, de los amigos no creyentes lo que nos hace más espirituales. Es sólo cuando aprendemos a modelar nuestra vida de acuerdo al modelo de Cristo cuando empezamos a fortalecer nuestra espiritualidad.

Si Cristo hubiese pensado que es mejor alejarse del pecado y la maldad de este mundo, no hubiese venido por nosotros. Su encarnación nos enseña a ser creyentes en contracorriente. Es preferible hundirse porque se ha sido capaz de salir de la barca que simplemente criticar la falta de fe del otro desde dentro de la barca. Al final de cuentas, Pedro pudo probar el poder de Dios mientras caminaba por el agua y Jesús sostuvo a Pedro con su mano y no a los once que se quedaron en la barca.

No te pido que los saques del mundo, oraba Jesús, sino que los guardes del mundo. No vivamos enclaustrados, seamos luz donde el pecado va ganando terreno sobre nuestro mundo.