TIPS PARA LA ORACIÓN

Se trata de pequeñas recomendaciones que puedes tomar en cuenta al momento que te propongas fortalecer tus tiempos de oración. Esperamos sean de bendición

  • Recuerda que la oración tiene el propósito de acercarte más a Dios y depender más de Él
  • Establece un tiempo específico para tus oraciones de modo que ésta se vuelva un hábito
  • No entres directamente a orar. Date un tiempo para dejar de lado las preocupaciones cotidianas.
  • Antes de empezar tu tiempo de oración lee y medita brevemente en un salmo o alabanza al Señor

Oración matutina

  • Recuerda que la oración tiene el propósito de acercarte más a Dios y depender más de Él
  • Establece un tiempo específico para tus oraciones de modo que esta se vuelva un hábito.
  • Antes de empezar tu tiempo de oración lee y medita brevemente en un salmo o alabanza al Señor.
  • Lleva un diario de oración en el que puedas registrar las peticiones hechas y respuestas recibidas. Te animará a seguir
  • Toma peticiones de amigos y hermanos en Cristo y ora por ellas. Haz de tu oración cotidiana un ministerio de intercesión
  • Lo primero en la oración no son las peticiones sino el reconocimiento de la soberanía de Dios.
  • La oración, cuando empieza reconociendo la grandeza de Dios llena de mayor fortaleza tu espíritu.
  • La oración debe considerar la voluntad de Dios por encima de cualquier deseo personal

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  • La oración debe llevarnos a reconocer nuestras faltas y pecados delante de Dios.
  • Sin un adecuado reconocimiento de nuestros pecados, la oración se vuelve mecánica y no logra la purificación que debería
  • La confesión dentro de la oración es uno de los elementos más renovadores si lo hacemos de corazón
  • La correcta confesión nace del reconocimiento de nuestras faltas como muestra de rebelión contra Dios.
  • La correcta confesión debe realizarse reconociendo los pecados que hemos cometido y nuestra responsabilidad en ellos
  • Un frío “si he pecado te pido me perdones” no llega a ser una verdadera confesión de pecados.
  • Nuestras peticiones deben ser el resultado de una adecuada reflexión de nuestras verdaderas necesidades.
  • No esperemos que Dios responda positivamente a nuestras peticiones si estas alientan el egoísmo o la vanidad.

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  • A nuestras peticiones deben anteponerse las peticiones de nuestros hermanos, es decir el ministerio de la intercesión.
  • Las peticiones deben considerar en orden, la intercesión, nuestro crecimiento espiritual y nuestras necesidades físicas
  • Más importante que nuestros deseos son nuestras necesidades y son estas últimas las que reciben respuesta divina
  • La oración no puede finalizar sin un tiempo de gratitud por las oraciones respondidas así como por la gracia manifiesta.
  • La gratitud en la oración nos ayuda a fortalecer aún más nuestra dependencia de Dios Padre.
  • La gratitud no sólo se da por los dones materiales sino por las abundantes riquezas espirituales que nos han sido dadas

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  • La oración debe dar lugar también a la alabanza.
  • Nuestra oración debe ser realizada al Padre, como nos lo enseñó Jesucristo
  • Nuestra oración debe ser hecha en el nombre de Jesucristo, pues él es nuestro mediador.
  • Nuestra oración debe ser realizada con la dirección del Espíritu Santo pues en ocasiones pedimos lo que no debemos.
  • Para recibir la dirección del Espíritu Santo debemos pedirlo: Padre que tu Espíritu Santo guíe esta oración.
  • Es apropiado distribuir nuestras oraciones en forma temática de acuerdo al día de la semana.
  • Una distribución temática de nuestras oraciones puede ser:
    • Lunes: Familia,
    • Martes: Iglesia,
    • Miércoles: Autoridades,
    • Jueves: Misiones,
    • Viernes: Amigos
  • La perseverancia en la oración es lo que la hace valiosa.
  • La humildad, la piedad y la generosidad acrecientan el valor de nuestras oraciones

La oración que honra a Dios

La oración que nos enseñó Jesús es un modelo que debe ser aplicado no sólo a nuestras oraciones cotidianas sino que además debe ser meditado y vivido cada día de nuestras vidas. Jesús en esta oración compendia, de hecho, el mensaje del Reino de Dios. El nos muestro que desear, a qué aspirar y sobre qué cimentar nuestro crecimiento espiritual. La oración del Padre Nuestro no sólo nos invita a la repetición sin reflexión sino a la meditación profunda de cada una de las ideas allí presentes.

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Podemos ver que la introducción tiene ya algunas ideas relevantes acerca de cómo debemos orar. Así por ejemplo, nos plantea la necesidad de despojarnos de todo tipo de egoísmo al momento de acercarnos a Dios en oración. Es, de hecho, una contradicción de términos pretender humillarnos a Dios como nuestro Señor y dador de todo y a la vez centrar la oración en nosotros mismos. Hacemos de Dios un mero instrumento para la satisfacción de nuestros deseos.

La oración tiene como objetivo primordial ayudarnos a recordar nuestra dependencia de Dios. Más importante que la consecución de aquello que pidamos, es que aprendamos a vivir en dependencia de Dios y que por medio de ello reconozcamos nuestra debilidad y su amor.

La oración centrada en pedir, o peor aún, en declarar, reclamar o exigir a Dios algo, adolece de arrogancia y prepotencia ante Dios. No logra lo más valioso de la oración, de hecho, usa un instrumento de Dios para llevarnos al pecado. Como en su tiempo la ley fue usada por el pecado para llevarnos a pecar aún más, en el caso de la oración, si esta es controlada por el egoísmo y la ambición, es hacer uso de la bendición y la gracia para el pecado.

El fariseo al que menciona Jesús en su ejemplificación, no le importa tanto fortalecer su relación con Dios como el recibir la alabanza de sus hermanos. Cuando la oración se la vincula con las “bendiciones” materiales, conseguimos caer en el juego del fariseo. Anhelamos orar y deseamos perseverar en la oración, no tanto por establecer nuestra comunión con Dios tanto como por el deseo de conseguir bienes o bendiciones con los cuales alardear ante nuestros hermanos.

La misma preocupación muestra la segunda parte de la introducción al Padre Nuestro. Jesús habla de aquellos que hacen vanas repeticiones pensando que así conseguirán el favor de Dios. Hoy en día se ve personas que, quizás no hagan repeticiones, pero que lloran, gritan u ofrendan con el objetivo de persuadir a Dios de que ellos son más merecedores de la “bendición”. Jesús es drástico en este aspecto: así oran los idólatras. Lastimosamente, la iglesia de Cristo, cuando en sus oraciones añade elementos que tienen como único objetivo “torcer el brazo” a Dios, están cayendo en la misma idolatría que Jesús condenaba.

Clamor

La oración no es tanto para pedir, pues, Dios ya sabe de qué tenemos necesidad antes de que se lo pidamos. La oración tiene por propósito acercarnos más a Dios y desprendernos del egoísmo y la ambición. La oración efectiva no es tanto aquella que consigue algo de Dios como aquella que me une más a Él. Oremos sin cesar a Dios y, en nuestras oraciones, busquemos que nuestro corazón se rinda cada vez más a Dios.

Nuestra oración matutina

Nuestra fe se debilita, nuestros ánimos decaen, nuestra esperanza se desvanece. Todo esto sucede cada vez que abandonamos la oración. La oración no solo es una rutina o costumbre aburrida que realizamos por sentirnos bien con Dios y con nosotros mismos. Sólo por medio de la oración y la lectura constante de la Palabra de Dios nuestro espíritu se ve fortalecido de tal manera que es capaz de proyectarse a lo sobrenatural en lugar de permanecer anclado en las adversidades de este mundo. Solo cuando la oración se ha hecho carne en nosotros, y la mañana parece impensable sin la oración somos capaces de andar por fe y no por vista. Mientras la pereza, las actividades de este mundo, aún la familia o los amigos nos quitan tiempo para la oración lo más seguro es que nuestra fe se verá limitada paulatinamente. Nuestra convicción en el obrar de Dios y aún nuestros ojos espirituales se ven cegados por las adversidades. Como un colirio espiritual para el alma, como un energizante espiritual, como un suplemento vitamínico para nuestra alma son las oración que hacemos durante el día.

Dejarlas de lado es dejar de lado una de las partes más fascinantes de la fe cristiana. Dejarlas de lado nos hacen perder de vista la grandeza del plan de Dios para nuestras vidas para enfocarnos en los problemas del día a día. Dejarlas de lado nos lleva a la monotonía religiosa, al tradicionalismo y finalmente a la apatía. Nada hay más terrible que un cristiano apático. Es aquel que ha dejado de percibir el poder de Dios en su vida y que simplemente vive la vida cristiana como una forma de llenar un hueco en su horario semanal.

La oración nos vincula con el soberano del Universo y nos permite conocer su corazón, su deseo, su propósito para nuestra vida. Cada vez que nos encontramos en oración Dios por medio de su Espíritu va derramando su fortaleza y paz sobre nosotros.

Mientras unos avanzan a tientas, intentando lograr algo en su vida, otros se acomodan pensando que ya nada más pueden pedir de ella. En cambio, los que esperan en Jehová, es decir, los que toman en serio a la oración, renovarán cada mañana sus fuerzas, se elevarán por encima de sus problemas como las águilas. Avanzarán y no decaerán y cada paso que den lo darán en firme porque saben que Dios es su fortaleza.

La oración de cada día es importante pues cada mañana empieza una nueva batalla. Decía Jesús: basta para cada día su propio mal. Creer que el día de hoy no enfrentarás nuevas adversidades es engallarnos a nosotros mismos. Cada día nos depara dificultades, problemas, adversidades y decisiones y por ello, cada día necesita del poder que brota de la oración.

La oración matutina debe ser la llave que abre el día. Antes de presentarnos ante nadie, deberíamos presentarnos ante Dios. Como el salmista, antes de empezar el día tenemos la oportunidad de presentarnos delante de Dios y esperar de él su fortaleza para cada día.

La oración de la mañana debe ser en primer lugar de acción de gracias pues Dios ha guardado de nosotros durante la noche. Una oración antigua decía así: “Vengo ante ti a esta hora de la mañana para agradecerte humildemente porque durante esta noche has sido una defensa para mí y los míos, y otra vez me ha renovado tu bondad y fidelidad.

La gratitud que por la mañana levantamos a Dios nos recuerda siempre que no tenemos comprada la vida. Esta siempre está en manos de Dios. No importa cuantos mecanismos de seguridad pongamos “si Dios no vigila la ciudad, de nada sirve que se desvelen los vigilantes”. Demos siempre gracias a Dios porque pudimos despertar a un nuevo día.

En segundo lugar la oración matutina debe ser visionaria. Cada mañana necesitamos recordar el propósito que Dios tiene para nosotros. Cuál es el plan que Dios tiene para nosotros. En qué parte de ese plan estamos. Cuán nos falta para acabar la obra que nos ha sido encomendada. Si Dios te otorga una tarea, él te proveerá de todo lo que necesites para cumplirla. Sin embargo, a veces, el dejar de lado la oración nos hace que perdamos de vista el objetivo de Dios para nuestra vida. Olvidamos el proyecto, el propósito y la meta hacia la cual nos dirigimos. No hay cosa mejor para retomar nuestra dirección y el plan de Dios para nuestra vida que orar con visión. Esto es, orar con la meta que Dios tiene para nosotros en mente. Orar con visión es orar porque las actividades del día sirvan para cumplir el propósito que Dios tiene para nosotros.

Señor, que el día de hoy, aún el desayuno y la cena, el trabajo que realizo y los descansos que tomen me acerquen cada vez más al propósito que tienes para mi vida. Que nada me desvíe de tu dirección y que todo sea usado por tu gracia para mi crecimiento y para cumplir con tu plan en mi vida.

En tercer lugar nuestra oración debe pedir fortaleza. Hay dificultades de las cuales podemos escapar, pero hay otras de las que no. Si no nos es dado escapar de la adversidad, necesitamos de Dios la fortaleza para seguir adelante en medio de la aflicción. La mañana es el momento más indicado para orar pidiendo por fortaleza.

En cuarto lugar nuestra oración por la mañana debe ser en busca de sabiduría. Las aflicciones que pasamos y aún las oportunidades que se nos presentan en el día a día debe ser vistas a través de la sabiduría de Dios. Sólo él sabe la manera más adecuada de obrar. La oración no es un tiempo para pedir a Dios que decida por nosotros pero sí un tiempo para pedirle que nos dé sabiduría para tomar las decisiones correctas. La sabiduría de Dios, incluso nos ayuda a ver el plan de Dios en medio de las tribulaciones. Muchos, desde fuera pueden ver las aflicciones que pasamos con pena o lástima, pero en nosotros está el convertir esas espinas en rosales, esa lágrimas en risas, ese dolor en crecimiento. El dolor es inevitable, dice un dicho, el sufrimiento es opcional. Aún más, podemos decir nosotros, el dolor, los problemas, la aflicción de este mundo son inevitables, la posibilidad de convertir esas adversidades en bendición es nuestra opción como creyentes.

La oración por la mañana es el entrenamiento que necesitamos cada día para salir victoriosos en medio de la adversidad. Lutero decía: Debemos ver el rostro de Dios cada mañana antes de ver el rostro de los hombres. Si tienes tantas cosas que hacer que no te queda tiempo para orar, créeme, tienes más cosas de las que Dios desea que tengas. Lo primero y más importante es la oración, por ella Dios te dará las instrucción para la carrera que enfrentarás.

Bendiciendo los alimentos

Hay familias que tiene por costumbre orar por los alimentos. No es un hábito muy extendido, sin embargo, se puede ver con cierta frecuencia. Por lo general, la forma de aprender este hábito es por imitación. Alguna familia cristiana ha servido de ejemplo para otra y se ha seguido la costumbre más o menos mecánicamente.

Pocos libros hemos podido encontrar sobre el tema de la oración por los alimentos. De igual manera es pobre la cantidad de artículos que hemos podido encontrar en la web sobre esta costumbre. Es esto lo que nos ha motivado a escribir unas cuantas palabras sobre el tema.

La oración por los alimentos.

La mujer del cuadro que tenemos aquí se halla orando por sus alimentos. Al igual que Jesús, esta mujer bendice la cena frugal que va a servirse. La oración sin fin, como se ha llamado a este cuadro, nos hace ver nuestra constante dependencia de Dios frente a la más básica necesidad de todo ser humano: el alimento. Es en nuestra oración diaria por los alimentos donde expresamos a Dios que nuestra confianza está en él antes que en nuestras fuerzas, en nuestro trabajo o en nuestros recursos.

Orar por los alimentos es muestra de humildad. Es muy común caer en la idea de que el alimento que vamos a servirnos es fruto de nuestro esfuerzo únicamente. Sin embargo, la oración que hacemos antes de comer nos recuerda que toda buena dádiva y todo don perfecto viene de Dios (Santiago 1:17). Nuestro esfuerzo nos permite acceder a los recursos, sin embargo, la gracia de Dios es la que provee de dichos recursos a nuestras manos para que los aprovechemos. Nuestro trabajo ha permitido que nos proveamos de los recursos, sin embargo, es Dios quien nos da la salud o la fuerza para trabajar.

Orar por los alimentos produce contentamiento. Cuando dejamos de lado la oración por los alimentos, lo más probable es que sintamos incomodidad por la frugalidad de nuestra mesa. Aún si nuestra porción es abundante, es posible que la desdeñemos ambicionando más de lo que tenemos. Cuando oramos por nuestros alimentos, meditando adecuadamente en nuestra oración, la pobreza de nuestra mesa se ve desbordada por el contentamiento que viene de Dios. Sabemos que Dios cuida de nosotros y que nos provee de acuerdo a nuestras necesidades. No necesitamos más de lo que tenemos. Sabemos que si faltase, Dios proveería con más abundancia de acuerdo a lo que nuestra alma y nuestro cuerpo requiriesen.

Orar por los alimentos es útil para nuestra mesura. Nuestra oración, al considerar a aquellas personas que no tienen los recursos necesarios para vivir, nos hace ser más discretos en nuestros alimentos. La exuberancia de la mesa, puede ser en cierto punto muestra de egoísmo. La oración nos recuerda entonces que debemos compartir nuestros recursos con los que menos tienen.

Orar por los alimentos es muestra de gratitud. No hay actitud más importante para Dios que la gratitud. Vez tras vez se evidencia en la Biblia que esto es lo que distingue al creyente del incrédulo. No la pompa de sus alabanzas ni la fuerza de su oración, sino la gratitud que brota del corazón es lo que hace de un creyente acepto ante Dios. Evidentemente, si no somos gratos con los alimentos que consumimos a diario, menos aún, lo seremos con las demás dádivas de Dios.

Orar por los alimentos, es bendecir-nos a nosotros mismos. Cuando oramos en gratitud a Dios, bendiciendo los alimentos, estamos teniendo esa característica que hace que nuestra porción se multiplique. Por cuanto en lo poco me has sido fiel, sobre mucho te pondré, decía en una parábola el Señor. La gratitud por los pocos recursos que están dispuestos en nuestra mesa hace que eso poco se multiplique. Dios siempre se muestra más dispuesto a bendecir a quienes son gratos con él.

Cómo podemos orar por los alimentos.

Existen fórmulas específicas para orar por los alimentos. Incluso he podido escuchar canciones de gratitud por los alimentos. De todos modos, la forma no es lo primordial tanto como el significado que tiene esa oración para nosotros. Si es una costumbre vacía, de nada vale. Si la hacemos por rutina y con premura es inútil. La oración por los alimentos debe ser hecha meditando en lo que la misma significa. Debemos siempre tratar de recordar: la gratitud, el contentamiento, la humildad y la generosidad que la misma debe infundir en nosotros.

Aquí tenemos una lista de oraciones por los alimentos que podemos tomar como modelo. Es posible usarlas para orarlas cotidianamente, siempre y cuando no se vuelvan una rutina. Es más adecuado meditar en ellas y hacer nuestras propias oraciones de gratitud de cada día.

Señor: Da pan a los que tienen hambre y da hambre de ti a los que tienen pan Bendice hoy a nuestra familia Y bendice este alimento que viene de tu mano. Te damos gracias Señor, por estos alimentos que nos diste y por la alegría de esta hora, que este alimento nos ayude a servirte de todo corazón te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén. (Iglesia Discípulos de Cristo)

Tu das el pan al hambriento y sacias la sed del sediento, gracias por darnos el pan de cada día, te rogamos además por aquellos que no tienen hoy nada que llevarse a la boca, provéeles a ellos conforme a tus inmensas misericordias Señor. Amen. (Iglesia Luterana)

Danos corazones agradecidos, nuestro Padre, por todos tus beneficios, y haznos pensar en las necesidades de nuestros semejantes; mediante Jesucristo nuestro Señor. Amén. (Iglesia Anglicana)

Las promesas de Dios y nuestras oraciones

“Por eso les digo: Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración, y lo obtendrán” Marcos 11:24

Dios ha hecho una serie de promesas a su pueblo en la Bibia. La oración es el modo de acceder a ellas. Sin embargo cometemos dos errores en la oración en lo concerniente a la oración por las promesas divinas. El primero es apropiarnos de promesas que no son para nosotros. Tomamos al azar frases de la Biblia y nos apropiamos de ellas sin considerar los condicionantes que hay alrededor o si dicha promesa ha sido hecha a alguien en particular. En muchos de los textos bíblicos donde se encuentra una promesa de Dios, esta se halla conectada con algún condicionante. Por ejemplo: “Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” es una promesa que lleva dos condicionante: “No se apartará de tu boca este libro de la ley”y “Esfuérzate y se valiente”.

Lo segundo es que debemos advertir que algunas de aquellas promesas son hechas para personas específicas de la historia. Así, la promesa de conquistar Canaan fue hecha a Israel en el siglo XII. Nosotros no podemos tomar esta promesa para nosotros. En ocasiones, Dios toma algunas promesas hechas en el pasado a personas distintas para aplicarlas a nuestras vidas. De todos modos, esto no es una regla y debemos estar alertas a no confiar en promesas que no nos han sido hechas para luego no sentir nuestro corazón desfallecer al ver que dichas promesas no se cumplen.

Es segundo error que podemos cometer ante las promesas bíblicas es no creerlas del todo. Por temor a equivocarnos preferimos no tomar aquellas promesas para nuestra vida. Esto nos hace perder dichas promesas. A continuación compartimos las Palabras de Charles Finney un gran evangelista del siglo XIX que nos exhorta a confiar en las promesas de Dios y pedirlas adecuadamente.

Sin duda la fe es una condición indispensable de la oración que prevalece. Hablo de la clase de  fe que asegura la bendición. Debemos creer que recibimos la bendición específica que pedimos. No debemos pensar que Dios es un ser que si le pedimos un pan nos dará una piedra o si le pedimos un pez nos dará una serpiente, según palabras de Jesús. En el relato de Marcos 11, los discípulos debían tener fe para un milagro, y es claro que se esperaba que creyeran que lo iban a recibir. Esa es la clase de fe que debían tener. Ahora bien, ¿qué deben creer los seres humanos en relación con otras bendiciones?  Es una cosa lógica pensar que si una persona ora por una bendición específica, Dios por algún misterio de su soberanía, le va a dar algo diferente, o se la da a otra persona, en otro lugar. Ese pensamiento no solo es tonto, sino deshonroso para Dios. Debemos creer que recibiremos las cosas que pedimos.
¿Cuando estamos obligados a hacer este tipo de oración? ¿Cuándo debemos creer que recibiremos las cosas que pedimos? Mi respuesta es: Cuando tengamos la evidencia de ello, y la fe siempre tiene esa evidencia. Una persona no puede creer una cosa, a menos que vea algo que considere evidencia. No está obligado a creer, y no tiene el derecho de creer que algo será hecho por alguien, a menos que tenga prueba de ello. La mayor expresión de fanatismo es creer sin tener prueba o evidencia.
Suponga que Dios ha prometido algo de manera especial. Por ejemplo: Él dice que está más listo a dar el Espíritu Santo a quienes se lo pidan, que los padres a dar pan a sus hijos. Aquí debemos creer que lo recibiremos cuando lo pidamos en oración. Usted no tiene del derecho de anteponer un si condicional y decir: “Señor, si es tu voluntad, dame el Espíritu Santo”. Esto es un insulto para Dios. Anteponer un si condicional a la promesa de Dios, donde Él no lo ha puesto, es equivalente a acusarlo de falta de sinceridad. Es como decir: “Señor, se has sido sincero al hacer esta promesa, concédeme la bendición que te estoy pidiendo.”

Padre, que cada vez que pida espere siempre Tu Voluntad, pero además, que el esperar Tu Voluntad no sea un escondite para ocultar mi falta de fe. Tus promesas son veraces y tu palabra se cumple en mi vida. Amén.

TARDE TE AMÉ!

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y ves
que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y
deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú
creaste. Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo. reteníanme
lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían.
Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y
resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré,
y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y
abraséme en tu paz.

Agustín de Hipona (354-430 d.C.)

Obstaculos de la oración

Reuben Archer Torrey, pastor norteamericano de principios del siglo XX nos presentaba en su libro “Cómo orar” una serie de obstáculos que impiden que nuestra oraciones lleguen delante de Dios. Debido a la importancia del tema transcribimos aquí esta porción de su libro. Esperamos sea de bendición.

Existen algunas cosas que impiden la oración. Dios ha aclarado concretamente en su Palabra de cuáles se trata.

1. El primer obstáculo para la oración lo encontramos en Santiago 4:3: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (énfasis añadido).

Si nuestra oración tiene un objetivo egoísta, entonces carecerá de fuerza. Muchas de las oraciones son egoístas. Quizás, las oraciones en sí son por cosas por las que está perfecto orar, cosas que es voluntad de Dios otorgarnos, pero el motivo de la oración es completamente erróneo y, en consecuencia, la oración pierde toda su fuerza. El verdadero propósito de toda oración es la gloria misma de Dios. Si meramente pedimos recibir algo que nos otorgue placer o para nuestra propia gratificación de una u otra manera, pedimos equivocadamente y no necesitamos esperar por lo que pedimos. Esto explica por qué muchas de nuestras oraciones permanecen sin respuesta. Por ejemplo, más de una mujer ora por la conversión de su esposo. Ciertamente, orar por eso es lo más apropiado; pero en muchos casos los motivos al pedir por la conversión de su esposo son enteramente impropios, egoístas. Desean que se conviertan porque para ella es mucho más placentero tener un marido que la comprenda; o porque es muy doloroso pensar que él pueda morir y perderse para siempre.

Por motivo tan egoísta es que desea que se convierta. La oración es egoísta en esencia.

¿Por qué desearía una mujer la conversión de su marido? Principalmente y por sobre todas las cosas, para la gloria de Dios; porque no puede concebir la idea de que su marido deshonre a Dios Padre al pisotear al Hijo de Dios. Muchos oran para despertar su fe. Este tipo de oración le agrada a Dios, está en línea con su voluntad; pero muchas plegarias por este reavivamiento son puramente egoístas .. Las iglesias desean estos reavivamientos para que aumente la cantidad de fieles, para que la iglesia tenga una posición de mayor poder e influencia en la comunidad, para que se llene el tesoro de la iglesia, para que se haga un buen informe en el presbiterio, en la conferencia o en la asociación. Por fines tan bajos, tanto las iglesias como los ministros muchas veces oran por este reavivamiento; y también, muchas veces Dios no responde a estas oraciones.

¿Por qué debemos orar por un reavivamiento? Para la gloria de Dios, porque no podemos soportar el hecho que Dios continúe siendo deshonrado por la frivolidad de la iglesia, por los pecados de quienes no creen, por la orgullosa falta de fe de hoy; porque se hace de La Palabra de Dios algo vacío; debemos orar para que Dios sea glorificado por el torrente de su Espíritu sobre la Iglesia de Cristo. Por estas razones, principalmente y por sobre todas las cosas, es que debemos orar por el reavivamiento de nuestra fe.

Más de una oración por el Espíritu Santo es puramente egoísta. Es verdad que es voluntad de Dios entregarles el Espíritu Santo a quienes se lo pidan; así lo dijo Él mismo en su Palabra (ver Lucas 11:13), pero muchas de las oraciones que piden por el Espíritu Santo son obstaculizadas por el egoísmo del motivo que se esconde detrás de ellas. Hombres y mujeres oran pidiendo el Espíritu Santo por su propia felicidad o para ser salvados de la desgracia de la derrota en sus vidas, para obtener poder como obreros cristianos o por otro motivo igualmente egoísta.

¿Por qué debemos orar al Espíritu? Para que Dios no siga siendo deshonrado por el bajo nivel de nuestra vida cristiana o la ineficiencia en el servicio, para glorificar a Dios con la nueva belleza que llega a nuestras vidas y la nueva fuerza que llega a nuestro servicio.

2. El segundo obstáculo para la oración lo encontramos en Isaías 59:1-2: “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír”. El pecado obstaculiza la oración. Muchos oran y oran y no obtienen respuesta alguna a su oración. A lo mejor están tentados a pensar que no es la voluntad de Dios responderles, o creen que se acabaron los dfas en los que Dios respondía las oraciones, si es que alguna vez existieron dichos días. Yeso parecería ser lo que pensaron los israelitas. Creyeron que la mano del Señor era demasiado corta, que no podía salvarlos, y que su oído se había vuelto sordo y que ya no podía oír. “No es así -dijo Isaías-, el oído de Dios está justo tan abierto como para oíros como siempre, su mano tan poderosa como para salvar; pero hay un obstáculo. Ese obstáculo es sus propios pecados. Sus iniquidades los han separado de su Dios, y sus pecados les han escondido el rostro de Dios, por eso no los oirá.”

Esto es lo que sucede en la actualidad. Muchos imploran a Dios en vano, simplemente a causa del pecado en sus vidas. Debe haber algún pecado inconfeso y sin juzgar en el pasado, debe haber algún pecado en el presente que es algo que la persona atesora, y muy probablemente no lo considera pecado; pero tal pecado existe, escondido en alguna parte, en el corazón o en la vida, y Dios “no oirá”.

Quien encuentre sus oraciones sin efecto no debería concluir que aquello que pide de Dios no es acorde a su voluntad, sino que debería orar en soledad a Dios junto con el salmista: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 129:23-24) y esperar ante El hasta que apunte con su dedo hacia aquello que es desagradable a sus ojos. Entonces, debe confesar y quitar su pecado.

Recuerdo bien una oportunidad en mi vida, cuando oraba por dos cosas específicas que creía que debía tener, o Dios sería deshonrado; sin embargo, la respuesta no venía. Desperté en el medio de la noche con un dolor físico muy fuerte y gran inquietud en el alma. Imploré a Dios por estas cosas, razoné con Él sobre cuán necesario era que las consiguiera, y que las consiguiera en ese momento; pero no hubo respuesta. Le pedí a Dios que me mostrara si había algo malo en mi vida.

Se me ocurrió algo que ya antes me había ocurrido con frecuencia, algo concreto, pero que yo negaba a confesarlo como pecado. Me dirigí a Dios: “Si lo que está mal es esto, lo abandonaré”; pero seguí sin recibir respuesta. En lo más profundo de mi corazón, aunque nunca lo había admitido, sabia que eso estaba mal.

Finalmente dije: “Esto está mal. He pecado. Lo abandonaré”. y encontré la paz Al poco tiempo, dormía como un niño. Por la mañana desperté sin dolor físico alguno, y el dinero que tanto necesitaba para honrar el nombre de Dios, llegó.

El pecado es algo horrible, y una de las cosas más horribles del pecado es la manera en que obstaculiza la oración, la manera en que rompe la conexión entre nosotros y la fuente de toda gracia, de toda fuerza y bendición. Cualquiera que tenga fuerza en la oración debe ser despiadado al tratar con sus propios pecados. “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Salmo 66: 18).

Mientras continuemos en el pecado o en con Dios, no podemos esperar que El preste atención a nuestras oraciones. Si hay algo que aparece constantemente en los momentos de íntima comunión con Dios, que es lo que nos impide la oración, alejémoslo.

3. Encontramos el tercer obstáculo para la oración en Ezequiel 14:3: “Hijo de hombre, estos hombres han puesto sus ídolos en su corazón, y han establecido el tropiezo de su maldad delante de su rostro. ¿Acaso he de ser yo en modo alguno consultado por ellos?” Los ídolos en el corazón hacen que Dios se niegue a escuchar nuestras oraciones.

¿Qué es un ídolo? Un ídolo es cualquier cosa que tome el lugar de Dios, cualquier cosa que sea el objeto supremo de nuestro afecto. Solo Dios tiene derecho a ocupar el lugar supremo en nuestro corazón. Cualquier otra cosa o cualquier otra persona deben estar subordinadas a Él.

Más de un hombre hace de su esposa un ídolo. Ningún hombre puede amar a su esposa más que demasiado, pero sí, puede ubicarla en el lugar incorrecto, puede ponerla antes que a Dios; y cuando el hombre considera el placer de su mujer antes que el placer de Dios, cuando le brinda a ella el primer lugar y a Dios el segundo, su esposa es un ídolo, y Dios no puede oír sus oraciones.

Más de una mujer hace de sus hijos un ídolo. No quiere decir que amemos a nuestros hijos demasiado. Cuanto más amemos a Cristo, más amaremos a nuestros hijos; pero podemos poner a nuestros hijos en el lugar incorrecto, podemos ubicarlos antes que a Dios, o sus intereses antes que los intereses de Dios. Cuando actuamos de esta manera, hacemos de nuestros hijos, ídolos.

Muchos hombres hacen un ídolo de su reputación o sus negocios. La reputación o los negocios son ubicados antes que Dios. Dios no puede oír las plegarias de dicho hombre.

Debemos responder una gran pregunta: si tuviéramos fuerza en la oración ¿está Dios absolutamente primero? ¿Está Él antes de nuestra esposa, de nuestros hijos, de nuestra reputación, de nuestros negocios? De no ser así, la oración elevada es imposible de que sea contestada.

A menudo Dios nos llama la atención por el hecho de que tenemos un ídolo, y lo hace no respondiendo nuestras oraciones; de este modo, nos induce a replantearnos por qué nuestras oraciones no son respondidas, y que descubramos al ídolo, lo alejemos y, entonces, Dios oiga nuestras oraciones.

4. El cuarto obstáculo para la oración lo encontramos en Proverbios 21:13: “El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído”.

Quizás no exista mayor impedimento para la oración que la tacañería, la falta de generosidad ante los pobres y ante la obra de Dios. Es aquel que da generosamente a los demás quien recibe con generosidad de Dios: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir” (Lucas 6:38). El hombre generoso es el orador potente. El hombre tacaño es el orador sin fuerza.

Una de las frases más maravillosas sobre la oración que prevalece (ya citada anteriormente): “Y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3:22, énfasis añadido), se pronunció en relación directa con la generosidad para con los necesitados. En el contexto, se nos dice que cuando amamos, no con palabras, sino con hechos y de verdad, cuando abrimos nuestros corazones hacia nuestro hermano necesitado, es ahí y solo ahí cuando confiamos en Dios con la oración.

Más de un hombre o mujer que busca encontrar el secreto de la falta de poder en sus oraciones, no necesita buscar lejos; no es ni más ni menos que mera tacañería. George Müller, a quien ya nos referimos, era un hombre de oración potente, porque era muy bondadoso. Nunca se quedaba con lo que Dios le daba, sino que inmediatamente se lo pasaba a los demás. Recibía constantemente porque daba constantemente. Cuando pensamos en el egoísmo de la iglesia actual, en cómo las iglesias ortodoxas no alcanzan un promedio de $ l.= anual por miembro para las misiones extranjeras, no hay que preguntarse por su falta de poder en la oración. Si recibimos algo de Dios, debemos dar a los otros.

Quizás la promesa más maravillosa de la Biblia respecto a la entrega de Dios para nuestras necesidades, se encuentra en Filipenses 4:19: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que asfalta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús”. Esta gloriosa promesa fue hecha a la iglesia filipense, y en relación directa con su generosidad.

5. El quinto obstáculo para la oración está en Marcos 11:25: “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas”. Un espíritu que no perdona es uno de los obstáculos más comunes para la oración. La oración es respondida sobre la base de que nuestros pecados sean perdonados; y Dios no puede relacionarse con nosotros basándose en el perdón, cuando nosotros albergamos mala voluntad contra aquellos que han sido injustos con nosotros.

Aquel que guarda rencor hacia otro ha cerrado el oído de Dios para su propio pedido. Cuántas personas hay que imploran a Dios por la conversión de su esposo, hijos, amigos … y se preguntan por qué su oración no es respondida, cuando el secreto se encuentra en el rencor que albergan en sus corazones hacia alguien que los haya lastimado, o que imaginan que los ha lastimado. Muchos padres y madres permiten que sus hijos pasen a la eternidad sin salvación, por la mísera gratificación de odiar a alguien.

6. Encontramos en 1 Pedro 3: 7 el sexto obstáculo para la oración: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo”. Aquí nos dice sencillamente que la relación inapropiada entre marido y mujer es un obstáculo para la oración.

Una y otra vez las oraciones de los maridos son obstaculizadas por su propia falla en el debido trato para con su mujer. Por otro lado, es sin duda cierto que las oraciones de las mujeres son obstaculizadas por su falta del trato adecuado para con sus maridos. Si marido y mujer buscaran diligentemente encontrar la causa de sus oraciones no respondidas, a menudo la encontrarían en la relación con su cónyuge.

Más de un hombre que tiene grandes presunciones de piedad, que es miembro muy activo en la obra cristiana, pero muestra poca consideración por el trato hacia su mujer, y es generalmente ingrato, si no bruto, se preguntará, entonces, por qué sus oraciones no son respondidas. El versículo que hemos citado explica el aparente misterio.

Por otra parte, la mujer muy devota de la iglesia que con mucha fe atiende todos los servicios pero trata a su marido con la más imperdonable falta de atención, es colérica e irritable para con él, lo hiere con la brusquedad de sus palabras y con su temperamento ingobernable, y luego se preguntará por qué no hay poder en sus oraciones.

Existen otras cosas en las relaciones entre marido y mujer de las que no puede hablarse públicamente, pero que, sin dudas, constituyen un obstáculo para el acercamiento a Dios mediante la oración. Hay mucho pecado oculto bajo el sagrado nombre del matrimonio, que es la causa de la muerte espiritual y de la falta de poder en la oración. Todos los hombres y mujeres cuyas oraciones parecen no ser respondidas, deberían desplegar toda su vida matrimonial ante Dios, y pedirle a Él que ponga su dedo sobre lo que encuentre desagradable ante su vista.

7. El séptimo obstáculo aparece en Santiago 1: 5-7: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor”.

Las oraciones se ven obstaculizadas por la falta de fe. Dios nos ordena que creamos absolutamente en su Palabra. Si la cuestionamos convertimos a Dios en un mentiroso. Muchos de nosotros lo hacemos al suplicar sus promesas, y no es de extrañar que no haya respuesta a nuestra oración. ¡Cuántas oraciones son obstaculizadas por nuestra maldita falta de fe! Nos dirigimos a Dios para pedirle por algo que está prometido en su Palabra, y luego no esperamos conseguirlo; “No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor”.