¿Jesús fue un hereje?

Pero en verdad os digo: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses y cuando hubo gran hambre sobre toda la tierra; y, sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la tierra de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio.

Se entiende por herejía una idea contraria a los dogmas o principios de una religión. Y precisamente en las referencias de Lucas 4:25-27 vemos a un Jesús muy crítico de las doctrinas de los judíos. Ya en el verso siguiente podemos ver la manera cómo ellos reaccionaron ante estas aseveraciones de Jesús: “Y todos en la sinagoga se llenaron de ira cuando oyeron estas cosas”.

La aseveración de Jesús de que la bendición, la gracia y la misericordia de Dios pueden haber llegado en su tiempo a personas que se encontraban más allá de las fronteras de Israel, a gente más allá de la religión judía, les parecía a ellos una falta de respeto contra el Dios de Israel.

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Si bien los judíos conocían muy bien los relatos mencionados por Jesús, la aclaración de que había muchos necesitados de sanidad y sustento en Israel, los cuales no los recibieron y contrariamente fueron dados a los “paganos” era ofensivo para sus oyentes. La herejía, respecto de la forma de ver judía se encontraba en el hecho de que se plantease que Dios tiene misericordia de los gentiles tanto como del pueblo de Dios.

Habría que considerar esta aseveración en la medida en que nosotros hemos vuelto a clausurar la misericordia de Dios para los no cristianos. Es muy común el conflicto sobre si Dios puede o no puede escuchar la oración de alguien que no es cristiano, y en algunos casos incluso si no es un cristiano-evangélico-calvinista-infralapsariano-premilenarista-pretribulacionista-antipentecostal, etc. Pero en repetidas ocasiones vemos a un Jesús que llevó bendición a quienes no eran judíos ortodoxos practicantes sino samaritanos con fama de apóstatas o a una sirofenicia de quien Marcos enfatiza que era hellenys, es decir, griega. Este énfasis no es simplemente gentilicio, evidenciaba que aquella mujer era pagana y adoraba a dioses paganos y clamo a Jesús por sanidad para su hija y la recibió. También vemos en los evangelios a un centurión romano quien recibe sanidad para su criado sin ser judío.

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El mensaje de Jesús enfatizó mucho esta idea como por ejemplo cuando dijo que “Dios hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos y pecadores”.  Si algo evidenció Jesús en su enseñanza es que más grande que nuestros esquemas doctrinales es la misericordia de Dios. Evidentemente, Jesús predicó del juicio, pero en términos de una condenación que viene de las mismas obras o pecados que realizamos más no como una condenación divina como tal. La actitud de Jesús ante los pecadores fue más bien fue: Yo no te condeno, vete y no peques más.

Aprendamos a sentir de la manera que sintió Cristo con su misma misericordia y bendición ante quienes lo buscan en su angustia.

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EL DESAFÍO DE CRECER

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador.Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden.Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.

Dice un experto en viñedos:

La vid es una planta domesticada que difícilmente se adaptaría a la vida salvaje. Son frecuentes los casos en que viñas sin cuidados enferman, se secan y mueren cuando parecería natural que sin poda ni cultivo la viña se convirtiera en una frondosa maraña de hojas y sarmientos. Por esta razón, una viña abandonada es una viña muerta a pesar de disponer de suelo y sol.

El trabajo empieza ya con la preparación del suelo. Se lo prepara arándolo para que se airee. La planta en invierno ha perdido todas sus flores y frutos. Se aprecia solamente el tronco árido. Se cortan los sarmientos que quedaron de la cosecha anterior. Se deja tan solo el tronco principal y unos cuantos sarmientos. Durante la primavera empiezan a brotar las primeras hojas y flores. Se procede a realizar entonces la espergura. Esto es, se eliminan casi todos los brotes que van surgiendo alrededor del tronco viejo y que solamente absorben alimento sin producir ninguno o casi ningún fruto. Esto se realiza con el fin de permitir que todo el alimento de la planta se dirija a aquellas ramas que en el futuro darán fruto.

En la casa de mis suegros pude ver este proceso hace varios meses. Un familiar de Australia que había trabajado en estas labores se dio al trabajo de espergurar la vid que tiene ellos. Luego de este trabajo, la planta quedó sin una sola hoja. Mis suegros se inquietaron pensando que habían matado a la planta.

Varias semanas más tarde empezaron a brotar nuevas hojas, tres y cuatro veces más grandes que las anteriores y lo que es más importante, los nuevos retoños llevaban fruto. Me causó admiración ver cómo ese trabajo que parecía de muerte resultó dar nueva vida a aquella planta.

De todos modos, el trabajo con la planta no termina allí. Un poco más tarde, cuando las hojas y los frutos se hallan un poco más grandes se realiza lo que se llama el desniete, es decir, se eliminan todas aquellas hojas que se hallan más cerca de los frutos para evitar que lo sofoquen impidiendo que la luz del sol y el aire llegue hasta ellos. Además se busca de esta manera que los nutrientes del suelo sean plenamente aprovechados por los frutos.

De igual manera se vigila el desarrollo de las ramas. En caso de que una rama que no produce mucho fruto o no produce ninguno en absoluto, se hallase obstaculizando el crecimiento de otra que sí está dándolo, se procede a cortarla. Todo este proceso lo realiza el labrador antes de que llegue el tiempo de la cosecha.

Es interesante acercarnos al texto bíblico de Juan 15:1ss con esto en mente. Jesucristo se considera a sí mismo como la vid, la cepa o el tronco del cual brotan los sarmientos que somos nosotros. Hay brotes que se apresuran a salir. Les agrada la idea de unirse a un grupo cristiano. Sin embargo, no llevan fruto alguno. Su vida no evidencia un cambio de vida. Es entonces que viene Dios como labrador y empieza a quitar aquellas hojas y sarmientos que parecían muy dinámicos pero que no evidencian ningún fruto. Luego, a medida que avanza el desarrollo de la iglesia, surgen nuevos sarmientos. Estos si llevan frutos. No obstante, es necesario limpiarlos. Impedir que su fruto muera asfixiado. Esto obliga al labrador a cortar ciertas hojas de los sarmientos. No siempre esto es fácil para nosotros. A veces, son cosas que nos gustan. Son personas que apreciábamos. Son proyectos que atesorábamos. El labrador ve que aquellos pueden impedir el buen desarrollo del fruto que estamos madurando y decide cortarlos de nosotros.

Aun puede suceder que algunos sarmientos se conformen con algunos pocos frutos y decidan, por vergüenza de su pobre desarrollo, impedir el mismo en los demás. El labrador entonces, debe cortar dichas ramas que no crecen ni desean dejar crecer a los demás.

Jesucristo nos dio este ejemplo de la vid pensando muy cuidadosamente en las relaciones. No es la única vez en que la iglesia es comparada con un organismo vivo. Pablo dice que es el cuerpo de Cristo y que debe crecer hasta llegar a la altura de la plenitud de Cristo. De igual manera en otra ocasión dice que la iglesia es un edificio, sin embargo, por ilógico que suene, Pablo vuelve a referir que dicho edificio debe crecer.

El crecimiento no es una opción de los creyentes: es su esencia. Así como cualquier organismo vivo se desarrolla, los creyentes debemos desarrollarnos y crecer. Cuando no lo hacemos estancamos el crecimiento de los demás y nos vemos enfrentados a la posibilidad -según Juan 15:1- se ser desechados.

De todos modos, nuestro crecimiento va íntimamente vinculado a nuestro cimiento que es Cristo. No podemos crecer ni dar fruto lejos de Él. Quien nos nutre y fortalece es Cristo por medio de su Espíritu. Esta idea vuelve a repetirse en Efesios 2:19-21 donde dice:

Por eso, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. En él todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; (Efe 2:19-21)

Podemos pretender crecer alejados de Cristo, cuando buscamos ser alimentados por otra vid que no sea la vid verdadera. Esto sucede cuando nuestro cimiento deja de ser Cristo para volverse nuestra ambición, una pareja, un trabajo, etc. Cuando lo que define nuestras metas y proyectos para el futuro no es Dios ni la gratitud a él, ni la obediencia a su Palabra, sino otra razón mucho más egoísta estamos buscando otra cepa sobre la cual crecer. Es por ello que Pablo recalca que Cristo es la cepa en la cual hemos sido injertados para dar frutos.

Ahora, los sarmientos deben ser alimentados por la vid y ese alimento es, según el apóstol Pedro, la Palabra de Dios.

Desechad, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias y toda maledicencia, y desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación (1 Pedro 2:1-2)

La Biblia de las Américas traduce este texto así: desead como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra. Es la Palabra de Dios aquella leche espiritual que nos ayuda a crecer. Al venir a los pies de Cristo, somos como niños. Debemos aprender todo lo concerniente al modo de vida que agrada a Dios. Es por esto que debemos empezar a aprender cuál es ese modo de vida que le agrada. Pero si no nos alimentamos podemos morir espiritualmente.

Nuestro crecimiento debe ser en lo concerniente al conocimiento de Dios y de la obra que ha hecho por nosotros. Y ese crecimiento sólo puede darse cuando nos nutrimos adecuadamente.

EXAMINANDO NUESTRO CRECIMIENTO

Hagamos un alto en el camino. Meditemos en lo que hemos hecho durante este año. Hagamos un examen que nos permita descubrir cuánto hemos avanzado en nuestro crecimiento espiritual.

Respondamos de manera personal a estas preguntas y meditemos en las respuestas que damos a cada pregunta.

¿Cuánto tiempo diario he dedicado a la oración durante este año? _____

¿Cuánto tiempo diario he dedicado a la lectura de la Palabra de Dios? _____

¿Cuántos libros de edificación espiritual he leído durante este año? _____

¿Cuánto tiempo he invertido en mi capacitación cristiana? _____

¿Qué cantidad de mis recursos he invertido en mi capacitación? (%) _____

¿Me he involucrado en algún ministerio para servir a Dios y a los demás? _____

¿A cuántas personas he compartido mi fe en Jesucristo? _____

¿Cuántas personas han sido impactadas por mi testimonio de fe sin palabras? _____

¿He usado mis recursos económicos para ayudar a los que no tienen? (Ef. 4:28) _____

¿He sabido dominar la ira? _____

¿He logrado controlar mi vocabulario? _____

¿He dejado de lado el chisme? _____

¿He sido fiel a Dios en la administración de mis recursos? _____

¿He aprendido a ser ejemplo a los miembros de mi familia? _____

¿He desviado mis ojos y mi corazón de todo lo que me desvíe hacia la lujuria? _____

¿Se administrar sabiamente y conforme a la voluntad de Dios el tiempo? _____

¿En comparación de inicios de este año, puedo decir que he crecido espiritualmente? _____

Este es mi compromiso con Dios para este nuevo año:

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Att. ________________

De cómo la limpieza de ciertas vasijas puede producir un gozo eterno

Una parábola

Empecemos con una parábola. Un copero se hallaba al servicio del rey. Su labor era muy codiciada por muchos pues se hallaba cerca del rey y lo tenía todo. Cada día debía inspeccionar que la vasija de vino que había en el palacio estuviese muy bien resguardada. Que su contenido estuviese muy bien protegido y que el vino fuese de la mejor calidad.

Por hacer ello, tenía el privilegio de vivir en el palacio del rey y disfrutar de los grandes festines que se daba allí.

Cuando empezó a trabajar como copero fue muy meticuloso. No sólo que revisaba el vino y la vasija sino que además inspeccionaba y enviaba a asear la bodega donde se hallaban las vasijas de vino.

No obstante, conforme pasó el tiempo, el copero empezó a volverse más y más descuidado. Ya no enviaba a limpiar la bodega. La vasija era revisada sólo un par de minutos antes de las comidas y la copa, a veces quedaba sucia desde la comida anterior.

Con el paso del tiempo, el desaseo de la bodega llegó a ser tal, que tan solo al caminar se levantaba el polvo. Cuando se quitaba la tapa de la vasija, las manos se tornaban negras. De todos modos, el vino parecía bueno pues permanecía tapado.

Un día el copero se hallaba llevando la copa delante del rey y de pronto se dio cuenta de que una mancha grande de grasa se hallaba en el fondo de ella. El día anterior había hecho una pequeña fiesta con sus amigos y habían usado la copa del rey. En medio de aquella algarabía había colocado una porción grasosa de carne dentro de la copa entre las carcajadas de sus amigos.

Al notar el inconveniente se agachó como si tuviese un dolor muy fuerte en el estómago y, arrumado en el suelo, limpió lo mejor que pudo la copa con su ropa. El rey no lo notó. El copero dio un gran suspiro.

Un amigo que lo apreciaba mucho y que sabía de sus descuidos, le advirtió que si seguía así sería apartado del palacio y ya nunca volvería a disfrutar de la bendición del rey y de su presencia.

El copero no hizo caso de la advertencia y dejó que las cosas siguieran su rumbo.

Un día, la suciedad de la bodega atrajo a una rata que hizo su nido en aquel lugar. En otra ocasión, en medio de su habitual descuido, el copero olvidó tapar la vasija del vino. La rata curiosa se acercó para mirar dentro con tal mala suerte que resbaló al interior y murió ahogada en el vino. Al siguiente día, nuevamente, el copero sin cuidado alguno tomó la copa sin lavar, tomó un poco del vino de la jarra sin revisarla, la llevó al rey y puso la copa a lado de la comida del rey.

Este estuvo a punto de beber cuando observo algunas pelusas en la superficie de la copa. Reclamó entonces al copero su descuido y mandó a revisar la vasija hallándose con la sorpresa. Al siguiente día el copero fue decapitado como ejemplo para todo el pueblo para que sepan ser diligentes con sus labores.

Esta breve historia ha querido ser una parábola de lo que dice esta frase de Jesús. Nosotros somos aquel copero y nuestros corazones son aquella copa. Dios nos ha dado la responsabilidad de mantener limpia nuestra copa para su servicio, sin embargo en muchas ocasiones descuidamos esta responsabilidad y queremos servir a Dios con nuestros corazones aún sin limpiar.

¿Qué es el corazón?

Quizá sea necesario que tengamos más claro lo que era el corazón para los israelitas para que entendamos nuestra responsabilidad.

El corazón era según el pensamiento antiguo, como una vasija en la cual uno podía poner sentimientos, pensamientos o decisiones.

Ensuciando el corazón

El corazón podía llenarse con la palabra de Dios, pero también podía llenarse con homicidios, amarguras, mentiras o adulterios.

Lo que entra

En Mateo 5:28 vemos que en nuestro corazón puede albergarse el adulterio. De igual manera, en Mateo 6:21 vemos que la codicia arrastra al hombre como si fuera un títere y se halla también en el corazón. Estos dos son como aquella rata de la parábola que ha hecho un nido dentro de la vasija.

Aún, la pereza espiritual, cuando no limpiamos nuestro corazón constantemente, ingresa y nos domina. Esto lo hallamos en Lucas 12:45 donde el mayordomo deja que sea vertida en su corazón la idea de acomodarse pues lo más seguro era que el amo se demore en su regreso.

Es muy habitual que nos permitamos un par de excusas para dejar de servir al Señor creyendo que tarda. Algún momento llegará Jesús y hallará que en nuestra copa hay suciedades que le impiden tomarnos como copas de honra.

De igual manera dice Jesús que en el corazón, si nosotros lo permitimos, puede introducirse la glotonería, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida (Lucas 21:34). Pero no solo esto, sino que además pueden anidar en el corazón los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lujuria, la envidia, la calumnia, el orgullo y la insensatez, etc., etc., etc. (Marcos 7:20-21)

Lo que sale

Si no sabemos hacer una limpieza diaria de nuestro corazón, al cabo de algún tiempo, no sólo que nuestro corazón tendrá algunas suciedades sino que será un verdadero basurero. Y ese basurero se hace evidente en nuestras actitudes. No importa cuánto intentemos esconderlos, es como tener basura en la casa pudriéndose por años, el olor es demasiado evidente. En palabras de Jesús diríamos “¿Cómo podéis hablar lo bueno siendo malos?, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34)

Hay muchos que vienen a Cristo con un basurero en su corazón y no piensan en limpiar su corazón para dejar entrar a Cristo, sino que exigen que Cristo se acomode y empiece a vivir en aquel basurero.

De hecho, la suciedad de nuestro corazón puede endurecernos negándonos a reconocer nuestro pecado y nuestra necesidad de Dios. Romanos 2:5 dice que “por la dureza y la impenitencia de tu corazón vas atesorando contra ti cólera para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios

El Diablo

Quién más interesado se halla en nuestro corazón, después de Dios, es Satanás. El es el que siempre se halla vertiendo su veneno en nuestros corazones. En Juan 13:2 vemos que el Diablo “vierte” una idea en el corazón de Judas. Dice el texto: Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle. Si nuestro corazón se halla vacío de la Palabra de Dios, o quizás lleno sólo hasta la mitad, él buscará llenar lo que falte con su veneno.

De igual manera, Ananías y Safira dejan que Satanás llene hasta el borde su corazón con malos pensamientos. En Hechos 5:3 Pedro dice: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieras al Espíritu Santo y sustrajeras del producto de la venta de la heredad?

Ahora, hay que tener cuidado con pensar que el Diablo tiene la culpa de lo que hacemos. Aquel vertió la idea, pero nosotros la aceptamos y dimos la orden de “ejecútese”. Inmediatamente después de lo que hemos leído vemos en el verso 4 que el apóstol dice a Ananías: ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? La responsabilidad es de Ananías. De hecho la palabra que usa Pedro podría traducirse mejor como “acomodar”. Ananías recibió la idea del Diablo y se encargó de acomodarla en su corazón y de ponerla en práctica a su debido tiempo.

Disimulando el contenido del corazón

Puede darse también que ante la situación tan deplorable en la que se halla nuestro corazón pensemos en ocultar lo que en él se halla. Puede ser que seamos tan buenos para actuar que logremos que nadie o casi nadie noten la impureza en nuestro corazón. Puede ser incluso que logre ser un cristiano ejemplar en la iglesia a base de mis simulaciones. Es inútil tratar de ocultar la impureza de nuestro corazón pues Dios no mira nuestro obrar ejemplar sino las motivaciones del corazón.

En el Antiguo Testamento ya advertía Dios que Él no se fija en lo exterior. En 1ra Samuel 16:7 le dice a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón

Y en el Nuevo Testamento se vuelve a repetir que Dios mira el corazón y no las obras de los hombres. En Lucas 16:15 Jesús dice: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones, pues lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación.

Aquellos hombres creían que con recibir las alabanzas de sus hermanos en la fe bastaba. Jesús les dice lo que para ustedes es sublime, para Dios es abominación. Sus actos ejemplares no eran fruto de un corazón limpio sino fruto de celos envidias y rivalidades. Esto no lo podemos esconder de Dios quien el día del juicio -dice Pablo- “manifestará las intenciones de los corazones”.

Pablo decía que “con el corazón se cree para justicia y con la boca se confiesa para salvación”. Es decir, si no hay en primer lugar una limpieza del corazón, no puede haber una verdadera conversión. Una oración de fe que no nazca de un deseo de limpiar el corazón no sirve de nada.

Cómo limpiar verdaderamente el corazón

La Palabra de Dios nos presenta la manera en la que podemos limpiar diariamente nuestro corazón del pecado y los malos deseos.

La fe limpia nuestros corazones

Dice Hechos 15:9 que Dios “purificó sus corazones con la fe”. El primer paso para empezar a limpiar nuestro corazón es por medio de la fe en Cristo Jesús. Cuando realmente le abrimos el corazón a Jesús por medio de la fe, Él empieza a obrar y a limpiar en nuestro interior. Cuando en fe dejamos cosas que nos eran preciosas pero que Jesucristo por medio de su Palabra nos dice que son nocivas para nosotros, logramos que Jesucristo limpie profundamente nuestro corazón.

La Palabra de Dios

Dice Lucas 24:32: Se dijeron uno a otro: « ¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? ». El segundo paso para empezar a limpiar nuestro corazón es alimentarse por medio de la Palabra de Dios. La predicación, la meditación bíblica, etc., son formas de hacer que habite en abundancia en nosotros la Palabra de Dios de modo que vaya desalojando poco a poco aquello que ensucia nuestros corazones.

Sin embargo, lo primero es la fe. De otro modo, al leer el texto bíblico, un velo cubrirá nuestros corazones por no querer volvernos a Jesucristo. Esto lo podemos encontrar en 2da Corintios 3:15

Meditar en las obras de Dios

Lo tercero es meditar y guardar en el corazón el obrar de Dios de tal modo que cuando tengamos inquietudes sobre las circunstancias que estemos pasando podamos recordar cómo actuó Dios en otras ocasiones. María es ejemplo de esto pues dice Lucas 2: 51 que ella “conservaba cuidadosamente todas las cosas [referentes a Jesús] en su corazón” y en el verso 19 dice: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón”.

Contentamiento

Vimos que, entre las ideas que el enemigo pone en nuestro corazón se hallan los hurtos, las envidias y las avaricias. La mejor manera de de combatir esto es por medio del contentamiento. Pablo nos recuerda en 1ra Timoteo 6:7 que nada hemos traído a este mundo y, sin duda, nada podremos sacar. Por lo tanto sentencia: teniendo sustento y abrigo, estemos ya satisfechos.

Debemos aclarar, con todo, que tener contentamiento no es lo mismo que ser conformistas. Trabajando duro, como para el Señor, haciendo nuestras actividades con honradez y sabiendo ser buenos administradores de los dones y riquezas que el Señor nos da, cumpliremos con la palabra y además seremos prosperados.

Perdón

Otros venenos que suelen acostumbrar hacer nido en nuestros corazones son el rencor, el resentimiento y la amargura. La mejor manera de echarlos del corazón es aprendiendo a perdonar.

Llenar el corazón de todo lo puro

Pablo les recomienda a los Filipenses en el capítulo 4, verso 8 de su carta lo siguiente: “todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”. Desechemos todo pensamiento impuro; quitemos de nuestra mente y corazón todo chiste de mal sentido; desarraiguemos de nuestra boca todo vocabulario obsceno; quitemos de nuestra mente todo aquello que daña nuestro corazón. Por el contrario acostumbremos a nuestro corazón a pensar en lo bueno, en lo puro, en lo que es de buen nombre. Es de esta manera cómo podemos lograr que nuestro corazón sea limpio y permanezca limpio.

Los frutos de un corazón limpio

Es conforme al corazón de Dios

No hay interferencias. Hace la voluntad del Padre.

Es generoso

Sabe que todo lo que tiene se lo debe a Dios. No es mezquino. Sabe dar con alegría siendo consciente de lo que Dios ha hecho por él. (2da Corintios 9:7)

Es agradecido

Reconoce que todo don perfecto viene de Dios y por ellos vive en gratitud por lo recibido. (2da Corintios 9:7)

Verán a Dios

La promesa que hace el texto bíblico es que quienes conservan su corazón puro podrán ver a Dios. Esto se entiende de dos maneras:

Ser librado de la aflicción

En el salmo 31:16 vemos que existe una analogía entre ver la faz de Dios y ser salvado por Él. Dice el texto: “Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo; ¡sálvame por tu misericordia!”. De igual manera, en el Salmo 13:1 vemos que el salmista se halla pasando por una gran aflicción y la expresa diciendo que Dios ha escondido su rostro de él. Finalmente en el Salmo 11:6-7 se puede apreciar que los malos recibirán castigo mientras los rectos verán el rostro del Señor, es decir recibirán misericordia.

Esto no sólo es recibir una que otra petición de parte de Dios. De hecho es vivir cada día en la presencia de Dios. Este privilegio es más grande de lo que a veces nos lo imaginamos. Tomás de Aquino lo notó y dijo: “así como en la corte de un rey están más elevados los que le ven la cara que aquellos que sólo comen de sus tesoros”, así son más elevados los limpios de corazón.

Estarán en presencia de Dios al final de los tiempos.

Al final de los tiempos cuando Dios lleve a su presencia a todos sus santos, quienes han permanecido buscando mantener limpio su corazón verán a Dios. Aquel día ya “no habrá más maldición. El trono de Dios y del Cordero estará en [en medo de ellos], sus siervos lo servirán, verán su rostro y su nombre estará en sus frentes”.