Orientaciones prácticas para interpretar el Apocalipsis

Luego de una vida dedicada al estudio del Apocalipsis, Juan Stam es uno de los más importantes pensadores cristianos en relación con el mensaje de este enigmático libro. En una entrevista realizada en Paraguay, expone de manera breve lo que para él son las claves que nos permiten interpretar el Apocalipsis de manera adecuada.

ENTREVISTA AL TEÓLOGO JUAN STAM La Fuente (Paraguay)

3:31 marzo 2008

“Quién entra al mundo del Apocalipsis tiene que estar preparado para muchas sorpresas”

Juan Stam (78), oriundo de Paterson, Nueva Jersey, es uno de los teólogos evangélicos «latinoamericanos» más pertinentes de la actualidad. Aunque es estadounidense de nacimiento, se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina que lleva más de cincuenta años. Está casado con Doris y tienen 3 hijos y 5 nietos. Juan es Dr. en teología, por la Universidad de Basilea, Suiza. Es docente y escritor de libros, artículos y del Comentario Biblico Iberoamericano de Apocalipsis.

¿Cómo se inició su ministerio en Latinoamérica?

Luego de estudiar en Wheaton y Fuller estudiamos castellano, y aunque hacían falta profesores en el Seminario Bíblico de San José, nuestra misión muy sabiamente decidió enviarnos a realizar

un pastorado rural en el noroeste de Costa Rica, en el pueblo de Santa Cruz, esto ya hace más de 50 años. Esta experiencia fue extraordinariamente formativa para nosotros. En realidad, lo fue

mucho más que los años de estudio en el aula. Allí aprendimos los dichos, disfrutamos los chistes y escuchamos las historias de los campesinos, nos enamoramos de la gente y de todo lo latinoamericano, y con eso también más de Jesucristo y de su evangelio. Desde entonces siento que llevo adentro un pastor campesino, mucho más que sólo un profesor académico.

¿Qué métodos de estudio de la Biblia Ud. recomienda a los pastores Latinoamericanos?

Me gusta recomendar tres herramientas para el estudio bíblico, porque he visto a través de muchos años lo valiosas que son. La primera de mis herramientas para estudiar bien la Biblia es una lupa. La lupa nos servirá para examinar cada pasaje con el debido cuidado, o sea, “escudriñar las escrituras” como lo hacían los Bereanos. Eso nos ayudará a ver mucho mejor lo que realmente está en el texto que el Espíritu Santo inspiró y lo que no está, porque no aparece bajo la lupa. Y sin duda, habrá sorpresas. Una segunda herramienta indispensable para el bueno estudio bíblico es un borrador (de pizarra y lo más grande posible). Un problema mayor en el estudio bíblico es que no queremos que la Biblia cambie nuestras ideas y nuestra vida. Es demasiado incómodo, y nos pone nerviosos. Claro, esos cambios tienen que estar sujetos a la Palabra; la lupa tiene que ir antes del borrador.

Finalmente, la tercera herramienta es un par de audífonos, para sintonizar la voz de Dios. No estudiamos las escrituras sólo para ser expertos en conocimiento bíblico, sino para escuchar al Señor, ser discípulos fieles y obedecer su voluntad. No bastan la lupa y el borrador; necesitamos también audífonos espirituales.

¿Cómo debería ser estudiado el libro de Apocalipsis?

¡Quién entra al mundo del Apocalipsis tiene que estar preparado para muchas sorpresas! El Apocalipsis es un libro realmente único dentro del canon bíblico y aún en la literatura universal. En primer lugar los lectores modernos del Apocalipsis deben tratar de comprender el mensaje que el libro tenía para los creyentes del Asia Menor, en tiempos de Juan. Estudiar el trasfondo histórico, las claves hermenéuticas y el mensaje del Apocalipsis es un trabajo de toda una vida.

A pesar de la dificultad del paso de casi dos milenios desde que el libro salió a la luz, abundan los datos que ayudan a entender el mensaje central de todos los pasajes e incluso la inmensa mayoría de los detalles. A veces, sin embargo, es necesario simplemente confesar nuestra actual ignorancia ante ciertas frases del texto. Para otros detalles hay una o más interpretaciones posibles pero ninguna segura.

A menudo el trabajo de averiguar las diversas alternativas de interpretación, los pro y los contra de cada una, es arduo y lento. El Apocalipsis es para los valientes que se animan a buscar en el texto con la lupa; pero también es para humildes, para los que desean escuchar con suficiente respeto lo que realmente dice el texto inspirado.

Muchos creen entender este libro y tienen sensacionales explicaciones para casi todos sus detalles. Eso puede impresionarnos y hasta deslumbrarnos, pero surge un pequeño problema; cuando examinamos cuidadosamente el texto del Apocalipsis, muchas veces resulta difícil o imposible corroborar las interpretaciones espectaculares que pretenden dársele al libro. Algunas “profecías” (Hitler como el anticristo, Moscú como Magog, la Naciones Unidas como el caballo blanco) han resultado claramente equivocadas.

¿Cómo inició Ud. sus estudios del Apocalipsis?

El libro del Apocalipsis me ha inspirado durante más de medio siglo. Tanto personalmente como en los cursos del Seminario fui enfocando mi visión en este maravilloso libro. Una congregación rural de Costa Rica, me rogó a fines de la década del sesenta que les diera un mes de estudios del Apocalipsis. Fue el primero de muchos centenares de sermones y clases sobre este libro y sobre escatología, en la mayoría de los países de América Latina.

He aprendido lecciones valiosas de los hermanos, los estudiantes de seminario con los cuales estudiamos este libro, y de mi esposa Doris, compañera fiel en nuestro peregrinaje compartido. Fue una aventura muy desafiante la de preparar el Comentario Bíblico Iberoamericano, editado por ediciones Kairos.

¿Es posible entender hoy en día el Apocalipsis, Dr. Stam?

En contraste con el libro de Daniel, Apocalipsis es un libro abierto. El Cordero desató los sellos. Los creyentes que tienen sabiduría pueden entender el mensaje de esta profecía. Pero en este libro no debemos buscar sentidos futuros que el mismo Juan no hubiera entendido. Es bastante distinto de la impresión que muchos tienen hoy en día, y de la forma en que muchos suelen leerlo, como si el libro fuera un rompecabezas esotérico y como si la bendición prometida se dirigiera a los que fuesen capaces de resolver el crucigrama futurista, y poner en orden cronológico todos los eventos venideros para hacer un cuadro gráfico de todo el porvenir.

Lamentablemente la mayoría de los lectores modernos se acercan al Apocalipsis con muchos presupuestos equivocados que obstaculizan el entendimiento fiel de su mensaje. Muchas veces le hacemos al libro preguntas que el autor y los lectores no planteaban.

A menudo insistimos en ver cosas que no están en el texto y, por concentrarnos en esas cosas que creemos ver pero no están, no percibimos las enseñanzas que sí están escritas. El Apocalipsis fue escrito para ser entendido precisamente por los fieles comunes y corrientes de Asia Menor. No fue escrito para especialistas ni eruditos, quienes tendrían que explicárselo a la iglesia. Su sitio original no era el escritorio del experto sino la congregación en su lectura comunitaria. Muchos ven en el Apocalipsis solo catástrofes.

¿Cuál es el verdadero mensaje presentado por Juan?

Algo raro ha pasado con este libro. Fue escrito para quitarles el miedo a los cristianos de Asia Menor del siglo I, pero ahora tiene el efecto opuesto: llena de miedo a muchos lectores. Ellos, que vivían amenazados, lo recibían como esperanza; nosotros que vivimos tranquilos, lo recibimos a menudo como amenazante. Algunos hasta sufren pesadillas con las dantescas imágenes de Juan, y predicadores oportunistas las explotan para ejercitar un terrorismo apocalíptico. ¡Al contrario: el Apocalipsis es un mensaje de esperanza en Cristo que debe llenarnos de gozo!

Pero, ¿Tiene el Apocalipsis algo que decirnos referente al futuro?

Es cierto que el Apocalipsis anuncia muchas cosas venideras que se extienden hasta el mismo fin del mundo. Habla de algunas cosas futuras que Juan no parece concebir como de su propia época, como por ejemplo una confrontación final que se llama Armagedón, la venida del Hijo del hombre, el juicio final y la nueva creación. Negar todos estos elementos de escatología futura sería negar el claro mensaje bíblico del libro.

Pero también es cierto que esas enseñanzas futuras, por muy importantes que sean, no agotan el mensaje del Apocalipsis. De hecho, ni siquiera constituyen el mensaje central del libro. Si analizamos el Apocalipsis cuidadosamente, sin presupuestos que no surgen del texto mismo, descubriremos que la principal concentración del libro se enfoca sobre la situación inmediata en que las congregaciones del Asia Menor se hallan inmersas. En ningún momento deja atrás la realidad sociohistorica de su época.

Todo el libro de Apocalipsis es un mensaje directo para sus primeros lectores. Juan describe acontecimientos futuros, pero en términos comprensibles para los lectores de su época. Nunca les hace entender que está vaticinando cosas que ellos no podrían comprender, tales como aviones, bombas, cohetes, petróleo, explosiones atómicas, computadoras, códigos de barras o microchips.

Les habla claramente de temas y objetos que entienden, aun cuando describe realidades venideras.

Por lo tanto interpretar el Apocalipsis en términos de cosas que ni Juan ni sus lectores hubieran entendido, y que tampoco señalan las palabras del texto, es caer en un error grave.

Algunas recomendaciones para interpretar el Apocalipsis:

-Interpretar el Apocalipsis exegéticamente: Ser fiel al texto, y a lo que está escrito. No quitar, ni añadir.

-Interpretar el Apocalipsis históricamente: Conocer el contexto histórico de lo que ocurría en la época de Juan.

-Interpretar el Apocalipsis Cristocéntricamente: El tema central de todo el Apocalipsis es Cristo, el Señor. No las bestias ni el anticristo.

-Interpretar el Apocalipsis imaginativamente: Utilizar los ojos de la imaginación y todos los sentidos físicos para entender la riqueza de su simbología.

-Interpretar el Apocalipsis pastoralmente: El mensaje debe ser para orientar y fortalecer a la congregación, especialmente para infundir gozo, y esperanza en medio de crisis.

-Interpretar el Apocalipsis prácticamente: Para orientar la conducta ética de la vida de la iglesia. El mensaje tiene mucho que decir también a la comunidad a través de la voz profética de la iglesia sobre la justicia social y económica.

El dragón del Apocalipsis no es más que un tigre de papel

Aquí les presentamos el estudio realizado en nuestra iglesia esta semana acerca de Apocalipsis 13:11-18, es decir la bestia que surge de la tierra.

La segunda bestia: la que sale de la tierra.

Tanto el relato de la bestia que surge del mar como de aquella que surge de la tierra se hallan literariamente insertas en entre dos textos muy importantes. Por un lado tenemos la visión de la “mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas” (Ap.12:1), es decir la visión gloriosa de la iglesia exaltada y por el otro, la visón del Cordero exaltado sobre el monte de Sión con los 144.000 que lo alaban (Ap. 14:1ss).

El paréntesis que se abre entre la iglesia que gesta al Mesías –en la figura de José y María- y la victoria que conquistan los santos, es el período de tiempo que comprende el accionar del dragón -en el cielo- y las dos bestias -en el mar y en la tierra-.

La primera pudimos era una imagen simbólica del Imperio romano en representación de todos aquellos imperios y reinos que reciben poder y autoridad de Dios pero con el único propósito de usarlo para hacer injusticias y para perseguir al Pueblo santo. El poder que le fue otorgado al Dragón por parte de Dios, es conferido a su vez a la bestia, la misma que persigue a la iglesia y busca a toda costa impedir que el mensaje de redención sea proclamado.

Ahora, nos enfrentamos con la segunda bestia, la misma que tiene como objetivo exaltar a la primera bestia e impulsar a todos los moradores de la tierra a adorarla.

Es muy probable que esta segunda bestia tenga que ver con una representación de los sacerdotes del imperio romano que se dedicaban en aquellos tiempos a motivar a todos los hombres a adorar al emperador y a ofrecerle sacrificios sólo a él.

De todos modos, aquella segunda bestia, que de aquí en adelante será llamada el falso profeta (16:13; 19:20; 20:10), no tiene sólo como propósito advertir a los creyentes del Asia menor del siglo I d.C. sino también advertirnos a nosotros a ser prudentes pues, aunque hoy en día, no podamos descubrir un imperio romano poderoso que busca eliminar a los cristianos, ni veamos sacerdotes aupándonos a adorar a su emperador, vemos, de todas formas, la manera cómo nuestra sociedad contemporánea hace promoción de estilos de vida – o quizás deberíamos decir “estilos de muerte”- contrarios al plan de Dios. Día y noche recibimos la propaganda del mundo que siempre esta animándonos a adorar a la Bestia (Satanás) y a olvidarnos del seguimiento de Cristo.

Una vez que pasamos a observar la descripción que se hace de la bestia, vemos que el autor hace lo mismo que con la imagen de la primera bestia. Es decir, nos muestra que el poder del enemigo es prestado y que lo mejor que puede hacer es imitar a Dios. En el caso de la primera bestia habíamos visto que la imagen que se presentaba era un burdo remedo de la figura de Cristo en su muerte y resurrección, ahora, la imagen de la segunda bestia es un monstruoso remedo de la figura de Cristo en tanto Cordero de Dios. De este modo podemos constatar que Satanás busca insistentemente remedar e imitar a Cristo y a Dios, sin dejar de lado nunca su ambición y su maldad. Aparenta ser como Dios, pero no lo es.

Un comentarista dice: “En todo lo que hace, es engañoso, igual que la antigua serpiente. La retórica de su propaganda, el sensacionalismo de sus milagros, y la voz que sale de la boca de la imagen para incentivar al pueblo a matar a los fieles –todo es obra de este príncipe de la mentira” (Juan Stam)

Las características de la bestia son seis:

  • Grandes Señales como las de los profetas del Antiguo Testamento.
  • Engaña a los moradores de la tierra para que adoren a la Bestia.
  • Se le concede dar vida a la imagen de la Bestia.
  • Se le concede dar muerte a los que no adoren a la imagen de la Bestia
  • Marca a los moradores de la tierra con el sello de la Bestia
  • Impide el comercio a los que no poseen el número de la Bestia

Grandes señales

La primera de las características de la bestia es que puede imitar el poder de Dios manifestado en los profetas del Antiguo Testamento. La señal por excelencia era el hacer descender fuego del cielo como lo había hecho Elías. En los tiempos de Moisés también se puede observar cómo los magos del faraón pueden imitar el poder de Dios. Además, la advertencia de Jesús era justamente que los falsos maestros y los falsos cristos harían señales poderosas (Mateo 24:24; 2da Tesalonicenses 2:9). La imitación no es realidad, es sólo ficción realizada para convencer a los hombres.

Engaña a los moradores de la tierra

La labor fundamental que ejerce el falso profeta es la de engañar a las personas para que se inclinen ante la primera bestia y ante el dragón. La advertencia para la iglesia del primer siglo sigue siendo válida para nuestros tiempos: tengan cuidado con aquellos que aparentan hacer milagros pero que en realidad los llevan a la idolatría o a la codicia que es su hermana (Colocenses 3:5). Las posibilidades de la ciencia para el mayor bienestar de la humanidad son innegables, sin embargo, es muy común escuchar a muchos que en base a estos avances empiezan a cuestionar el valor de la fe y de la obra de Dios. La ciencia empieza a ser idolatrada en la actualidad como el emperador lo fue en los tiempos de Juan.

Se le concede dar vida a la imagen de la bestia.

Dice un comentarista respecto de este elemento: “Infundir aliento a la imagen de la bestia implica animación por medio de magia. De nuevo, infundir aliento a una imagen es una parodia de Dios que infundió el aliento de vida a Adán (Génesis 2:7; y véase Apocalipsis. 11:11). Los magos en el mundo antiguo se jactaban de que podían hacer que las estatuas hablaran y se movieran; así, se alega que Simón el mago dijo: ‘Hago que las estatuas se muevan; doy vida a objetos inanimados’”.

Se le concede dar muerte a los que no adoren la imagen de la bestia.

En los tiempos de Juan se había erigido en la ciudad de Éfeso un templo al emperador. Adorar al emperador era entendido como muestra de lealtad mientras que no hacerlo se consideraba alta traición al Imperio y se mandaba a ejecutar a quien no lo adoraba. De todos modos, Juan enfatiza algo, la bestia no tendría poder para matar a los santos si Dios no se lo hubiese dado. Dios, al igual que en muchos otros relatos del Apocalipsis le da a Satanás un límite para su obrar.

Marca a los moradores de la tierra.

Como en tantos otros aspectos, aquí también Satanás es un mero imitador. Dios había marcado a sus hijos para protegerlos de la tribulación. Ahora Satanás manda a marcar a su pueblo como una amenaza al pueblo de Dios. La marca que les es puesta es otro estilo de imitación. Igual que los israelitas que llevaban unas cajitas denominadas filacterias (Mateo 23:5) en el brazo derecho y en la frente, ahora Satanás ordena poner sus señales en la diestra y en la frente. Aquellas cajitas llevaban algún párrafo de la ley de Moisés y eran un símbolo de devoción a Dios (Deuteronomio 6:8). La marca es puesta a seis tipos de personas: (1) pequeños, (2) grandes, (3) ricos (4) pobres, (5) libres y (6) esclavos. Así como el número siete de perfección es el número de la divinidad, el número 6 de la imperfección es asignado a Satanás y su reino.

Impide el comercio a los que no poseen el número de la Bestia

El comercio que se halla en poder de Satanás le queda prohibido al pueblo santo. De todos modos, así como los moradores de la tierra poseen su falso sello que los hace hallar gracia ante la bestia, el pueblo santo posee un sello verdadero que le recuerda siempre que Dios es quien cuida de ellos.

El número de la bestia.

Si bien muchas veces se le ha dado mucha importancia a este número. Lo cierto es que en la Biblia este número no posee tanta importancia. Sólo aparece una vez y en un texto en el cual no se tiene mucha certeza de su significado. En la Biblia, las ideas más importantes son repetidas una y otra vez a lo largo de diversos libros. En el caso del número 666 no aparece más que en este texto lo cual nos advierte sobre el peligro de sobrevalorar un número que Dios mismo no quiso darle tanta importancia como a otros temas: la salvación, el cuidado de Dios, etc.

El número, en el contexto que hemos estado analizando es una repetición recurrente de la imperfección: 6. El número 6 repetido recurrentemente es un ejemplo de la imperfección absoluta del mal. El número seis repetido siempre trata de alcanzar el siete pero nunca lo logra: 6.666666…

El número 666 parece ser una ironía de Juan o de Dios mismo respecto del poder del mal y de quienes obran en maldad esperando ser recompensados por el dragón, Este número parece ser una alusión a la impotencia del Diablo, demostrándonos que “el famoso dragón no es sino un tigre de papel”. (P. Richard)

¿Qué significa unción?

El argot evangélico gusta de usar palabras como unción, ungido o ungir con mucha frecuencia pero, muchas veces, sin un claro conocimiento de su significado. En ocasiones, incluso, estos términos, parecen ser usados sólo con el propósito de llamar la atención entre los creyentes. Un espectáculo que atraiga gente y que conmueva a los presentes es catalogado de “ungido” mientras que un culto que no atrae muchas personas y que se desarrolla de manera sobria es considerado como la antítesis de la unción de Dios. El texto bíblico tiene otra idea de lo que es la unición. La Biblia relaciona la unición de Dios más bien con un llamamiento a la obediencia y al seguimiento.

Juan Stam, teólogo nacionalizado costarricense y un  profundo estudioso de la Biblia, nos expone en el siguiente artículo el sentido correcto de la palabra “unción” según el texto bíblico.

Una frase muy popular en ciertos círculos es “la unción” o más frecuentemente, “una unción”, seguida por adjetivos superlativos como “muy especial”, “muy poderosa”, etc. “Dios derramó una unción de lo alto” se oye a menudo, o aun por anticipado, “habrá una unción divina muy especial”, “una unción muy especial está cayendo del cielo” o “Fulano es un predicador muy ungido”. Es impresionante como en cada maratónica de Enlace se oye la misma frase: “se siente una tremenda unción aquí, es un poderoso mover del Espíritu ” o “hay una tremenda atmósfera de milagros aquí” (¿qué sería una maratónica sin este “tremendismo” retórico?). ¿Creerán esos hermanos y hermanas que se puede programar al Espíritu Santo? ¿O será que sin darse cuenta ellos mismos están manufacturando artificialmente esos sentimientos, que no serían entonces exactamente “de lo alto”? Parecen haber olvidado que “el Espíritu sopla donde él quiere”, no como nosotros le programamos y lo manejamos.

¡Qué refrescante sería escuchar alguna vez una confesión sincera, “Hoy el ambiente no sentimos ninguna unción, vamos a suspender la maratónica para este mes”. Por lo menos sería lindo no tener escuchar esas pretenciosas frases rimbombantes de siempre. Por supuesto, eso es impensable, pero ese silencio, aunque una sola vez, sería una buena señal de autenticidad.

La Academia Real capta bien el uso popular de estas palabras: “3. Gracia y comunicación especial del Espíritu Santo, que excita y mueve al alma a la virtud y perfección; 4. Devoción, recogimiento y perfección con que el ánimo se entrega a la exposición de una idea, a la realización de una obra, etc.”; Untuosidad [santurronería]. Un diccionario ingles define su uso religioso como “3a: fervor religioso o espiritual; 3b: una intensa seriedad exagerada, asumida o superficial, en lenguaje o conducta” (Meriam Webster).

Eso corresponde de cerca al uso del término hoy, pero no corresponde para nada a su sentido bíblico. Veamos como la Biblia emplea estos términos, comenzando con el Antiguo Testamento:

En el hebreo el verbo “ungir” significaba “echar un líquido (especialmente aceite) sobre una persona u objeto, o untarlo con dicho líquido”. Se usaba para pintar una casa (Jer 22.14; cf. Ezq 23.14) o de perfumar el cuerpo (2Sm 12:20; Ezq 16.9; Am 6:6; Sal 92:10; cf. Mt 6:17). En ese uso, expresa alegría y bienestar (Sal 23:5; 92:10). Pero se uso más típico era para el ungimiento de un nuevo rey, equivalente funcional de la coronación. La típica construcción gramatical en hebreo, con LeMeLeK (“a ser rey”), con el sentido “ungir como rey” (al puesto de rey) muestra que se refiere a un cambio de status de la persona (Botterweck Tomo IX p.45), no a alguna experiencia religiosa especial. El Antiguo Testamento narra el ungimiento de nueve reyes, dos de ellos paganos (Azael de Damasco y Ciro de Persia). Relata también la unción de los sacerdotes y algunos profetas, que los “santifica” a ellos (los separa para el servicio de Dios), como también al “evangelista” escatológico de Isaías 61. A veces es Dios mismo quien los unge (1Sm 10:1).

El Nuevo Testamento afirma que Dios ungió a Jesús (Lc 4:18; Hch 4:27; 10:38; Heb 1:9) pero a ningún otro individuo particular. Más bien, San Pablo afirma que Dios nos ha ungido a todos: “Dios nos ungió, nos selló como propiedad suya y puso su Espíritu en nuestro corazón, como garantía [arras] de sus promesas” (2Co 1:21). ¡La unción del Espíritu, igual que el sello y las arras, son de todo creyente desde el momento en que cree (Ef 1:13-14; 4:30; 2Co 5:5; cf. el bautismo por el Espíritu, 1Co 12:13). Estos dones del Espíritu son aspectos propios de la misma salvación. El N.T. nunca nos exhorta a buscar la unción, ni habla de que alguien lo perdiera, ni que disminuyera y aumentara. Dios nos unge con el don de su Espíritu que mora en todos nosotros desde nuestro nacimiento como hijos e hijas de Dios.

El sustantivo “unción” (jrisma) aparece sólo tres veces en el Nuevo Testamento, en las sorprendentes palabras de 1Jn 2:20,27:

Todos ustedes, en cambio, han recibido unción del Santo,
de manera que conocen la verdad.
No les escribo porque ignoren la verdad,
sino porque la conocen
y porque ninguna mentira procede de la verdad…
En cuanto a ustedes,
la unción que de él recibieron permanece en ustedes,
y no necesitan que nadie les enseñe.
Esta unción es auténtica — no es falsa —
y les enseña todas las cosas.

Este texto — el único en el N.T. que habla de “unción” — afirma dos veces que la unción del Santo pertenece a todos los creyentes, sin excepción. De esa manera la enseñanza paulina sobre el tema se reafirma con aun mayor énfasis en una epístola juanina. En segundo lugar, la unción tiene que ver con conocimiento y sana doctrina; no tiene nada que ver con miradas piadosas, gritos y susurros, historietas sacalágrimas, música de trasfondo a veces dulce, a veces estridente; en fin, unción y emocionalismo no tienen nada en común. En tercer lugar, como conclusión: los fieles cristianos y cristianas no necesitan maestros, pues no tienen nada que aprender de las vanas especulaciones de los presuntos “sabios” que inventan novedades en vez de escudriñar fielmente la Palabra, de la mano del pueblo de Dios, que son todos “carismáticos”, portadores del Espíritu. (Este último punto significa que los pastores y maestros no deben ser autoritarios ni reprimir la sana criticidad en el pueblo).

Es obvio que nuestro uso del término “unción” dista mucho del sentido bíblico. Pero no quiero que se malinterprete este argumento. Mi crítica del abuso de una palabra, y de todo intento de poner fuego artificial en el altar de Yahvéh, no significa que no necesitemos “un mover del Señor” y que Dios no quiera derramar su Espíritu sobre su pueblo. Pero eso tiene que ser un mover de Dios en su libertad divina, no un esfuerzo nuestro de “mover” a Dios. Ni debe ser esa malentendida “unción” la meta de nuestra labor, ni aun el enfoque de nuestra atención. No son lo mismo emoción y emocionalismo, pero fácilmente nos confundimos y se nos olvida esa diferencia.

Termino con un homenaje póstumo a un predicador del evangelio, fallecido recientemente, con quien no siempre estuve de acuerdo pero a quién admiré y quien me edificó con su ministerio. Me refiero al hermano David Wilkerson. Era uno de los predicadores más emocionales de nuestro tiempo, pero su emoción era genuina y profunda, un dejarse mover por el Espíritu de Dios hasta las fibras más sensibles de su ser. Sus mensajes tenían sólido contenido bíblico. Era emocional pero no emocionalista. Era capaz de llorar largos minutos de sollozo ante el Señor en medio sermón, pero nunca capaz, creo yo, de simular emociones que no nacían al pie del trono divino, en la presencia del Señor de señores. Y jamás hubiera pretendido ser un “ungido”; más bien decía que él no era “profeta” — pero eso sí, tenía una profunda palabra profética para el pueblo de Dios.

¡Gracias buen Dios por nuestro hermano, tu siervo, David Wilkerson!

Tomado de: http://www.elblogdebernabe.com/2011/06/que-significa-uncion-por-juan-stam.html