Prueba de fuego-Taller para parejas

Este día sábado daremos inicio a un taller de varias sesiones sobre el el amor y el matrimonio. Basados en el material de estudio de la película Prueba de Fuego, iremos reflexionando sobre el sentido del amor, y el costo del mismo. El costo para los que deseen inscribirse es de $12.00 que son destinados a la adquisición del libro de estudio: “El desafío del Amor: atrévete a amar”, í así como para los coffebreak.

Día: Sábado

Hora: 18h00

Costo de la primera sesión: Gratis. (veremos la película)

Costo del taller: $12.00 (los que estén interesados pueden inscribirse el día sábado.

Aquí algunas escenas de la película que veremos en esta primera sesión

Minga

 

El diccionario de la Real Academia de la lengua española nos dice que la Minga es un tipo de trabajo colectivo y gratuito que tiene como fin el bienestar social. Cada uno de nosotros tiene responsabilidades que cumplir, sin embargo, la minga es ese momento del compartir, no sólo el trabajo sino también la alegría de ser parte de algo grande: el Reino de Dios.

La posibilidad de dejar de lado nuestras actividades y dedicar un par de horas a barrer un aula, a limpiar unos vidrios, o a pintar una pared mientras se comparte la alegría con el prójimo, no es tan solo una actividad carente de espiritualidad a la que nos vemos forzados por la falta de recursos. Muchos, tristemente creen así. No tiene que ser la falta de recursos la única razón por la cual nos movemos a la minga. Esta tiene mucho que aportar a nuestro crecimiento emocional, social y aún espiritual como para que la dejemos a un lado por el hecho de que “hemos alcanzado cierto status social”. La minga nos recuerda que somos parte de una comunidad. La minga nos devuelve a esa comunidad. En ella, no trabajo por lucro personal, lo hago por ayudar, por dar, por ser de bendición para los otros.

La minga es, en ocasiones, más provechosa que sentarnos a escuchar un sermón, pues en lugar de llenarnos del conocimiento acerca de lo importante que es compartir con los demás, nos vemos compartiendo con los demás. Es por ello que nos vemos impelidos a hacer de la minga una fiesta espiritual. Un abrazo fraterno con el hermano y con Dios.

Convocados para el sábado pasado (10 de sept. 2011), muchos de los miembros de  nuestra congregación se dieron cita con el fin de trabajar por el bienestar de la congregación de la cual son parte. Nuestro objetivo era renovar las aulas que nos han servido por varias décadas para la enseñanza de la Biblia. Así pues, con una escoba o una brocha en la mano, empezamos a realizar nuestro trabajo. Las aulas han quedado pintadas, sin embargo, queda mucho por hacer. Hay muchos planes y proyectos que tenemos a futuro. Sin embargo, cada proyecto nos desafía, no sólo económicamente sino social y espiritualmente. Dios nos permita seguir creciendo a medida que vamos haciendo crecer las instalaciones que nos acogen. Asimismo, no nos permita crecer demasiado en infraestructura, albergando a muchos, pero quedando enanos espiritualmente.

Gracias a todos y todas quienes participaron de la minga del día sábado.

La confianza abre más puertas de las que te imaginas

Por lo cual, dejada la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros.

Hoy en día se ha puesto de moda la compra y venta vía internet. Entre los muchos modelos que se ha desarrollado esta uno según el cual se puede anunciar un producto con su respectivo precio en la red, el mismo puede recibir contrapropuestas. Una vez establecido el monto se procede a presionar el link que lo lleva al comprador a una página donde podrá encontrar los datos del vendedor para que pueda comunicarse con el mismo y pueda efectivizar la compra.

En vista de la gran cantidad de compradores y vendedores que hay en este tipo de mercados, una de las preguntas que una puede formularse es si la persona que me va a vender determinado producto es confiable. Para ello uno puede revisar las evaluaciones y comentarios que anteriores compradores han dejado respecto del vendedor.

El mercado que pueda tener un vendedor depende en gran medida de la reputación que adquiera a partir de dichos comentarios.

Esto que hoy en día se pone de manifiesto por medio de estas evaluaciones y comentarios, es algo que siempre ha estado presente en las sociedades. La reputación juega en gran medida en favor o en contra de una persona.

Pero más aún, cualquier transacción que desee realizar buscará en primera instancia como contraparte una reputación específica.

Si pensamos en los siglos XVI al XVIII podemos hallar la importancia de esta reputación en frase como esta que era muy común: Que muera yo pero que viva mi honor. Se sabía que una persona cuya reputación se ha visto manchada tenía pocas posibilidades de seguir adelante en aquella sociedad. De igual manera, es interesante observar la solidez que tenía un contrato hecho de palabra. No era cuestionada esta última. Si alguien con honor daba su palabra, esta bastaba para hacer cualquier negociación.

La solidez y el fortalecimiento de muchas sociedades se ha basado en la confianza de la cual es digna su población. Cuando una sociedad mostraba que era incapaz de cumplir sus compromisos, que era amiga de las trampas y los engaños, paulatinamente era segregada del resto. Más aún, cuando una sociedad se halla constituida por trampas, mentiras y demás, lo más común es que ella misma empiece a fragmentarse desde dentro.

La sociedad se fundamente en la confianza, en la capacidad de dar fe del quehacer del otro. Cuando esta confianza básica falta, lo más común es que a la larga, aquella sociedad termine desintegrándose. La falsedad es una virus que va destruyendo nuestras relaciones desde adentro hasta dejarnos solos contra el mundo.

Cuando Pablo nos invita a dejar de lado la falsedad como pedido primario de la nueva vida en Cristo lo hace consciente de las consecuencias nefastas que pueden ocasionar las mentiras sobre las sociedades, las comunidades y los hogares. No hay relación que no corra peligro cuando nuestro hablar se vuelve dudoso. Todos cuantos nos rodean pueden llegar a desestimar nuestras palabras cuando estas necesitan de juramentos, papeles y otros ardides para ser avaladas. Aun los amigos más cercanos pueden considerar nuestras palabras más honestas como inciertas cuando han sido testigos de nuestras mentiras, de nuestros engaños y de nuestras falsedades.

La familia es la primera y más afectada de todas nuestras relaciones por causa de la mentira. Es el vínculo más íntimo en nuestra vida. Es la relación con quien más contacto tenemos y con quienes más lazos nos unen. Si en su interior nuestra confianza se ve disminuida paulatinamente a causa de nuestras mentiras, lo más seguro es que nuestro hogar sea cada vez un lugar menos tolerable para vivir. Si no somos capaces de generar confianza en nuestros seres más queridos, lo más seguro es que todos actuarán con suspicacia frente a nuestras palabras y alegatos. Frente a esto, muchos preferiremos estar en otro sitio donde no nos conozcan antes que en nuestra propia casa. El problema no son los demás. Es nuestra actitud inconsistente la que ha ocasionado dicho malestar generalizado.

Un hogar en el cual la confianza no ha podido gestarse adecuadamente corre el riesgo de destruirse. Muchos hemos aprendido desde pequeños a vivir detrás de una máscara, engañando a los demás con el propósito de guardarnos a nosotros mismos. El resultado obvio es que no somos capaces de creer a los demás. Dicen que cada ladrón juzga por su condición y hasta cierto punto esto es cierto. No hay personas más suspicaz, más desconfiada que aquella que ha actuado con falsedad toda su vida.

Pablo advierte los desastres emocionales y espirituales que puede ocasionar la falsedad, el obrar con engaños y por ello, sus advertencias a la nueva comunidad en Cristo empiezan directamente advirtiendo acerca de nuestra honestidad, nuestra veracidad, nuestra confiabilidad.

Sólo en la medida en que logremos construir una inquebrantable reputación de ser personas inamovibles en nuestros principios, lograremos verdaderas amistades, sólidas relaciones y aún gran confianza laboral.

El mentiroso, con su reputación pierde a su familia, a sus amistades, y aún sus posibilidades laborales.

Ser veraces es algo que se va construyendo día a día. No podemos ser veraces en el trabajo y falaces en el hogar. La persona que tal cosa intenta simplemente está poniéndose una máscara en el trabajo. Tarde o temprano dicha máscara caerá y mostrará la verdad que buscaba ocultar.

La cualidad de ser confiables es una forma de ser y no tan sólo una máscara que nos ponemos para determinadas actividades.

Pablo es consciente de la amenaza que es en sí misma la falsedad. Por ello usa una manera de hablar que nos hace pensar en un delincuente peligroso que hay que apresar, atar de pies y manos y echarlo muy lejos de nosotros. Cuando para el estado algún personaje público era muy peligroso y no se lo podía matar, optaban por el destierro. Se buscaba un lugar muy lejano del imperio donde pudiese permanecer incomunicado e incapaz de hacer nada en contra del imperio. Así, Pablo piensa que con la falsedad se debe hacer de igual manera. No basta con moderarla. No es suficiente con amenazarla. La misma presencia de todo vestigio de falsedad en nuestras vidas es una seria amenaza a todo nuestro ser. Por ello, es preferible desterrarla por completo de nuestras vidas.

Hablando con la verdad somos entes de transformación en nuestras sociedades. A esto nos llamo Dios. Hablemos siempre con la verdad. Seamos sinceros, transparentes, dignos de confianza.

El precio de la gracia

Compartimos las frases introductorias del libro “El precio de la gracia” del Pastor luterano Dietrich Bonhoeffer asesinado en los tiempos de la segunda guerra mundial por la Gestapo. Su mensaje es a un seguimiento real de Cristo contrapuesto a una religiosidad fría. Un mensaje que sigue  vigente en nuestros tiempos.

La gracia barata es el enemigo mortal de nuestra Iglesia. Hoy combatimos a favor de la gracia cara.

La gracia barata es la gracia considerada como una mercancía que hay que liquidar; es el perdón malbaratado, el consuelo malbaratado, el sacramento malbaratado; es la gracia como almacén inagotable de la Iglesia, de donde la toman unas manos inconsideradas para distribuirla sin vacilación y sin límites; es la gracia sin precio, que no cuesta nada. Porque se dice que, según la naturaleza misma de la gracia, la factura ha sido pagada de antemano para todos los tiempos. Gracias a que esta factura ya ha sido pagada podemos tenerlo todo gratis. Los gastos cubiertos son infinitamente grandes y, por consiguiente, las posibilidades de utilización y de dilapidación son también infinitamente grandes. Por otra parte, ¿qué sería una gracia que no fuese barata?

La gracia barata es la gracia como doctrina, como principio, como sistema; es el perdón de los pecados como una verdad universal; es el amor de Dios interpretado como idea cristiana de Dios. Quien la afirma posee ya el perdón de sus pecados. La Iglesia de esta doctrina de la gracia participa ya de esta gracia por su misma doctrina. En esta Iglesia el mundo encuentra un velo barato para cubrir sus pecados, de los que no se arrepiente y de los que no desea liberarse. Por esto, la gracia barata es la negación de la encarnación del Verbo de Dios.

La gracia barata es la justificación del pecado y no del pecador. Puesto que la gracia lo hace todo por sí sola, las cosas deben quedar como antes: ‘Todas nuestras obras son vanas’. El mundo sigue siendo mundo y nosotros seguimos siendo pecadores ‘incluso cuando llevamos la vida mejor’. Que el cristiano viva, pues, como el mundo, que se asemeje en todo a él y que no procure, so pena de caer en la herejía del iluminismo, llevar bajo la gracia una vida diferente de la que lleva bajo el pecado. Que se guarde de enfurecerse contra la gracia, de burlarse de la gracia inmensa, barata, y de reintroducir la esclavitud a la letra intentando vivir en obediencia a los mandamientos de Jesucristo. El mundo está justificado por gracia; por eso —a causa de la seriedad de esta gracia, para no poner resistencia a esta gracia irreemplazable— el cristiano debe vivir como el resto del mundo.

Le gustaría hacer algo extraordinario; no hacerlo, sino verse obligado a vivir mundanamente, es sin duda para él la renuncia más dolorosa. Sin embargo, tiene que llevar a cabo esta renuncia, negarse a sí mismo, no distinguirse del mundo en su modo de vida. Debe dejar que la gracia sea realmente gracia, a fin de no destruir la fe que tiene el mundo en esta gracia barata. Pero en su mundanidad, en esta renuncia necesaria que debe aceptar por amor al mundo —o mejor, por amor a la gracia— el cristiano debe estar tranquilo y seguro… en la posesión de esta gracia que lo hace todo por sí sola. En vez de seguir a Jesucristo, le basta con consolarse en esta gracia. Esta es la gracia barata como justificación del pecado, pero no del pecador arrepentido, del pecador que abandona su pecado y se convierte; no es el perdón de los pecados que nos separa del pecado. La gracia barata es la gracia que tenemos por nosotros mismos.

La gracia barata es la predicación del perdón sin arrepentimiento, el bautismo sin disciplina eclesiástica, la eucaristía sin confesión de los pecados, la absolución sin confesión personal. La gracia barata es la gracia sin seguimiento de Cristo, la gracia sin cruz, la gracia sin Jesucristo vivo y encarnado.

La gracia cara es el tesoro oculto en el campo por el que el hombre vende todo lo que tiene; es la perla preciosa por la que el mercader entrega todos sus bienes; es el reino de Cristo por el que el hombre se arranca el ojo que le escandaliza; es la llamada de Jesucristo que hace que el discípulo abandone sus redes y le siga.

La gracia cara es el evangelio que siempre hemos de buscar, son los dones que hemos de pedir, es la puerta a la que se llama.

Es cara porque llama al seguimiento, es gracia porque llama al seguimiento de Jesucristo; es cara porque le cuesta al hombre la vida, es gracia porque le regala la vida; es cara porque condena el pecado, es gracia porque justifica al pecador. Sobre todo, la gracia es cara porque ha costado cara a Dios, porque le ha costado la vida de su Hijo —’habéis sido adquiridos a gran precio’— y porque lo que ha costado caro a Dios no puede resultarnos barato a nosotros. Es gracia, sobre todo, porque Dios no ha considerado a su Hijo demasiado caro con tal de devolvernos la vida, entregándolo por nosotros. La gracia cara es la encarnación de Dios.

La gracia cara es la gracia como santuario de Dios que hay que proteger del mundo, que no puede ser entregado a los perros; por tanto, es la gracia como palabra viva, palabra de Dios que Él mismo pronuncia cuando le agrada. Esta palabra llega a nosotros en la forma de una llamada misericordiosa a seguir a Jesús, se presenta al espíritu angustiado y al corazón abatido como una palabra de perdón. La gracia es cara porque obliga al hombre a someterse al yugo del seguimiento de Jesucristo, pero es una gracia el que Jesús diga: ‘Mi yugo es suave y mi carga ligera’.

EL CASI CRISTIANO

Compartimos a continuación una reflexión de Juan Wesley acerca del verdadero compromiso de todo creyente.

Por poco me persuades a ser cristiano (Hechos 26:28).

Existen muchas almas que hasta este punto llegan: pues desde que se estableció en el mundo la religión cristiana, ha habido un sinnúmero, en todas épocas y de todas nacionali­dades, que casi se han decidido a ser cristianos. Mas viendo que de nada vale ante la presencia de Dios, el llegar tan só­lo hasta este punto, es de la mayor importancia que conside­remos:

Primero, lo que significa ser casi cristiano.

Segundo, lo que es ser cristiano por completo.

1.   (I). 1. El ser casi cristiano quiere decir: en primer lugar, la práctica de la justicia pagana; y no creo que ninguno ponga en duda mi aserción, supuesto que la justicia pagana abraza no sólo los preceptos de sus filósofos, sino también esa rectitud que los paganos esperan unos de otros y que muchos de ellos practican. Sus maestros les enseñan: que no deben ser injustos ni tomar lo que no les pertenece sin el consentimien­to de su dueño; que a los pobres no se debe oprimir ni hacer extorsión a ninguno; que en cualquier comercio que tengan con ellos, no se ha de engañar ni defraudar a ricos ni a pobres; que no priven a nadie de sus derechos y si fuere posible, que nada deban a ninguno.

2.   Más aún: la mayoría de los paganos reconocían la ne­cesidad de rendir tributo a la verdad y a la justicia y aborre­cían, por consiguiente, no sólo al que juraba en falso, ponien­do a Dios por testigo de una mentira, sino también al que acusaba falsamente a su prójimo calumniándolo. En verdad que no tenían sino desprecio para los mentirosos de todas clases, considerándolos como la deshonra del género humano y la peste de la sociedad.

3.   Además: esperaban unos de otros cierta caridad y

misericordia; cualquier ayuda que se pudieran prestar sin de­trimento propio. Practicaban esta benevolencia, no sólo al prestar esos pequeños servicios humanitarios que no causan al que los hace gusto ni molestias, sino también alimentando a los hambrientos; vistiendo a los desnudos con la ropa que les sobraba, y en general, dando a los necesitados lo que no les hacía falta. Hasta tal punto llegaba la justicia de los paga­nos; justicia que también poseen los que casi son cristianos.

(II). 4. La segunda cualidad del que casi es cristiano, es que tiene la apariencia de piedad, de esa piedad que se menciona en el Evangelio de Jesucristo, que tiene las señales exteriores de un verdadero cristiano. Por consiguiente, los que casi son cristianos no hacen nada de lo que el Evangelio prohíbe: no toman el nombre de Dios en vano; bendicen y no maldicen; no juran jamás, sino que sus contestaciones son siempre: sí, sí; no, no; no profanan el día del Señor ni permi­ten que nadie lo profane, ni aun el extranjero que está den­tro de sus puertas; evitan no sólo todo acto de adulterio, for­nicación e impureza, sino aun las palabras y miradas que tienden a pecar de esa manera; más aún toda palabra ociosa, toda clase de difamación, crítica, murmuración, “palabras torpes o truhanerías,” etapea, cierta virtud entre los mora­listas paganos; en una palabra, se abstienen de toda clase de conversación que no “sea buena para edificación” y que por consiguiente, contrista “al Espíritu Santo de Dios con el cual estáis sellados para el día de redención.”

5. Se abstienen de beber vino, de fiestas y glotonerías, y evitan hasta donde les es posible, toda clase de contención y disputas; procurando vivir en paz con todos los hombres. Si se les hace alguna injusticia, no se vengan ni devuelven mal por mal. No injurian, no se burlan ni se mofan de sus prójimos por razón de sus debilidades. Voluntariamente no lastiman, ni afligen, ni oprimen a nadie, sino que en todo ha­blan y obran conforme a la regla: “Todas las cosas que qui­sierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos.”

6. En la práctica de la benevolencia, no se limitan a obras fáciles y que cuestan poco esfuerzo, sino que trabajan y sufren en bien de muchos, a fin de proteger eficazmente a unos cuantos por lo menos. A pesar de los trabajos y las penas todo lo que les viene a la mano lo hacen según sus fuerzas, ya sea en favor de sus amigos o ya de sus enemigos; de los buenos o de los malos, porque no siendo “perezosos” en este o en cualquier otro “deber,” hacen toda clase de bien, según tienen oportunidad, a “todos los hombres;” a sus almas lo mismo que a sus cuerpos. Reprenden a los malos, instruyen a los ignorantes, fortifican a los débiles, animan a los buenos y consuelan a los afligidos. A los que duermen espiritualmen­te procuran despertar, y guiar a aquellos a quienes Dios ya ha movido, al “manantial abierto…para el pecado y la in­mundicia,” a fin de que se laven y queden limpios; amones­tando también a los que ya son salvos por la fe a honrar en todo el Evangelio de Cristo.

7. El que tiene la forma de la santidad usa también de los medios de gracia, de todos ellos y siempre que hay la oportunidad. Con frecuencia asiste a la casa de Dios y no co­mo algunos, quienes se presentan ante el Altísimo cargados de cosas de oro y joyería, mostrando vanidad en el vestido y, ya sea por sus mutuas atenciones, impropias de la ocasión, o su impertinente frivolidad, demuestran que no tienen la for­ma ni el poder de la santidad. Pluguiese a Dios que no hu­biera entre nosotros algunas personas de esta clase, que en­tran al templo mirando por todas partes y con todas las se­ñales de indiferencia y descuido; si bien algunas veces pa­rece que piden la bendición de Dios sobre lo que van a hacer; quienes durante el culto solemne se duermen o toman la pos­tura más cómoda posible, o conversan y miran para todas partes, como si no tuvieran nada serio que hacer y Dios es­tuviese durmiendo. Estos no tienen ni la forma de piedad; el que la posee, se porta con seriedad y presta atención a todas y cada una de las partes del solemne culto; muy especialmente al acercarse a la mesa del Señor, no lo hace liviana o descui­dadamente, sino con tal aire, modales y comportamiento, que parece decir: “Señor, ten misericordia de mí, pecador.”

8. Si a todo esto se añade la práctica de la oración con la familia, que acostumbraban los jefes del hogar y el consa­grar ciertos momentos del día a la comunión con Dios en lo privado, observando una conducta irreprochable, tendremos una idea completa de aquellos que practican la religión exte­riormente y tienen la forma de piedad. Sólo una cosa les fal­ta para ser casi cristianos: la sinceridad.

(III). 9. Sinceridad quiere decir un principio real, inte­rior y verdadero de religión, del cual emanan todas estas ac­ciones exteriores. Y a la verdad que si carecemos de este prin­cipio, no tenemos la justicia de los paganos, ni siquiera la suficiente para satisfacer las exigencias del poeta epicúreo. Aun ese mentecato en sus momentos sobrios, decía:

Oderunt pecare boni, virtutis amore;

Oderunt pecare mali, formidini pœnœ.

“Por amor a la virtud dejan de pecar los buenos; mas los malos por temor del castigo.”

De manera que si un hombre deja de hacer lo malo, sim­plemente por no incurrir en las penas, no hace ninguna gra­cia. “No te ajusticiarán.” “No alimentarás a los cuervos col­gado de un madero,” dijo el pagano y en esto recibe su única recompensa. Pero ni aun según la opinión de ese poeta es un hombre inofensivo como este, tan bueno como los paganos rectos. Por consiguiente, no podemos decir con verdad de una persona, quien, guiada por el móvil de evitar el castigo, la pérdida de sus amistades, sus ganancias o reputación, se abs­tiene de hacer lo malo y practica lo bueno, y usa de todos los medios de gracia, que casi es cristiana. Si no tiene mejores intenciones en su corazón, es un hipócrita.

10.  Se necesita, por lo tanto, de la sinceridad para este estado de casi ser cristiano; una intención decidida de servir a Dios y un deseo firme de hacer su voluntad. Significa el deseo sincero que el hombre tiene de agradar a Dios en to­das las cosas; con sus palabras, sus acciones, en todo lo que hace y deja de hacer. Este propósito del hombre que casi es cristiano, afecta todo el tenor de su vida; es el principio que lo impulsa a practicar el bien, abstenerse de hacer lo malo y a usar los medios que Dios ha instituido.

11.  En este punto, probablemente pregunten algunos: “¿Es posible que un hombre pueda ir tan lejos y, sin embar­go, no ser más que casi cristiano” “¿Qué otra cosa además se necesita para ser cristiano por completo” En contestación diré: que según los oráculos sagrados de Dios y el testimonio de la experiencia, es muy posible avanzar hasta tal punto y sin embargo, no ser más que un casi cristiano.

12.  Hermanos, grande “es la confianza con que os ha­blo.” “Perdonadme esta injuria” si declaro mi locura desde los techos de las casas para vuestro bien y el del Evangelio. Permitidme pues, que hable con toda franqueza de mí mismo, como si hablase de otro hombre cualquiera; estoy dispuesto a humillarme para ser después exaltado; y a ser todavía más vil para que Dios sea glorificado.

13.  Durante largo tiempo y como muchos de vosotros podéis testificar, no llegué sino hasta este punto; si bien usa­ba de toda diligencia para desterrar lo malo y tener una con­ciencia libre de toda culpa; “redimiendo el tiempo;” me apro­vechaba de todas las oportunidades que se presentaban de ha­cer bien a los hombres; usaba constante y esmeradamente de todos los medios de gracia tanto públicos como privados; pro­curaba observar la mejor conducta posible en todos lugares y toda hora y, Dios es mi testigo, hacía yo todo esto con la mayor sinceridad puesto que tenía vivos deseos de servir al Señor y resolución firme de hacer su voluntad en todo; de agradar a Aquel que se había dignado llamarme a pelear “la buena batalla” y a echar mano de la vida eterna; sin embargo, mi conciencia me dice, movida por el Espíritu Santo, que durante todo ese tiempo yo no era más que un casi cristiano.

II. Si se pregunta: ¿qué otra cosa además de todo esto significa el ser cristiano por completo contestaré:

(I). 1. En primer lugar, el amor de Dios quien así dice en su Santa Palabra: “Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas.” Ese amor que llena el corazón, que se posesio­na de todos los afectos y desarrolla las facultades del alma, empleándolas en toda su plenitud. El espíritu de aquel que de esta manera ama al Señor, de continuo se regocija en Dios su Salvador; su deleite está en el Señor a quien en todas las cosas da gracias; todos sus deseos son de Dios y permanece en él la memoria de su nombre; su corazón a menudo ex­clama: “¿A quién tengo yo en los cielos” “Y fuera de ti na­da deseo en la tierra.” Y ciertamente, ¿qué otra cosa puede de­sear además de Dios A la verdad que no el mundo ni las cosas del mundo: porque está crucificado al mundo y el mundo a él; “ha crucificado la carne con los afectos y concupiscencias;” más aún, está muerto a toda clase de soberbia porque “la ca­ridad…no se ensancha;” sino que por el contrario, como el que vive en el amor, así “vive en Dios, y Dios en él” y se con­sidera a sí mismo menos que nada.

(II). 2. En segundo lugar, otra de las señales del ver­dadero cristiano, es el amor que profesa a sus semejantes, pues que el Señor ha dicho: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Si alguno preguntase: “¿Quién es mi prójimo” le contestaríamos: todos los hombres del mundo, todas y cada una de las criaturas de Aquel que es el Padre de los espíritus de toda carne. No debemos exceptuar a nuestros enemigos ni a los enemigos de Dios y de sus propias almas, sino que los debemos amar como a nosotros mismos, como “Cristo nos amó a nosotros;” y el que quiera comprender mejor esta cla­se de caridad, que medite sobre la descripción que Pablo da de ella. “Es sufrida, es benigna;…no tiene envidia” no juzga con ligereza; “no se ensancha,” sino que convierte al que ama en humilde siervo de todos. El amor “no hace sinrazón…no busca lo suyo sino sólo el bien de los demás y que to­dos sean salvos; “no se irrita,” sino que desecha la ira que sólo existe en quien no ama; “no se huelga de la injusticia, mas se huelga de la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, to­do lo espera.”

(III). 3. Aún hay otro requisito para ser verdadera­mente cristiano, que pudiera considerarse por separado, si bien no es distinto de los anteriores, sino al contrario, la ba­se de todos ellos es: la fe. Excelentes cosas se dicen de esta virtud en los Oráculos de Dios. “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios,” dijo el discípulo ama­do. “A todos los que le recibieron, dióles potestad de ser he­chos hijos de Dios, a los que creen en su nombre.” “Y esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe.” El Señor mismo declara que: “El que cree en mí, aunque esté muerto vivirá.”

4. Nadie se engañe a sí mismo. “Necesario es ver clara­mente que la fe que no produce arrepentimiento, amor y bue­nas obras, no es la viva y verdadera, sino que está muerta y es diabólica; porque aun los demonios mismos creen que Je­sucristo nació de una virgen; que hizo muchos milagros y de­claró ser el Hijo de Dios; que sufrió una muerte penosísima por nuestras culpas y para redimirnos de la muerte eternal; que al tercer día resucitó de entre los muertos; que subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre y que el día del juicio vendrá otra vez a juzgar a los vivos y a los muer­tos. Estos artículos de nuestra fe y todo lo que está escrito en el Antiguo y Nuevo Testamentos, los demonios creen firme­mente, y sin embargo, permanecen en su estado de condena­ción porque les falta esta verdadera fe cristiana.”[2]

5.    “Consiste la verdadera y única fe cristiana,” usando el lenguaje de nuestra Iglesia, “no sólo en aceptar las Sagra­das Escrituras y los Artículos de nuestra fe, sino en tener una plena seguridad y completa certeza de que Cristo nos ha sal­vado de la muerte eterna. Es una confianza firme y una certidumbre inalterable de que Dios nos ha perdonado nuestros pecados por los méritos de Cristo, y de que nos hemos recon­ciliado con El; lo que inspira amor en nuestros corazones y la obediencia de sus santos mandamientos.”

6. Ahora bien, todo aquel que tenga esta fe “que puri­fica el corazón” (por medio del poder de Dios que reside en él) de la soberbia, la ira, de los deseos impuros, “de toda maldad,” “de toda inmundicia de carne y de espíritu;” y por otra parte lo llena con un amor hacia Dios y sus semejantes, más poderoso que la misma muerte, amor que lo impulsa a hacer las obras de Dios; a gastar y gastarse a sí mismo traba­jando en bien de todos los hombres; que sufre con gozo los reproches por causa de Cristo, el que se burlen de él, lo des­precien, que todos lo aborrezcan, más aún, todo lo que Dios en su sabiduría permite que la malicia de los hombres o los demonios inflijan sobre él; cualquiera que tenga esta fe y tra­baje impulsando por este amor, es no solamente casi, sino cris­tiano por completo.

7. Mas ¿dónde están los testigos vivientes de todas estas cosas Os ruego, hermanos, en la presencia de ese Dios ante quien están “el infierno y la perdición… ¿cuánto más los corazones de los hombres” que os preguntéis cada uno en vuestro corazón: ¿Pertenezco a ese número ¿Soy recto, misericordioso y amante de la verdad, siquiera como los me­jores paganos Si así es, ¿tengo solamente la forma exterior del cristiano ¿Me abstengo de hacer lo malo, de todo lo que la Palabra de Dios prohíbe ¿Hago con todas mis fuerzas to­do lo que me viene a la mano por hacer ¿Uso de los medios instituidos por Dios siempre que se ofrece la oportunidad ¿Y hago todo esto con el deseo sincero de agradar a Dios en todas las cosas

8. ¿No tenéis muchos de vosotros la conciencia de encon­traros muy lejos de ese estado de mente y corazón; de que ni siquiera estáis próximos a ser cristianos; de que no llegáis a la altura de la rectitud de los paganos; de que ni aun tenéis la forma de la santidad cristiana Pues mucho menos ha en­contrado Dios sinceridad en vosotros, el verdadero deseo de agradarle en todas las cosas. No habéis tenido ni la intención de consagrar todas vuestras palabras y obras, vuestros nego­cios y estudios, vuestras diversiones a su gloria. No habéis determinado ni siquiera deseado, hacer todo “en el nombre del Señor Jesús” y ofrecerlo todo como un sacrificio espiri­tual, agradable a Dios por Jesucristo.

9. Mas suponiendo que hayáis determinado y decidido hacerlo, ¿será bastante el hacer propósitos y el tener buenos deseos, para ser un verdadero cristiano En ninguna mane­ra. De nada sirven los buenos propósitos y las sanas determi­naciones a no ser que se pongan en práctica. Bien ha dicho al­guien que “el infierno está empedrado de buenas intenciones.” Queda por resolver la gran pregunta: ¿Está vuestro corazón lleno del amor de Dios ¿Podéis exclamar con sinceridad: “¡Mi Dios y mi Todo!” ¿Tenéis otro deseo además de poseer­lo en vuestro corazón ¿Os sentís felices en el amor de Dios ¿Tenéis en El vuestra gloria, vuestra delicia y regocijo ¿Lle­váis impreso en vuestro corazón este mandamiento: “Que el que ama a Dios, ame también a su hermano” ¿Amáis pues a vuestros semejantes como a vosotros mismos ¿Amáis a todos los hombres, aun a vuestros enemigos y los enemigos de Dios, como a vuestra propia alma, como Cristo os amó a vosotros ¿Creéis que Cristo os amó y se dio a sí mismo por vosotros ¿Tenéis fe en su sangre ¿Creéis que el Cordero de Dios ha “quitado” vuestros pecados y los ha tirado como una piedra en lo profundo del mar ¿Creéis que ha raído la cédula que os era contraria, quitándola de en medio y enclavándola en la cruz ¿Habéis obtenido la redención por medio de su san­gre, aun la remisión de vuestros pecados Y por último, ¿da su Espíritu testimonio con vuestro espíritu de que sois hi­jos de Dios

10.  El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que está en medio de nosotros, sabe que si algún hombre muere sin esta fe y sin este amor, mejor le fuera al tal hombre el no haber nacido. Despiértate, pues, tú que duermes e invoca a Dios; llámale ahora, en el día cuando se le puede encontrar; no le dejes descansar hasta que haga pasar todo “su bien de­lante de tu rostro,” hasta que te declare el nombre del Se­ñor “Jehová, fuerte, misericordioso, y piadoso; tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad; que guarda la misericor­dia en millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado.” Que ningún hombre os engañe ni os detenga antes de que hayáis obtenido esto, sino al contrario clamad de día y de noche a Aquel que “cuando aun éramos flacos, a su tiempo murió por los impíos” hasta que sepáis en quién habéis creí­do y podáis decir: “¡Señor mío, y Dios mío!” orando sin cesar y sin desmayar hasta que podáis levantar vuestras manos ha­cia el cielo y decir al que vive por siempre jamás: “Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo.”

11.  Pluga al Señor que todos los que aquí estamos reu­nidos sepamos no solamente lo que es ser casi cristianos, sino verdaderos y completos cristianos; estando gratuitamente jus­tificados por su gracia por medio de la redención que es en Jesús; sabiendo que tenemos paz con Dios por medio de Je­sucristo; regocijándonos con la esperanza de la gloria de Dios y teniendo el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado.

El antes y después de todo creyente

La página web http://www.antesydespues.com.ar ofrece miles de ejemplos de actores y actrices que han metamorfoseado su imagen a lo largo de los años. Operaciones de nariz, de busto, etc., son presentados como muestra de aquello grandes cambios que ocurren en el mundo de la fama. Por otro lado, es posible encontrar en la televisión el ejemplo de un programa que se dedica a tomar mujeres de la calle y transformarlas completamente por medio de peinados, maquillaje, vestidos, etc. El resultado final es comparado con la presencia que tuvo la candidata al iniciar su proceso.

Estos esfuerzos por desarrollar cambios sorprendentes en las personas son muy cotizados, y más de uno emula estos cambios siguiendo los pasos que ven en la pantalla.

Este tipo de cambios, evidentemente, llaman la atención, seducen por el impacto que generan en los amigos, pero resultados positivos a largo plazo son prácticamente inexistentes.

El texto bíblico nos plante en Efesios 4: 17ss un cambio radical, una renovación completa, un antes y un después de la persona pero términos más bien integrales que meramente estéticos. La renovación a la cual es invitado todo ser humano no es tan sólo a cumplir ciertos caprichos cosméticos, sino a ver la vida de un modo diferente, a cambiar nuestros propósitos, a trascender nuestros anhelos cuando estos son insignificantes en comparación con los que nos propone Dios.

Lastimosamente, muchos creyentes se quedan con un llamado a formar parte de una iglesia, aprender un par de dogmas y sentirse eufóricos los fines de semana, sin lograr llegar a aquella trasformación que plantea Cristo.

Analicemos adecuadamente nuestra andar con Cristo y  veamos si realmente estamos permitiendo que Dios realice aquella transformación integral que Él desea o si sólo le permitimos, transformar ciertos hábitos de fin de semana y nada más.

La Poderosa Mano de Dios

A continuación compartimos una reflexión del Pastor David Wilkerson. En esta meditación, el autor de “La Cruz y el Puñal”, nos invita a confiar en la provisión de Dios para nuestra lucha contra el pecado. Sin embarga pregunta fundamental: ¿Hay en tu corazón disposición para dejar de lado el pecado y vivir para Dios?

“Tu diestra, Jehová, ha magnificado su poder. Tu diestra, Jehová, ha aplastado al enemigo” (Éxodo 15:6).

Aunque algunos cristianos saben que han sido perdonados y salvos, les falta el contar con el poder para luchar contra la carne. No han llegado al conocimiento de “una completa liberación” de su naturaleza pecaminosa. Cristianos, por su sangre él nos hace salvos y con su poderosa mano rompe el poder del pecado sobre nosotros. Ciertamente el pecado todavía mora en nosotros, ¡pero éste no nos gobierna!

“Librados de la esclavitud por el poder de su mano.” ¡Qué palabra tan alentadora ante estos tiempos de desilusión y de esfuerzo sobre-humano para librarnos del poder del pecado! Sin embargo, aún somos tan reacios a reconocer la obra de la mano de Dios. Va en contra de nuestro orgullo, -nuestro sentido de justicia, nuestra teología- el aceptar la verdad de que nuestra liberación del dominio del pecado viene de un poder que ajeno a nosotros. Observemos como ejemplo a Israel: Israel salió armado, pero todas las batallas fueron del Señor. “Jehová no salva con espada ni con lanza, porque de Jehová es la batalla” (1 Samuel 17:47). Ha sido escrito en Éxodo que “…los hijos de Israel habían salido con mano poderosa” (14:8). Y cantaron alabanzas a Dios después de haber pasado a salvo por el Mar Rojo.

La sangre salvó a Israel del juicio divino, pero la mano poderosa de Dios los libró del poder de la carne. Ellos habían experimentado seguridad y se habían regocijado en ella. ¡Ahora ellos necesitaban poder! Poder para deshacerse de una vez por todas del enemigo de antaño y poder para armarse en contra de los nuevos enemigos que vendrían. Ese poder está en la mano poderosa y sublime del Señor.

Nos han sido dadas preciosas y grandes promesas las cuales han sobrepasado a aquellas que les fueron dadas a Israel. Dios ha prometido librarnos de toda maldad y sentarnos en lugares celestiales en Cristo Jesús, libres del dominio del pecado.

Sin embargo, primero debemos aprender a odiar el pecado – no hacer pactos ni compromiso con él. Mime a su pecado, juegue con él, deje que permanezca, rehúse demolerlo – y un día llegará a ser el objeto más doloroso en su vida.

No ore pidiendo victoria sobre los pecados de la carne hasta que usted haya cultivado un odio hacia ellos. Dios no tolera nuestras excusas ni nuestro apaciguamiento. ¿Está usted esclavizado por un pecado secreto que le causa angustia y agitación tanto física como espiritualmente? ¿Lo odia con pasión? ¿Siente la ira santa de Dios en contra del pecado?
Mientras usted no lo haga, la victoria nunca vendrá.

Tomado de: http://davidwilkersoninspanish.blogspot.com/2011/03/la-poderosa-mano-de-dios.html

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