El problema del siglo XXI: Sobrepeso

La revista médica The Lancet de origen británico señala que el nivel de obesidad en todo el planeta comienza a superar el nivel de desnutrición. Los problemas relacionados con el sobrepeso y la malnutrición se van acentuando paulatinamente a lo largo de todo nuestro planeta de tal modo que, de seguir el ritmo de crecimiento actual, para el año 2050 uno de cada cinco seres humanos padecerá de sobrepeso u obesidad.

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En nuestro país la obesidad infantil comienza a ser una amenaza seria, advertida el año pasado por la Organización Panamericana de la Salud.

Tanto la mala alimentación como el sedentarismo al que nos vamos sometiendo paulatinamente en la sociedad contemporánea están afectando nuestra salud llevándonos a enfrentarnos a los problemas relacionados con el sobrepeso tales como la diabetes, accidentes cerebrovasculares y cardiovasculares, así como anomalías hormonales y muchas otras más. Estas enfermedades relacionadas con el sobrepeso le cuestan actualmente a la economía mundial alrededor de dos mil millones de dólares.

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Desde una perspectiva cristiana podríamos preguntarnos qué tiene que ver esto con la fe. La verdad es que mucho. EL texto bíblico habla en ciertas ocasiones respecto del pecado de la glotonería como por ejemplo en el texto de Romanos 13,13: “Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia”. De igual manera, el mismo Jesús advierte sobre los últimos tiempos en el sentido de que deben estar atentos a la venida del Señor, no sea que “se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día” (Lucas 21:34).

De igual manera, la glotonería, el exceso de comida, entra dentro de aquellos excesos condenado por la templanza que tiene que ver con la moderación en todo. La templanza es vista como un fruto del Espíritu y como tal, es parte intrínseca del creyente. Así pues, el creyente debe velar por su salud por medio de la moderación en su alimento y la moderación en su descanso.

De hecho, podríamos decir que parte de la vida cristiana debería incluir el ejercicio físico pues, como dice Pablo, “el entrenamiento físico es bueno, pero entrenarse en la sumisión a Dios es mucho mejor”. Si bien Pablo le pone más énfasis al ejercicio espiritual, no hace de menos al corporal.

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De igual manera debemos reconocer que, al ser nuestro cuerpo templo del Espíritu Santo, debemos estar pendientes de su cuidado como si fuese el santuario que la Palabra dice que es.

Tengamos cuidado, pues, de excedernos en comida o en una vida sedentaria, reduzcamos la cantidad de calorías que nos encontramos ingiriendo y proveámonos de un tiempo para el ejercicio corporal.

Pablo Morales Arias

FIDELIDAD

Una de las virtudes que se pide que todo creyente desarrolle por medio del poder del Espíritu Santo es la fidelidad (del griego: pistis). La fidelidad es la cualidad que hace de cada hijo de Dios una persona de fiar. El creyente debe ser alguien con quien no sean necesarios los documentos escritos pues con su palabra basta.

En este mismo sentido va la recomendación de Jesús acerca de los juramentos en Mateo 5: 33-37

Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos.

Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.

Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello.

Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.

No es una amenaza contra los que usa palabras relacionadas con el juramento sino una advertencia para aquellos cuyo hablar y su obrar son tan divergentes que se les hace necesario el juramento y otras cosas para ganarse la confianza de los demás.

El creyente debe ser una persona que sabe cumplir con sus promesas y sus compromisos. Es alguien que no se detiene en el cumplimiento de los mismos por el hecho de que tarde se da cuenta de que el pacto le perjudica. Quienes llevan el fruto de Espíritu Santo en su corazón deben manifestarlo cumpliendo todos sus compromisos: con la iglesia, con la familia, con los amigos y aún con el Estado. El hecho de ser nuevas personas es algo que debe salir a relucir, no solamente en la congregación sino aún en nuestros negocios.

Es  evidente, pues, que un requisito para que seamos capaces de cumplir con nuestros compromisos es que seamos sabios al momento de adquirirlos. Una persona que no es guiada por el Espíritu de Dios, actúa atolondradamente. Se hace de compromisos sin considerar si será capaz de cumplirlos. El hecho de que los compromisos sean hechos con la iglesia, no quita el hecho de que la persona no ha actuado con sabiduría si no ha calculado bien si será capaz de cumplir con su compromiso.

Antes de tomar un compromiso, sea en la iglesia, en los negocios o, incluso en lo emocional, meditemos bien y con cabeza fría si seremos capaces de cumplir con nuestros compromisos.

Muchos matrimonios fracasan por falta de fidelidad (y no sólo en el sentido del adulterio) por cuanto no han sido capaces de cumplir con las promesas que se hicieron mutuamente ante el altar. Es allí, en las relaciones de pareja donde podemos descubrir el carácter creativo de la fidelidad. No se trata simplemente de aguantar hasta que la muerte nos separe, sino de recrear, renovar y edificar la relación cada día. Así, pues, en ocasiones, la separación evidencia un poco de flojera por parte de ambos al momento de renovar el lazo conyugal. Se espera que la corriente lleve la barca nupcial. Sin embargo, sucede muy a menudo, que la corriente, o para decirlo más enfáticamente, la costumbre, lleva al matrimonio al fracaso.

Seamos fieles, cumplamos con nuestro compromiso de amar para toda la vida a nuestra pareja. Cumplamos con nuestros compromisos con nuestros hijos. Aprendamos a dar valor a nuestra palabra. Seamos hombres y mujeres que evidencian el fruto del espíritu en su fidelidad.

MANSEDUMBRE

Una de las virtudes que se menciona en Gálatas 5:22-23 es la mansedumbre. El hecho de que el Espíritu Santo se halle morando en nosotros debe manifestarse, dice este texto, en el hecho de que seamos mansos. Sin embargo, en muchas ocasiones, confundimos la mansedumbre con la pasividad y la apatía. Vemos en el Antiguo Testamento que Moisés es catalogado como el hombre más manso de la tierra (Número 12:3). En el Nuevo Testamento Jesús se toma a sí mismo como ejemplo de mansedumbre al decir en Mateo 11:29 Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón.

No obstante sigue siendo para nosotros un concepto un tanto confuso este de la mansedumbre pues, de hecho, vemos que Jesús, al igual que Moisés, se airaron en varias ocasiones y reclamaron en muchas más. Si la mansedumbre es callar frente a la injusticia y no protestar frente a la ofensa, entonces tanto Jesús como Moisés fallaron en este aspecto.

Hay tres textos bíblicos que nos pueden dar un poco más de luz sobre este aspecto:

  • Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.Gálatas 6:1
  • Debes corregir con mansedumbre a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él. 2 Timoteo 2:25
  • ¿Qué queréis? ¿Iré a vosotros con vara, o con amor y espíritu de mansedumbre? 1ra Corintios 4:21

En los tres casos vemos que se trata el tema de la reprensión y en los tres casos se manifiesta que la actitud de quien reprende puede ser de mansedumbre. Entonces, la mansedumbre y la reprensión no se hallan divorciados. En el último caso (1 Cor 4:21) Pablo advierte que su reprensión será o con vara o con mansedumbre, pero no se niega la reprensión que debe ser dada a los creyentes de la iglesia.

Así pues, debemos admitir que la idea que muchas veces nos hacemos de la mansedumbre no es del todo correcta. Aristóteles había indagado varios siglos antes acerca de las virtudes en una de sus obras y conviene en que la mansedumbre es el justo medio entre la irascibilidad y la indiferencia. La persona que sabe dominar su ira pero no de tal modo que cae en la pasividad absoluta es aquella que ha manifestado mansedumbre.

La mansedumbre se manifiesta, pues, como el dominio de la persona sobre la ira. La persona mansa controla su enojo de tal manera que sabe apropiadamente cuándo airarse, contra quién airarse y hasta qué punto airarse. Una persona que no sabe dominar su cólera simplemente se enoja por las razones menos adecuadas, se desquita contra las personas menos apropiadas y guarda un resentimiento permanente que estalla ante cualquier detonante emocional.

La persona pasiva, por el contrario, le da igual lo justo que lo injusto así como lo verdadero o lo falso. Le tiene sin cuidado el pecado y la maldad que a su alrededor puedan estar suscitándose. Simplemente ha optado por no sentir, o aparentar que no siente. Esto es tan peligroso como el dejar a nuestra rabia suelta.

La ira debe ser controlada, ese es el mensaje de la Biblia, no eliminada. De hecho, podemos recordar que Pablo también dice: airaos pero no pequéis (Ef. 4:26). Si meditamos un poco más en la vida de Jesús, vemos que, si bien se enojó, supo controlar su ira. Su reprensión era dura en ocasiones, pero su espíritu jamás perdió el control de la ira que sentía.

Es posible que algunos piensen que la pasividad está justificada por Mateo 5:38-39.

  • Oísteis que fue dicho: “Ojo por ojo y diente por diente.” Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra…

Sin embargo, debemos notar que este texto no habla de la ira sino de la venganza. Toma Jesús, como base para su proposición la antigua ley del talión que servía como un medio para frenar la venganza excesiva que se solía dar en los pueblo antiguos. En lugar de permitir que una persona, llevada por la venganza, acabase con la familia de su enemigo, se le limitaba a exigir sólo aquello que había perdido: ojo por ojo, diente por diente.

Ahora Jesús manifiesta que nosotros como creyentes no debemos exigir la otra mejilla por la mejilla que nos ha sido abofeteada -como sería lo lógico según la ley del Talión- sino que por el contrario, deberíamos estar dispuestos a darla nosotros en lugar de exigirla del prójimo. Lo que pretende Jesús con este juego de palabras es advertirnos de que, como creyentes, no podemos ni debemos exigir venganza o desquite por algún mal que hemos recibido. De hecho la traducción lenguaje actual ya nos da más pistas cuando traduce, en lugar de “no resistáis al que es malo” por “no traten de vengarse”.

La actitud que quiere corregir Jesús en el texto es la venganza más que el reclamo o la molestia por el ultraje recibido y por ello les pide a sus discípulos que estén más dispuestos a dar su otra mejilla antes que a reclamar la del prójimo como venganza.

De hecho, en Juan 18:22-23 vemos que la reacción de Jesús ante una bofetada fue muy distinta de la de ofrecer la otra. Dice el texto:

  • Cuando Jesús dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada, diciendo: —¿Así respondes al sumo sacerdote? Jesús le respondió: —Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; pero si bien, ¿por qué me golpeas?

Jesús no calla ante el ultraje, exige una justificación por el mismo, más no venganza o desquite por lo que le han hecho. Jesús controla su ira aunque no por ello deja de exponer su reclamo. Muchos creyentes fallan en esta área de su vida. En lugar de controlar su ira, dejan que esta sea la que rija sus destinos. El futuro que nos espera cuando no somos dueños de nuestras pasiones es el fracaso.

Algunos grandes pensadores de la historia han visto lo nocivo que puede ser la ira descontrolada. Veamos algunos ejemplos:

  • La cólera es una ráfaga de viento que apaga la lámpara de la inteligencia. Robert Green Ingersoll
  • La ira altera la visión, envenena la sangre: es la causa de enfermedades y de decisiones que conducen al desastre. Florence Scovel
  • La ira, si no es refrenada, es frecuentemente más dañina para nosotros que el daño que nos han provocado. Séneca

En muchos casos la razón por la que no somos capaces de controlar nuestra ira es porque esta ya está desbocada. Le hemos permitido hacer y deshacer en nuestra vida como ella ha querido y ahora no sabemos cómo tomar decisiones sin ella. Es por esto que Dios nos ofrece su Espíritu para que podamos, por medio de él controlar nuestros impulsos negativos. Seamos mansos, dominemos nuestra ira y recordemos que quienes saben hacerlo recibirán la tierra por heredad (Mateo 5:5).

Bendiciones

TEMPLANZA

Hay una palabra en la Biblia, en la versión Reina Valera de 1960 que es muy poco conocida por muchos. Se trata de concupiscencia. Por lo general se cree que se trata de algún especie de pecado sexual, algo así como la lujuria.

Lo cierto es que la concupiscencia es un deseo desordenado de bienes terrenos o un apetito desenfrenado de placeres. Así pues, lo sexual no es el único ámbito en el que se manifiesta la concupiscencia sino que en todo espacio donde el hombre siente la atracción de satisfacer sus deseos puede surgir el desenfreno fruto de la concupiscencia.

Frente a esta manera de actuar, Pablo menciona entre los frutos del Espíritu al que sería justamente el extremo opuesto de la concupiscencia, esto es la templanza.

La templanza es la capacidad que tenemos de dominar nuestras pasiones y de evitar que ellas nos dominen. La templanza era una de las cuatro virtudes cardinales del pueblo griego. Las otras tres eran la fortaleza, la justicia y la prudencia. La Estas tres eran consideradas por este pueblo de la antigüedad como el fundamento del buen vivir en comunidad.

De la templanza, dijo Cicerón, es un gran capital. Y una frase del oráculo de Delfos resumía la esencia de la Templanza en estas palabras: nada en demasía. Confucio aseveraba que el ir un poco lejos es tan malo como no ir todo lo necesario. Y Lucio Apuleyo decía: El primer vaso corresponde a la sed; el segundo, a la alegría; el tercero, al placer; el cuarto, a la insensatez.

Muchos hombres a lo largo de la historia han advertido sobre el peligro de los excesos y las consecuencias de la falta de dominio propio.

La Palabra de Dios no queda exenta de estas advertencias y dice en Proverbios 25:28:Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda. Las pasiones son justamente como un caballo desbocado al cual le falta la rienda y que lleva al que lo monta por donde quiere sin que aquel pueda hacer nada para detenerlo. La templanza no significa ausencia de pasiones, pero sí control de las mismas. Los alimentos, la tristeza, el gozo, la ira, el deseo sexual, etc., son emociones que las llevamos en nuestro interior y que no podemos eliminarlas aunque sí podemos controlarlas. Alguien decía: Hasta las desdichas han de sentirse con moderación1.

El dominio propio es algo que se pide del creyente en varias ocasiones en el texto bíblico y que se lo relaciona con el poder del Espíritu, al menos en dos ocasiones. La primera en Gálatas 5:22-23, donde se lo presenta como fruto del Espíritu (Templanza) y en 2 Timoteo 1:7 donde nos advierte que el Espíritu de Dios no produce en nosotros temor sino que nos reviste de su poder, de su amor y de la capacidad de dominarnos a nosotros mismos.

La posibilidad de controlar nuestras emociones no implica ahogarlas del todo. Siendo parte de nuestra naturaleza, Dios no las desconoce, pero espera de nosotros que sepamos canalizarlas y no permitir que sean un mar embravecido que no podemos controlar.

En la actualidad no enfrentamos a una sociedad que en muchos aspectos desdeña el dominio propio en pro de la libertad. Lo cierto es que la persona que se deja llevar por sus pasiones no es dueña de sí, no hace “lo que le da la gana”, hace lo que las pasiones le ordenan que haga. A medida que dejamos que ellas ganen terreno en nuestra vida se vuelve más y más difícil ser dueños de nosotros mismos. Terminamos siendo esclavos de nuestras pasiones.

Pero no es de hoy que los hombres le temen al dominio propio. En los tiempos de Pablo, este se vio callado por un gobernador cuando empezó a hablar sobre el dominio propio:

Pero cuando Pablo le habló de una vida de rectitud, del dominio propio y del juicio futuro, Félix se asustó y le dijo: —Vete ahora. Te volveré a llamar cuando tenga tiempo.

De todas formas, es un hecho que aquellas personas que no han sabido dominar sus pasiones nunca han llegado demasiado lejos. Alejandro el Grande luego de conquistar un basto imperio no pudo disfrutar del mismo debido a que no fue capaz de conquistar sus propias pasiones. Así pues, es muy cierto lo que dice Proverbios 16:32 Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte, el que domina su espíritu que el conquistador de una ciudad.

Por el contrario, los trescientos espartanos que junto a Leonidas contuvieron al ejército persa conformado por más de 200000 hombres no se dejaron dominar por sus pasiones y ese fue el secreto de su victoria. Los espartanos tenían por costumbre relajarse y sacar de sí todo la ira y el resentimiento que podrían descontrolarlos durante la batalla. Una vez se hallaban con la cabeza fría iban al combate.

Las pasiones desbocadas no son buenas consejaras, no son buenas capitaneando el destino de nuestras vidas. Lo más adecuado y lo que la Biblia nos aconseja es controlar nuestras pasiones cada día no permitiendo que las mismas nos dominen y decidan nuestro futuro.

1Eurípides.