EL QUINTO MANDAMIENTO


Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová, tu Dios, te da. Éxodo 20: 12

Este mandamiento nos invita inmediatamente a meditar sobre el tema de la autoridad, su razón de ser, sus límites pero principalmente la fuente de la cual se nutre. Los padres son el primer modelo de autoridad que tenemos pero luego vienen los maestros en la escuela y el colegio, las autoridades eclesiales y también las autoridades civiles. Veamos pues lo que significa la autoridad y cuáles son nuestras responsabilidades respecto a ellas a la luz de la Palabra.

Si nos preguntásemos cuál era la amplitud de la autoridad del padre sobre el hijo en los tiempos antiguos, quizá nos podría dar una cierta luz una carta escrita por un tal Hilario a su mujer Aris y fechada en el año 1 a.C. dice:

Saludos muy cordiales, también para mis queridos Bero y Apolinario. Sabe que continuamos hasta ahora en Alejandría. No te preocupes si me quedo aquí cuando todos los demás vuelvan. Te pido y te ruego que tengas cuidado del niño y, tan pronto como recibamos nuestra paga, te la mandaré. Si tienes suerte y lo que nace es un niño, que viva; si es niña tírala. Le dijiste a Afrodisias que me dijera “No te olvides de mí” ¿Cómo me voy a olvidar de ti? Por tanto, te pido no te preocupes.

A todas luces es chocante la amabilidad y la cordialidad con que habla de todos sus asuntos este hombre y la frialdad con la que trata el tema del hijo/a que está por nacer. Sin embargo, este solo es un ejemplo de la forma de ver las cosas que tenían los romanos en los tiempos de Jesucristo.

La patria potestas (poder del padre) era el elemento legal que permitía al padre de familia disponer aún de la vida de sus hijos. Esto, no sólo en el momento de nacer sino a lo largo de toda su vida. Sin importar el cargo o la dignidad que lograse el hijo, el padre podía mandarlo a matar el momento que quisiese. Ese era su derecho.

La sumisión del hijo al padre en aquellos tiempos no era para los romanos una cuestión de decisiones personales, era una cuestión de vida o muerte. Claro, si bien se gozaba de este derecho, no todos estaban dispuestos a usarlo.

En el caso de los judíos, la cuestión era algo similar. El padre tenía en la legislación mosaica algunas atribuciones que le permitían disponer de la vida de su hijo cuando este suponía malo el proceder de su hijo.

Si alguien tiene un hijo contumaz y rebelde, que no obedece a la voz de su padre ni a la voz de su madre, y que ni aun castigándolo los obedece, su padre y su madre lo tomarán y lo llevarán ante los ancianos de su ciudad, a la puerta del lugar donde viva, y dirán a los ancianos de la ciudad: “Este hijo nuestro es contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz; es glotón y borracho”. Entonces todos los hombres de su ciudad lo apedrearán, y morirá. Así extirparás el mal de en medio de ti, y cuando todo Israel lo sepa, temerá. (Deuteronomio 21:18-21)

Claro, a la luz de estos datos, suena diferente el mandato de honrar al padre y a la madre. Quien no lo hacía podía estar seguro de que no le iría bien ni tendría larga vida sobre la tierra. Las mismas autoridades del pueblo se encargarían de que así fuese. En aquellos tiempos, la autoridad del padre era absoluta.

Ahora bien, en el texto del Antiguo Testamento esta autoridad del padre sobre el hijo iba de la mano de otra cosa que era igual o quizá más importante que ella: la educación. Dice Deuteronomio 4: 8-9 ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta Ley que yo pongo hoy delante de vosotros? Por tanto, guárdate y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos y a los hijos de tus hijos.

Así pues a la pregunta que podría surgir hoy en día de para qué sirve o debiera servir la autoridad, la respuesta podría ser para la educación. La autoridad que recibía el padre venía acompañada de una responsabilidad explícita que era la de educarlo e instruirlo. Así pues, si por un lado la autoridad que podía ejercer el padre era absoluta, su responsabilidad por la enseñanza del hijo era igualmente inapelable.

Como veremos más adelante, mucho han cambiado las cosas en los tiempos actuales, pero lo que sigue siendo fundamental en el tema de la autoridad es la responsabilidad que conlleva la misma. Ya entre los griegos la autoridad se relacionaba con el hecho de motivar el crecimiento de la persona sometida y entre los romanos por su parte, la palabra autoridad hablaba de prohibir y permitir con el objetivo de hacer crecer. Es curioso, pero la palabra autoridad tiene en el latín la misma raíz que la palabra garante y esto es así porque para los romanos el principal garante de la buena educación y del buen comportamiento del hijo era única y exclusivamente el padre. Era él quien debía responder si el hijo no respondía como la población lo exigía.

Ahora bien, el mismo hecho de dar un objetivo a la autoridad, limita su poder. Pero podríamos preguntarnos, ¿existen otros límites que podamos dar a la autoridad? Jesús mismo limita los alcances de la autoridad paterna si bien la acredita con su predicación. Por un lado, frente a los fariseos que habían invalidado el mandamiento de honrar a padre y madre, Jesús dice:

Dios mandó diciendo: “Honra a tu padre y a tu madre”, y “El que maldiga al padre o a la madre, sea condenado a muerte”, pero vosotros decís: “Cualquiera que diga a su padre o a su madre: ‘Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte’, ya no ha de honrar a su padre o a su madre”. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición (Mateo 15:3-6).

Pero por otra parte, Jesús pone límites a esta obediencia al decir: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37)

El respeto y la obediencia a los padres son fundamentales según la predicación de Jesús, pero tienen su límite cuando aquella pretende forzarme contra Cristo.

Igual actitud tiene Jesús respecto a las autoridades civiles cuando le mencionan el deber de tributar a César. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, dice Jesús, poniendo así límites a la autoridad civil que por otro lado no niega sino que la afirma. ¿Debo someterme a las autoridades civiles? Sí, siempre que las mismas no me impongan leyes que se opongan a Cristo y su enseñanza. Ante situaciones límite en las cuales el Estado exige absoluta sumisión el razonamiento de Pedro frente a las autoridades de su tiempo es fundamental para todo cristiano: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a los hombres antes que a Dios”

El mismo apóstol Pablo pone límites a la autoridad (Romanos 13:1ss) cuando establece que la misma es dada por Dios y que sirve o debiera servir para animar al bueno y sancionar al malo. Cuando la autoridad distorsiona su sentido por favorecer al mal y deplorar el bien, pierde su legitimidad. Mi actitud ante esto no ha de ser tampoco la de la violencia como pretendieron hace ya varias décadas algunos propulsores de la llamada teología de la liberación. Como respeto y consideración a la autoridad, reconociendo su procedencia, he de saber declarar a la autoridad cuando esta está incumpliendo con su rol.

Es así que me parece importante animar a los más jóvenes en las iglesias para seguir el camino de la política pues sólo así podremos tener representantes que animen el recto cumplimiento de la ley. Donde la luz se esconde florecen las tinieblas y si Dios nos ha llamado a ser luz es importante serlo en aquellos lugares que se prestan a mayor manipulación por parte de los malos deseos de los hombres.

En este sentido es interesante ver la actitud que tiene Jesús frente a las autoridades, más concretamente frente a Pilato.

Entonces le dijo Pilato: — ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte y autoridad para soltarte? Respondió Jesús: — Ninguna autoridad tendrías contra mí si no te fuera dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor
pecado tiene.

Jesús concede a Pilato la importancia que tiene, pero le recuerda que su autoridad es de Dios y por tanto a él deberá dar cuentas de sus decisiones. Todo el que está en autoridad deberá dar cuentas delante del autor de toda autoridad: ¿He ayudado a crecer a mis subordinados o les he impedido su desarrollo social, espiritual, etc.?

Por otro lado, quién sino Jesús podía exigir obediencia al ser el enviado de Dios y por ende, la concentración máxima de la autoridad divina. Sin embargo, no lo hace, sino que espera a la libre voluntad de quienes deseen seguirlo. Mateo 21:23-27 dice:

Cuando llegó al Templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él mientras enseñaba, y le preguntaron: — ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esta autoridad? Respondiendo Jesús, les dijo: — Yo también os haré una pregunta, y si me la contestáis, también yo os diré con qué autoridad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo o de los hombres? Ellos entonces discutían entre sí, diciendo: — Si decimos, “del cielo”, nos dirá: “¿Por qué, pues, no le creísteis?”. Y si decimos, “de los hombres”, tememos
al pueblo, porque todos tienen a Juan por profeta.

Respondiendo a Jesús, dijeron: — No lo sabemos. Entonces él les dijo: — Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas. (Mateo 21:23-27)

¿Es pues mi deber obedecer ciegamente a las autoridades civiles? No. Por el contrario, mi responsabilidad es exigir del mismo la concordancia de su obrar con el fin último dado por Dios a sus funciones: el cuidado del prójimo, principalmente de quienes no pueden defenderse. Mateo 18:10-11 nos dice: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos, porque el Hijo del hombre ha venido para salvar lo que
se había perdido”.

La autoridad se fundamenta entonces en primer lugar en el cumplimiento de su fin último, permitir el desarrollo de una persona, una comunidad o una sociedad. Por otro lado, se fundamenta sobre la concordancia entre palabra y obra. Es en esto en lo
que Jesús fundamentaba su autoridad. No exigía ser obedecido por venir del Padre. La obediencia que recibía de sus discípulos se debía a la concordancia de su obrar con su hablar.

Es importante pues saber asumir la responsabilidad que conlleva el hecho de estar en autoridad. Claro, Siendo como somos nosotros –pecadores-, corremos el riesgo de fallar, sin embargo, esto no significa que debamos rechazar una responsabilidad ante esta posibilidad. No se nos llama a ser perfectos sino saber coordinar nuestro obrar y nuestro decir. Lo más seguro es que diariamente debamos ir acoplando nuestro obrar a
nuestro decir pero ese crecimiento es el que pide Dios de nosotros.

En el caso de los padres, son llamados a desarrollar al niño dándole confianza, amor y seguridad. Sólo con una adecuada imagen paterna, ellos serán capaces de tener una adecuada relación con sus autoridades futuras.

El padre debe ejercer autoridad, recordando que esta antes que represiva debe ser generativa, es decir buscando el desarrollo del niño. Esto sólo lo logramos estableciendo claramente un sistema de normas que permitan al niño crecer conociendo los límites ciertos con los que cuenta.

La autoridad no se ejerce con el fin de hacer al hijo dependiente del padre para toda la vida sino con el fin de que el hijo pueda tarde o temprano ser capaz de enfrentar la vida por sí mismo y en el caso del hijo cristiano con el fin de que pueda decidir personalmente seguir a Cristo. Esto quizá sea lo más difícil de la educación de los niños. No somos llamados a meter a nuestros hijos en un molde, aunque este molde sea bueno y aunque este molde sea cristiano. Somos llamados a darles las herramientas para que pueda ser libre de tomar sus propias decisiones.

El ejemplo más emblemático de esto es la creación. Adán y Eva son dejados en el Edén frente a la decisión de obedecer a Dios o seguir sus propios caminos. Dios no los programa para que no puedan decidir contra Dios. Les da la libertad de decidir por sí mismos. Las consecuencias de una mala decisión de parte de sus hijos, tendrá que pagarla Dios mismo muchos años después en una cruz. El amor de Dios se muestra pues también en la libertad que nos ha dado y como Padre que nos ha dado ejemplo nos exige guiar a nuestros hijos a la madurez, es decir a la independencia de nosotros.

Finalmente quisiera acotar algo sobre aquellos momentos difíciles en los cuales la relación del cristiano con las autoridades civiles es difícil y adverso. Esos momentos en los que por medio de dictaduras frontales o solapadas los dignatarios del Estado pretenden forzar cierto crecimiento social a costa de unos cuantos opositores quienes son por lo general eliminados al antojo de los líderes. Qué hacer ante estas circunstancias. Más aún qué hacer cuando los cristianos son perseguidos, metidos a la cárcel y asesinados por profesar su fe. En sus inicios, la iglesia tuvo que afrontar estas adversidades y dejó un hermoso legado para que meditáramos sobre nuestra manera de vivir en estas circunstancias. Leamos un pequeño extracto de ello:

“(Los cristianos) residen en sus propios países, pero sólo como transeúntes; comparten lo que les corresponde en todas las cosas como ciudadanos, y soportan todas las opresiones como los forasteros. Todo país extranjero les es patria, y toda patria les es extraña. Se casan como todos los demás hombres y engendran hijos; pero no se desembarazan de su descendencia (abortos). Celebran las comidas en común, pero cada uno tiene su esposa. Se hallan en la carne, y, con todo, no viven según la carne. Su existencia es en la tierra, pero su ciudadanía es en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y sobrepasan las leyes en sus propias vidas. Aman a todos los hombres, y son perseguidos por todos. No se hace caso de ellos, y, pese a todo, se les condena. Se les da muerte, y aun así están revestidos de vida. Piden limosna, y, con todo, hacen ricos a muchos. Se les deshonra, y, pese a todo, son glorificados en su deshonor. Se habla mal de ellos, y aún así son reivindicados. Son
escarnecidos, y ellos bendicen; son insultados, y ellos respetan. Al hacer lo bueno son castigados como malhechores; siendo castigados se regocijan, como si con ello se les reavivara. Los judíos hacen guerra contra ellos como extraños, y los griegos los persiguen, y, pese a todo, los que los aborrecen no pueden dar la razón de su hostilidad”.

En una palabra, concluye el autor de esta texto, lo que el alma es en un cuerpo, esto son los cristianos en el mundo. El testimonio y la oración son los elementos fundamentales del obrar cristiano y son además los elementos a través de los cuales la iglesia fue capaz de hacer sucumbir al imperio romano, al imperio más grande de la historia. Testimonio de vida y de fe. Oración de intercesión y de confianza. Y así, aunque en medio de este mundo seamos vistos o aún nos veamos a nosotros mismos como huesos secos y digamos: Nuestros huesos se secaron y pereció nuestra esperanza. ¡Estamos totalmente destruidos! Recordemos siempre que en el Señor está nuestra esperaza y que aunque el mundo nos desprecie Dios es capaz de encaminar sus malas acciones en el bien de nosotros y de muchos más (Génesis 50:20). Si somos sólo huesos secos, su Espíritu nos hará un ejército grande y temible delante de los hombres. Esa es su promesa y nuestra confianza. Amén.

EL CUARTO MANDAMIENTO

Enseñaba Jesús en una sinagoga en sábado, y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada y en ninguna manera se podía enderezar. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo:

— Mujer, eres libre de tu enfermedad.

Puso las manos sobre ella, y ella se enderezó al momento y glorificaba a Dios. Pero el alto dignatario de la sinagoga, enojado de que Jesús hubiera sanado en sábado, dijo a la gente:

— Seis días hay en que se debe trabajar; en estos, pues, venid y sed sanados, y no en sábado. Entonces el Señor le respondió y dijo:

— ¡Hipócrita!, ¿no desatáis vosotros vuestro buey o vuestro asno del pesebre y lo lleváis a beber en  sábado? Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en sábado? Al decir él estas cosas, se avergonzaban todos sus adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él. Dijo:

— ¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé? Es semejante al grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su huerto; y creció y se hizo árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas. Y volvió a decir:

— ¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura que una mujer tomó y mezcló con tres medidas de harina, hasta que todo hubo fermentado. Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando, mientras se encaminaba a Jerusalén. (Lucas 13:10-22)

El cuarto mandamiento dice: Acuérdate del día de reposo para santificarlo; seis días trabajarás, y harás toda su obra; mas el séptimo día es de reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú ni tu hijo, ni tu hija ni tu siervo ni tu criada ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.

Este mandamiento parece ser uno de los que más revuelo causó en los tiempos del Antiguo Testamento. Vemos indicaciones implícitas y explícitas a lo largo de los escritos de casi todos los profetas acerca de la importancia de guardar el día de reposo. Sólo para dar dos ejemplos, veamos Isaías 58:13-14a que dice: “Si retraes del sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamas ‘delicia’, ‘santo’, ‘glorioso de Jehová’, y lo veneras, no andando en tus propios caminos ni buscando tu voluntad ni hablando tus  propias palabras, entonces te deleitarás en Jehová”. En la misma línea podemos ver que Jeremías 17:22 dice: “Así ha dicho Jehová: Guardaos por vuestra vida de llevar carga en sábado y de meterla por las puertas de Jerusalén. No saquéis carga de vuestras casas en sábado, ni hagáis trabajo alguno, sino santificad el sábado, como mandé a vuestros padres. Tanto uno como otro texto, tanto uno como otro profeta enfatizan la necesidad y más aún, la  responsabilidad del pueblo de Dios por guardar el día de reposo, que es en este caso el día sábado”.

Con todo, cuando llegamos al Nuevo Testamento nos hallamos con una serie de relatos donde vemos a Jesús en grandes disputas, justamente por no guardar el día sábado. Algunos estudiosos incluso han llegado a decir que la razón por la cual, para los fariseos, Jesús se volvió insoportable es justamente por la tozudez aparente con la que se obstinaba en no guardar el sábado. ¿Por qué?

Parecerá raro que en una serie de reflexiones en las que se busca revalorizar la importancia de los diez mandamientos se decida analizar uno de ellos en base a la transgresión aparente del mandamiento hecha por Jesús. De hecho, Jesús llama hipócrita a un maestro de la ley que anhela simple y llanamente guardar el sábado.

Con todo, veamos lo que podemos hallar en este relato. Dice el primer verso que “Enseñaba Jesús en una sinagoga en sábado“. Esto ya nos llama la atención. Jesús, podrá haber sido el hijo de Dios y podrá haber sido el Mesías, pero no por ello dejó de asistir cada sábado a la sinagoga. Claro, aquí lo vemos enseñando pero no siempre era tal el caso. Sin embargo, hasta el día de su muerte Jesús no dejó de reunirse todos los sábados con su comunidad. El alto dignatario de la sinagoga podrá haber tenido sus
fallas, pero allí estaba Jesús, congregado con los suyos. Ante esto pues, no hay pretextos que valgan.

No aprendo nada, no me llevo bien con la hermana… etc. Jesús nos enseña que el primer paso para descubrir el verdadero camino del sábado es la humildad. La Madre Teresa de Calcuta dijo alguna vez que el camino de la humildad y el camino de la verdad son el mismo. Respetemos nuestra comunidad y a nuestras autoridades y no dejemos de congregarnos por cualquier razón de forma que pueda sernos pretexto para abandonar el camino de la humildad, o el de la verdad. En medio de la gente que está reunida aquel sábado en la sinagoga resaltan dos personajes importantes y ambos tienen como punto de encuentro a Jesús: uno de aquellos es una mujer encorvada que asistía aquel día como cualquier otro a la sinagoga como se lo habrían enseñado sus padres desde muy pequeña. El otro es un dignatario que bien o mal, buscaba a Dios y quería servirlo.

Jesús había tomado la palabra aquel día y se hallaba enseñando a la gente. Por lo que se dice después en el verso 18 podríamos creer que el tema de su meditación era el Reino de Dios. Y creo que en medio de su meditación inspirada, llena de pasión y de autoridad como de seguro solía predicar Jesús, su mirada que se dirigía a toda aquella comunidad, chocó de pronto con aquella mujer que parecía turbar su concentración. No creo que haya sido el hecho de fuese encorvada lo que le molestó. Pienso que fue la angustia que vio en ella lo que lo desconcertó. Quizá vio en aquella mujer el anhelo de aquel Reino en el cual Dios en persona pastorearía y guiaría a sus ovejas a fuentes de agua viva. Día en el cual El Señor enjugaría toda lágrima de los ojos de ellos. Jesús, viendo la opresión de que era presa aquella mujer, no pudo seguir hablando del Reino, de la esperanza en el Reino y del amor de Dios siendo ciego al dolor de aquella mujer.

Esta actitud de Jesús nos lleva a reflexionar sobre aquel sentido que debería tener para nosotros el día de reposo. Para aquel alto dignatario de la sinagoga, el sábado era aquel día en el cual todos cumplían con el habitual rito de no hacer nada sino escuchar la Palabra de Dios. Que Jesús no se opone a ello se nos hace claro en el hecho de que Jesús mismo estaba predicando aquel sábado. Con todo, el sentido del día de reposo, parece sugerirnos Jesús, no se resume en sentarnos cada fin de semana a escuchar un sermón, cantar un par de alabanzas y volver a la casa con la conciencia tranquila.
Jesús miró la sinagoga, pero vio mucho más que rostros semidormidos y personas que conversaban aquí y allá, vio el dolor de un ser humano atormentado por una enfermedad y que soñaba despierto con el obrar de Dios en el Reino.

Jesús no pudo permanecer impasible ante este dolor y reaccionó. Dice el texto que: cuando Jesús la vio, la llamó… En otro versión se traduce: en cuanto la vio, Jesús le dirigió la palabra y le dijo… De pronto parecen desaparecer todos y quedar en escena sólo Jesús y la mujer. En medio de la multitud, Jesús mira a aquella mujer que parecía haberse convertido en un mero accesorio de la sinagoga. Eran dieciocho años con una enfermedad a cuestas, con los ojos acusadores de la comunidad insinuando que aquella enfermedad era producto de algún pecado suyo. Y luego de todo ese tiempo, un día como cualquier otro, sentada en medio de la gente como una más del montón, un enviado de Dios le dirige la palabra a ella, justamente a ella que siempre supuso que Dios no oía a los pecadores, y le trae la libertad con la que ella tanto soñaba: Mujer, eres libre de tu enfermedad.

Jesús nos invita en ese obrar suyo a mirar más allá de un programa bien o mal organizado, de un sermón bien o mal expuesto. Jesús nos invita a mirar al prójimo, a nuestro prójimo (al que está a nuestro lado). Eso es el sábado, nos está diciendo con su actitud. El cuarto mandamiento no tiene que ver con la disputa estéril acerca de si debe ser celebrado un domingo o un sábado, -o un miércoles si nos gusta llevar la contra en todo- sino acerca del salir de nosotros mismos para hallar a Dios en el prójimo.

Era sábado también el día en que Jesús sanó a un ciego de nacimiento. Para sus discípulos era una mera cuestión teológica la que se debía desentrañar, para Jesús era un ser humano que nos invitaba a ver manifestarse las obras de Dios. Los discípulos estaban demasiado ocupados en responder a sus propias preguntas doctrinales como para salir de sí mismos y ver al otro. Los fariseos, por su parte, se presentan en aquel relato de la curación del ciego como uno de los más grandes ejemplos de ceguera de la historia. No ven el obrar de Dios, no ven su misericordia, no ven uno de los fundamentos del sábado y todo porque están demasiado ocupados cuestionándose si Jesús obró bien u obró mal sanando en día Sábado. Las estructuras son para ellos más importantes que las personas. Qué triste que hoy en día miremos a muchos cristianos para los cuales las estructuras siguen siendo más importantes que las personas. Jesús nos dice vez tras vez en todos y cada uno de los textos en los que lo vemos transgrediendo el sábado que la razón de ser de este mandamiento está en el hombre. El sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del sábado. Esta frase me dice que el centro del mandamiento está en el amor de Dios hacia el hombre.

Sin embargo, no significa esto que el día de reposo sea el día en el cual deba yo pensar en mí mismo y hacer las cosas conforme a lo que yo quiero. Digamos que el sábado es el día del encuentro con el otro (mi prójimo) y con el Otro (Dios). Es el día en el que yo busco a mi prójimo. Es el día en que me reúno y hallo en la comunidad el alimento espiritual que necesito. Es el día en que me reconozco débil y pecador en las debilidades y flaquezas espirituales de mi hermano. Es el día en que hallo en las palabras del prójimo esas palabras que Dios mismo anhela dirigirme. Busqué a Dios y no lo encontré, busqué a mi hermano y nos encontramos los tres, decía un teólogo de principios del siglo XX. El encuentro que tanto anhelo yo con Dios, pasa   necesariamente por el encuentro con mi hermano. No digas que amas a Dios a quien no ves si no puedes amar a tu hermano a quien puedes ver, diría Juan. Es mirando a mi hermano como yo puedo mirar manifestarse las maravillas de Dios.

Justamente, los profetas también parecen asentir con algunas de sus palabras a esta actitud de Jesús. Jeremías reclama, en la puerta misma del templo a aquellos que entraban a celebrar el sábado porque lo hacían mal. Puedes cumplir con las estructuras que sostienen el sábado pero fallar con la esencia de lo que significa el sábado, parece ser su mensaje. Leámoslo. Jeremías 7:1ss

Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: “Ponte a la puerta de la casa de Jehová y proclama allí esta palabra. Diles: “Oíd palabra de Jehová, todo Judá, los que entráis por estas puertas para adorar a Jehová. Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré habitar en este lugar. No fiéis en palabras de mentira, diciendo: ‘¡Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este!’. “Pero si de veras mejoráis vuestros caminos y vuestras obras; si en verdad practicáis la justicia entre el hombre y su prójimo, y no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni en este lugar derramáis la sangre inocente, ni vais en pos de dioses extraños para mal vuestro, yo os haré habitar en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre. “Vosotros confiáis en palabras de mentira, que no aprovechan. Hurtáis, matáis, adulteráis, juráis en falso, quemáis incienso a Baal y vais tras dioses extraños que no habíais conocido, ¿y ahora venís y os presentáis delante de mí en esta Casa sobre la cual es invocado mi nombre, y decís: ‘Somos libres’, para seguir haciendo todas estas abominaciones?

No es cuestión de estructuras como creían quienes decían, aunque oprimamos al extranjero, al huérfano y a la viuda, aunque robemos, matemos y adulteremos, si venimos y celebramos el sábado, si adoramos en el Templo de Señor, seremos librados del castigo. En definitiva, cumplían con las estructuras y fallaban en la esencia: Celebraban el sábado pero hacían injusticia a su prójimo.

Por su parte, Isaías nos dice en un texto sumamente irónico cómo Dios ha enseñado a su pueblo los mandamientos y cómo a pesar de todo, ellos se obstinan en no  cumplirlos.

Dice Isaías 28: 9-12 ¿A quién se habrá de instruir? o ¿a quién se hará entender la doctrina? ¿A los destetados? ¿A los recién destetados? Porque mandamiento tras mandamiento, mandato sobre mandato, renglón tras renglón, línea tras línea, un poquito aquí, un poquito allá, porque en lengua de tartamudos, en lenguaje extraño, hablará a este pueblo. A ellos dijo: “Este es el reposo; dad reposo al cansado. Este es el alivio”, mas no quisieron escuchar.

En definitiva, dice el profeta, como a niños se les enseño los mandamientos y aún así no obedecieron. Y ¿cuál es este mandamiento?, responde el profeta diciendo: “Este es el reposo; dad reposo al cansado”. Uno de los pecados que con más insistencia los profetas achacaron a los de Samaria y de Jerusalén fue justamente el explotar a los pobres del campo. Es de notar que en aquellos tiempos en que se escribió este mandamiento de descansar el sábado y dejar descansar al hijo, al criado y al extranjero –que casi siempre era esclavo y no como se suele creer un turista-, se vivía en fincas cuyo dueño no trabajaba sino que hacía trabajar a sus empleados. Dios, para frenar la explotación señala un día de reposo. Igual señalará un año de reposo y además un año cada 49 que serviría para dar libertad a los que vivían en esclavitud. Como vemos, todos los mandamientos relacionados con el sábado tienen que ver antes que con el día en sí –si es el primer día de la semana o el último día de la semana- con el amor, el respeto y la responsabilidad de unos con otros.

Con todo, sigamos con nuestro relato de Jesús y veamos qué más nos enseña. Me imagino que los segundos que siguieron a aquellas palabras de Jesús –Mujer, eres libre de tu enfermedad- habrán parecido eternos. Todos en la sinagoga habrán quedado atónitos ante este gesto poco esperado de Jesús. La misma mujer no habrá sabido qué hacer, si creer o no a las palabras de Jesús. El texto continúa diciendo que Jesús puso las manos sobre ella, y ella se enderezó al momento y glorificaba a Dios.
Dice el texto del catecismo de Heidelberg[1] sobre el cuarto mandamiento que una de las razones por las cuales nos debemos reunir el día de reposo en la congregación es para invocar públicamente el nombre del Señor. Se menciona además en ese párrafo el Salmo 40: 9-10 donde el salmista dice: He anunciado justicia en la gran congregación; he aquí, no refrené mis labios, Jehová, tú lo sabes. No encubrí tu justicia dentro de mi corazón; he publicado tu fidelidad y tu salvación; no oculté tu misericordia y tu verdad en la gran congregación.

La actitud a la cual se nos invita en estos textos es al reconocimiento, a la proclamación pública de las misericordias del Señor. No puede permanecer oculto dentro de nuestros corazones el obrar del cual hemos sido partícipes.

Sin embargo, es duro decirlo pero en ocasiones podemos caer en la monotonía y alabar sólo porque eso está en el programa, cantar sólo porque es parte del culto y decir gracias a Dios sin una verdadera exploración de su obrar en nuestras vidas.

La mujer encorvada no tuvo que pensar tanto para darse cuenta de aquella misericordia de Dios para con su vida. Ante el gesto de Dios no podía menos que alabarlo y glorificarlo. Nosotros quizá necesitemos en ocasiones un poco de reflexión para reconocer a Dios obrando en nuestra vida pero el esfuerzo vale  cuando podemos dar gracias a Dios con el corazón convencido de aquel obrar Suyo.

La alabanza es un ejercicio por medio del cual Dios nos invita a explorar aquella misericordia manifestada en nuestras vidas. La alabanza, en su más simple y esencial sentido es gratitud a Dios. El día de reposo es el día en el que medito en aquella misericordia hecha por Dios a lo largo de la semana. Claro, el hecho de que no descubra nada no significa que Dios no haya estado obrando. He visto personas que por auto conmiseración, o por orgullo se niegan a mirar el obrar misericordioso de Dios. Los unos y los otros deben aprender a dejar de lado su egocentrismo para poder hallar a Dios sino sólo hallarán al dios que quieren encontrar y no al Dios único y verdadero.

Dice el texto que luego de que aquella mujer lanzó la alabanza de su vida, el alto dignatario se sintió indignado de que se hiciera una sanidad en sábado. Quiero aferrarme a la idea de que este hombre, con toda la más buena intención, quería alabar a Dios y que para él la única manera de hacerlo era manteniendo intactas las estructuras tal y cual él las había aprendido. Jesús manifestando amor en sábado contradecía sus estructuras y por ello rechazó el milagro.

Me hace pensar este problema del alto dignatario en las discusiones sobre si es sábado o domingo el día en el cual debe reunirse la iglesia. La gran mayoría de comunidades cristianas se reúnen en domingo siguiendo el ejemplo de las primeras comunidades cristianas que se reunían ese día como señala 1ra Corintios 16:2, y que lo hacían para celebrar la resurrección de Jesucristo que se realizó en domingo. Sin embargo, como hemos visto, más importante que el día, es lo que se hace en ese día. Un día domingo, o un sábado, con un culto excelente pero en el cual no hay amor cristiano, simplemente no es guardar el día de reposo. Un culto en el cual la gente está con celos contiendas y envidias, me temo, tiene a otro que a Jesús por Señor.

Finalmente, luego de todo el alboroto que se armó, Jesús termina hablando del Reino de Dios. Nos dice que una semilla de mostaza fue sembrada y el árbol que de allí surgió fue grande y sirvió de nido a las aves del cielo. Sin entrar en polémicas sobre qué representan las aves, me llama la atención el hecho de que Jesús nos habla del reino de Dios que germina ya en la comunidad cristiana pero que lo hace para ser un árbol que brinda un servicio y no un árbol que vive para sí mismo.
El último elemento que es consustancial al día de reposo, parece indicarnos Jesús es el servicio. Justamente un viernes murió Jesús crucificado para resucitar un domingo, entregándonos ese día en la tumba como servicio de amor y de entrega suprema. Morir por el prójimo es pues la muestra suprema de guardar el día de reposo.

Amor, Alabanza y Servicio, tres elementos sin los cuales un día de reposo no es sino uno más en la semana. Qué Dios nos ayude a cumplir con el día de reposo. Amén.


[1] El catecismo de Heidelberg es un leccionario protestante que enseña las doctrinas fundamentales de la fe cristiana por medio de preguntas y respuestas. Fue escrito en 1563 por dos discípulos de Juan Calvino y Felipe Melanchton, dos de os reformadores de la iglesia. Se lo puede encontrar en esta dirección: http://www.iglesiareformada.com/Catecismo_Heidelberg.html