EL CUARTO MANDAMIENTO


Enseñaba Jesús en una sinagoga en sábado, y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada y en ninguna manera se podía enderezar. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo:

— Mujer, eres libre de tu enfermedad.

Puso las manos sobre ella, y ella se enderezó al momento y glorificaba a Dios. Pero el alto dignatario de la sinagoga, enojado de que Jesús hubiera sanado en sábado, dijo a la gente:

— Seis días hay en que se debe trabajar; en estos, pues, venid y sed sanados, y no en sábado. Entonces el Señor le respondió y dijo:

— ¡Hipócrita!, ¿no desatáis vosotros vuestro buey o vuestro asno del pesebre y lo lleváis a beber en  sábado? Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en sábado? Al decir él estas cosas, se avergonzaban todos sus adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él. Dijo:

— ¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé? Es semejante al grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su huerto; y creció y se hizo árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas. Y volvió a decir:

— ¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura que una mujer tomó y mezcló con tres medidas de harina, hasta que todo hubo fermentado. Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando, mientras se encaminaba a Jerusalén. (Lucas 13:10-22)

El cuarto mandamiento dice: Acuérdate del día de reposo para santificarlo; seis días trabajarás, y harás toda su obra; mas el séptimo día es de reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú ni tu hijo, ni tu hija ni tu siervo ni tu criada ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.

Este mandamiento parece ser uno de los que más revuelo causó en los tiempos del Antiguo Testamento. Vemos indicaciones implícitas y explícitas a lo largo de los escritos de casi todos los profetas acerca de la importancia de guardar el día de reposo. Sólo para dar dos ejemplos, veamos Isaías 58:13-14a que dice: “Si retraes del sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamas ‘delicia’, ‘santo’, ‘glorioso de Jehová’, y lo veneras, no andando en tus propios caminos ni buscando tu voluntad ni hablando tus  propias palabras, entonces te deleitarás en Jehová”. En la misma línea podemos ver que Jeremías 17:22 dice: “Así ha dicho Jehová: Guardaos por vuestra vida de llevar carga en sábado y de meterla por las puertas de Jerusalén. No saquéis carga de vuestras casas en sábado, ni hagáis trabajo alguno, sino santificad el sábado, como mandé a vuestros padres. Tanto uno como otro texto, tanto uno como otro profeta enfatizan la necesidad y más aún, la  responsabilidad del pueblo de Dios por guardar el día de reposo, que es en este caso el día sábado”.

Con todo, cuando llegamos al Nuevo Testamento nos hallamos con una serie de relatos donde vemos a Jesús en grandes disputas, justamente por no guardar el día sábado. Algunos estudiosos incluso han llegado a decir que la razón por la cual, para los fariseos, Jesús se volvió insoportable es justamente por la tozudez aparente con la que se obstinaba en no guardar el sábado. ¿Por qué?

Parecerá raro que en una serie de reflexiones en las que se busca revalorizar la importancia de los diez mandamientos se decida analizar uno de ellos en base a la transgresión aparente del mandamiento hecha por Jesús. De hecho, Jesús llama hipócrita a un maestro de la ley que anhela simple y llanamente guardar el sábado.

Con todo, veamos lo que podemos hallar en este relato. Dice el primer verso que “Enseñaba Jesús en una sinagoga en sábado“. Esto ya nos llama la atención. Jesús, podrá haber sido el hijo de Dios y podrá haber sido el Mesías, pero no por ello dejó de asistir cada sábado a la sinagoga. Claro, aquí lo vemos enseñando pero no siempre era tal el caso. Sin embargo, hasta el día de su muerte Jesús no dejó de reunirse todos los sábados con su comunidad. El alto dignatario de la sinagoga podrá haber tenido sus
fallas, pero allí estaba Jesús, congregado con los suyos. Ante esto pues, no hay pretextos que valgan.

No aprendo nada, no me llevo bien con la hermana… etc. Jesús nos enseña que el primer paso para descubrir el verdadero camino del sábado es la humildad. La Madre Teresa de Calcuta dijo alguna vez que el camino de la humildad y el camino de la verdad son el mismo. Respetemos nuestra comunidad y a nuestras autoridades y no dejemos de congregarnos por cualquier razón de forma que pueda sernos pretexto para abandonar el camino de la humildad, o el de la verdad. En medio de la gente que está reunida aquel sábado en la sinagoga resaltan dos personajes importantes y ambos tienen como punto de encuentro a Jesús: uno de aquellos es una mujer encorvada que asistía aquel día como cualquier otro a la sinagoga como se lo habrían enseñado sus padres desde muy pequeña. El otro es un dignatario que bien o mal, buscaba a Dios y quería servirlo.

Jesús había tomado la palabra aquel día y se hallaba enseñando a la gente. Por lo que se dice después en el verso 18 podríamos creer que el tema de su meditación era el Reino de Dios. Y creo que en medio de su meditación inspirada, llena de pasión y de autoridad como de seguro solía predicar Jesús, su mirada que se dirigía a toda aquella comunidad, chocó de pronto con aquella mujer que parecía turbar su concentración. No creo que haya sido el hecho de fuese encorvada lo que le molestó. Pienso que fue la angustia que vio en ella lo que lo desconcertó. Quizá vio en aquella mujer el anhelo de aquel Reino en el cual Dios en persona pastorearía y guiaría a sus ovejas a fuentes de agua viva. Día en el cual El Señor enjugaría toda lágrima de los ojos de ellos. Jesús, viendo la opresión de que era presa aquella mujer, no pudo seguir hablando del Reino, de la esperanza en el Reino y del amor de Dios siendo ciego al dolor de aquella mujer.

Esta actitud de Jesús nos lleva a reflexionar sobre aquel sentido que debería tener para nosotros el día de reposo. Para aquel alto dignatario de la sinagoga, el sábado era aquel día en el cual todos cumplían con el habitual rito de no hacer nada sino escuchar la Palabra de Dios. Que Jesús no se opone a ello se nos hace claro en el hecho de que Jesús mismo estaba predicando aquel sábado. Con todo, el sentido del día de reposo, parece sugerirnos Jesús, no se resume en sentarnos cada fin de semana a escuchar un sermón, cantar un par de alabanzas y volver a la casa con la conciencia tranquila.
Jesús miró la sinagoga, pero vio mucho más que rostros semidormidos y personas que conversaban aquí y allá, vio el dolor de un ser humano atormentado por una enfermedad y que soñaba despierto con el obrar de Dios en el Reino.

Jesús no pudo permanecer impasible ante este dolor y reaccionó. Dice el texto que: cuando Jesús la vio, la llamó… En otro versión se traduce: en cuanto la vio, Jesús le dirigió la palabra y le dijo… De pronto parecen desaparecer todos y quedar en escena sólo Jesús y la mujer. En medio de la multitud, Jesús mira a aquella mujer que parecía haberse convertido en un mero accesorio de la sinagoga. Eran dieciocho años con una enfermedad a cuestas, con los ojos acusadores de la comunidad insinuando que aquella enfermedad era producto de algún pecado suyo. Y luego de todo ese tiempo, un día como cualquier otro, sentada en medio de la gente como una más del montón, un enviado de Dios le dirige la palabra a ella, justamente a ella que siempre supuso que Dios no oía a los pecadores, y le trae la libertad con la que ella tanto soñaba: Mujer, eres libre de tu enfermedad.

Jesús nos invita en ese obrar suyo a mirar más allá de un programa bien o mal organizado, de un sermón bien o mal expuesto. Jesús nos invita a mirar al prójimo, a nuestro prójimo (al que está a nuestro lado). Eso es el sábado, nos está diciendo con su actitud. El cuarto mandamiento no tiene que ver con la disputa estéril acerca de si debe ser celebrado un domingo o un sábado, -o un miércoles si nos gusta llevar la contra en todo- sino acerca del salir de nosotros mismos para hallar a Dios en el prójimo.

Era sábado también el día en que Jesús sanó a un ciego de nacimiento. Para sus discípulos era una mera cuestión teológica la que se debía desentrañar, para Jesús era un ser humano que nos invitaba a ver manifestarse las obras de Dios. Los discípulos estaban demasiado ocupados en responder a sus propias preguntas doctrinales como para salir de sí mismos y ver al otro. Los fariseos, por su parte, se presentan en aquel relato de la curación del ciego como uno de los más grandes ejemplos de ceguera de la historia. No ven el obrar de Dios, no ven su misericordia, no ven uno de los fundamentos del sábado y todo porque están demasiado ocupados cuestionándose si Jesús obró bien u obró mal sanando en día Sábado. Las estructuras son para ellos más importantes que las personas. Qué triste que hoy en día miremos a muchos cristianos para los cuales las estructuras siguen siendo más importantes que las personas. Jesús nos dice vez tras vez en todos y cada uno de los textos en los que lo vemos transgrediendo el sábado que la razón de ser de este mandamiento está en el hombre. El sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del sábado. Esta frase me dice que el centro del mandamiento está en el amor de Dios hacia el hombre.

Sin embargo, no significa esto que el día de reposo sea el día en el cual deba yo pensar en mí mismo y hacer las cosas conforme a lo que yo quiero. Digamos que el sábado es el día del encuentro con el otro (mi prójimo) y con el Otro (Dios). Es el día en el que yo busco a mi prójimo. Es el día en que me reúno y hallo en la comunidad el alimento espiritual que necesito. Es el día en que me reconozco débil y pecador en las debilidades y flaquezas espirituales de mi hermano. Es el día en que hallo en las palabras del prójimo esas palabras que Dios mismo anhela dirigirme. Busqué a Dios y no lo encontré, busqué a mi hermano y nos encontramos los tres, decía un teólogo de principios del siglo XX. El encuentro que tanto anhelo yo con Dios, pasa   necesariamente por el encuentro con mi hermano. No digas que amas a Dios a quien no ves si no puedes amar a tu hermano a quien puedes ver, diría Juan. Es mirando a mi hermano como yo puedo mirar manifestarse las maravillas de Dios.

Justamente, los profetas también parecen asentir con algunas de sus palabras a esta actitud de Jesús. Jeremías reclama, en la puerta misma del templo a aquellos que entraban a celebrar el sábado porque lo hacían mal. Puedes cumplir con las estructuras que sostienen el sábado pero fallar con la esencia de lo que significa el sábado, parece ser su mensaje. Leámoslo. Jeremías 7:1ss

Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: “Ponte a la puerta de la casa de Jehová y proclama allí esta palabra. Diles: “Oíd palabra de Jehová, todo Judá, los que entráis por estas puertas para adorar a Jehová. Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré habitar en este lugar. No fiéis en palabras de mentira, diciendo: ‘¡Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este!’. “Pero si de veras mejoráis vuestros caminos y vuestras obras; si en verdad practicáis la justicia entre el hombre y su prójimo, y no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni en este lugar derramáis la sangre inocente, ni vais en pos de dioses extraños para mal vuestro, yo os haré habitar en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre. “Vosotros confiáis en palabras de mentira, que no aprovechan. Hurtáis, matáis, adulteráis, juráis en falso, quemáis incienso a Baal y vais tras dioses extraños que no habíais conocido, ¿y ahora venís y os presentáis delante de mí en esta Casa sobre la cual es invocado mi nombre, y decís: ‘Somos libres’, para seguir haciendo todas estas abominaciones?

No es cuestión de estructuras como creían quienes decían, aunque oprimamos al extranjero, al huérfano y a la viuda, aunque robemos, matemos y adulteremos, si venimos y celebramos el sábado, si adoramos en el Templo de Señor, seremos librados del castigo. En definitiva, cumplían con las estructuras y fallaban en la esencia: Celebraban el sábado pero hacían injusticia a su prójimo.

Por su parte, Isaías nos dice en un texto sumamente irónico cómo Dios ha enseñado a su pueblo los mandamientos y cómo a pesar de todo, ellos se obstinan en no  cumplirlos.

Dice Isaías 28: 9-12 ¿A quién se habrá de instruir? o ¿a quién se hará entender la doctrina? ¿A los destetados? ¿A los recién destetados? Porque mandamiento tras mandamiento, mandato sobre mandato, renglón tras renglón, línea tras línea, un poquito aquí, un poquito allá, porque en lengua de tartamudos, en lenguaje extraño, hablará a este pueblo. A ellos dijo: “Este es el reposo; dad reposo al cansado. Este es el alivio”, mas no quisieron escuchar.

En definitiva, dice el profeta, como a niños se les enseño los mandamientos y aún así no obedecieron. Y ¿cuál es este mandamiento?, responde el profeta diciendo: “Este es el reposo; dad reposo al cansado”. Uno de los pecados que con más insistencia los profetas achacaron a los de Samaria y de Jerusalén fue justamente el explotar a los pobres del campo. Es de notar que en aquellos tiempos en que se escribió este mandamiento de descansar el sábado y dejar descansar al hijo, al criado y al extranjero –que casi siempre era esclavo y no como se suele creer un turista-, se vivía en fincas cuyo dueño no trabajaba sino que hacía trabajar a sus empleados. Dios, para frenar la explotación señala un día de reposo. Igual señalará un año de reposo y además un año cada 49 que serviría para dar libertad a los que vivían en esclavitud. Como vemos, todos los mandamientos relacionados con el sábado tienen que ver antes que con el día en sí –si es el primer día de la semana o el último día de la semana- con el amor, el respeto y la responsabilidad de unos con otros.

Con todo, sigamos con nuestro relato de Jesús y veamos qué más nos enseña. Me imagino que los segundos que siguieron a aquellas palabras de Jesús –Mujer, eres libre de tu enfermedad- habrán parecido eternos. Todos en la sinagoga habrán quedado atónitos ante este gesto poco esperado de Jesús. La misma mujer no habrá sabido qué hacer, si creer o no a las palabras de Jesús. El texto continúa diciendo que Jesús puso las manos sobre ella, y ella se enderezó al momento y glorificaba a Dios.
Dice el texto del catecismo de Heidelberg[1] sobre el cuarto mandamiento que una de las razones por las cuales nos debemos reunir el día de reposo en la congregación es para invocar públicamente el nombre del Señor. Se menciona además en ese párrafo el Salmo 40: 9-10 donde el salmista dice: He anunciado justicia en la gran congregación; he aquí, no refrené mis labios, Jehová, tú lo sabes. No encubrí tu justicia dentro de mi corazón; he publicado tu fidelidad y tu salvación; no oculté tu misericordia y tu verdad en la gran congregación.

La actitud a la cual se nos invita en estos textos es al reconocimiento, a la proclamación pública de las misericordias del Señor. No puede permanecer oculto dentro de nuestros corazones el obrar del cual hemos sido partícipes.

Sin embargo, es duro decirlo pero en ocasiones podemos caer en la monotonía y alabar sólo porque eso está en el programa, cantar sólo porque es parte del culto y decir gracias a Dios sin una verdadera exploración de su obrar en nuestras vidas.

La mujer encorvada no tuvo que pensar tanto para darse cuenta de aquella misericordia de Dios para con su vida. Ante el gesto de Dios no podía menos que alabarlo y glorificarlo. Nosotros quizá necesitemos en ocasiones un poco de reflexión para reconocer a Dios obrando en nuestra vida pero el esfuerzo vale  cuando podemos dar gracias a Dios con el corazón convencido de aquel obrar Suyo.

La alabanza es un ejercicio por medio del cual Dios nos invita a explorar aquella misericordia manifestada en nuestras vidas. La alabanza, en su más simple y esencial sentido es gratitud a Dios. El día de reposo es el día en el que medito en aquella misericordia hecha por Dios a lo largo de la semana. Claro, el hecho de que no descubra nada no significa que Dios no haya estado obrando. He visto personas que por auto conmiseración, o por orgullo se niegan a mirar el obrar misericordioso de Dios. Los unos y los otros deben aprender a dejar de lado su egocentrismo para poder hallar a Dios sino sólo hallarán al dios que quieren encontrar y no al Dios único y verdadero.

Dice el texto que luego de que aquella mujer lanzó la alabanza de su vida, el alto dignatario se sintió indignado de que se hiciera una sanidad en sábado. Quiero aferrarme a la idea de que este hombre, con toda la más buena intención, quería alabar a Dios y que para él la única manera de hacerlo era manteniendo intactas las estructuras tal y cual él las había aprendido. Jesús manifestando amor en sábado contradecía sus estructuras y por ello rechazó el milagro.

Me hace pensar este problema del alto dignatario en las discusiones sobre si es sábado o domingo el día en el cual debe reunirse la iglesia. La gran mayoría de comunidades cristianas se reúnen en domingo siguiendo el ejemplo de las primeras comunidades cristianas que se reunían ese día como señala 1ra Corintios 16:2, y que lo hacían para celebrar la resurrección de Jesucristo que se realizó en domingo. Sin embargo, como hemos visto, más importante que el día, es lo que se hace en ese día. Un día domingo, o un sábado, con un culto excelente pero en el cual no hay amor cristiano, simplemente no es guardar el día de reposo. Un culto en el cual la gente está con celos contiendas y envidias, me temo, tiene a otro que a Jesús por Señor.

Finalmente, luego de todo el alboroto que se armó, Jesús termina hablando del Reino de Dios. Nos dice que una semilla de mostaza fue sembrada y el árbol que de allí surgió fue grande y sirvió de nido a las aves del cielo. Sin entrar en polémicas sobre qué representan las aves, me llama la atención el hecho de que Jesús nos habla del reino de Dios que germina ya en la comunidad cristiana pero que lo hace para ser un árbol que brinda un servicio y no un árbol que vive para sí mismo.
El último elemento que es consustancial al día de reposo, parece indicarnos Jesús es el servicio. Justamente un viernes murió Jesús crucificado para resucitar un domingo, entregándonos ese día en la tumba como servicio de amor y de entrega suprema. Morir por el prójimo es pues la muestra suprema de guardar el día de reposo.

Amor, Alabanza y Servicio, tres elementos sin los cuales un día de reposo no es sino uno más en la semana. Qué Dios nos ayude a cumplir con el día de reposo. Amén.


[1] El catecismo de Heidelberg es un leccionario protestante que enseña las doctrinas fundamentales de la fe cristiana por medio de preguntas y respuestas. Fue escrito en 1563 por dos discípulos de Juan Calvino y Felipe Melanchton, dos de os reformadores de la iglesia. Se lo puede encontrar en esta dirección: http://www.iglesiareformada.com/Catecismo_Heidelberg.html

5 comentarios en “EL CUARTO MANDAMIENTO

      1. Puede conectarse con nuestra cuenta de facebook. Allí puede encontrar algunos de nuestros amigos en Ecuador.
        Saludos.

  1. Esta muy bien el análisis, pero a mí me parece que sigue la clásica falacia bajo la cual el hombre busca anteponerse a Dios, en la búsqueda de algo “más cómodo”.
    Si Dios no hubiese querido santificar un día en especifico, jamás hubiera habido necesidad de incluir la palabra “séptimo”, sería suficiente la palabra “día”, sin embargo Dios claramente puso nombre y apellido “séptimo día”, por más que queramos acomodarlo a nuestro gusto. Seamos humildes, Dios es quien manda, amémosle y respetemos todo aquello que Él santifica.

    Dios les dé bendiciones.
    Iván
    Adventista del séptimo día.

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