No todo predicador que cita la Biblia es bíblico

“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría.” ( CORINTIOS 1 02 : 1 )

Las redes sociales nos han abierto a un mundo de predicadores así como de ideas que a nivel mundial se promocionan a diario. A menudo empezamos a ha escoger a nuestros favoritos en base a su elocuencia al hablar. Así, pues, cada creyente tiene sus predicadores favoritos o sus orientadores espirituales predilectos basados qué tan entretenidos o atractivos suenan.

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El texto de que mencionamos al inicio nos muestra una actitud en los tiempos del origen de la iglesia. Los creyentes de la ciudad de Corinto empezaron a seguir a uno y otro predicador en base a la elocuencia de los predicadores o a las sutilezas de sus maneras de predicar.

El apostol Pablo les muestra -y a nosotros también- que nos es la elocuencia lo que nos debe motivar a escuchar a un predicador sino su fidelidad al mensaje de Jesucristo.

Buen-Pastor

Cualquiera sea el canal por medio del cual estamos recibiendo algún mensaje de Dios, debemos evaluarlo en base a qué tanto nos aproxima a Jesucristo y no en base a que tan elocuente, carismatico, chistoso o convincente es.

En el Antiguo Testamento vemos que los israelitas muchas veces escucharon el mensaje de los falsos profetas porque era de acuerdo a sus deseos. Ananias le predica a Jerusalén bendición, abundancia y la destrucción de sus enemigos y fue querido mientras que Jeremías predicó de parte de Dios juicio por los constantes pecados de Jerusalé. Nadie quiso oírlo pero al final sus palabras se cumplieron.

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Escucha la Palabra de Dios, por dura e impopular que sea. Sera vida a ru espíritu.

Bendiciones

Los indignos entran al Reino

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¿Y si la iglesia fuera la que se excusa de participar en el banquete del Reino de Dios? Sabemos que la parábola que Jesús narra con motivo de un banquete tiene como trasfondo el rechazo del pueblo de Israel la llamado de Jesús a volverse a Dios ahora que el Reino se ha acercado. De todos modos, parece como si la historia se volviese a repetir con la Iglesia.

Jesús inicia su alegato luego de que uno de los convidados manifiesta su regocijo diciendo que realmente debe sentirse gozoso el que vaya a estar en el banquete del Reino de Dios. La idea que aquel hombre tiene en mente era una que compartían todos los judíos. Aquel día de la victoria del Señor, un gran banquete sería celebrado y estarían listos para el festejo aquellos que formaban parte del pueblo santo.

Jesús toma la palabra y menciona a tres individuos a los cuales les ha sido dada una invitación a un banquete. Los tres se excusan luego de haber dado su palabra de estar allí, en aquel banquete. La idea que plantea Jesús es la de un pueblo convocado a participar de la victoria de Dios y la manera cómo este decide rechazarlo.

La similitud la encontramos con el presente en aquellas circunstancias en las que los creyentes son convocados a participar de la vida en plenitud que implica servir a Dios y ser transformados por su Espíritu. La victoria ha sido dada por medio de Jesucristo, y nosotros hemos sido invitados a formar para de ese pueblo victorioso que es la iglesia, sin embargo, al igual que aquello tres que menciona el texto bíblico, muchos de nosotros optamos por excusarnos. Hay cosas que preferimos no dejar en este mundo y por las cuales estamos dispuestos a sacrificar la promesa de la vida eterna.

El primero en excusarse es el que ha comprado una finca y quiere ir a verla. Son los negocios los que retienen a este hombre al punto de preferirlos antes que a Dios. Hasta el día de hoy, los negocios siguen siendo un gran obstáculo para que muchos hombres y mujeres se comprometan con el Señor. Desde un negocio pequeño hasta un trabajo o una empresa, poco a poco nos dejamos absorber por las preocupaciones de dichas actividades y terminamos por despreocuparnos por nuestro crecimiento espiritual, por nuestro servicio al Señor, por nuestro seguimiento de Cristo. Estoy dispuesto a seguirte Señor, parece ser nuestro pensamiento, pero por el momento tengo otros asuntos que atender. Señor. Que otro te sirva. Para eso está el pastor. Que se vea a alguien que sirva, yo pago para que lo contraten. Todas estas no son sino evasiones para no querer reconocer que los negocios nos tienen atrapados y que no estamos dispuestos a ponerlos a una lado para seguir al Señor.

El segundo en excusarse es el que le dice que tiene cinco yuntas de bueyes que acaba de comprar y que desea ir a probarlas. En este caso, el aspecto en que se asemeja a nuestros tiempos es en la manera cómo las novelerías pueden distraernos del seguimiento de Cristo. En aquel tiempo era una nueva yunta de bueyes, hoy en día podría ser un carro, una casa, un partido de fútbol u otra cosa que nos distraen de nuestra necesidad de crecer espiritualmente. Nuestra sociedad actual se ha especializado en explotar la novelería de las personas, y muchos de nosotros caemos sin darnos cuenta de que esa novelería nos está apartando del Señor. Más importante que la adquisición de un nuevo vehículo, que un partido de fútbol o que cualquier otra novelería, es nuestro Señor y a Él debemos darle nuestro tiempo. No estamos planteando que pasemos todo el día en la iglesia. Sin embargo, si tan solo estamos acercándonos a la iglesia los domingos para el culto general, hay muchos que debemos empezar a corregir.

El tercero en excusarse es el que plantea que se acaba de casar. Este último justifica su inasistencia por medio de una ley que le permitía quedar exento de toda reunión durante el primer año de matrimonio. Este es el caso de aquellos que incluso buscan citas bíblicas que los excuse de servir al Señor. Que encontremos algún texto que nos justifique en nuestro descuido en el servicio, no significa que estamos exentos ante Dios. De hecho, cuánto no será la indignación de Dios al ver que alguien utiliza su palabra para justificar la pereza espiritual. Aún algo pequeño, o de algún modo, pero debemos velar porque nuestro espíritu siga creciendo por medio de servicio. Recordemos que sólo poniendo en práctica lo que aprendemos es que crecemos, no oyendo y oyendo y nada haciendo.

Frente a la actitud indignante de estos tres el dueño de la casa decide invitar a pobres, cojos, mancos y ciegos. La invitación que se hace a este grupo de personas no es en vano. Son aquellos de los qe se decía que no eran dignos del reino de Dios. Los judíos tenían una manera equivocada de entender la relación entre el pecado y la calamidad. Ellos daban por sentado que si una persona se encuentra enferma o en pobreza se debe a su pecado. En el relato de Juan 9:1ss vemos que Jesús rechaza esta manera de pensar. Mientras que los discípulos preguntan “quién pecó este o sus padres para que naciera así (ciego)”, Jesús les responde “ni este ni sus padres sino para que la gloria de Dios se manifieste en él”. No siempre se da una relación tan simple entre el pecado y la enfermedad. Y eso es algo que debemos recordar siempre.

De todos modos, para los convidados que habían rechazado la invitación al banquete, el grupo que se menciona era justamente el grupo menos digno de ser aceptado en el banquete. Y es justamente a ellos a quienes el amo de la casa decide invitar. Ya empieza a notarse aquí que lo importante, para Dios, no es que tengan su carnet de membresía sino que estén prestos para el Señor.

Que el mundo consideren que son indignos del Reino de Dios, le tiene sin cuidado. Es de mayor importancia ser siervos dispuestos para el cumplimiento de la justicia del reino que invitados de honor.

Una vez que han sido invitados estos primeros, el sirvo advierte que el lugar todavía no se ha llenado así que el Señor lo envía de regresos por más individuos que puedan ingresar al banquete.

Con todo, en esta segunda ocasión, el siervo debe ir a los campos a buscar personas que duerman a la intemperie. El siervo debe buscar vagabundos, ladrones, leprosos, etc. Personas que no entrarían a la ciudad y que deben resignarse a vivir como fugitivos. Ellos son llamados en lugar de los invitados del principio. Y al parecer, ellos están más dispuestos a volverse al Señor.

De cuál grupo somos, de los acomodados cristianos, que piensan que por asistir a la iglesia ya no es necesario obedecer al Señor o de aquellos indignos que sienten cómo la gracia de Dios se derrama sobre ellos y deciden ser obedientes en todo.

Ojalá y seamos indignos según el mundo pero acogidos por el Padre.

La pasión por estudiar la Biblia

Estudiar el texto bíblico a profundidad a muchos les puede parecer aburrido e infructuoso. La verdad es que muchos acercamientos al texto lo son. Cuando nos proponemos adentrarnos al texto por seguir una disciplina determinada a veces dejamos de lado aquel motor que nos impulsa a seguir adelante hasta las últimas consecuencias.

No es lo mismo estudiar un libro, seguir un curso o una carrera sintiendo a cada paso que es un deber que hay que cumplir en lugar de sentirlo como una pasión que nos come por dentro. No es lo mismo adentrarnos al texto bíblico llevados por calmar la conciencia que estudiarlo llevados por una pasión que nos come por dentro, que no nos deja dormir o pensar en otra cosas sino en tratar de ir más allá en la comprensión de un capítulo, de un verso o de una sola palabra.

Estudiar la Biblia es como estudiar cualquier otro libro, quizás hay momentos en los cuales estamos preparados para leer tal o cual parte del texto mientras que no lo estamos para leer otra más. Nos adentramos al texto como Sherlock Holmes en la escena del crimen, buscamos huellas, indagamos con los involucrados, dejamos a nuestra mente enlazar las evidencias que tenemos a mano para poder, al final de nuestro proceso, llegar a una conclusión.

Estudiar la Biblia es ir a un mundo desconocido, explorar una cultura extraña, desvelar misterios encubiertos y sacar a la luz un tesoro espiritual oculto en las profundidades del terreno cultural de la palestina antigua.

Estudiar la Biblia nos permite comprender no sólo las Palabras de Dios, sino aún las inquietudes que han afligido a los hombres a lo largo de miles de años. Quizás, una de las partes más apasionantes del estudio de la Biblia sea el poder identificarnos con las preguntas desafiantes de Job, con la indignación perturbadora de Habacuc o con la tristeza agónica de Jeremías. Cada uno de ellos trae a colación una pregunta, un interrogante que quiere plantearlo delante de Dios: Porqué el sufrimiento del justo, en quien confiar cuando todas las certezas se han ido o cómo escapar de la seducción que provoca sobre el ser humano la pregunta por lo trascendente (me sedujiste, Señor y me dejé seducir).

Estudiar la Biblia nos permite adentrarnos, no sólo en el plan de Dios sino en la mente y el corazón humanos, nos permiten conocer nuestra propia angustia, nuestro propio dolor y, más aún, la esperanza que yace dormida en el corazón de todos los hombres que, como semilla de Cristo, se halla presente en todos esperando a poder germinar.

Estudiar la Biblia es un hermoso cuando va de la mano la pasión por el texto, el desafiante deseo de llegar hasta las entrañas de nuestra propia existencia de nuestro sentido vida.

Estudia la Biblia pues en ella hay palabras de vida eterna…

¿Qué significa unción?

El argot evangélico gusta de usar palabras como unción, ungido o ungir con mucha frecuencia pero, muchas veces, sin un claro conocimiento de su significado. En ocasiones, incluso, estos términos, parecen ser usados sólo con el propósito de llamar la atención entre los creyentes. Un espectáculo que atraiga gente y que conmueva a los presentes es catalogado de “ungido” mientras que un culto que no atrae muchas personas y que se desarrolla de manera sobria es considerado como la antítesis de la unción de Dios. El texto bíblico tiene otra idea de lo que es la unición. La Biblia relaciona la unición de Dios más bien con un llamamiento a la obediencia y al seguimiento.

Juan Stam, teólogo nacionalizado costarricense y un  profundo estudioso de la Biblia, nos expone en el siguiente artículo el sentido correcto de la palabra “unción” según el texto bíblico.

Una frase muy popular en ciertos círculos es “la unción” o más frecuentemente, “una unción”, seguida por adjetivos superlativos como “muy especial”, “muy poderosa”, etc. “Dios derramó una unción de lo alto” se oye a menudo, o aun por anticipado, “habrá una unción divina muy especial”, “una unción muy especial está cayendo del cielo” o “Fulano es un predicador muy ungido”. Es impresionante como en cada maratónica de Enlace se oye la misma frase: “se siente una tremenda unción aquí, es un poderoso mover del Espíritu ” o “hay una tremenda atmósfera de milagros aquí” (¿qué sería una maratónica sin este “tremendismo” retórico?). ¿Creerán esos hermanos y hermanas que se puede programar al Espíritu Santo? ¿O será que sin darse cuenta ellos mismos están manufacturando artificialmente esos sentimientos, que no serían entonces exactamente “de lo alto”? Parecen haber olvidado que “el Espíritu sopla donde él quiere”, no como nosotros le programamos y lo manejamos.

¡Qué refrescante sería escuchar alguna vez una confesión sincera, “Hoy el ambiente no sentimos ninguna unción, vamos a suspender la maratónica para este mes”. Por lo menos sería lindo no tener escuchar esas pretenciosas frases rimbombantes de siempre. Por supuesto, eso es impensable, pero ese silencio, aunque una sola vez, sería una buena señal de autenticidad.

La Academia Real capta bien el uso popular de estas palabras: “3. Gracia y comunicación especial del Espíritu Santo, que excita y mueve al alma a la virtud y perfección; 4. Devoción, recogimiento y perfección con que el ánimo se entrega a la exposición de una idea, a la realización de una obra, etc.”; Untuosidad [santurronería]. Un diccionario ingles define su uso religioso como “3a: fervor religioso o espiritual; 3b: una intensa seriedad exagerada, asumida o superficial, en lenguaje o conducta” (Meriam Webster).

Eso corresponde de cerca al uso del término hoy, pero no corresponde para nada a su sentido bíblico. Veamos como la Biblia emplea estos términos, comenzando con el Antiguo Testamento:

En el hebreo el verbo “ungir” significaba “echar un líquido (especialmente aceite) sobre una persona u objeto, o untarlo con dicho líquido”. Se usaba para pintar una casa (Jer 22.14; cf. Ezq 23.14) o de perfumar el cuerpo (2Sm 12:20; Ezq 16.9; Am 6:6; Sal 92:10; cf. Mt 6:17). En ese uso, expresa alegría y bienestar (Sal 23:5; 92:10). Pero se uso más típico era para el ungimiento de un nuevo rey, equivalente funcional de la coronación. La típica construcción gramatical en hebreo, con LeMeLeK (“a ser rey”), con el sentido “ungir como rey” (al puesto de rey) muestra que se refiere a un cambio de status de la persona (Botterweck Tomo IX p.45), no a alguna experiencia religiosa especial. El Antiguo Testamento narra el ungimiento de nueve reyes, dos de ellos paganos (Azael de Damasco y Ciro de Persia). Relata también la unción de los sacerdotes y algunos profetas, que los “santifica” a ellos (los separa para el servicio de Dios), como también al “evangelista” escatológico de Isaías 61. A veces es Dios mismo quien los unge (1Sm 10:1).

El Nuevo Testamento afirma que Dios ungió a Jesús (Lc 4:18; Hch 4:27; 10:38; Heb 1:9) pero a ningún otro individuo particular. Más bien, San Pablo afirma que Dios nos ha ungido a todos: “Dios nos ungió, nos selló como propiedad suya y puso su Espíritu en nuestro corazón, como garantía [arras] de sus promesas” (2Co 1:21). ¡La unción del Espíritu, igual que el sello y las arras, son de todo creyente desde el momento en que cree (Ef 1:13-14; 4:30; 2Co 5:5; cf. el bautismo por el Espíritu, 1Co 12:13). Estos dones del Espíritu son aspectos propios de la misma salvación. El N.T. nunca nos exhorta a buscar la unción, ni habla de que alguien lo perdiera, ni que disminuyera y aumentara. Dios nos unge con el don de su Espíritu que mora en todos nosotros desde nuestro nacimiento como hijos e hijas de Dios.

El sustantivo “unción” (jrisma) aparece sólo tres veces en el Nuevo Testamento, en las sorprendentes palabras de 1Jn 2:20,27:

Todos ustedes, en cambio, han recibido unción del Santo,
de manera que conocen la verdad.
No les escribo porque ignoren la verdad,
sino porque la conocen
y porque ninguna mentira procede de la verdad…
En cuanto a ustedes,
la unción que de él recibieron permanece en ustedes,
y no necesitan que nadie les enseñe.
Esta unción es auténtica — no es falsa —
y les enseña todas las cosas.

Este texto — el único en el N.T. que habla de “unción” — afirma dos veces que la unción del Santo pertenece a todos los creyentes, sin excepción. De esa manera la enseñanza paulina sobre el tema se reafirma con aun mayor énfasis en una epístola juanina. En segundo lugar, la unción tiene que ver con conocimiento y sana doctrina; no tiene nada que ver con miradas piadosas, gritos y susurros, historietas sacalágrimas, música de trasfondo a veces dulce, a veces estridente; en fin, unción y emocionalismo no tienen nada en común. En tercer lugar, como conclusión: los fieles cristianos y cristianas no necesitan maestros, pues no tienen nada que aprender de las vanas especulaciones de los presuntos “sabios” que inventan novedades en vez de escudriñar fielmente la Palabra, de la mano del pueblo de Dios, que son todos “carismáticos”, portadores del Espíritu. (Este último punto significa que los pastores y maestros no deben ser autoritarios ni reprimir la sana criticidad en el pueblo).

Es obvio que nuestro uso del término “unción” dista mucho del sentido bíblico. Pero no quiero que se malinterprete este argumento. Mi crítica del abuso de una palabra, y de todo intento de poner fuego artificial en el altar de Yahvéh, no significa que no necesitemos “un mover del Señor” y que Dios no quiera derramar su Espíritu sobre su pueblo. Pero eso tiene que ser un mover de Dios en su libertad divina, no un esfuerzo nuestro de “mover” a Dios. Ni debe ser esa malentendida “unción” la meta de nuestra labor, ni aun el enfoque de nuestra atención. No son lo mismo emoción y emocionalismo, pero fácilmente nos confundimos y se nos olvida esa diferencia.

Termino con un homenaje póstumo a un predicador del evangelio, fallecido recientemente, con quien no siempre estuve de acuerdo pero a quién admiré y quien me edificó con su ministerio. Me refiero al hermano David Wilkerson. Era uno de los predicadores más emocionales de nuestro tiempo, pero su emoción era genuina y profunda, un dejarse mover por el Espíritu de Dios hasta las fibras más sensibles de su ser. Sus mensajes tenían sólido contenido bíblico. Era emocional pero no emocionalista. Era capaz de llorar largos minutos de sollozo ante el Señor en medio sermón, pero nunca capaz, creo yo, de simular emociones que no nacían al pie del trono divino, en la presencia del Señor de señores. Y jamás hubiera pretendido ser un “ungido”; más bien decía que él no era “profeta” — pero eso sí, tenía una profunda palabra profética para el pueblo de Dios.

¡Gracias buen Dios por nuestro hermano, tu siervo, David Wilkerson!

Tomado de: http://www.elblogdebernabe.com/2011/06/que-significa-uncion-por-juan-stam.html

Las adversidades y el plan de Dios

Muchas personas desearían no tener que pasar por los problemas que se encuentran atravesando. Ojalá y todos aquellas adversidades se fueran con un chasquido de dedos. Sin embargo, allí están. Hay quienes buscan de Dios en estos momentos de adversidad con el único propósito de que los libere de todas esas angustias. Sin embargo, no es extraño que dichas adversidades continuen aún después de haber orado y pedido a Dios por aquellos problemas.

Alguien ha dicho que nuestra sociedad actual es la sociedad del analgésico. Esto es, deseamos que todo se resuleva con alguna pastilla. No deseamos pasar penas o dificultades, deseamos pasar siempre por encima de aquellas. Esto, lastimosamente nos ha vuelto insencibles al obrar de Dios por medio de la aflicción.

Uno de los ejemplos más importantes de la Biblia respecto del obrar de Dios en la aflicción es Job. Atribulado por los problemas que se amontonan uno tras otro, puede ver este hombre cómo Dios van obrando y moldeando a través de este tratar especial. Asimismo, vemos en el Nuevo Testamento un Pablo de Tarso que debe pasar tribulación tras tribulación siendo golpeado a cada momento por nuevas adversidades. De todos modos, este hombre, vez tras vez, dice gloriarse en sus tribulaciones.

La adversidad, comprende Pablo es un momento especial en el obrar de Dios. Los problemas nos ayudan a crecer. Las dificultades sacan a relucir aspectos de nuestra vida y de nuestra fe que de otro modo no conoceríamos. Decía un poeta latino de los tiempos de Jesucristo: “En los contratiempos, sobre todo, es en donde conocemos todos nuestros recursos, para hacer uso de ellos”.

No es sino en la adversidad donde podemos aprender a confiar en Dios. En otras circunstancias, Dios sigue siendo la salida de emergencia. En las dificultades, Dios termina siendo, muchas veces, la única salida. Allí en el desierto nuestro corazón no puede aferrarse a los títulos, al dinero, ni a las amistades. Allí en el desierto Dios habla a  nuestro corazón y nos dice: confía en mí yo te sacaré de aquí.

Las adversidades forman parte de la vida y debemos aprender a vivir con ellas. Es más, las adversidades formás parte del proceso de crecimiento espiritual que Dios quiere en nosotros y por ello debemos dejarlo trabajar en nosotros. Un predicador cristiano del siglo XVII decía: “No es bueno que todo suceda como deseamos. Cuando todo nos sonríe en el mundo, nos apegamos a éste muy fácilmente y el encanto es muy fuerte. Por eso, y porque Dios nos ama, no permite que durmamos mucho y muy cómodamente en este lugar de destierro”.

Este día dominago hablaremos un poco más a fondo sobre las adversidades en base a las palabras de Pablo en Efesios 3:1, “por esto yo, Pablo, estoy preso por Cristo Jesús para bien de vosotros, los paganos…” Los esperamos en cualquiera de los dos cultos.

LA PREDICACIÓN

Al delimitar el tema de la predicación por medio de una definición podemos hallar diversos acercamientos, todos muy importantes y útiles. Aquí tenemos algunas definiciones dadas. La predicación es:

  • Una interpretación oral de la Palabra de Dios a su pueblo reunido a través de la cual habla y obra en sus vidas (E. Achtemeier)
  • Un mensaje cuya estructura y pensamiento derivan de un texto bíblico, que cubre el enlace del texto y que explica sus características y su contexto para revelar los principios duraderos para pensar, vivir y adorar con la fidelidad que el Espíritu, quien inspiró el texto, quiso comunicar. (B. Chapell)
  • La explicación autorizada del Espíritu y la proclamación del texto de la Palabra de Dios con la debida atención al significado histórico, contextual, gramatical y doctrinal del pasaje dado, con el objeto específico de invocar una respuesta transformadora de Cristo. (Stephen Olford)
  • Es explicar un pasaje de manera tal como para guiar a la congregación a una aplicación verdadera y práctica del mismo. (W. Liefeld)
  • Interpretación teológica de la vida, preferiblemente en el contexto del culto cristiano. (P. Jiménez)

Existe una más y que nosotros la acogeremos por considerar que es la que más se adapta a lo que hemos venido diciendo más arriba. Se trata de la definición de Orlando Costas quien dice que la predicación tiene que ver con “compartir a Cristo con otras personas y así introducirlas a una relación íntima con Dios”. El aporte que nos dan los planteamientos anteriores puede ser resumido con el contenido de la predicación y la importancia de nuestra fidelidad al mismo. Así también nos recuerda la importancia de reconocer el perceptor de nuestro mensaje, sus presupuestos e inquietudes. Quizás sea la última definición la que más difiere del resto. Se trata, para Pablo Jiménez de la interpretación, no del texto bíblico sino del texto de la vida creyente en base a la lente del texto sagrado. Se trata, como veremos más delante de un cambio o inversión que se ha venido gestando a lo largo del siglo XX en la reflexión teológica de la predicación.

La predicación debe llevarnos a un encuentro con Jesucristo. Para nosotros esta es la meta fundamental de la predicación cristiana. Evidentemente, la predicación posee elementos éticos pero estos, a su vez parten del encuentro con Jesucristo, no son previos al mismo.

Ahora bien, nuestro acercamiento a Jesucristo sólo es posible a partir de un acercamiento interpretativo al texto que nos habla de Él, es decir, la Biblia. Es por ello que no podemos predicar sin anclar nuestras reflexiones al texto bíblico. La labor de los predicadores se relaciona, entonces, con recorrer el camino de vuelta a Cristo, a través del texto, estableciendo un puente con otra cultura (la bíblica) y transmitiendo el mensaje cristocéntrico qe extraemos de allí a la gente de la actualidad en términos que sean comprensibles para ellos.

En el esquema que tenemos arriba podemos ver sucintamente expuesto el proceso que nos lleva del Texto a Jesucristo y de vuelta a la Congregación.

En este esquema encontramos dos círculos representando los dos contextos culturales que necesitamos conectar: El bíblico y el contemporáneo. Vemos que en el centro del primer círculo se halla Cristo. Esto es puesto que Cristo, al encarnarse se presentó en un contexto cultural específico y habló en medio de dicho contexto. Cuando los discípulos decidieron contar la historia de Jesús lo hicieron usando ese bagaje cultural que les daba el contexto histórico en el que vivieron. A su vez, cuando decidieron poner por escrito el mensaje bíblico, lo hicieron en términos de dicho contexto. Esto quiere decir que expresaron el mensaje de Jesucristo usando la cultura de su tiempo y esto incluye el lenguaje.

Ahora, cuando nosotros nos acercamos al texto bíblico lo hacemos desde nuestro propio contexto cultural del siglo XXI. Esto puede ser contraproducente pues podemos malentender o malinterpretar el texto bíblico pues no lo estamos leyendo a través de los lentes del contexto cultural que usaron quienes escribieron el texto.

Este problema se soluciona en parte por medio de una Análisis del contexto. Sea en la Biblia o sea fuera de ella buscamos elementos que nos permitan entender el contexto cultural de Jesucristo así como de los redactores del texto Bíblico.

Teniendo en cuenta este contexto cultural en mente hacemos un análisis del texto bíblico. Intentamos “ponernos en los zapatos” de los destinatarios del texto bíblico. Este acercamiento nos permite superar, en parte, la distancia cultural y llegar hasta el mensaje bíblico y, a través de él, a Cristo.

El siguiente paso podríamos decir que es el propiamente homilético. Llevamos aquel mensaje a la congregación a la que vamos a predicar. Evidentemente, la comunicación de dicho mensaje a la cultura contemporánea amerita que seamos también buenos exégetas de nuestra cultura de modo que aquel mensaje arcaico de hace dos mil años cobre vida en nuestra cultura.

Los tres pasos del Sermón

O. Costas considera al sermón como un discurso que tiene por objetivo persuadir. Esto lo introduce de lleno en la temática de la retórica. Ahora bien, dentro de esta rama, Cicerón distinguía tres momentos en la invención de todo discurso:

  1. Invención.- ¿Qué decir?
  2. Disposición.- ¿En qué orden decirlo?
  3. Elocución.- ¿Cómo decirlo?

La Invención

Efectivamente, encontrar y decidir lo que se ha de decir es sin duda importante y algo así como el alma del cuerpo” (Cicerón). La invención es el primer paso de toda disertación. En este paso, indagamos todo lo necesario referente al tema que debemos tratar. Debe conocer los puntos fundamentales referentes al tema que se halla analizando. De tratarse de un discurso clásico, deberá conocer los argumentos a favor y en contra de su propuesta. De este modo se podrá hacer una idea general del tema y, hasta cierto punto se volverá un experto en el tema que va a tratar1.

En el caso de la predicación, el tema general nos es dado de antemano (Cristo) aunque podemos variar en base a las posibilidades concretas de cada texto que seleccionemos.

Así, por ejemplo, si nos avocamos a tratar un texto como Romanos 13:1, un análisis completo del libro de Romanos nos permitirá encuadrar dicho texto dentro de su contexto y de este modo, nos permitirá constatar el papel que este tema (la autoridad) desempeña en el ámbito del seguimiento de Cristo. De todos modos, sin perder de vista el trasfondo cristológico del contexto, podemos centralizar nuestra reflexión en el tema de la autoridad como tal.

Quizás debamos aclarar que esto no implica que nuestra disertación pueda tomar el texto como pretexto para exponer nuestras propias convicciones respecto de la autoridad. Es aquello que el texto plantea sobre la autoridad lo que debe ser expuesto.

Si el texto es oscuro, o nos parece que se halla en conflicto con otros textos de la Biblia, es necesario hacer un análisis más amplio, considerando aquellos otros textos que tratan directa o indirectamente sobre nuestra temática.

Quizás el mayor problema se dé cuando finalicemos la tarea del análisis y nos dispongamos a llevar a nuestra congregación aquel alimento espiritual. Muchos podemos ser tentados de llevar al sermón todo lo que hemos descubierto en los análisis. Esto es contraproducente pues avasalla al auditorio de información que en menos de 24 horas habrá olvidado y le quita fuerza al tema central. Es mejor dar varios golpes a un solo clavo que dar un golpecito a cientos de clavos.

Es necesario seleccionar de entre el material que ha sido compilado aquello que es necesario y separarlo de aquello que nos es útil. Lo primero es aquello sin lo cual el objetivo central no puede ser logrado. Lo segundo son aquellos elementos útiles para el investigador bíblico para que pueda tener una mejor panorámica del tema.

Por otro lado, es necesario también ser muy meticulosos en la selección del texto bíblico que usemos para la predicación. En la selección del texto bíblico o de la temática a ser expuesta, el predicador debe ser consciente de las necesidades e inquietudes de la congregación. Debe reflexionar en las problemáticas que afectan a la población del sector. Debe conocer aquellos problemas que afectan a la congregación aunque esta no sea del todo consciente de ellos. En fin, debe tener en cuenta a su población objetivo el momento de seleccionar los textos bíblicos que usará para su predicación.

Valdría tan sólo añadir a esto que es adecuado preparar con antelación un programa de sermones que provea a la congregación de un alimento espiritual surtido y nutritivo para sus almas. Esto nos evita perder el tiempo pensando cada semana sobre qué predicar y a su vez nos ayuda a equilibrar nuestra predicación entre diversas temáticas.

La disposición

El buen orador, decía Ciceron, “una vez que haya encontrado lo que va a decir, ordenará estas ideas con gran diligencia” (Cicerón). Dentro de la predicación bíblica tenemos dos extremos en este ámbito. Hay quienes opinan que la disposición de los argumentos o ideas de un sermón deben ser en el mismo orden que el que se halla en el texto bíblico. Por otro lado hay quienes prefieren desentenderse por completo del orden de argumentación del texto bíblico.

Un vistazo al modo en que han sido ordenadas las ideas en el texto bíblico puede ser muy útil, no obstante, no debe volverse una camisa de fuerza. Debemos recordar que lo fundamental de nuestra exposición es el resultado final, la consecución del o los objetivos que se han propuesto en un inicio. Hay textos bíblicos –mayormente las cartas de Pablo- en los que el autor realiza una pormenorizada lista de argumentos a favor de su idea con el fin de persuadir a los oyentes de vivir de determinada manera. En muchas ocasiones, los argumentos que son dados, son pensados en función de la población objetivo a la que esta disertación se dirige. Sin embargo, nuestra población objetivo, no se halla agobiada por judaizantes, ni se halla afincada en los textos veterotestamentarios de tal modo que su única fuente de verdad sean los relatos que vienen de allí. Usar los mismos argumentos sería contraproducente si los usamos para hablar a personas que nunca han oído los relatos del Antiguo Testamento, por ejemplo. Es evidente, que en este caso, podría ser más importante descubrir el objetivo final del autor para, en base a él, desarrollar nuestra propia secuencia argumentativa.

La elocución

Después de la invención, la elocución es quizás el elemento más difícil de la predicación. Dice al respecto Lloyd Perry:

El primero y más urgente de los problemas de quien habla en público es el de hacer[se] entender. En el logro de esta meta de la comunicación oral a nivel público no hay elemento de la retórica más difícil de dominar que el estilo, con la salvedad de la invención. El presidente estadounidense Jefferson dijo una vez que, “aparte del bautismo del Espíritu Santo, el don más indispensable para todo predicador es el del dominio de su idioma. No debe retaceársele tiempo alguno al perfeccionamiento del estilo del predicador” (Perry, 1976: 51).

Si esto era cierto en los tiempos de Agustín, de Lutero o de Spurgeon, lo es aún más en nuestras tiempos. La sociedad contemporánea presente grandes desafíos para el predicador.

1 En el caso de la predicación el mayor problema es el tiempo pues se trata de preparar una exposición bíblica cada semana por lo que no se cuenta con el suficiente tiempo como para profundizar lo suficiente en el texto que se ha de predicar. De todos modos, la ventaja se halla en el hecho de que nuestro texto de base para todas nuestras disertaciones siempre será la Biblia por lo que podemos seguir especializando en ella a medida que seguimos predicando semana tras semana sobre la base de su contenido.