El Croissant

Hace varios años, cuando estuve estudiando francés, recuerdo que nos enseñaron que la palabra croissant venía de esa lengua y que significaba “creciente”. La forma particular que tiene aquel tipo de pan como de una luna creciente es lo que hacia que se lo denominará de esa manera.

Emocionado con mi recién aprendida palabra fui a una cafetería cercana y pedí un café americano y un croissant – y me esforcé por pronunciar la palabra como me habían enseñado-.

El mesero me quedó mirando y me dijo: qué? A lo cual volví a insistirle: un croissant pero por segunda vez ñ entendió mi pedido. Así que señale al en dirección al pan que podía verse en una vitrina. El lo miro y con una sonrisa me dijo: Ah! Un ‘cachito’

Le dije: Sí.

Curiosa situación la que pase y en la cual me sentí avergonzado por tratar de darme de muy entendido en temas particulares. La verdad es que regreso a ver ese momento y pienso en las ocasiones en que, como creyentes también, hablamos de maneras muy particulares, decimos cosas muy rebuscadas que solo quienes viven con una Biblia bajo el brazo pueden entender.

Veo a Jesús compartiendo el mensaje del Reino de Dios en términos tan sencillos que hasta el más iletrado de su tiempo podía entenderlo y podía gozarse con él por su pronta venida. Veo a los profetas usando su vida misma para manifestar el mensaje que les había sido compartido para el pueblo. Veo a Dios mismo haciéndose metáfora en Jesucristo para explicarnos quién es él y como es su amor. Veo todas estas manifestaciones de su gracia y luego veo nuestras actitudes como creyentes y me siento un poco avergonzado. El mensaje por el cual Jesús se desvivía por hacerlo comprensible nosotros parecemos esforzarnos en hacerlo complicado. La buena nueva la llenamos de trabas de tal manera que la alegría que debería transmitir se ve trucada por un gesto amargo en la exposición.

Nos hace falta volver a los campos de Galilea, escuchar a Jesús hablándoles a los campesinos y enseñándoles la bienaventurada vida que nos ha sido ofrecida en el Reino de Dios.

La Reforma Protestante y su legado para nosotros

En su momento Martin Lutero, un monje agustino alemán, publicó en la puerta de la catedral de Wittenberg noventa y cinco puntos o tesis que, a su parecer, debían ser debatidos por los estudiantes de teología de la universidad de aquella ciudad. El manuscrito estaba en latín, por lo que el mismo no pretendía encender la mecha de la revolución sino simplemente llamar a un debate entre clérigos.

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El mensaje fue traducido al alemán por la gente de la ciudad que vio lo revolucionario de sus ideas y, aprovechando la imprenta de tipos móviles que hacía poco menos de 70 años había sido inventado por Johannes Gutenberg, la difundió por todo el norte europeo.

Este fue el inicio de la Reforma. De todos modos, muchos elementos políticos, económicos, así como también religiosos se mezclaron para fraguar este evento de trascendental importancia para el futuro del cristianismo. No sólo fue el ímpetu reformador de Lutero lo que impulsó este suceso -aunque sin él probablemente las cosas hubiesen tardado mucho más en gestarse y quizás se hubiesen desarrollado de otra manera-, también estuvieron detrás el anhelo de una justificación religiosa para sus intereses independentistas por parte de los príncipes alemanes, así como la visión imperialista de Carlos I de España, quien dos años más tarde se convertiría en el emperador Carlos V del Sacro Imperio Románico Germano.

Por otro lado, la crisis de la iglesia católica en ese momento de la historia es verdaderamente alarmante. Así, por ejemplo, la presión que ejercieron los reyes católicos de España (abuelos de Carlos I) sobre el papado llevaron a este último a delegar en el poder político la autoridad de decidir sobre los arzobispos de las tierras bajo su poder. El caso más escandaloso en su tiempo será el del nombramiento de Alonso de Aragón, hijo ilegítimo del Rey Fernando el católico como arzobispo de Saragoza en 1475. Ante las presiones del Papa, este nombramiento se aplazará hasta 1478 cuando, con la venia papal, es nombrado el muchacho de 8 años de edad como arzobispo de la ciudad.

Los escándalos, a su vez, que vienen de la santa sede y el excesivo gasto que realizan en las diferentes expresiones artísticas enardecen aún más al pueblo creyente de Europa. De igual manera, todos los comentarios que se van desarrollando alrededor de la casa de los Borgia (Alejandro VI pertenece a esta familia) hacen cada vez más político que religioso el tema del papado.

La reforma protestante va plantear entonces una serie de cuestionamientos que hoy en día nos hacen bien recordar.

La relevancia de la Biblia como norma de fe y conducta.

Ante los abusos que se cometen de la tradición en favor de determinadas políticas y cierto tipo de prácticas y costumbres, la iglesia va perdiendo crédito como receptora de la verdad y la moral. Frente a este vacío ético, nos plantea Martín Lutero al texto bíblico como el ente normativo, no sólo de los creyentes, sino también de la iglesia y de sus autoridades.

Hoy por hoy se vuelve necesario recordarlo frente a tantos movimientos cristiano-evangélicos que empiezan a hacer lo que en su tiempo se hizo con la tradición: torcer el texto hasta que diga lo que nos interesa que diga. Es muy común escuchar en muchos púlpitos prédicas que surgen de algún texto tomado de manera aislada con el fin de elaborar sobre el mismo doctrinas que nada tiene que ver con el espíritu del texto.

Al igual que en los tiempos previos al renacimiento, en los cuales la interpretación alegórica de la Biblia había llegado a excesos inimaginables, hoy en día se ha vuelto a poner de moda el alegorismo en la interpretación del texto. No interesa lo que el texto, es decir, el autor quiso hablarnos, sino que de manera ociosa se superpone una interpretación fantasiosa que sea más del agrado de la gente y que apele de manera más efectiva a las emociones.

Poder considerar a la Biblia como la norma de fe y conducta nos planteaba como propuesta de fondo, evitar que determinadas autoridades o eventuales carismáticos de turno se aprovecharan la fe para absolutizar en sus manos el poder. La Biblia como autoridad última nos impele a un determinado grado de democracia al interior de las iglesias pues, delante de ella todos somos iguales. De hecho, el erudito bíblico, no debía ser visto como la máxima autoridad de la iglesia sino como un instrumento a través del cual la iglesia podía tener más claro el mensaje bíblico.

La iglesia no determinaba el mensaje bíblico, sino que el mensaje bíblico debía determinar el anuncio de la Iglesia. Pero, esto planteaba otro problema: cómo podemos confiar en la veracidad de los enunciados de los eruditos bíblicos.

La razón como guía del estudio de la Biblia

Muy a menudo se suele recordar que Martín Lutero en dieta de Worms dijo que no se retractaría a menos que lo convencieran por medio de las Escrituras. No obstante, olvidamos la segunda parte de sus palabras. El dijo que no se retractaría “a menos que sea convencido mediante el testimonio de las Escrituras o por razones evidentes”. Martín Lutero considera en ese momento a la razón humana en un nivel similar que las Escrituras. Para él hasta cierto punto, la razón humana puede llegar a las verdades bíblicas si actúa en todo rigor.

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De allí surgirá algo que será muy importante para el desarrollo del protestantismo: el estudio racional de la Biblia. No podemos considerarnos protestantes si despreciamos el uso de la ciencia y de la razón para el estudio de los textos bíblicos. Es un hecho de la exégesis, el estudio histórico-crítico de los textos bíblicos son el resultado de las convicciones que se encuentran germinalmente en Martín Lutero.

Durante el siglo XIX se dieron ciertos excesos en el análisis científico de los textos bíblicos de los cuales nació la teología liberal la cual despoja a la Biblia de su razón de ser y desmenuza a Jesucristo hasta entregarlo como un cadáver diseccionado a su esposa la iglesia. Sin embargo, estos excesos no deben disuadirnos del análisis racional de la Biblia. Esa tricotomía del amor a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas debe vivirse en el estudio serio de la Palabra.

Esto nos llama la atención hoy en día ya que nos encontramos con movimiento pseudomísticos que dejan de lado la razón para enfocarse meramente en “lo sobrenatural”. Se pierde el rigor en el estudio y se da lugar a expresiones extáticas que nada tienen que ver con el cristianismo. Los nuevos modelos de adoración y liturgia que se han puesto de moda en todas las iglesias evangélicas durante los últimos 25 años sólo apelan a las emociones, exaltan las pasiones y buscan llevar al pueblo de Dios a un estado de trance o histeria colectiva propio de manipuladores y que en nada se parece a los relatos bíblicos o a las narraciones de los milagros de Jesús.

Hemos hecho de los cultos cristianos meros espacios de catarsis emocional que liberan a las personas de su estrés pero que en nada cambia su manera de ser, o, peor aún, los vuelven cada vez más fanáticos y adictos de este tipo de experiencias “sobrenaturales”.

El mensaje de la cruz es el mensaje del evangelio

A veces se nos olvida o quizás nunca le hemos dado un vistazo a esas famosas 95 tesis de las que tanto se hablan. Las tesis 92 a 95 en particular son bastante impactantes y también relevantes para nuestros días.

  1. Que se vayan, pues todos aquellos profetas que dicen al pueblo de Cristo: “Paz, paz”; y no hay paz.

  2. Que prosperen todos aquellos profetas que dicen al pueblo: “Cruz, cruz” aunque no haya cruz.

  3. Es menester exhortar a los cristianos que se esfuercen por seguir a Cristo, su cabeza, a través de penas, muertes e infierno.

  4. Y a confiar en que entrarán al cielo a través de muchas tribulaciones, antes que por la ilusoria seguridad de paz.

Martín Lutero se indignaba al ver cómo se ofrecía a todos los creyentes de su tiempo paz y prosperidad a cambio del pago de las indulgencias. La fe se había vuelto un negocio y muy rentable. Ante esto, Lutero reclama y pide que se vayan aquellos predicadores de la paz y la prosperidad que no son verdaderos predicadores del evangelio. Por el contrario, plantea Lutero, quienes deberían ser alentados son aquellos predicadores que le recuerdan al pueblo de Dios que el seguimiento de Cristo no es fácil. Que ser discípulos del Señor no es un paseo por el campo sino, en muchas ocasiones, un camino de gran tribulación.

Las ilusorias promesas de los falsos maestros deberían ser reprendidas pues engañan a la gente y pervierten el evangelio.

Es exactamente lo que se debe volver a proclamar. Que las promesas de prosperidad, abundancia, riquezas que tanto se proclaman hoy desde tantos púlpitos deberían ser reprendidas mientras que el mensaje verdadero del evangelio debe volver a ser enaltecido. Muchos púlpitos han dejado de ser altares de la Palabra de Dios para convertirse en escenarios desde los que se exponen mensajes motivacionales, discursos de autosuperación, lecciones de liderazgo, etc. El mensaje del evangelio que edifica, pero también reprende, que redarguye, pero también afirma, ese es el mensaje de que debe ser predicado.

Es triste escuchar prédicas que tienen más elementos extraídos de “piense positivo”, “declárelo y será suyo”, “confiesa las promesas de Dios para su vida”, etc., que verdaderos análisis de la Palabra de Dios. En un par de ocasiones me he preguntado realmente “para qué llevé la Biblia a la iglesia si no la usaron para nada”. En varios videos de pastores de fama internacional he podido ver mensajes en los cuales la Biblia no tiene ningún valor. Por dar un caso, una predicación pude ver en la que se citaba un texto bíblico y ante la impaciencia del predicador por no lograrlo encontrar (era un profeta menor), decidió cerrar su Biblia y seguir su prédica sin ella ¿Cómo una iglesia que proclama que el Rey es Jesús puede hacer eso con la Palabra?

La Iglesia debe guardar distancia de la Política

Un último tema que surge de aquellos inicios de la reforma protestante es el reclamo hecho a una Iglesia que había hecho de la política su herramienta y a un Estado que había hecho de la Iglesia su sirvienta.

Todos los problemas que la Iglesia Católica tuvo durante la era del renacimiento surge de la mezcla de la política con la religión.  Hay historiadores que plantean que estos problemas iniciaron cuando Pipino el breve, padre de Carlomagno, entregó en manos de la Iglesia de Roma 22 ciudades de la zona central de Italia conquistadas por él. Con ellas surgió en el siglo VIII el Estado Pontificio y con ello surgieron las ansias de poder, el deseo de llegar al papado, no por el servicio sino por las riquezas que implicaban.

El vínculo entre política y religión no es nuevo y no finalizará allí. Y los protestantes no dejarán de ser tentados con el tiempo por la política. La iglesia Luterana se dejó seducir en el siglo XX por Hitler y su propuesta de una Iglesia Alemana fuerte bajo la égida del Reich.

Berlin, Dom, Einführung des Reichsbischofs

Pocos fueron los pastores luteranos que rechazaron esta mezcla por medio de la confesión de Barmen en 1934.  En el punto cinco de tal confesión, dice:

“Rechazamos la falsa doctrina que el Estado, encima de su ministerio especial, pudiera y tuviera que ser el único y total regulador de la vida humana y de esta manera también determinante del destino de la iglesia. Rechazamos la falsa doctrina que la Iglesia, encima de su misión especial, pudiera y tuviera que apropiarse de la dignidad del Estado, convirtiéndose de esta manera en una agencia estatal”.

Los firmantes de esta confesión no hacen sino ratificar lo que ya se había propuesto en los tiempos de la reforma protestante -antes de que John Locke en su Carta sobre la Tolerancia (1689) hablase sobre la separación entre la Iglesia y el Estado-. En 1530 en la confesión de Augsburgo, la Iglesia Protestante manifestó que:

[…] las dos autoridades, la espiritual y la temporal, no deben confundirse ni mezclarse pues el poder espiritual tiene su mandato de predicar el Evangelio y de administrar los sacramentos. Por lo tanto, no debe usurpar otras funciones; no debe poner ni deponer a los reyes; no debe anular o socavar la ley civil y la obediencia al gobierno; no debe hacer ni prescribir a la autoridad temporal leyes relacionadas con asuntos profanos

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Nos llama la atención este texto principalmente frente a dos fallos muy comunes en la actualidad. Por un lado, se ha visto pastores que basados en los famosos “Dios me dijo” se lanzan a de candidatos a la presidencia en distintos países. Sin ningún conocimiento sobre temas políticos y sin dejar de lado su labor pastoral hacen esporádicas incursiones en la política avergonzando al evangelio con su ignorancia de temas básicos de la fe y de la política.

Por otro lado, y en función de lecturas marxistas del texto bíblico se ven cristianos que presionan a la iglesia para que deje su labor evangelizadora y se inmiscuya en los problemas sociopolíticos de nuestros tiempos. Estas lecturas marxistas nos vienen desde el lado católico cuya visión acerca de la separación entre Estado e Iglesia nunca fue del todo aceptada. Es así pues que entre los teólogos de la liberación católicos y entre quienes se han dejado guiar por sus resultados proponen una politización de la iglesia a ultranza.

Si algo nos dejó la Reforma Protestante es este anhelo de separar el poder espiritual del poder temporal de modo que cada uno haga su labor en su terreno. Alexis de Tocqueville aplaudió con entusiasmo esta manera de ver las cosas en su estudio sobre la Democracia en América. La labor de la iglesia no es inmiscuirse en política, promover partidos políticos o alentar determinadas ideologías sociales. La labor de la Iglesia es formar a los creyentes para que sepan tomar decisiones políticas con sabiduría. En la medida en que, como iglesia sabemos formar ética y moralmente a los creyentes estamos cumpliendo con nuestra labor política.

Estos son al menos tres aspectos que creo son necesarios resaltar de la Reforma protestante en nuestros tiempos.

Por qué Enseñamos a Nuestros Hijos a Ser Cristianos

Compartimos esta reflexión publicado por nuestros hermanos de “Evangelio Según Jesucristo” que nos advierte sobre la responsabilidad que tenemos de compartir el evangelio con nuestros hijos. Bendiciones

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Por qué Enseñamos a Nuestros Hijos a Ser Cristianos

Por Jason Helveston

Antes de llevar mi esposa y yo a nuestros hijos a dormir, cantamos una canción y oramos.

Recientemente, ellos comenzaron a tomar nuestra rutina. Mi hija canta. Mi hijo murmura ruidos en forma de melodía. Inclinan ligeramente la cabeza y dicen amén. Soy plenamente consciente de que en su mayoría desconocen los detalles y la profundidad de la fe cristiana tejida a través del canto y la oración. Pero ellos se están dando cuenta de algo.

Cantamos “Venga Tu Fuente.” Aspectos de la canción se basan ligeramente en un pasaje de 1 Samuel. Dice: “Samuel tomó una piedra. . . . . y llamó su nombre Ebenezer; porque dijo: “Hasta ahora el Señor nos ha ayudado ‘” (1 Samuel 7:12). Esto susurra uno de los temas más importantes de la Escritura – Dios rescata a su pueblo.

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En lugar de declarar y decretar, menguemos

 

Quiero conocer a Cristo y experimentar el gran poder que lo levantó de los muertos. ¡Quiero sufrir con él y participar de su muerte!

En un tiempo en el que la búsqueda de Dios es vista cada vez más en términos materiales, terrenales y hasta carnales, leer las palabras del apóstol Pablo acerca de su anhelo de conocer a Cristo, no sólo en su resurrección victoriosa sino más aún en su muerte y en el sufrimiento que atravesó durante su calvario, es totalmente subversivo.

A la visión de un Dios que ha muerto en la cruz para que tengamos sanidad, prosperidad y lujo, se contrapone la visión del evangelio como rechazo de los poderes de este mundo y como denuncia de la banalidad de los que viven sólo para satisfacer sus deseos materialistas.

Saint_Paul,_Rembrandt_van_Rijn_(and_Workshop ),_c._1657

El apóstol Pablo nos invita a descubrir junto con el gran poder que levantó a Jesucristo de entre los muertos, al gran dolor de quien padeció nuestros pecados por amor. De hecho, las palabras que menciona el autor de la carta en el siguiente verso son más esclarecedoras: “para poder experimentar, de una u otra manera, la resurrección de los muertos”. El apóstol Pablo considera que sólo aprendiendo a identificarnos con el dolor del nazareno podremos identificarnos con la resurrección del Cristo pascual. Sólo muriendo cada día a nuestras pasiones y deseos más carnales, podemos acudir a Dios en busca del poder transformador de la resurrección. No podemos apelar al poder de la resurrección mientras vivimos anclados al deseo pecaminoso de ser alabados y admirados por todos. No podemos apelar al poder de la resurrección si sólo de lejos miramos hacia la cruz sólo para invocarla, pero no como aquella sombra que se cierne sobre nosotros como seguidores del crucificado.

The descent from the cross, by Rembrandt

En lugar de vivir para declarar que “Dios me bendice”, que “Dios me prospera”, que “Dios me sana”, debiéramos vivir para aprender a menguar en nuestra vanidad, codicia y autoafirmación y dejar que Cristo crezca en nosotros en humildad, amor al prójimo y desprendimiento.

El problema del siglo XXI: Sobrepeso

La revista médica The Lancet de origen británico señala que el nivel de obesidad en todo el planeta comienza a superar el nivel de desnutrición. Los problemas relacionados con el sobrepeso y la malnutrición se van acentuando paulatinamente a lo largo de todo nuestro planeta de tal modo que, de seguir el ritmo de crecimiento actual, para el año 2050 uno de cada cinco seres humanos padecerá de sobrepeso u obesidad.

sobrepeso-y-obesidad

En nuestro país la obesidad infantil comienza a ser una amenaza seria, advertida el año pasado por la Organización Panamericana de la Salud.

Tanto la mala alimentación como el sedentarismo al que nos vamos sometiendo paulatinamente en la sociedad contemporánea están afectando nuestra salud llevándonos a enfrentarnos a los problemas relacionados con el sobrepeso tales como la diabetes, accidentes cerebrovasculares y cardiovasculares, así como anomalías hormonales y muchas otras más. Estas enfermedades relacionadas con el sobrepeso le cuestan actualmente a la economía mundial alrededor de dos mil millones de dólares.

sedentarismo

Desde una perspectiva cristiana podríamos preguntarnos qué tiene que ver esto con la fe. La verdad es que mucho. EL texto bíblico habla en ciertas ocasiones respecto del pecado de la glotonería como por ejemplo en el texto de Romanos 13,13: “Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia”. De igual manera, el mismo Jesús advierte sobre los últimos tiempos en el sentido de que deben estar atentos a la venida del Señor, no sea que “se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día” (Lucas 21:34).

De igual manera, la glotonería, el exceso de comida, entra dentro de aquellos excesos condenado por la templanza que tiene que ver con la moderación en todo. La templanza es vista como un fruto del Espíritu y como tal, es parte intrínseca del creyente. Así pues, el creyente debe velar por su salud por medio de la moderación en su alimento y la moderación en su descanso.

De hecho, podríamos decir que parte de la vida cristiana debería incluir el ejercicio físico pues, como dice Pablo, “el entrenamiento físico es bueno, pero entrenarse en la sumisión a Dios es mucho mejor”. Si bien Pablo le pone más énfasis al ejercicio espiritual, no hace de menos al corporal.

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De igual manera debemos reconocer que, al ser nuestro cuerpo templo del Espíritu Santo, debemos estar pendientes de su cuidado como si fuese el santuario que la Palabra dice que es.

Tengamos cuidado, pues, de excedernos en comida o en una vida sedentaria, reduzcamos la cantidad de calorías que nos encontramos ingiriendo y proveámonos de un tiempo para el ejercicio corporal.

Pablo Morales Arias