Una violación, tres culpables y muchos cómplices

La sociedad ecuatoriana se indigna por una agresión grupal realizada contra una mujer en la zona norte de Quito (Conmoción en Quito por Violación ). Es bueno que lo haga, pues, demuestra que esta sociedad no está dispuesta a tolerar actos violentos que demuestran la más terrible degradación social.

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No obstante, cabe recalcar que a la indignación debe seguir la reflexión, el análisis y la comprensión adecuada de las razones y las causas de lo sucedido. Necesitamos preguntarnos si se trata de un hecho aislado, si bastará con meter presos a los tres agresores, si lo que desencadena este acto de brutalidad es meramente lo reprobado de sus pensamientos o hay elementos sociales de mayor envergadura que afectan, no sólo a los tres implicados sino a una sociedad entera.

Uno de los textos más escalofriantes de la Biblia es el de Jueces 19 que narra la violación grupal de una mujer. En aquel relato se puede percibir la violencia de toda una sociedad y la indiferencia de un representante de Dios (el levita que era pareja de la mujer violentada) son más que un hecho aislado, es la consecuencia de un proceso de descomposición social y moral que los lleva hasta este punto crítico. Lejos de finalizar allí, el relato del libro de los jueces narra cómo el levita descuartiza a su mujer, violentada y muerta para enviar trozos de ella a las doce tribus de Israel.

El afán de aquel hombre es anunciar a todos los israelitas acerca de lo acontecido en una ciudad israelita. Sin embargo, lo que muestra es ese terrorífico anhelo cosificador que a veces invade a las sociedades. Es bien sabido por los estudiosos de la Biblia que en aquel tiempo los judíos consideraban el entierro como un deber sagrado, tan importante como la ayuda a los necesitados. Así, por ejemplo, en el texto deuterocanónico de Tobías 1:16-17 dice:

En los días de Salmanasar hice muchas limosnas a mis hermanos de raza; di mi pan a los hambrientos y vestido a los desnudos; y si veía el cadáver de alguno de los de mi raza arrojado extramuros de Nínive, le daba sepultura.

Sin embargo, lo que hace el levita es ventilar por todo Canaán los restos de su difunta esposa. Aquel texto que con tanto lujo de detalles nos relata esto sólo quiere denunciar el grado de perversión al que ha llegado Israel en esos tiempos en que no había “Dios ni ley” entre ellos.

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Los tiempos actuales, no distan mucho de aquellos de los jueces de la Biblia y no me refiero solamente al desinterés por la religión o por Dios sino al obsesivo individualismo y hedonismo que nos invade a las sociedades occidentales.

La indiferencia ante el prójimo se vuelve cada vez más latente en países en los cuales la solidaridad era hace unas pocas décadas una norma. La exigencia de derechos que apelan más a nuestros caprichos personales que a nuestras responsabilidades mutuas. La incapacidad para dialogar y el deseo de imponernos al diferente. Y, por supuesto, como no mencionar el machismo que revela abusos de poder y anulación de la mujer a quien se la considera sólo un objeto sexual o un recipiente para la procreación humana.

No se trata solamente de la violencia perpetrada por estos individuos sino a la marcada indiferencia que tenemos ante la violencia contra la mujer, en la negación de ciertos puestos de trabajo “por que es mujercita” o a la anulación de sus potencialidades por considerar que ella sólo sirve para tener hijos, unir a la familia y tener limpia la casa.

No se trata solamente de la violencia que nos golpea en la cara de manera eventual como en este caso, sino a la violencia que ejercemos al seguir considerando el Estado como el único responsable del prójimo y desentendernos de nuestra propia responsabilidad con él/ella o con la comunidad.

Lo curioso es que, en el texto del libro de los jueces, se considera que el fallo que llevó a tal grado de violencia y cosificación del prójimo fue la falta de rey en Israel. Más adelante vendrá el cuestionamiento de esta idea por parte de los profetas pues consideran que los reyes, lejos de arreglar las cosas terminan generando aún más despotismo y violencia contra hombres y mujeres. De hecho, es precisamente lo que vive Israel en el libro de 1ra de Samuel donde consiguen por fin un rey, el mismo que los oprime, confisca sus bienes y anula sus derechos.

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Hoy en día, el obsesivo esfuerzo por tratar de fortalecer al Estado termina desarrollando totalitarismos que, lejos de anular los desmanes sociales como el que hemos vivido, terminan siendo gestores de nuevos estilos de opresión. Ya lo vivió Ecuador y lo han vivido muchos otros países. El afán por salir del desorden los lleva a buscar un tirano a quien someterse.

El Estado de derecho tiene su lugar en las sociedades contemporáneas y la ley debe ser canalizadora de respuestas ante problemas como el vivido en estos días en Quito, pero esto no debe desentendernos del cuidado por el prójimo; del cuidado de los hijos y de la instrucción que se les inculca (dejada en muchos casos en manos del Estado a través del sistema educativo); del cuidado de la familia y de la moralidad que se maneja enfocada en el amor y el respeto al prójimo; del cuidado de los grupos que por su condición de rechazo o menosprecio son ultrajados por los demás y que se presentan al cristiano como una responsabilidad en tanto que representante de Dios.

Se debe velar porque los culpables de un acto tan atroz paguen de acuerdo a la ley por sus actos, pero no nos quedemos en ello pensando que con encarcelarlos se resolvió el problema en nuestra sociedad. Hay muchos actos de violencia legitimada por la costumbre que seguimos realizando día a día en nuestros espacios de convivencia. Es ello lo que también debe parar.

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Los peligros de las religiones tóxicas

El caso de desaparición, extorsión y asesinato que se encuentra en estos momentos dirigiendo todos los ojos de la sociedad ecuatoriana hacia las iglesias evangélicas saca a relucir uno de los mayores problemas que se expande entre los evangélicos en la actualidad: el abuso de poder.

Es doloroso ver todo lo que ha tenido que pasar la familia Campoverde para acercarse al desenlace de su viacrucis. Y esto, no es sólo un llamado de atención a las autoridades que permanecieron inclementes durante seis años, sino, principalmente a las iglesias evangélicas para corregir lo que son terribles errores en su estructuración y manejo de la fe, los mismos que, de nos ser reparados, producirán más gente herida y hogares destrozados.

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Lo que artículos como el de Lisette Arévalo, “Me llamarán, y no responderé” de la revista digital “GK” sacan a relucir en el ámbito de la iglesia evangélica a la que asistían Juliana y su familia es el abuso de poder de la familia que dirigía dicha iglesia. Comentarios como este: “Juliana comenzó a sentirse incómoda cuando los pastores quisieron usar su autoridad para decirle quién debía ser su pareja”, demuestren el grado de abuso al que se podía llegar. De igual manera estas palabras dicen mucho al respecto:

Los pastores tenían control sobre sus feligreses. Elizabeth recuerda que antes de tomar cualquier decisión —sea un proyecto, emprendimiento o viaje— siempre debían ir donde el pastor Patricio, padre de Jonathan, para pedirle autorización. Cuando no entregaban el diezmo, los pastores llamaban a presionar, o los visitaban en su trabajo diciéndoles que si no lo hacían las bendiciones no llegarían. Cuando se enteraban de algo —un viaje o un nuevo empleo— los llamaban a preguntar por qué no se lo habían contado.

Las cosas, poco a poco se van esclareciendo en ese caso, pero a su vez señalan con más fuerza a ciertos modelos de liderazgo que han sido desarrollados en las iglesias evangélicas de América Latina y que hacen temer sobre el futuro de la fe en nuestras tierras.

La coacción en nombre de Dios no es moneda nueva, ha existido desde siempre y ha generado grandes males a la humanidad desde la inquisición hasta la persecución en nombre de la moral y las buenas costumbres. No es la religión en sí la que genera estos abusos, pero en manos de la gente incorrecta produce estos resultados.

La búsqueda de Dios no dejará de darse por este acto vergonzoso. De todos modos, nos vemos impulsados a advertir a quienes buscan de Dios acerca del mal empleo que se da de la fe. Nos vemos obligados a recomendar ciertos filtros cuando se busca de Dios en algunos espacios supuestamente espirituales donde lo que en realidad hay es manipulación espiritual antes que piedad popular.

Así como existen relaciones tóxicas, existen formas de espiritualidad que son nocivas, tóxicas y, por esto mismo, peligrosas y debemos saberlas reconocer.

  1. Autoritarismo. – El texto bíblico nos habla acerca de la autoridad, pero así también nos habla acerca de la libertad que tenemos en Cristo. Cuando en un espacio, supuestamente espiritual, la autoridad del pastor o líder se impone de manera tajante, de tal modo que las personas no pueden opinar o cuestionar su autoridad, so pena del infierno, nos encontramos con una espiritualidad tóxica. No importa si se basa en la Biblia, en una revelación personal u otra cosa para argumentar su poder. Si algo nos enseña la historia es que cuando una autoridad espiritual ha exigido obediencia ciega a sus seguidores, tarde o temprano las catástrofes se hacen presentes. Exigir a sus feligreses cuentas de sus viajes, de sus gastos o de sus decisiones personales es abuso de autoridad. Si bien es cierto que el pastor está para guiar a los creyentes en los caminos de Dios, esto no le da derecho a decidir por ellos. De hecho, en los grupos donde el líder desarrolla este grado de autoritarismo, se da un efecto multiplicador. Es decir, toda la iglesia comienza a desarrollar ese modelo de liderazgo prepotente, absorbente y manipulador. Los que llevan más años en la iglesia se sienten obligados a “ningunear” a los recién llegados y estos con el tiempo sentirán que tienen derecho a hacer con los que siguen llegando.
  2. Manipulación. – Muy relacionado con el autoritarismo se encuentra la manipulación. Cuando la persona considera que la manera cómo se están llevando las cosas no está bien, que debería hacerse un cambio y los argumentos de parte de las autoridades no bastan para convencer al feligrés de que las cosas en realidad están bien, empiezan las manipulaciones. La advertencia acerca del rol divino que tiene el pastor, la amenaza del castigo de Dios, por no someterse, las consecuencias nefastas que le esperan por no obedecer, etc. A menudo, a las amenazas personales se añaden las amenazas familiares: “Si no te sometes toda tu familia sufrirá por tú desobediencia”. Son simplemente formas de manipulación de parte de quienes se encuentran en el liderazgo y que no soportan la desobediencia.
  3. Aislamiento. Otro aspecto de la espiritualidad tóxica es que desarrollan procesos de aislamiento para aquellos que no se someten. Cuando la manipulación directa no ha funcionado, se empieza a apartar a la persona de sus amistades y conocidos de la iglesia. Se prohíbe a los creyentes reunirse o socializar con las personas que están “en pecado”. Incluso se exige a la familia apartarse del pecador si no quieren que la ira de Dios caiga sobre todos ellos. En algunos casos, esto está tan enraizado, que no hace falta que el pastor diga nada, el grupo se encarga de aislar al pecador y hacerle sentir culpable por su mal comportamiento.
  4. Culpabilización. – Otro aspecto de la espiritualidad tóxica es culpabilizar a los creyentes para mantenerlos atados a la iglesia. Cualquier cosa que haya pasado de manera negativa en la vida del creyente se la relaciona inmediatamente con alguna cosa vista como pecado por el pastor y se le acusa: “No has estado entregando tus diezmos a la iglesia y por eso te ha venido esa enfermedad, es tu culpa”; “No has obedecido lo que te dije y por eso perdiste tu empleo, empieza a obedecerme y vas a ver las bendiciones”; “No te sanas por que te falta fe, se fiel a nuestra iglesia y verás como en poco tiempo Dios te da lo que te hace le estás pidiendo”, etc.
  5. Abusos financieros. – Uno de los modelos más populares en la actualidad de manipulación espiritual es el dinero. Si bien es cierto que las iglesias evangélicas se sostienen exclusivamente en base a las donaciones de los creyentes pues no recibe ningún apoyo económico de parte del gobierno, en algunos casos, el pedir dinero se ha vuelto casi el tema exclusivo de algunas iglesias. Desde la entrada hasta la bendición final, los predicadores y líderes piden dinero a los asistentes. Con la promesa de bienes materiales de parte de Dios y la amenaza de maldiciones generacionales se manipula a la gente para que dé a la iglesia. Si bien el texto bíblico habla de bendiciones de parte de Dios a la generosidad y que es mejor dar que recibir, enfocarse sólo en lo económico demuestra más acerca del corazón del líder que de la naturaleza de gracia de la vida cristiana. Hacer promesas de fe con el fin de recibir un trabajo o sanidad, son formas de ver a la fe como un negocio. Confiar en Dios para la provisión diaria y ser agradecidos es el modelo bíblico y no la manipulación de estos grupos tóxicos.

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Son sólo cinco muestras de falsas enseñanzas que intoxican en lugar de dar vida. Cabe advertir que estas actitudes no se encuentran sólo en la religión, sino que las encontramos en otros espacios como el político, el motivacional, o el relacional. Reconociendo sus rostros podremos resguardarnos de ellos.

Finalmente, sabemos que nada devolverá a la familia la hija que ha perdido y sólo podemos orar por ellos, pidiendo justicia para los culpables y fortaleza para los padres. Pero del lado de la iglesia necesitamos corregir los errores que se vienen cometiendo desde hace tiempo para que no se repitan estos hechos.

 

Pablo Morales Arias

 

En lugar de declarar y decretar, menguemos

 

Quiero conocer a Cristo y experimentar el gran poder que lo levantó de los muertos. ¡Quiero sufrir con él y participar de su muerte!

En un tiempo en el que la búsqueda de Dios es vista cada vez más en términos materiales, terrenales y hasta carnales, leer las palabras del apóstol Pablo acerca de su anhelo de conocer a Cristo, no sólo en su resurrección victoriosa sino más aún en su muerte y en el sufrimiento que atravesó durante su calvario, es totalmente subversivo.

A la visión de un Dios que ha muerto en la cruz para que tengamos sanidad, prosperidad y lujo, se contrapone la visión del evangelio como rechazo de los poderes de este mundo y como denuncia de la banalidad de los que viven sólo para satisfacer sus deseos materialistas.

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El apóstol Pablo nos invita a descubrir junto con el gran poder que levantó a Jesucristo de entre los muertos, al gran dolor de quien padeció nuestros pecados por amor. De hecho, las palabras que menciona el autor de la carta en el siguiente verso son más esclarecedoras: “para poder experimentar, de una u otra manera, la resurrección de los muertos”. El apóstol Pablo considera que sólo aprendiendo a identificarnos con el dolor del nazareno podremos identificarnos con la resurrección del Cristo pascual. Sólo muriendo cada día a nuestras pasiones y deseos más carnales, podemos acudir a Dios en busca del poder transformador de la resurrección. No podemos apelar al poder de la resurrección mientras vivimos anclados al deseo pecaminoso de ser alabados y admirados por todos. No podemos apelar al poder de la resurrección si sólo de lejos miramos hacia la cruz sólo para invocarla, pero no como aquella sombra que se cierne sobre nosotros como seguidores del crucificado.

The descent from the cross, by Rembrandt

En lugar de vivir para declarar que “Dios me bendice”, que “Dios me prospera”, que “Dios me sana”, debiéramos vivir para aprender a menguar en nuestra vanidad, codicia y autoafirmación y dejar que Cristo crezca en nosotros en humildad, amor al prójimo y desprendimiento.

Familia, iglesia y suicidio

Estaba leyendo hace poco una noticia de España en la cual se hace referencia al paulatino crecimiento de la tasa de suicidios en esa región. Desde el 2008 la tasa de muertes por suicidios paso a ser más alta que su par por accidentes de tránsito. En la actualidad, la tasa de suicidio es la principal causa de muerte por causas no naturales.

A nivel mundial vemos que países como Francia, Dinamarca, Noruega y Suecia, con economías sólidas presentan un índice de suicidios superior a la media mundial. De igual manera se puede apreciar que las tres cuartas partes de los suicidios se dan entre jóvenes (menos de 24 años) y ancianos (más de 70 años).

Múltiples son las causas que llevan a una persona al suicidio, sin embargo, debemos reconocer que nuestra sociedad ha ido intensificando cada vez más uno de los aspectos que con más fuerza se hallaba relacionado con este según los estudios del sociólogo francés Emile Durkheim. En sus estudios, este investigador consideró, entre otras causas, el aislamiento de la persona, es decir, su falta de vínculos fuertes con una familia en particular. La fragmentación del hogar que se ha ido dando en las últimas décadas ha incentivado este aislamiento de las personas.

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Hoy en día muchos no tienen mayor compañía que la que les brindan las redes sociales o algún podcast. Este aislamiento vinculado a una falta de sentido de propósito es un grave detonante para el suicidio.

Lastimosamente, en las iglesias tendemos a fortalecer este aislamiento por medio de grupos de estudio bíblico dedicados a padres, a madres, a hijos, etc. Si bien, por sus necesidades específicas esto es provechoso, no debemos descuidar el fortalecimiento del núcleo familiar pues, si algún momento deben desplazarse a otro lugar como familia, sentirán que han abandonado su verdadero grupo de apoyo.

El fortalecimiento de los individuos es bueno, pero no a costa de la familia. Esta debe ser el principal espacio de trabajo de las iglesias para fortalecer sus lazos. No sólo hablando de la familia nuclear, sino de la familia extendida. De hecho, debemos reconocer como iglesias que en nuestros tiempos la familia típica (padre, madre, hijos) es muy atípica. En las congregaciones contamos con diversos tipos de familias (padres solteros, madres solteras, abuelos que crían a sus nietos, tíos que hacen la función de padres, etc.) y el discurso que generalmente se maneja puede provocar un nuevo aislamiento en los asistentes. Me refiero al hecho de que al sentir que deben dejar a padre y madre, unirse a su pareja y ser una sola carne puede generar aislamiento en quienes han perdido a su pareja por un divorcio.

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Es evidente que la relación entre esposos se fortalece en la medida en que no hay intromisiones de parte de los padres en el desarrollo de la pareja, de todos modos, cortar de raíz la relación con los padres es otro extremo que puede generar graves consecuencias.

El hogar sigue siendo un espacio de crecimiento y dirección para los miembros de la misma y por ello se nos hace importante fortalecerlo por medio de la pastoral bíblica.

La relación con la familia extendida debe mantenerse (y de hecho alentarse dentro de la pastoral) pues en ese contexto la persona que por razones de sus problemas y depresiones tiende a aislarse encontrará en los padres, en los tíos o en los primos personas dispuestas a escucharlo y a impedir que se encierre en sí mismo.

El vínculo de los hermanos de la iglesia también puede prestar apoyo a la persona que se encuentra pasando por estos estadios de depresión. No obstante, es necesario que nos quitemos de la cabeza ese cliché de que “no puede estar triste un corazón que tiene a Cristo” pues se vuelve una acusación al hermano que atraviesa por ese tipo de angustias, haciéndole creer que a demás de sentirse mal por sus circunstanciasdebe sentirse pecador por su depresion.

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De igual manera, debemos reconocer que la ayuda de un psicólogo también puede aportar orientación a la persona que se encuentra pasando por momentos muy adversos. De hecho, en nuestros tiempos, en nuestras congregaciones podemos hallar varios hermanos que han estudiado psicología y pueden ser un aporte profesional a las dificultades que podemos estar pasando.

La iglesia es una familia extendida y puede ser de gran bendición si trabaja en conjunto con la familia de sangre de los hermanos de la iglesia para fortalecer sus relaciones y vínculos en lugar de aislarlos.

Pablo Morales Arias