En lugar de declarar y decretar, menguemos

 

Quiero conocer a Cristo y experimentar el gran poder que lo levantó de los muertos. ¡Quiero sufrir con él y participar de su muerte!

En un tiempo en el que la búsqueda de Dios es vista cada vez más en términos materiales, terrenales y hasta carnales, leer las palabras del apóstol Pablo acerca de su anhelo de conocer a Cristo, no sólo en su resurrección victoriosa sino más aún en su muerte y en el sufrimiento que atravesó durante su calvario, es totalmente subversivo.

A la visión de un Dios que ha muerto en la cruz para que tengamos sanidad, prosperidad y lujo, se contrapone la visión del evangelio como rechazo de los poderes de este mundo y como denuncia de la banalidad de los que viven sólo para satisfacer sus deseos materialistas.

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El apóstol Pablo nos invita a descubrir junto con el gran poder que levantó a Jesucristo de entre los muertos, al gran dolor de quien padeció nuestros pecados por amor. De hecho, las palabras que menciona el autor de la carta en el siguiente verso son más esclarecedoras: “para poder experimentar, de una u otra manera, la resurrección de los muertos”. El apóstol Pablo considera que sólo aprendiendo a identificarnos con el dolor del nazareno podremos identificarnos con la resurrección del Cristo pascual. Sólo muriendo cada día a nuestras pasiones y deseos más carnales, podemos acudir a Dios en busca del poder transformador de la resurrección. No podemos apelar al poder de la resurrección mientras vivimos anclados al deseo pecaminoso de ser alabados y admirados por todos. No podemos apelar al poder de la resurrección si sólo de lejos miramos hacia la cruz sólo para invocarla, pero no como aquella sombra que se cierne sobre nosotros como seguidores del crucificado.

The descent from the cross, by Rembrandt

En lugar de vivir para declarar que “Dios me bendice”, que “Dios me prospera”, que “Dios me sana”, debiéramos vivir para aprender a menguar en nuestra vanidad, codicia y autoafirmación y dejar que Cristo crezca en nosotros en humildad, amor al prójimo y desprendimiento.

Familia, iglesia y suicidio

Estaba leyendo hace poco una noticia de España en la cual se hace referencia al paulatino crecimiento de la tasa de suicidios en esa región. Desde el 2008 la tasa de muertes por suicidios paso a ser más alta que su par por accidentes de tránsito. En la actualidad, la tasa de suicidio es la principal causa de muerte por causas no naturales.

A nivel mundial vemos que países como Francia, Dinamarca, Noruega y Suecia, con economías sólidas presentan un índice de suicidios superior a la media mundial. De igual manera se puede apreciar que las tres cuartas partes de los suicidios se dan entre jóvenes (menos de 24 años) y ancianos (más de 70 años).

Múltiples son las causas que llevan a una persona al suicidio, sin embargo, debemos reconocer que nuestra sociedad ha ido intensificando cada vez más uno de los aspectos que con más fuerza se hallaba relacionado con este según los estudios del sociólogo francés Emile Durkheim. En sus estudios, este investigador consideró, entre otras causas, el aislamiento de la persona, es decir, su falta de vínculos fuertes con una familia en particular. La fragmentación del hogar que se ha ido dando en las últimas décadas ha incentivado este aislamiento de las personas.

Ayuda

Hoy en día muchos no tienen mayor compañía que la que les brindan las redes sociales o algún podcast. Este aislamiento vinculado a una falta de sentido de propósito es un grave detonante para el suicidio.

Lastimosamente, en las iglesias tendemos a fortalecer este aislamiento por medio de grupos de estudio bíblico dedicados a padres, a madres, a hijos, etc. Si bien, por sus necesidades específicas esto es provechoso, no debemos descuidar el fortalecimiento del núcleo familiar pues, si algún momento deben desplazarse a otro lugar como familia, sentirán que han abandonado su verdadero grupo de apoyo.

El fortalecimiento de los individuos es bueno, pero no a costa de la familia. Esta debe ser el principal espacio de trabajo de las iglesias para fortalecer sus lazos. No sólo hablando de la familia nuclear, sino de la familia extendida. De hecho, debemos reconocer como iglesias que en nuestros tiempos la familia típica (padre, madre, hijos) es muy atípica. En las congregaciones contamos con diversos tipos de familias (padres solteros, madres solteras, abuelos que crían a sus nietos, tíos que hacen la función de padres, etc.) y el discurso que generalmente se maneja puede provocar un nuevo aislamiento en los asistentes. Me refiero al hecho de que al sentir que deben dejar a padre y madre, unirse a su pareja y ser una sola carne puede generar aislamiento en quienes han perdido a su pareja por un divorcio.

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Es evidente que la relación entre esposos se fortalece en la medida en que no hay intromisiones de parte de los padres en el desarrollo de la pareja, de todos modos, cortar de raíz la relación con los padres es otro extremo que puede generar graves consecuencias.

El hogar sigue siendo un espacio de crecimiento y dirección para los miembros de la misma y por ello se nos hace importante fortalecerlo por medio de la pastoral bíblica.

La relación con la familia extendida debe mantenerse (y de hecho alentarse dentro de la pastoral) pues en ese contexto la persona que por razones de sus problemas y depresiones tiende a aislarse encontrará en los padres, en los tíos o en los primos personas dispuestas a escucharlo y a impedir que se encierre en sí mismo.

El vínculo de los hermanos de la iglesia también puede prestar apoyo a la persona que se encuentra pasando por estos estadios de depresión. No obstante, es necesario que nos quitemos de la cabeza ese cliché de que “no puede estar triste un corazón que tiene a Cristo” pues se vuelve una acusación al hermano que atraviesa por ese tipo de angustias, haciéndole creer que a demás de sentirse mal por sus circunstanciasdebe sentirse pecador por su depresion.

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De igual manera, debemos reconocer que la ayuda de un psicólogo también puede aportar orientación a la persona que se encuentra pasando por momentos muy adversos. De hecho, en nuestros tiempos, en nuestras congregaciones podemos hallar varios hermanos que han estudiado psicología y pueden ser un aporte profesional a las dificultades que podemos estar pasando.

La iglesia es una familia extendida y puede ser de gran bendición si trabaja en conjunto con la familia de sangre de los hermanos de la iglesia para fortalecer sus relaciones y vínculos en lugar de aislarlos.

Pablo Morales Arias

Liderazgo de servicio

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El valor del liderazgo ha sido insistentemente recalcado por diversos escritores de corte motivacional. La idea central es aprender a ser un buen líder para de esta manera lograr el mejor impacto para la organización que se dirige.

Muy a menudo, el liderazgo ha sido definido como la capacidad de influir sobre los demás. De allí, muchas de las herramientas que se suelen aprovechar para el liderazgo tienen que ver mucho con la manipulación. Las habilidades de hacer que las personas hagan lo que no quieren hacer por medio de coerciones de diversos tipos.

A menudo el liderazgo, visto desde esta perspectiva, está relacionado con el modelo carismático, es decir con cierto tipo de cualidades que se vuelven atractivas a las personas desde el primer momento en que se las conoce. El líder carismático parece imponerse a los demás desde su entrada en cualquier salón. Una sonrisa, una voz gruesa y un par de palabras dichas con mucha confianza parecen describir al líder carismático.

Lo cierto es que en general, el líder carismático, al decir de Jim Collins, se fundamenta generalmente “en un ego de proporciones colosales”. Es precisamente su ego el que hace que la organización pierda relevancia en las prioridades que tiene a largo plazo. La organización ha de crecer sólo en la medida en que lo haga lucir, y cuando la misma se vuelva un obstáculo, deberá mermar en función de sus propios intereses.

Al tipo de líderes centrados en sí mismos y que buscan solamente el estrellato Robert Greenleaf contrapone el servidor líder, aquel que está más enfocado entender el liderazgo como un servicio hacia la organización. De hecho establece una muestra de la efectividad de este tipo de liderazgo en los siguientes parámetros: “¿Están aquellos a quienes servimos creciendo como personas; están haciéndose más saludables, más sabios, más libres, más independientes; están más cerca de convertirse ellos mismos en servidores?”

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El liderazgo que parte del servicio y que entiende su labor como una responsabilidad a ser evaluada constantemente por aquellos a quienes se dirige entra en el ámbito de “una extraordinaria humildad personal y una firme voluntad profesional” que destaca Collins en los líderes de nivel cinco (los que él considera del máximo nivel de liderazgo).

El liderazgo lejos de ser entendido como la capacidad de acumular poder a 360 grados y ejercerlo sobre nuestros subalternos y demás personal, es la capacidad de poner al servicio de la organización todas nuestras capacidades de dirección e impulso y aun entonces considerar sinceramente que sólo estamos haciendo nuestro trabajo.

De hecho, este es el tipo de liderazgo que el texto bíblico enseña. El que quiera ser el primero en medio de vosotros tiene que ser como el que sirve, decía Jesús. El mismo apóstol Pablo es consciente de que la carga por todas las iglesias de Cristo se agolpa sobre él y sin embargo, se considera como un aborto de apóstol, como la escoria del mundo en tanto ejecutor de sus responsabilidades.

Si algo vemos en la iglesia en la actualidad es que el modelo de liderazgo enfocado en el ego de las personas se ha introducido en muchas congregaciones y en muchas denominaciones. Se ve el pastorado como una labor enfocada en la captación de poder y se busca ejercer dicho poder sobre los feligreses. Los nuevos modelos apostólicos se sustentan, de igual manera, en la idea de captación de poder. Grandes pirámides de autoridad y poder que exaltan el ego de quienes se dejan seducir por ellas.

De todos modos, queda latente la advertencia de Robert Greenleaf al final de su libro. El problema no está en aquellos líderes no-servidores, egocéntricos sino en que quienes pudiesen ser líderes-servidores no están asumiendo su responsabilidad.

“Demasiadas personas se contentan con ser críticos y expertos. Hay demasiado movimiento circular de parte de los intelectuales, demasiado retirarse dentro la ‘investigación’, demasiada poca preparación para y disposición de acometer la dura y arriesgada faena de construir mejores instituciones en un mundo imperfecto…”

Muchos de quienes poseen las cualidades adecuadas para un liderazgo de servicio se alejan a los ámbitos intelectuales en lugar de acometer con humildad y decisión la tarea de guiar adecuadamente a la organización.

“En conclusión, los enemigos son aquellos fuertes servidores naturales que tienen el potencial necesario para guiar, pero que se niegan a hacerlo”. A manera de ejemplo nos recuerda el autor que un organismo sano, no lo es aquel que recibe mayores cantidades de antivirales sino aquel que ha logrado desarrollar adecuadas fuerzas internas constructoras de salud desde el interior. Una generación de líderes-servidores es necesaria en la hora actual de la iglesia.

Bibliografía

GREENLEAF, Robert. El Servidor como líder. Newton Centre: The Robert K Greenleaf Center. 1988.

COLLINS, Jim. Empresas que sobresalen. Bogotá: Editorial Norma. 2001